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La increíble historia de Amanda Lindhout: de estrella de la televisión iraní a esclava en África




(Fotografía: Hamed Nematollahi. La imagen de la izquierda fue enviada dos días antes del secuestro de Amanda Lindhout)

 

Con sólo 27 años, poseía una exitosa carrera televisiva y tras haber sido corresponsal en Afganistán e Iraq, la periodista canadiense Amanda Lindhout se trasladó a Somalía para efectuar una serie de reportajes de televisión. Sin embargo, tres días después de su llegada fue secuestrada por un grupo guerrillero. Aunque se le creyó muerta, desde mayo, el diario italiano “Il Corriere de la Sera” asegura que la joven ha sido convertida en esclava sexual y que estaría embarazada. Otro escalofriante rumor de la prensa africana también sustenta esta teoría. Mientras, diversas organizaciones exigen su liberación y las plegarias por su bienestar van en aumento.

Nicole Saffie Guevara y Carlos Saldibia
9 de junio, 2009


El miércoles 20 de agosto de 2008, la audaz y atractiva periodista canadiense Amanda Lindhout, sin visa, ni chaleco antibalas, ni mucho equipaje, arribó al aeropuerto MGQ de Mogadiscio, capital de Somalía, el lugar más peligroso del mundo. Junto a un fotógrafo australiano, se registró en el Hotel Shamo, el único confiable de la ciudad. Con 27 años, había dejado atrás sus empleos de corresponsal de guerra de televisión en Afganistán y en Iraq (Bagdad), para hacer reportajes especiales del desastre humanitario de los campos de refugiados en Somalía para France24, canal de televisión galo. Pero, antes de comenzar su primera entrevista, fue secuestrada en la capital somalí por un grupo guerrillero. Tras ser dada por muerta, a comienzos de mayo, la Terror Free Somalia Foundation declaró que Amanda tenía un embarazo de tres meses, luego de haber sido convertida en esclava sexual por sus secuestradores.

En el invierno de 2006 Amanda Lindhout dejó la fría Alberta, su estado natal en Canadá, con la firme convicción de convertirse en corresponsal de guerra. Antes de arribar al continente africano, había vivido un año en Kabul, Afganistán, y otro en Bagdad, Iraq. A ambos destinos llegó haciendo “freelancing”, es decir, por su cuenta, con el dinero justo, sin chaleco antibalas ni guardaespaldas, a diferencia de la mayoría de los occidentales que llega hasta esas latitudes.

La mañana del episodio de su rapto, el 23 de agosto de 2008, tras pagar la tarifa de 100 dólares diarios, salió muy temprano del hotel Shamo, para hacer su primera nota para France24. Partió junto al fotógrafo australiano Nigel Brennan y el camarógrafo somalí Abdifatah Mohammed Elmi, quien también hacía las veces de traductor de dialectos casi extintos. Aunque tomaron la ruta más segura al campo de refugiados de Afgooye, ubicado a 28 kilómetros al suroeste de Mogadiscio, nunca llegaron a su destino. A 15 kilómetros del hotel, una milicia armada de la insurgencia somalí atacó el vehículo y secuestró a todos sus ocupantes. El móvil del plagio se desconoce. Lo que sí se sabe es que los raptos de periodistas y personal humanitario son frecuentes en ese inseguro rincón del “Cuerno de África”.



De los Himalayas de Nepal a su debut en Kandahar

Amigos de la profesional, desde Canadá y Estados Unidos, no escatiman elogios para describir su atractivo físico, su perseverancia y su temeraria valentía. Asimismo, sus colegas de Irán, Afganistán, Iraq, Palestina y Somalía coinciden al describirla como una profesional apasionada, bromista y con un inusual sentido de solidaridad social.

“Amanda era puro corazón”, comenta Marcie Cameron, compañera de colegio en Hunting Hills High School de Alberta. “Cuando éramos adolescentes, en el tiempo de las fiestas y los chicos guapos, Amanda trabajaba como voluntaria con grupos de indigentes. No le inquietaba el peligro y siempre se empeñaba en mostrar las terribles condiciones en que vivía la gente en los lugares que visitaba”, agrega Cameron.

Contiguo a ese altruismo, la reportera cultivaba una acelerada sed de aventura, que con asiduidad la impulsaba a tomar su mochila, un notebook y conseguir un visado a cualquier parte. “Ella era realmente fascinante”, cuenta el montañista canadiense Ryan Chapman, quien conoció a la joven de los ojos azules en los Himalayas de Nepal, cuando ella se disponía a escalar el Everest. “Nos conocimos en un hostal el día antes de subir el Kalipitar, el punto más alto de la montaña. Ella iba con una amiga. Por causa del frío, su amiga estaba demasiado enferma para escalar y como yo iba por mi cuenta, unimos fuerzas. Celebramos nuestro logro de vuelta y luego nos encontramos en Katmandú. Prometió visitarme, pero su deseo de aventura la llevó por un camino diferente”, cuenta desde Canadá.

Ese mismo entusiasmo la llevó a Afganistán en 2007. Según sus compañeros de trabajo, su propósito no era indagar sobre talibanes o tramas políticas, sino que abordar cómo la guerra estropeaba la vida de los civiles inocentes. “Para pasar desapercibida en la frontera afgano-paquistaní, que estaba bajó intermitente bombardeo, Amanda usaba un largo traje negro a la usanza de las mujeres afganas. Recuerdo perfecto su figura elegante y atractiva luciendo un hijab (o pañuelo) en la cabeza, parecía una actriz sacada de una película de los años 50”, rememora el fotógrafo neoyorkino James Whitlow.

En Afganistán todavía se recuerda que Amanda resaltaba por su coraje al punto de ser cuestionada por sus compañeros laborales por ser demasiado “temeraria”. Un día, en medio de sus despachos para la televisión iraní, Amanda ingresó a la base militar que Canadá mantiene en Panjwaii, en la provincia afgana de Kandahar. Al ingresar a la Forward Operating Base, junto con un grupo de reporteros, entabló de inmediato amistad con Richard Jonson, miembro del equipo de Comunicación e Información de Naciones Unidas. Al poco tiempo, el resto de los profesionales se marchó de Kandahar, debido al peligro constante, aunque ella y Jonson se quedaron como los únicos periodistas en el área. “Allí enfrentamos condiciones de vida muy duras y participamos en algunas patrullas de control. Amanda busca traspasar los límites de lo que se puede lograr y lo que no, y trata de romper las limitaciones establecidas por el género, la raza o la religión”, afirma Jonson desde Kabul y agrega que “Amanda es una de las personas más notables que he conocido. Es verdaderamente una joven muy fuerte”.



Cervezas Iraquíes

A fines de 2007 Amanda llegó a Bagdad, donde comenzó a trabajar como freelance para Press TV, un canal iraní que transmite noticias en inglés las 24 horas del día. Fue en el hotel Hamra, en Bagdad, donde la conoció Andrea Stone, prestigiosa corresponsal de USA Today, quien se alojaba justo un piso más abajo. Aunque trabajaban para medios diferentes, solían juntarse de noche a tomar cervezas y comentar los últimos acontecimientos del país. “Amanda parecía llena de energía, muy audaz, aventurera e intrépida”, comenta Stone y complementa diciendo que “recuerdo vívidamente que no tenía un chaleco antibalas. Una vez vino a mi habitación con una vestimenta de verano muy delgada, sin ninguna protección contra balas. Le dije que debería tratar de conseguir una protección mejor, pero no tenía los recursos para eso. Durante esa época hubo varios ataques en la ciudad de Sadr, el principal foco de problemas en Bagdad, y ella fue para allá, vestida como una mujer iraquí, algo muy peligroso. Horas después, volvió muy asustada. Dijo que casi fue secuestrada por un grupo de la resistencia iraquí, aunque los detalles exactos del incidente no los recuerdo, pero ella estaba realmente en shock”.

Pero pese al constante peligro de las arruinadas calles de Bagdad, Amanda no se amedrentaba fácilmente. Así por lo menos lo asegura, convencido, su jefe en Press TV, el editor iraní Hamed Nematollahi: “una vez estaba transmitiendo en vivo desde el centro de Bagdad para el boletín del mediodía, cuando de repente se empezaron a escuchar disparos muy cerca de ella. El presentador, que estaba al aire, le sugirió interrumpir el despacho para que pudiera refugiarse, ¡pero ella insistió en continuarlo al aire!”.

De acuerdo con Billy Holt, un fotógrafo que la conoció en Damasco, Siria, mientras la joven esperaba una visa para regresar por segunda vez a Bagdad, a ella le apasionaba hablar sobre las cosas que había visto en Afganistán e Iraq. “La primera vez que hablamos fue en el lobby del hotel. Conversamos mucho sobre esos países, cosas como tortura, víctimas civiles y las noticias políticas. También recuerdo que estaba excitada por una antigua cámara de 50 milímetros que había comprado y esperaba conseguir una cinta para poder grabar un documental con ella”, recuerda Holt.

Billy Holt la volvió a ver sólo una vez más, en Istanbul, mientras tomaba unas vacaciones de su trabajo en Iraq. La encontró en un chat y acordaron juntarse al frente de la Mezquita Azul, desde donde hicieron un tour por la ciudad. “Amanda vestía muy a la moda. Es una chica muy guapa, de pelo largo, siempre maquillada. Es inteligente y aventurera, algo que salta a la vista apenas uno la conoce. Pienso que ella realmente disfrutaba con el estilo de vida que llevaba”, asegura Holt desde Iraq.

Fue en ese encuentro cuando la delgada corresponsal de ojos azules y pelo caoba le reveló su deseo de ir a Somalía para hacer diversos reportajes. “No parecía asustada porque había estado en muchos lugares duros. Yo pienso que ella había estado demasiado tiempo en Medio Oriente, por lo que estaba buscando ir a un área diferente”, afirma Holt. Algo similar le hizo saber a su amiga de USA Today: “Recuerdo haber conversado con Amanda sobre su idea de ir a Somalía, porque, según decía, las cosas estaban demasiado “aburridas” en Iraq y ella quería estar donde estaba la acción”, cuenta Andrea Stone.



La denuncias de esclavitud

Pese a su significativa experiencia en zonas de conflicto, su arribo a Somalia la impactó fuertemente. Después de 18 años en guerra civil, el paupérrimo país africano aún vive en una total inestabilidad política, dividido en pequeños estados y facciones, sin un gobierno central y con numerosos grupos guerrilleros que se disputan el poder. Con un ingreso per cápita de 600 dólares al año, sus ocho millones de habitantes se hallan en la pobreza extrema y la mayoría sobrevive gracias a la agricultura. Otros, logran lucrativas ganancias con la piratería mercante y el secuestro a extranjeros.

Tal cual Amanda Lindhout escribió en su ultimo e-mail, a sus amigos de la cadena de TV canadiense Global National, su propósito era “reportear la deteriorada situación de seguridad en Somalía, aunque también la crisis alimentaria, que ha afectado a 2.6 millones de personas”.

Fue en Mogadiscio donde se juntó con su partner Nigel Brennan, el fotógrafo -también freelance- de 35 años, que trabajaba para el diario NewsMail, de la ciudad australiana de Bundaberg. “Nigel también tenía su lado humanitario y quería hacer la diferencia… Quería que sus fotos realmente significaran algo”, cuenta su ex compañera de trabajo Shelley Heath. “Nigel es igual que Amanda: aventurero, inteligente y talentoso. Él siempre estaba desplegando su irónico sentido del humor. Su conciencia social y su sentido noticioso, hacen que tenga la necesidad de exponer las injusticias”, agrega Brenden Allan, un amigo de la Universidad de Griffith, que habla un español casi perfecto.

Nigel había llegado tan sólo hacía una semana a Somalía. Ambos compartían su pasión por la aventura y una fuerte conciencia social. La conexión debe haber sido inmediata. De ahí que juntos decidieran proponer un reportaje de tres minutos para la televisión francesa sobre los desplazados somalíes del campo de refugiados de Afgooye, el más emblemático del país, que está frente a una hermosa, pero peligrosa playa en el Océano Índico, donde sólo se habla el dialecto somalí digil y donde se esconden los mundialmente conocidos piratas somalíes.

Cuando iban a mitad de camino por la carretera su vehículo fue obligado a detenerse por un grupo armado con fusiles. El traductor de digil hablaba por celular en ese mismo momento, por lo que pudo alertar que estaban siendo secuestrados. Desde entonces, hay muy poca información fidedigna sobre el caso de Amanda Lindhout y su acompañante australiano.

A las tres horas de ocurrido el hecho, las noticias somalíes dieron a conocer el rapto de una periodista, sin mencionar su nombre. Este flash de diversas agencias árabes fue el que escuchó su ex editor jefe en Iraq, quien desde el primer segundo advirtió que se trataba de ella. “Nuestra última conversación fue por email, exactamente dos días antes del secuestro. Me dijo que estaba en un hotel del centro de Mogadiscio y que iría a visitar un campo de refugiados para hacer un reportaje sobre la situación humanitaria y que iría con un traductor”, relata Hamed Nematollahi. “Como había chateado con ella, fui el primero en decir que la canadiense secuestrada era Amanda y comencé a contactar a diferentes periodistas. Después de un rato, desafortunadamente, se confirmó que se trataba de ella”, menciona, aún bajo conmoción.

De los secuestradores poco se conoce. El 26 de octubre de 2008, pidieron un rescate de 2.5 millones de dólares, advirtiendo que si éste no era cancelado en 15 días, Amanda y Nigel serían asesinados. Después de eso, se les dio por muertos. No obstante, el 15 de enero de 2009, el camarógrafo somalí que los acompañaba fue liberado y una semana después, los raptores bajaron su demanda a 100.000 dólares por la liberación de ambos freelances.

Pero, en abril pasado, la fundación Terror Free Somalia declaró que Amanda estaría embarazada de un bebé de tres meses, y que uno de sus captores la habría convertido forzosamente en su esposa. Incluso, de acuerdo con un crudo artículo del diario italiano Il Corriere della Sera, fechado el 8 de mayo, Amanda habría sido convertida en “esclava sexual” por sus captores. El diario italiano señala que Nigel no habría corrido mejor suerte, ya que habría sido forzado a contraer matrimonio con dos mujeres somalíes y convertido al Islam político radical. Sin embargo, nada de esto ha sido confirmado oficialmente, aunque reporteros que de su cadena de TV dan pábulo a su abuso sexual. Al mismo tiempo, se ha abierto un debate entre familiares, amigos y corresponsales de Europa, Canadá y Australia acerca de si publicitar la increíble historia de Amanda contribuye o perturba las negociaciones para su liberación. Pese a ello, diversos reporteros han denunciado que ningún gobierno ha dado luces de interceder por ella y que como freelance, sin contrato laboral, su empleador galo tampoco ha colaborado.

Un familiar de Amanda se excusó de referirse al tema y una amiga señaló que se han hecho gestiones las autoridades nigerianas para mediar por su liberación, aunque todavía sin resultados. Sus cercanos han emprendido numerosas cadenas de oración y distintos medios, desde la radio de Alberta hasta Al Jazeera, buscan dar a conocer su historia. Mientras, su familia y amigos esperan volverla a ver, con su misma sonrisa perfecta y su deseo de mostrar injusticias sociales.

Como afirma Richard Johnson, con la admiración de alguien que se refiere sólo a una mujer excepcional:

“El mundo necesita más Amandas Lindhout”.


Nicole Saffie Guevara/Carlos Saldibia
Periodistas

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