Espejos
y espejismos de Egipto
La última película del conocido cineasta
egipcio Youssef Chahine “Heyya Fawda”
derriba las puertas de la cárcel egipcia
y muestra a ojos abiertos torturas, corrupción
y el reflejo de una sociedad sumida en
el caos. Calificada como “cine egipcio
contra Egipto” por el periódico oficialista
Rose el-Youssef, la película hace eco
de los vientos de cambio que empezaron
a sacudir al país en el 2005, cuando el
gobierno reprimió violentamente varias
manifestaciones, arrestando a centenares
de militantes de diferentes agrupaciones
y pisoteando a su principal enemigo: los
derechos humanos.
Por María Carolina González
Bracco
3 de marzo, 2008
La escena se abre en medio de una multitud
dispersada por la policía en el 2005.
Corridas, gritos, represión: Heyya Fawda
(“Es el caos”). El caos que corre por
las venas de una ciudad, de un país, en
la que la corrupción y la impunidad son
moneda corriente. Una sociedad que a salas
llenas entra, mira y se va con la misma
sensación de impotencia.
Hatem, jefe de policía del barrio de
Shubra de El Cairo -donde teje diversas
redes de corrupción- está enamorado de
su joven vecina, Nour, quien lo detesta
profundamente. Intenta por todos los medios
conquistarla, pero ella lo rechaza continuamente.
Desolado, descarga toda su ira aplicando
torturas a los presos –comunes y políticos,
entre ellos Hermanos Musulmanes- de la
comisaría. Los torturados permanecen en
una celda oculta, en la que Hatem irrumpe
cada vez que ve a Nour con su novio, un
juez que lo enfrenta a diario.
Impulsado por a desesperación propia
de quienes creen en el poder de su intemperancia,
saca a dos presos para llevar a cabo un
siniestro plan: secuestrar a su vecina
y violarla en un descampado al otro lado
del Nilo. Avergonzada, humillada y despojada
del bien más preciado para cualquier mujer
egipcia –su virginidad- Nour intenta denunciar
al violador. Encubierto por los altos
mandos de la policía, Hatem festeja su
impunidad en el despacho del juez.
La desesperación de la madre de Nour
enciende al barrio, que se lanza a las
calles camino a la central de policía
reclamando la liberación de los presos
políticos, mientras que Nour y su novio
buscan en las celdas a los cómplices del
secuestro. Caen las puertas, Hatem comienza
una angustiosa retirada, perseguido por
los oficiales de policía que, confusos,
se dividen entre contener a la multitud
y atrapar a su “superior”. Interceptado
por los manifestantes cae, disparando
primero al juez y luego a sí mismo.
Llevada a la pantalla grande, la denuncia
de Youssef Chahine -sorpresivamente aprobada
por los censores- es un reflejo de la
realidad egipcia. El desenlace, todavía
un espejismo.
El presidente Hosni Mubarak –en el poder
hace 25 años- aplica una sostenida política
de represión, impunidad y corrupción a
niveles insólitos con el apoyo incondicional
-y respondiendo intereses de- las potencias
occidentales. Política que ya es sabido
que tras su deceso continuará a su hijo
Gamal, imitando el modelo sirio.
El presupuesto anual para la seguridad
interna era 1.5 mil millones de dólares
en 2006 -más que el presupuesto anual
para la asistencia médica- y las fuerzas
de seguridad del Estado cuentan con 1.4
millones de miembros, casi cuatro veces
el número total de efectivos del ejército.
El Departamento de Investigaciones de
la Seguridad del Estado, dispone de amplias
atribuciones en virtud del Estado de excepción
que el gobierno ha mantenido prácticamente
sin interrupción durante los últimos 40
años.
Estados Unidos ha subvencionado las fuerzas
armadas de Egipto por un total de más
de 38 mil millones de dólares. El país
recibe mil millones de los 2 mil millones
de dólares que anualmente destina el gobierno
estadounidense al financiamiento de fuerzas
de seguridad extranjeras; ocupando con
ello el segundo lugar después de Israel.
Desde hace años, la praxis de las fuerzas
de seguridad egipcias se basa en la Ley
de Emergencia Nacional de 1958 - vigente
desde 1981, renovada cada tres años por
el Parlamento- y la Ley de Combate al
Terrorismo de 1992. Ambas normativas desconocen
los derechos humanos avalados por la Constitución
Nacional dando al gobierno el poder de
arrestar y detener arbitrariamente a sus
ciudadanos por períodos de tiempo indeterminados.
Si bien las leyes prohíben específicamente
todo tipo de tortura y detallan que las
autoridades deben informar inmediatamente
a la persona la razón por la cual se la
detiene, permitirle contactar a su familia
y contar con un abogado; nada de esto
sucede.
Amnistía Internacional, en su último
informe de la región, denuncia que de
las miles de personas que se encuentran
encarceladas en Egipto muchas han sido
condenadas en juicios flagrantemente injustos
celebrados ante tribunales militares y
de emergencia y resalta que la tortura
y la reclusión prolongada sin juicio constituyen
una práctica habitual en las prisiones
de todo el país (AI, abril de 2007).
La Organización por los Derechos Humanos
de Egipto ha registrado más de 500 casos
de abuso policial desde 1993, incluyendo
167 muertes que la Organización supone
resultado de las torturas y el maltrato.
En la actualidad se cuentan más de 80.000
presos políticos en prisiones egipcias.
Otros informes de organizaciones internacionales
de derechos humanos documentan que en
el país se registran miles de arrestos
arbitrarios, secuestros y desaparición
de personas, como la del periodista Reda
Hilal, desaparecido desde 2004.
El director de Medio Oriente y África
de Human Rights Watch Joe Stork, advertía
ese mismo año que “Si una reforma en Egipto
tiene algún significado, significa terminar
con casi cincuenta años de legislación
de emergencia y con la epidemia de torturas”
instando al presidente Mubarak a tomar
medidas concretas y visibles para terminar
con este flagelo, dar fin a las leyes
de emergencia y a la impunidad de los
oficiales de Seguridad del Estado responsables
de las torturas, proteger y aumentar los
derechos de las mujeres, permitir a las
ONGs funcionar dentro del territorio,
asumir y solucionar los problemas existentes
respecto a la intolerancia religiosa y
discriminación contra las minorías así
como terminar con los arrestos masivos
y persecuciones a los homosexuales (HRW,
abril de 2004).
Denuncias como la precedente y reclamos
de agrupaciones militantes islámicas –como
los Hermanos Musulmanes- y de izquierda
–como Kefaya! (“Es suficiente!”) comienzan
a abrirse paso tropezando con la brutalidad
de un régimen que ya no conoce limitaciones.
Egipto incluso importa prisioneros de
Irak, Pakistán y Afganistán, que son introducidos
sin su conocimiento en el país, devenido
uno de los “agujeros negros” de la CIA.
La rutina diaria en las cárceles incluye
descargas eléctricas, ataques con perros,
violaciones y golpizas brutales.
Varios bloggers egipcios que denuncian
y exponen imágenes de la violencia policial
han sido ellos mismos encarcelados, violados
y torturados. Tal es el caso del tristemente
célebre activista Mohamed Al-Sharqawi,
arrestado en una manifestación frente
al sindicato de periodistas, y luego ferozmente
golpeado y sodomizado por un agente de
la seguridad estatal.
Al-Sharqawi se encuentra privado de su
libertad desde marzo del 2006 sin proceso
judicial. La pancarta que sostenían sus
manos minutos antes de su detención reclamaba:
¡Quiero mis derechos!.