¿El
primer gran error de Muammar al Gaddafi?
(Fotografía:
Agencias)
A comienzos de marzo
pasado, el actual presidente de la Unión
Africana (UA) y líder libio decidió visitar
Mauritania, país que se encuentra bajo
dominio de fuerzas golpistas, luego que
el 6 de agosto de 2008 militares se tomaran
el poder. Lo que pudo ser un viaje trivial
se convirtió en un foco de división al
interior del organismo panafricano. Claro,
porque Gaddafi dio a entender que hay
que legitimar al gobierno golpista y esperar
que realicen las elecciones en junio próximo.
A partir de este punto apareció el choque
entre la (UA) y el gobernante libio, pues
los primeros mantienen con firmeza las
sanciones en contra del régimen mauritano,
mientras que el segundo se opone tenazmente.
Raimundo Gregoire Delaunoy
10 de mayo, 2009
En la última Cumbre de la Unión Africana
(UA), realizada a fines de enero y comienzos
de febrero pasado, en Etiopía, se estableció
que el nuevo presidente del organismo panafricano
sería el actual gobernante de Libia, el
coronel Muammar Al Gaddafi. Acto seguido,
algunas personalidades del mundo político
africano miraron con cierta suspicacia este
nombramiento, ya que a pesar de ciertas
modificaciones en las directrices del líder
libio, su gobierno y su estilo sigue siendo
bastante dictatorial y, en ocasiones, muy
subjetivo.
Por contrapartida, muchas personas veían
en Gaddafi la opción de un acercamiento
verdadero entre las “dos Áfricas”, es decir
la magrebí y la subsahariana. Aquellos que
daban su apoyo incondicional al gobernante
de Libia daban como fiel argumento el discurso
panafricanista del coronel libio y, además,
sus sólidos avances en las relaciones con
Estados Unidos y parte del mundo europeo,
especialmente con Italia.
Con el paso de las semanas, todo aquel manto
de dudas fue dando paso a una realidad tan
clara como conflictiva. Claro, porque tras
asumir la presidencia de la Unión Africana,
Muammar Al Gaddafi tuvo, rápidamente, la
oportunidad de mostrar cuál sería su apuesta
en este camino que acababa de emprender.
La coyuntura escogida fue la crisis política
que afecta a Mauritania, país en el cual,
en agosto de 2008, militares golpistas sacaron
del poder a Sidi Ould Cheikh Abdallahi,
presidente mauritano y que llegó a la presidencia
por la vía democrática.
En este contexto, es importante recordar
que apenas se concretó este golpe militar,
la Unión Africana no dudó en condenar lo
acontecido y, de hecho, dio un mes de plazo
a los golpistas para que restituyeran a
Abdallahi en el poder. Como aquello no aconteció,
se impusieron sanciones, las cuales también
fueron apoyadas y llevadas a cabo por otros
países u organismos internacionales.
A partir de entonces, se pensó que la junta
militar reaccionaría, pero aquello no ocurrió
y lo único que hicieron, a fines de 2008,
fue dejar en libertad al derrocado presidente,
a quien se le permitió vivir en un lugar
de residencia determinado y siempre con
vigilancia. Además, se le prohibió volver
a la presidencia.
De esta forma, los militares, liderados
por el general Mohamed Ould Abdel Aziz,
iniciaron su camino al mando del gobierno
y la política mauritana. Sin embargo, el
rechazo en la mayoría de los países ha impedido
que puedan realizar su accionar con plena
libertad.
Y así fue que durante los últimos meses
la junta militar mauritana ha estado sumida
en un casi absoluto desamparo, algo, por
lo demás, bastante lógico. Sin embargo,
durante marzo y abril la situación cambiaría
un tanto. Ciertamente, no se produjo una
modificación sustancial, pero sí ocurrió
algo que quizás no tuvo tanta influencia
en el conflicto mismo, sino que en la figura
de Muammar al Gaddafi y, en consecuencia,
lo que se puede esperar de la Unión Africana
durante el mandato del coronel libio.
Legitimación de un proceso antidemocrático,
el peor error posible
A fines de marzo, el actual presidente de
la UA realizó una visita a Mauritania, país
en el cual se reunió con los líderes golpistas.
Lo que pudo ser una maniobra de apoyo al
proceso democrático que en 2007 había entregado
el poder a Sidi Ould Cheikh Abdallahi, lamentablemente
se convirtió en la contracara, es decir,
un aval para la dictatorial gestión del
general Ould Abdel Aziz. Es así que el 31
de marzo pasado, Muammar al Gaddafi declararía
que no estaba de acuerdo con que la Unión
Africana mantuviese las sanciones en contra
de la junta golpista, algo que ya había
dicho a comienzos del mismo mes. En aquel
entonces, el mandatario libio aseguró que
los militares golpistas se habían comprometido
a realizar elecciones presidenciales el
próximo 6 de junio y que, por lo mismo,
“a partir de ahora, el caso está cerrado”.
Sin embargo, aquel expreso apoyo sería reafirmado
con las palabras de Gaddafi, quien, como
se mencionó, se opuso a la mantención del
castigo a Mauritania. Esto último, es algo
que se estableció en febrero, luego que
el Consejo de Paz y Seguridad de la Unión
Africana lo decidiera, tomando en cuenta
el evidente ataque contra las fuerzas democráticas
que estaban intentando recomponer la agitada
y desequilibrada realidad política de la
nación mauritana. Según Muammar al Gaddafi,
la decisiones tienen que ser aprobada por
todos los integrantes del bloque panafricano
y no sólo por un órgano de este.
Manteniendo su postura, el mismo 31 de marzo,
el coronel libio aclaró que si bien la junta
militar había llegado por un medio inconstitucional,
“ya está ahí y se debe aceptar eso”. Aún
más, Gaddafi dijo que esa era la realidad
y que todos los estados africanos debían
asumirla. Por lo mismo, se mostró bastante
alegre con la posibilidad que el 6 de junio
se llevaran a cabo comicios presidenciales
y no tuvo impedimentos a la hora de sugerir
que el camino a seguir era apoyar este proceso
golpista, ya que, finalmente, llevaría a
nuevas elecciones.
Posteriormente, una delegación de la Unión
Africana volvería a dar una corta visita
a la junta militar de Mauritania y, tras
aquel viaje, las declaraciones serían bastante
similares a las expresadas unos días antes.
El único cambio era que Muammar al Gaddafi
aclaraba que los militares no podían seguir
en el poder y, por ende, no debían presentarse
en las elecciones presidenciales. Sin embargo,
los golpistas aclararon que ellos iban a
presentar un candidato en los comicios de
junio y que, en tal caso, abandonarían su
condición de militar.
A partir de entonces, el asunto mauritano
pareció perder fuerza y a casi un mes de
las elecciones presidenciales del próximo
6 de junio, al parecer todos han optado
por la postura más sencilla, es decir, el
silencio y darle vuelta la espalda al proceso
democrático que culminara en 2007 con la
elección de Sidi Ould Cheikh Abdallahi como
presidente de la República Islámica de Mauritania.
Ulteriores reflexiones sobre el accionar
de Muammar al Gaddafi
Lo anteriormente mencionado
no significa que el actual presidente de
la Unión Africana sea responsable del golpe
de estado –y seguramente no lo es-, pero
aquello tampoco es sinónimo que Gaddafi
esté libre de responsabilidades en la parte
final de este proceso.
Los problemas internos existentes en Mauritania
–entre ellos, crisis agro-económica, el
auge del terrorismo, diferencias políticas
y caída del turismo- trajeron consigo una
cadena de lamentables sucesos, los cuales
tuvieron como triste corolario el golpe
de estado liderado por el general Mohamed
Ould Abdel Aziz.
Y es a partir de aquel momento en el cual
se puede establecer un potente nexo entre
Muammar al Gaddafi y la resolución final
de este conflicto. Claro, porque la Unión
Africana adoptó una postura unívoca en la
parte final de 2008, condenando la irrupción
golpista y, posteriormente, sugiriendo y
ejecutando sanciones a la junta militar
mauritana. Sin embargo, el coronel libio
–que llegó a la presidencia de la UA a comienzos
de febrero 2009- no tomó en consideración
estos hechos que, mal que mal, representan
la voluntad de los “pueblos políticos” africanos.
Lamentablemente, este hecho se convierte
en un pésimo ejemplo de política mal llevada,
ya que no sólo contravino lo que los países
decidieron y lo que el Consejo de Paz y
Seguridad estableció, sino que, peor aún,
con su accionar legitimó la llegada al poder
de una junta militar golpista.
Entonces, si el nombramiento de Muammar
al Gaddafi como máximo representante de
la Unión Africana daba esperanzas que su
discurso panafricanista lograse darle unidad
política y social al continente, su respuesta
ante la crisis mauritana cubrió con un manto
de dudas la real capacidad del líder libio
de ser objetivo y estar capacitado para
realizar un cambio real en la atribulada
política africana.
De momento que se avala y, aún más grave,
se apoya a militares o políticos que tomen
el poder por la fuerza, se está dando pie
a un nocivo y peligroso antecedente. Es
así que era lógico preguntarse qué ocurriría
cuando ocurriesen procesos similares. Al
respecto, no hubo que esperar mucho tiempo,
luego que tuviesen lugar los conflictos
políticos en Guinea-Bissau y Madagascar,
en los cuales da la impresión que la intervención
de Muammar al Gaddafi fue mucho más tibia
y la evidencia demuestra que la Unión Europea
estuvo bastante más involucrada, especialmente
en lo ocurrido en la crisis malgache.
Esto último permite especular que el actuar
de Gaddafi fue bastante más impetuoso y
directo en Mauritania, lo cual no parece
descabellado si se toma en cuenta que habían
otros factores involucrados. Primero, al
momento de apoyar a los militares golpistas,
se estaba dando aval a un gobierno que buscaría
recuperar la histórica postura mauritana
respecto al conflicto árabe-israelí, es
decir, alejarse de Israel. Esto último aconteció,
ya que al República Islámica de Mauritania
e Israel rompieron las relaciones diplomáticas
tras la crisis de Gaza. Este hecho trajo
como consecuencia el acercamiento entre
los gobiernos de Mauritania y Libia, lo
cual sirve para dar cuenta que Muammar al
Gaddafi se involucró en el conflicto mauritano,
más que como presidente de la UA, como mandatario
libio. Y esto sigue teniendo otra lógica,
ya que lo que busca el dictador es seguir
reforzando las viejas alianzas al interior
del Magreb, cuyo último fin sería, no cabe
duda, aislar a Marruecos y así tener mayor
presión sobre el reinado marroquí a la hora
de tomar determinaciones al interior de
la Unión del Magreb Árabe (UMA), bloque
de integración que está prácticamente estacionado
desde hace unos 15 años. Esto último no
es algo menor, ya que debe recordarse que
el conflicto del Sahara Occidental ha sido
la principal piedra de tope en las relaciones
intermagrebíes. En este sentido, el acercamiento
entre Mauritania y Libia ayuda a la postura
de Argelia y del Frente Polisario, quienes
encontrarían apoyo en su lucha por el referéndum
de autodeterminación del territorio saharaui.
Otro punto, tiene que ver con la eterna
disputa de Gaddafi con la Unión Europea,
especialmente tras la mediática Cumbre Euromediterránea
de Paris, realizada en julio de 2008 y en
la cual se lanzó el rebautizado “Proceso
de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”.
Al respecto, hasta antes de la caída de
Sidi Ould Cheikh Abdallahi, las relaciones
mauritano-europeas habían tenido un gran
auge, no sólo a nivel económico, sino que
también político. Y eso, claramente, asustó
a Muammar al Gaddafi, quien veía con malos
ojos que Europa pudiese ganar un aliado
y, por ende, obtener un espacio de influencia
en la estratégica zona noroccidental de
África.
También, es legítimo pensar que mediante
el apoyo entregado al general Mohamed Ould
Abdel Aziz, el coronel libio no sólo está
siendo muy parcial –por ejemplo, en sus
visitas a Mauritania no se reunió con la
oposición con el destituido Sidi Ould Cheikh
Abdallahi-, sino que se está legitimando
a sí mismo, lo cual es un hecho grave. Claro,
porque esto significa que quienes tenían
dudas sobre el historial de Gaddafi –específicamente,
su autoritarismo y el hecho de tomarse el
poder por la fuerza hace cerca de cuatro
décadas- ahora podrán decir que el mandatario
libio sigue siendo un dictador. Y esto es
algo no menor, ya que, entonces, sería necesario
reflexionar de por qué la Unión Africana
aceptó que un dictador esté al mando de
un bloque que, supuestamente, vela por los
correctos procesos democráticos. Vaya contradicción.
Parece que no sólo Gaddafi adhiere a la
frase “si ya está en el poder, hay que aceptarlo”.
Por último, y quizás esto sea lo más preocupante,
la junta militar golpista ha sufrido el
aislamiento y el reproche de la Unión Europea,
Estados Unidos, la Unión Africana y la Organización
de Naciones Unidas. Sin embargo, el abandono
no ha sido pleno. Sólo durante abril y mayo,
por dar algunos ejemplos, representantes
golpistas han tenido reuniones con emisarios
de los gobiernos de Qatar, Iraq, Venezuela
y Sudán. Además, la República Islámica de
Mauritania participó en la 21ª Cumbre Árabe
–llevada a cabo en Qatar- y en un encuentro
de los Países No Alineados. También, y esto
sí es preocupante, fue parte de la última
reunión del “5+5”, que es la agrupación
de los diez países mediterráneos (España,
Portugal, Francia y Malta por Europa; Argelia,
Marruecos, Túnez, Libia y Mauritania por
África), celebrada en la ciudad española
de Córdoba. Y, en otra demostración que
la junta golpista no está muy sola, China
ha seguido aumentando su presencia en territorio
mauritano, algo que quedó demostrado con
la construcción de un nuevo hospital en
Nouakchott, capital mauritana. Obviamente,
con importantes aportes económicos del gobierno
chino. Como ejemplo final, durante el presente
fin de semana la República Islámica de Mauritania
firmó su adhesión a la Agencia Internacional
por las Energías Renovables (IRENA), convirtiéndose
en el 79º miembro y en el 28º estado africano
en ingresar a dicho organismo.
Es así que la Unión Africana y los gobiernos
de los diversos estados del continente deberán
reflexionar sobre lo que ha ocurrido en
la crisis mauritana post-golpe militar.
Los sucesos posteriores incitan al cuestionamiento
de ciertas procederes y obliga a ser más
selectivos a la hora de elegir sus representantes
en el mayor bloque de integración panafricano,
es decir, la Unión Africana.
De no ser así, se puede estar engendrando
una metodología bastante nociva y que lejos
de ser una solución para la débil institucionalidad
política de África, se podría convertir
en un propulsor de más conflictos en la
región.
Y aquello podría ser dramático.