Elecciones
del Parlamento Europeo: la visión de
un español
"Europa
elude su futuro"
(Fotografía:
Agencias)
El pasado 7 de
Junio, Europa tenía una cita con el
futuro: la mayor elección transnacional
de la historia. Ese domingo, 375 millones
de electores podían decidir, conjuntamente
y por sufragio directo, el destino de
la Unión Europea. El resultado: 246
millones de ciudadanos no acudieron
a votar y los que lo hicieron han puesto
de manifiesto el colapso de la izquierda,
la consolidación de liberales y conservadores
y un preocupante ascenso de ideologías
radicales.
Jorge Dorado
16 de junio, 2009
El ideal de europeísmo parece desvanecerse,
la abstención superior al 65% y la futura
distribución de escaños del Parlamento
Europeo obliga a instituciones, políticos,
medios de comunicación y ciudadanos a
realizar una profunda reflexión de las
claves de este sufragio.
Un precipitado y simplista análisis ha
achacado este desdén de los ciudadanos
europeos por la política comunitaria a
causas estrictamente conyunturales: la
actual crisis económica. Analizando la
tasa histórica de participación en los
comicios europeos se observa que se ha
ido reduciendo progresivamente - desde
el 61,99% de 1979, hasta el 43,1% de 2009-
hasta alcanzar esta pírrica cifra. Esta
constante erosión de la participación
electoral desde 1979 no se puede atribuir
únicamente a la recesión pues anteriores
comicios coincidieron con fases de bonanza
económica.
Quizás sea más lógico pensar que el concepto
de europeísmo diseñado por Schuman y Adenauer
a mediados del siglo pasado, con el fin
de combatir los nacionalismos que asolaron
Europa y convertirla en una potencia mundial,
parece estar cada vez más lejos. La realidad
es que actualmente, la Europa de los 27
es un crisol de intereses locales contrapuestos,
un gigante político con pies de barro,
una nación de naciones con escasa identidad
común y un complejo entramado institucional
y burocrático que parece alejado de la
realidad social que viven los ciudadanos
de los distintos Estados miembros.
El proceso de construcción europeo avanza
demasiado lento. Aunque se han superado
los objetivos de Maastricht -moneda única,
mercado común, ciudadanía europea y libre
circulación de personas, mercancías y
capitales-, el fracaso de la Constitución
Europea, el parón del Tratado de Lisboa
y la necesaria reforma de sus instituciones
están debilitando la concepción europeísta.
En el plano internacional es cierto que
la UE, con el mayor PIB mundial, es una
potencia económica pero la falta de una
visión común aglutinadora y líderes políticos
carismáticos le impide ejercer un auténtico
liderazgo en el plano internacional. No
existe un Presidente Europeo, ni políticas
coordinadas en materia de asuntos exteriores
o defensa; esto contrasta con el renacer
diplomático de los Estados Unidos que
tras el ocaso de la era Bush reaparecen
con fuerza en la escena internacional.
Encabezados por un inteligente Obama hacen
suyo el discurso europeo y lanzando al
mundo una apuesta global por la solidaridad
y la tolerancia como modo de superar la
crisis y afrontar los retos del milenio.
A esos mismos retos Europa responde en
sentido opuesto, mirando hacia dentro,
enrocándose en lo local y fragmentario,
apostando por los nacionalismos como forma
de identidad.
En política interior la UE se ha mostrado
incapaz de definir la agenda para el próximo
lustro y no existe una política común
para hacer frente a los nuevos retos que
preocupan a los ciudadanos europeos: crisis
económica, desempleo, fiscalidad, prestaciones
sociales o investigación y desarrollo.
A mediados del pasado abril, el Eurobarómetro
mostraba los indicios del absentismo electoral
revelando el malestar de la ciudadanía
con la clase política, la pérdida de confianza
en las instituciones comunitarias y el
desconocimiento del proyecto europeo.
La respuesta de urgencia de la Eurocámara
fue articular una campaña informativa
institucional, con presencia en 23 países
y traducida a más de veinte idiomas, que
bajo el slogan Tú eliges ha costado dieciocho
millones de euros a las arcas de la UE
y ha fracasado estrepitosamente en su
intento de movilizar al electorado.
Mientras la Eurocámara trataba de explicar
cómo “influyen los ciudadanos europeos
en la toma de decisiones” y cómo nos afectan
las decisiones de Parlamento Europeo los
partidos políticos nacionales fracasaban
empeñándose en hacer de las elecciones
Europeas un asunto de política interior.
Los Gobiernos y los partidos políticos
han olvidado que la UE, necesaria o no,
es un invento de ellos -ya que no existe
un pueblo europeo, ni lengua común ni
unos rasgos culturales definidos- y para
mantener viva esta construcción artificial,
esta entelequia política requiere que
los Estados miembros estén dispuestos
a invertir en la Unión gran parte de sus
intereses nacionales.
Los ciudadanos también hemos fracasado
percibiendo estos comicios como algo lejano
y de escasa utilidad, quizás porque la
gravedad de la crisis económica y el fantasma
del desempleo hacen de urgente lo importante
o, quizás, porque no se nos ha comunicado
correctamente que el Parlamento Europeo
origina el 70% de la legislación que nos
afecta, que gestiona un presupuesto de
116.000 millones de euros y que sólo una
Unión Europea fuerte y cohesionada podrá
seguir compitiendo en la escena internacional
frente a potencias emergentes como China,
India o Brasil.
Los medios de comunicación europeos también
tienen una asignatura pendiente. Han realizado
una tematización errónea de éstas elecciones
contribuyendo a alentar los debates locales
frente al proyecto europeo y amplificando
las ideas minoritarias de euroescepticismo,
radicalización o nacionalismo. Persiguiendo
la inmediatez informativa se han olvidado
de su vocación de servicio, de la capacidad
de formar opinión pública, de movilizar
audiencias y la población que no hay soluciones
nacionales ni nacionalistas a los problemas
globales con los que se enfrenta Europa.
Este fracaso conjunto de instituciones,
políticos, electores y medios de comunicación
tiene dos lecturas directas. La primera,
mirando al pasado, es el auge del escepticismo
europeo y la preocupante proliferación
de posturas radicales, insolidarias, ultras,
xenófobas que por un lado comprometen
el inconcluso proceso de construcción
europea y por otro traen a la memoria
los viejos fantasmas de los totalitarismos
que, combinados con depresiones económicas,
históricamente asolaron Europa. La segunda,
mirando al futuro, es que el tren con
destino al nuevo orden mundial ha partido
y Europa ha renunciado a subir a él como
un pasajero de primera clase capaz de
afrontar asuntos globales con un discurso
integrador que suponga una alternativa,
un sistema de contrapesos frente al resto
de potencias mundiales.
Por último, una contradicción que no logro
explicar: el hundimiento de la izquierda
europea y el auge de la derecha – que
ha obtenido más de un tercio de los sufragios-
como consecuencia de una crisis económica
que, según el consenso internacional,
tiene su origen precisamente en políticas
excesivamente liberales encarnadas en
Europa por el Partido Popular.
En un momento en el que
hasta los Estados Unidos, la economía
más liberal del mundo, manifiesta la necesidad
de intervención del estado en la economía
¿por qué motivo los europeos decidimos
ser más papistas que el Papa?