Los
desafíos de Sidi Ould Cheikh Abdallahi
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Tras el conteo de votos de la segunda
vuelta electoral, los resultados dieron
por ganador a Sidi Ould Cheikh Abdallahi,
ex – ministro del anterior Presidente
y dictador mauritano Maaouya Ould Taya.
¿Cuál será el devenir de la política en
la nación islámica?, ¿será capaz de mantener
hasta las últimas consecuencias un gobierno
que continúe con el proceso de democratización
en Mauritania?
Por Raimundo Gregoire Delaunoy
31 de marzo, 2007
A fines de marzo se llevó a cabo la segunda
vuelta de las elecciones presidenciales
en Mauritania. Aquello no sólo era importante
desde el punto de vista político, ya que
entregaría el nombre del nuevo Presidente
de la nación africana, sino que también
era un hecho histórico, pues nunca antes
se había realizado un "desempate" en la
República Islámica de Mauritania.
El proceso comenzó el 11 de marzo pasado,
día en el cual veinte candidatos participaron
en las elecciones presidenciales, de los
cuales sólo los dos de mayor votación definirían
en una hipotética segunda vuelta. Finalmente,
ocurrió algo previsible y ningún candidato
obtuvo más del 25% de los votos. Sidi Ould
Cheikh Abdallahi (24,79%) y Ahmed Ould Daddah
(20,68%) se ubicaron en el primer y segundo
lugar de las preferencias, respectivamente,
y de esta forma llegaron al balotaje del
domingo 25 de marzo.
Luego de la primera vuelta, la población
apenas pudo conocer los procedimientos democráticos,
los cuales eran muy novedodos para una nación
que se familiarizaba más con dictaduras
o gobiernos de partido único. Tanto así,
que muchos electores ni siquiera fueron
a votar en la segunda ronda electoral, pensando
que aquello no los incluía o que era, simplemente,
una sumatoria de votos. El hecho concreto
es que Sidi Ould Cheikh Abdallahi -ex ministro
del anterior Presidente Ould Taya- obtuvo
un estrecho triunfo ante Ahmed Ould Daddah,
uno de los principales detractores y opositores
del regimen autoritario de Maaouya Ould
Taya. Visto como uno de los mejores represenantes
del antiguo gobierno, Sidi Ould obtuvo un
52, 85% de los votos, lo cual le permitió
transformarse como el nuevo Presidente de
la República Islámica de Mauritania.
Cabe recordar que el proceso democrático
mauritano comenzó en agosto de 2005, cuando
el coronel Ely Ould Mohammed Vall aprovechó
un viaje del entonces Presidente Ould Taya
para derrocarlo, tras 21 años de gobierno,
represión y elecciones fraudulentas. La
promesa del militar fue que establecería
un mandato de transición durante los próximos
dos años, luego del cual se realizarían
elecciones libres y transparentes. Además,
se comprometió a no participar en dichos
comicios y aseguró que los militares dejarían
el poder tras ese período.
Las promesas se fueron cumpliendo, realizando
enmiendas a la Constitución, aumentando
las libertades personales y promoviendo
el multipartidismo. El año pasado se llevó
a cabo un referéndum acerca de las modificaciones
constitucionales y, también, se desarrollaron
las elecciones parlamentarias. Todo siguió
su curso, hasta que tuvieron lugar las elecciones
presidenciales, de primera y segunda vuelta.
Ahora, sólo queda por dilucidar qué ocurrirá
con Mauritania, un país que ha podido llegar
a una democracia, a pesar de los difíciles
momentos acaecidos en las décadas de los
ochenta y noventa. Ciertamente lo importante
es destacar que el espíritu democrático
y el respeto hacia la Constitución han triunfado,
pero no será fácil lidiar con una serie
de problemas.
En primer lugar, el ganador de las elecciones
tendrá que revertir su derrota ante los
electores de Nouakchott -capital de Mauritania-
que dieron por vencedor a Ahmed Ould Daddah
con un 52,67% contra un 47,32% de Sidi Ould
Cheikh Abdallahi.
En segundo lugar, deberá afrontar con alturas
de mira una situación que se presta para
los abusos políticos. Se trata de la mayoría
parlamentaria, ya que la coalición de 18
partidos que apoyó al reciente ganador cuenta
con 55 de los 95 escaños del Parlamento,
mientras que la Unión de Fuerzas Democráticas
(RDF) -el único apoyo de su opositor- posee
sólo 15 asientos.
En tercer lugar, deberá convivir con la
presión de realizar un buen gobierno, amagado
por la historia militar de la política mauritana.
El peso de ser el primer gobierno democrático
y que no tenga a un miembro de las Fuerzas
Armadas como Presidente desde 1978 será
una permanente preocupación y, de no saber
asimilarlo, puede tener un alto costo para
sus pretensiones. De hecho, muchos especialistas
califican como muy probable la posibilidad
de que Elly Ould Mohammed Vall decida presentarse
como candidato en las próximas elecciones.
En cuarto lugar, deberá hacer frente al
Partido Republicano para la Democracia y
la Renovación (PRDR), que corresponde a
la nueva versión del antiguo Partido Republicano
Democrático y Social (PRDS), y que fue el
fiel aliado de Maaouya Ould Taya. La pregunta
es si acaso Sidi Ould Cheikh Abdallahi será
capaz de soslayar el hecho que él fue Ministro
del antiguo régimen, avalado por este mismo
partido. La sombra de su pasado será un
constante motivo de dudas y ataques por
parte de sus opositores, razón por la cual
se verá en la obligación de mantener el
equilibrio de fuerzas políticas. Afortunadamente,
dicho grupo no sólo disminuyó notablemente
su influencia política en el Parlamento
(en 2001 obtuvo 64 puestos, mientras que
en 2006 y con la nueva denominación sólo
alcanzó 7 asientos), sino que también ha
cambiado algunas de sus directrices, especialmente
en el tema israelí. De hecho, el año pasado
hicieron una declaración pública en la cual
criticaban el actuar de Israel en la invasión
al Líbano, lo cual demuestra que han dejado
a un lado el accionar pro-Israel que tanto
impulsó Ould Taya.
En quinto lugar, el nuevo gobierno tendrá
el desafío de involucrar a las diversas
etnias que componen al pueblo mauritano.
Es así que deberá eliminar las barreras
existentes entre los árabes y bereberes
-apoyados por el anterior gobierno de Taya
y que constituyen cerca del 70% de la población-
y los mauritanos del sur –de tipo negroide,
representando al 30% de los habitantes-,
olvidados y desperfilados durante los 21
años de mandato de Maaouya Ould Taya.
En sexto lugar, será el momento ideal para
insertar a Mauritania dentro del mundo económico,
intentando minimizar la dependencia de su
economía en la agricultura y la pesca, la
primera de ellas menguada por la avanzada
desertificación de ciertas zonas del país
y, también, amenazada por las plagas de
langostas. Para ello, será necesario insistir
en la explotación de recursos minerales
-cobre, hierro y oro- y la exploración de
fuentes energéticas como el petróleo y el
gas.
Finalmente, tendrá la obligación de mejorar
la pésima imagen que tiene Mauritania en
lo que respecta a la política exterior.
Bajo el mandato de Ould Taya se empobrecieron
las relaciones con países limítrofes como
Malí y Senegal (con este último tuvo serios
problemas en 1989) y, además, se enfriaron
aún más los contactos con Marruecos, al
apoyar y reconocer con firmeza a la República
Árabe Saharawi Democrática. También, deberá
demostrar que el apoyo brindado por parte
del gobierno de Taya a Iraq en la Guerra
del Golfo de 1991 fue un error y, por lo
mismo, tiene la obligación de restituir
sus relaciones con los países árabes, las
cuales fueron muy cuestionadas por parte
de estos últimos tras el mencionado caso
de Iraq y el apoyo mauritano a Israel.
Seguramente vendrán inmensos desafíos,
pero como ya se mencionó anteriormente,
lo principal es dar cuenta de un proceso
democrático como pocos.
Ha sido un ejemplo para la atribulada política
africana y, también, sirve para que Occidente
deje de estigmatizar a África como un continente
de barbarie.
Raimundo
Gregoire Delaunoy
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
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