África,
otra variable para la misma historia
(Fotografía:
Afrique Competences)
Finalmente ocurrió lo
que se veía venir. En Madagascar, militares
contrarios al presidente Marc Ravalomanana
y leales al líder opositor Andry Rajoelina
tomaron el poder por la fuerza. Unos días
antes, el presidente de Guinea-Bissau,
José Bernardo Vieria, fue asesinado por
tropas opositoras, en un hecho que tuvo
ribetes de venganza. Antes, en diciembre,
Guinea-Conakry presenciaba la muerte del
dictador Lansana Conté, que sería reemplazado,
sin mediación de por medio, por un capitán
del Ejército. Por último, todavía está
muy presente el golpe de estado militar
en Mauritania, el cual está lejos de encontrar
una solución. Así las cosas, desde fines
de 2008 el fantasma de las dictaduras
y las intervenciones de las fuerzas armadas
nuevamente ronda a la frágil política
africana. Lamentablemente, nada nuevo
bajo el sol.
Raimundo Gregoire Delaunoy
30 de marzo, 2009
Estos hechos no sorprenden, ni tampoco generan
mayores cambios en el devenir político histórico
de África. Puede sonar descabellado e ilógico,
pero ciertamente se trata de acontecimientos
bastante frecuentes en la gobernabilidad
africana. Claramente se producen importantes
modificaciones en los gobiernos de hoy y,
por lo tanto, en las relaciones entre los
diversos estados africanos y, también, con
otras regiones del mundo. Sin embargo, dejando
a un lado lo particular y analizando el
proceso global, lo que está produciéndose
se acerca más a lo esperado que a lo inesperado.
Esa es, justamente, la
gran pena y carga que tiene la realidad
política africana. No llama la atención
ver militares tomándose el poder por la
fuerza, pero sí causa gran revuelo un gobierno
democrático, transparente y que sea capaz
de asumir con naturalidad y calma el voto
del pueblo. Así ha sido, lamentablemente,
desde que África lograse independizarse
de sus antiguas colonias. La mayoría de
los países magrebíes y subsaharianos han
pasado, con algunas diferencias y excepciones,
por procesos bastante similiares. De la
independencia a los gobiernos unipartidistas.
De dicha condición a los golpes militares.
Y así, un grupo de las fuerzas armadas desplazaba
a otro. Entremedio, algunos de los dictadores
optaban por dar algunas mínimas libertades,
otros por establecer sistemas muy represivos
y otros que tras cumplir con su misión dejaban
en manos del pueblo la elección del nuevo
gobernante. Esto último, claro está, ha
ocurrido en la menor cantidad de casos.
Los estados africanos que han logrado avanzar
y solidificar sus procesos políticos han
dado el siguiente paso, que es pasar del
unipartidismo al multipartidismo y, tras
ello, a elecciones libres. Ejemplos hay,
como el caso emblemático de Ghana y otros
más recientes, donde destacan Benín, Cabo
Verde, Etiopía y Burkina Faso.
Desafortunadamente, estos
casos son la minoría y el trabajo de estabilización
de la política africana tiene mucho camino
por delante. En el Magreb y el norte del
continente, existe mayor avance, pero todavía
quedan muchas deudas pendientes. Egipto
tiene un presidente que ha recurrido a herramientos
antidemocráticas para así impedir la llegada
de la Fraternidad Musulmana al poder; Túnez
y Libia poseen gobiernos autoritarios. En
poder tunecino se basa en las innumerables
enmiendas a la Constitución de aquel país,
mientras que la política libia no registrar
elecciones democráticas desde que Muammar
Al Gaddafi se tomara el control del país
hace casi cuatro décadas. Argelia vive con
la permanente amenaza del terrorismo y aún
están muy frescos los recuerdos de la trágica
guerra civil. En cuanto a Marruecos, quizás
sea el estado norafricano de mayor estabilidad,
pero su gobierno está lejos de ser una democracia
ejemplar. Por último, está el caso de Mauritania,
pero eso será examinado más adelante.
En el África subsahariana,
los conflictos son eternos. La acefalía
en Somalía, la crisis de Darfur en Sudán,
las rencillas internas en Nigeria, la caótica
zona de los lagos, en la cual la República
Democrática del Congo aún no logra zafar
de las disputas étnicas y económicas. Lo
mismo se repite en algunos de sus vecinos.
La frágil situación de la política en Chad,
con una oposición que en cualquier minuto
puede repetir ataques al gobierno. Lo acontecido
en Kenya en 2008 y la terrible crisis política,
social y económica de Zimbabwe. Estos son
sólo algunos de los ejemplos más emblemáticos
y que han sido noticia permanente. Sin embargo,
no son los únicos y muchos otros aún están
presentes.
Sin embargo, en esta oportunidad
es importante detenerse en los hechos más
actuales y que, por lo demás, no están en
el plano de las especulaciones, sino que
en el ámbito de lo real. Están oleadas y
sacramentados, lastimosamente. Ahora, el
motivo principal a la hora de examinar los
golpes de estado ocurridos en Mauritania,
Guinea-Conakry, Guinea-Bissau y Madagascar
es dar cuenta de una variable que ha pasado
desapercibida para muchos, pero que es de
gran relevancia. Como se mencionó antes,
no es novedad que fuerzas militares se tomen
el poder, pero lo acontecido en los cuatro
países africanos permite ir más allá y establecer
una nueva variante. A diferencia de lo que
pasa en Somalía, República Democrática del
Congo, Nigeria, Sudán o Kenya, la realidad
política de Mauritania, Guinea-Conakry,
Guinea-Bissau y Magadascar permiten asegurar
que estos conflictos internos tuvieron como
matriz un elemento más político que religioso,
étnico o tribal. Si bien es cierto que las
tribus, etnias y religiones siempre tienen
una influencia en los problemas africanos,
en los casos particulares mencionados anteriormente
el principal motor de inestabilidad fue,
simplemente, político y militar.
En Mauritania existen,
a grandes rasgos, dos zonas étnicas, que
son la del norte árabe-bereber y la del
sur negroide. Sin embargo, el golpe de estado
militar no tuvo como raíz las diferencia
étnicas, sino que se trató de intolerancia
política. El entonces presidente Sidi Ouldh
Cheikh Abdallahi -electo en forma democrática
y transparente en 2007- fue derrocado por
militares que habían sido removido del gobierno
del presidente mauritano. Antes de eso,
el gabinete de gobierno había tenido importantes
modificaciones. La primera de ellas fue
en mayo de 2008, momento en el cual Abdallahi
destituyó a todo el gobierno por su supuesta
inoperancia ante el tema del alza de precios
en la alimentación. Apenas unos meses más
tarde, en julio, dimitó el segundo gabinete
-que no integraba al principal partido de
oposición, ni tampoco a los islamistas de
Tawassoul- ante la moción de censura que
se había generado en su contra. Unas horas
antes del golpe de estado, un grupo de parlamentarios
pertencientes al partido del presidente
mauritano habían decidido formar otra coalición.
De esta forma, lo que gatilló esta crisis
política fueron diferencias al interior
del gobierno o con parte de la oposición.
Más que tribus y clanes, lo que primó fue
la crisis económica, la difícil situación
agrícola o la caída del turismo.
La realidad de Guinea-Conakry
también apunta hacia problemas estrictamente
políticos. La muerte del dictador Lansana
Conté -que llevaba 24 años en el poder-
generó un vacío, pues su estilo autoritario
de gobierno nunca permitió la formación
de grupos opositores o de una sistema político
de diversos partidos. Entonces, una vez
que Conté falleció el país quedó a la deriva,
absolutamente en tierra de nadie. Sin una
institucionalización democrática (o al menos
con algún esbozo de aquello) lo que pudiese
acontecer tras la muerte del dictador guineano
era previsible. Así fue que el capitán Moussa
Dadis Camara, junto a sus tropas leales,
se tomó el poder y el gobierno de Guinea-Conakry.
Nuevamente, la variable étnico-tribal no
estuvo presente. La religiosa, tampoco.
Lo acontecido en Guinea-Bissau
también permita vislumbrar la variable política
como el principal factor. El presidente
Joao Bernardo Vieira fue asesinado por militares,
quienes habrían realizada este crimen por
venganza o, dicho de otra forma, como represalia.
Claro, porque un día antes del fallecimiento
de Vieira, un atentado explosivo había terminado
con la muerte del máximo representante del
Ejército, el general Batista Tagmé Na Wai.
Sucede que este militar había sido un gran
opositor y crítico del gobierno de Vieira
y, según se especulaba, se culpaba al presidente
de Guinea-Bissau de haber estado detrás
del ataque que acabó con la vida de Na Wai.
Tras largos años como presidente, aunque
primero como dictador, Joao Bernardo Vieira
sucumbió en la misma ley que aplicó con
dureza durante su mandato, es decir, la
eliminación de sus rivales.
Por último, la crisis de
Madagascar ha sido otro de los referentes
obligados al momento de llevar a cabo un
análisis de la política africana actual.
Las eternas disputas entre el presidente
malgache, Marc Ravalomanana, y el destituido
alcalde de Antananarivo, Andy Rajoelina,
culminaron de la forma más lógica si se
toma en cuenta la cadena de enfrentamientos
públicos entre ambos políticos. Rajoelina
se había convertido en un ferviente crítico
de Ravolomanana, a quien acusaba de ser,
en la práctica, un dictador. Su postura
era defendida por una parte importante de
la sociedad malgache, pero otro sector seguía
declarándose fiel al presidente. Sin embargo,
las fuerzas militares terminaron dividiénose
y los sectores simpatizantes del ex-alcalde
de la capital de Madagascar no dudaron a
la hora de realizar un golpe de estado.
Así, la lucha política llegaba a su fin,
aunque de manera transitoria.
De esta forma, aunque ciertamente
de un modo bastante somero, se puede concluir
que la variable política fue la principal,
por sobre temas étnicos, tribales o religiosos.
Ni Mauritania, ni Guinea-Conaky, ni Guinea-Bissau
y ni Madagascar fueron testigos de grandes
enfrentamientos entre tribus. Tampoco debieron
soportar luchas religiosas o conflictos
étnicos. Se trata, básicamente, de una lucha
de poder entre políticos y militares. Fue,
en cierta medida, revivir la historia del
pasado, aquella en la cual quien llega por
la fuerza se va por aquella vía. Lamentablemente,
no todos tuvieron aquel camino. Sidi Ould
Cheikh Abdallahi fue un presidente democrático
y que estaba realizando una interesante
labor como mandatario de Mauritania. Marc
Ravalomanana también llegó al poder a través
de la vía del voto popular. Distinto fue
el caso de Lansana Conté y Joao Bernardo
Vieria, fieles representantes de la clásica
camada de militares golpistas.
En fin, lo importante es
darse cuenta que la tradición golpista africana
sigue en pie. La inestabilidad política
sigue siendo la fuente principal de estos
movimientos militares aunque también se
podría decir que lo falta de estabilidad
en los gobiernos obedece a la presencia
de estos sectores de las fuerzas armadas.
¿El huevo o la gallina?
Ya se verá.