Golpe
de estado en Honduras, un obstáculo para
la integración
(Fotografía: Agencias)
Apenas
conocida la noticia de la destitución
del actual presidente hondureño, Manuel
Zelaya, comenzaron los juicios valóricos
y las demostraciones de apoyo hacia el
mandatario de la nación centroamericana
y, también, de la actuación de las fuerzas
militares. Más allá de estas reflexiones,
lo importante es lamentar lo sucedido
y demostrar que el accionar de los golpistas
sólo constituye un retroceso en las vías
democráticas de la región mesoamericana,
siempre amenazada por la inestabilidad
política y por gobiernos títeres.
Raimundo
Gregoire Delaunoy
29 de junio, 2009
Una situación como esta amerita objetividad.
Según se ha podido consignar, Manuel Zelaya
habría incurrido en prácticas contrarias
a la Constitución Política de Honduras y,
además, tenía pensado realizar un referéndum
para generar enmiendas constitucionales
y así poder mantenerse en el poder por,
como mínimo, un período presidencial más.
También hay que decir que dicha consulta
popular no tenía carácter vinculante, aunque
existía el temor que en la práctica sí fuese
así. Todo esto, además de otros serios problemas
internos, son una fiel demostración de un
gobierno hondureño incapaz de gobernar con
cierta moderación y criterio. El hecho que
el Partido Laboral (agrupación que apoyó
a Zelaya en su llegada al poder) quitara
su aval al mandatario de Honduras y que
el Congreso calificara el accionar de Manuel
Zelaya como “una manifiesta conducta irregular”,
son pruebas concretas de una gestión que
generaba muchas dudas.
Sin embargo, eso no es justificación para
que fuerzas militares saquen del poder al
presidente de Honduras y lo manden fuera
del país. En pocas palabras, se trata de
un golpe de estado. Sin muertes, ok, pero
igual es una clara violación a la institucionalidad
democrática del pueblo hondureño. Y eso
es algo que no debiese permitirse, así como
tampoco parece razonable que un líder político
olvide el respeto a ciertos principios e
intente gobernar a su antojo.
La pregunta, entonces, cae por su propio
peso y tiene relación con la influencia
que siguen teniendo los militares en Centroamérica
y, específicamente, en Honduras, un país
que ha debido vivir diversos golpes de estado
en las últimas décadas. ¿Hasta cuándo se
dará espacios a los golpistas?, ¿cuál será
el día en el que Latinoamérica realmente
luche contra este tipo de propuestas?, ¿qué
responsabilidad tienen los gobiernos en
estos lamentables sucesos?
Ciertamente, el asunto se explica por medio
de diferentes variables, pero todas apuntan,
finalmente, a tres grandes temas. Primero,
los equivocados caminos que muchas veces
toman los gobernantes; segundo, la falta
de un sistema nacional y continental que
impida la llegada al poder de los militares;
tercer y último, la estéril existencia de
organismos regionales como la Organización
de Estados Americanos (OEA), el Sistema
de la Integración Centroamericana (SICA)
y la Asociación Latinoamericana de Integración
(ALADI), generalmente incapaces de enfrentar
a las fuerzas armadas de los diversos países
de la zona. Estos tres puntos incitan a
la reflexión.
Respecto a los gobiernos, da la impresión
que ciertos mandatarios centroamericanos
se entregan, fácilmente, a las propuestas
realizadas por presidentes de otros países.
Honduras y Nicaragua se han alineado con
la línea política de Hugo Chávez, mientras
que Costa Rica lo ha hecho con Estados Unidos,
Colombia y Brasil. Panamá también se acerca
más a los gobiernos brasileños y colombianos.
El Salvador trabaja en forma conjunta con
Brasil, al igual que Guatemala. Como se
puede ver, los gobiernos de Luiz Inácio
Lula da Silva y Hugo Chávez son las principales
influencias en la región mesoamericana y
eso no es un mero accidente. El problema
es que mientras la “intromisión” brasileña
tiene que ver con lazos económicos, la venezolana
se relaciona con hechos políticos y que
se relacionan directamente con el proyecto
chavista, que incluye el fortalecimiento
de la Alianza Bolivariana para las Américas
(ALBA). Es así que Centroamérica se convierte
en un tablero de ajedrez disputado por dos
países sudamericanos que, bajo sus actuales
mandatarios, buscan ejercer gran influencia
en Latinoamérica.
En
cuanto al grado de influencia que aún tienen
las fuerzas militares en la realidad política
centroamericana, aquello es algo en lo cual
debiesen poner especial atención no sólo
los gobiernos de los países del istmo, sino
que también los organismos de integración
involucrados en esta región. Tienen que
haber más garantías constitucionales que
permitan la rebelión del pueblo, pero que
pongan especial énfasis en que se trata
de la gente y no de las fuerzas armadas.
Las personas tendrán derecho a reclamar
en las calles, pero nunca con el aval de
los militares. Salvo situaciones extremas
en la cuales el actuar de los soldados se
hace inminente (Ejemplo.- invasión de un
ejército extranjero, matanzas que realizara
el gobierno a sus ciudadanos, etc.) lo esperable
es que los soldados y sus generales estén
en los cuarteles. ¿Cómo hacer eso? No es
algo de fácil resolución, pero un comienzo
sería atribuirle menos propiedades a las
fuerzas militares y limitarlas a lo que
realmente deben realizar, es decir, velar
porque la población de un país esté bien
y no constituirse como una amenaza para
sus vidas. No puede ser que cuando algo
les parezca mal puedan tomarse el poder
por la fuerza. Aquello debería estar potentemente
y claramente establecido en la Constitución
Política de todo país y, además, debiese
ser incluido dentro de los paradigmas de
toda base institucional de los diversos
bloques de integración de la región.
Este último punto lleva al tema de los organismos
regionales como la OEA, la ALADI y el SICA.
Al respecto, cabe preguntarse hasta qué
punto son útiles estas agrupaciones si en
la práctica no tienen posibilidades reales
de imponer sus términos por sobre dictadores,
líderes golpistas o revolucionarios sin
razón de ser. En la medida que estos organismos
no tengan las capacidades, ni las opciones
de ponerle un freno a movimientos que sean
una amenaza para el correcto andar democrático
de la región, entonces parece lógico cuestionar
su validez y la real importancia de su existencia.
Hay que buscar una vía alternativa. ¿Un
Ejército latinoamericano? No parece lo más
lógico, pues la violencia no debería ser
repelida con la misma metodología, pero
hay que reconocer que la medida no es tan
descabellada. El problema es que este tipo
de fuerzas multinacionales traerían consigo
la posibilidad de más enfrentamientos, violencia
e inestabilidad. Todo parece indicar que
la solución pasa por generar una serie de
recursos legales que permitan dejar sin
validez todo tipo de accionar militar o
de fuerzas de otra índole cuyo fin sea violar
los procesos democráticos de la región.
Pero más allá de esta realidad lo relevante,
en este caso particular, es dejar en claro
que lo ocurrido, entendido como un proceso
que incluye a Manuel Zelaya y los golpistas,
es un hecho que podría tener nefastas consecuencias
en los procesos de integración en los cuales
está inmerso Honduras. Es por ello que,
dejando a un lado el tema de los responsables,
de las víctimas o de las influencias externas,
lo relevante es dejar en claro que aparte
de las grandes turbulencias que esta situación
provoca en la sociedad y la política hondureña,
este lamentable suceso generará, no cabe
dudas, sendas dificultades en los procesos
de integración del SICA, ya sea con la Unión
Europea, Sudamérica, la Comunidad del Caribe
(Caricom) y, por supuesto, entre los países
centroamericanos.
A priori, y tomando en cuenta las reacciones
de los diversos gobiernos latinoamericanos,
se podría establecer que la mayoría de los
países apoya una resolución pacífica del
conflicto y, quizás lo más importante, con
la vuelta de Manuel Zelaya al poder. Esto
es algo muy importante, pues permite dar
cuenta que la región quiere que se respeten
los procesos democráticos. En este sentido,
y más allá del tipo de gobierno y los paradigmas
políticos del actual mandatario hondureño,
no queda dudas que Latinoamérica apuesta
por mantener las directrices de un continente
tolerante y basado en el respeto a la institucionalidad
democrática.
En
este sentido, hay que decir que los posibles
problemas que puedan tener los procesos
de integración no tienen directa relación
con Manuel Zelaya y su gobierno, sino que
con la irrupción de fuerzas militares, que
han roto la frágil estabilidad política
y social de Honduras. Ahora, tampoco se
puede olvidar que esto no es gratuito y
ciertas medidas arbitrarias de Zelaya han
propiciado esto. No se puede destituir a
un alto mando del Ejército por un mero capricho,
asi como tampoco parece muy democrático
intentar cambiar las bases constitucionales
para acceder a un segundo mandato. Que otros
gobiernos latinoamericanos (Ejemplos.- Colombia,
Ecuador, Peú y Venezuela) lo hayan hecho
en el pasado no significa que ese sea el
camino correcto. Perpetuarse en el poder
nunca ha sido bueno, pues atenta contra
la natural rotativa política y democrática.
A
grandes rasgos, los procesos de integración
que actualmente tiene Centroamérica (o el
SICA) con la Unión Europea, Sudamérica y
el Caricom van relativamente bien encaminados,
aunque siempre con una base bastante feble
y, peor aún, con ciertos hechos del último
tiempo que han jugando en contra de una
verdadera integración.
En
abril pasado, la VII ronda de negociaciones
entre Centroamérica y la Unión Europea se
suspendió luego que Nicaragua reclamara
por el trato recibido por parte de los gobiernos
europeos, alegando que no se habían tomado
las medidas necesarias para eliminar realmente
las asimetrías existentes entre uno y otro
bloque. Aquello no sólo supuso momento de
quiebre entre la UE y Centroamérica, sino
que también al interior de los estados centroamericanos.
Por ejemplo, Costa Rica no dudó en rechazar
la postura nicaragüense, mientras que Honduras
apoyó lo realizado por el gobierno hondureño.
Para las próximas semanas está prevista
una nueva ronda de negociaciones, pero quedan
serias dudas respecto a qué hara la Unión
Europea respecto a este proceso, que lleva
buen tiempo y aún no se consolida. En caso
que Manuel Zelaya no retorne al poder, las
perspectivas serán negativas. Por eso, no
sería de extrañar, bajo este contexto, que
quizás la UE opte por seguir el mismo camino
que tomó en Sudamérica, es decir, negociar
directamente con los países.
Respecto
a Sudamérica, los gobiernos mesoamericanos
y sudamericanos han iniciado, desde hace
unos años, evidentes intentos por mejorar
los lazos y estrecharlos. Con una historia
similar, en ciertos aspectos, ambas regiones
tienen mucho por entregarse mutuamente.
El SICA ha sido un gran ejemplo de funcionamiento
y no quedan dudas que su puesta en marcha
ha sido mucho mejor que la de los fallidos
intentos del Mercado Común del Sur (Mercosur),
la Comunidad Andina (CAN) y la Unión de
Naciones Suramericanas (Unasur). A la inversa,
Sudamérica puede ofrecerle a Centroamérica
mejores perspectivas para sus productos,
que podrían ingresar a mercados más competitivos
y donde destaca Brasil. Justamente, este
país ha sido una pieza clave en la integración
entre las dos partes. El gobierno brasileño
ha optado por una vía más "comercial"
y no tan política, algo que le ha traído
grandes beneficios, por ejemplo, con Guatemala,
El Salvador y Costa Rica. En paralelo, Venezuela
escogió el camino ideológico y así ganó
el apoyo de Honduras y Nicaragua. Lo concreto
es que a pesar de estas diferencias, tanto
Hugo Chávez como Luiz Inácio Lula da Silva
están trabajando por una mayor integración
y ambos gobiernos han condenado el golpe
de estado militar. Es así que en la medida
que no se restituya a Manuela Zelaya, difícilmente
se pueda mantener en pie un proceso holístico
de integración. Ciertamente, la iniciativa
continuará, pero las relaciones con Honduras
no serían las mismas y seguramente se le
pondrían ciertas condiciones para seguir
siendo incluida en este proceso.
Por
último, quedan las relaciones con el Caricom
y, también, al interior de Centroamérica.
Los estados caribeños seguramente tomarán
palco ante esta situación y no tomarán una
iniciativa propia. Harán esto, para así
ajustar su postura ante lo que realicen,
específicamente, los miembros de la Unión
Europea, con quienes están en permanentes
negociaciones y cada vez más cerca de tener
nexos realmente sólidos. El Caricom no tomará
riesgos y, por lo mismo, hará lo que hagan
sus posibles "socios" comerciales
del Viejo Continente. Por eso, una molestia
de los europeos podría traducirse en una
igual respuesta por parte de la Comunidad
del Caribe.
En
cuanto a Centroamérica, las ideologías políticas
ya han generado divisiones internas, pero
éstas han sido limadas (¿o tapadas?) para
obtener el bien común de la región, que
tiene que ver con la firma de buenos acuerdos
con la Unión Europea, Sudamérica y Estados
Unidos. Sin embargo, ¿qué ocurrirá en caso
que Zelaya no vuelva a ejercer como presidente?,
¿Realmente todos los países centroamericanos
reprobarán el accionar de las fuerzas militares
y la oposición en Honduras?, ¿habrá un fuerte
respaldo hacia Manuel Zelaya?, ¿regreso
a la incipiente estabilidad?, ¿o inicio
de una escalada de violencia? Son preguntas
de gran relevancia y cuyas respuestas podrán
establecer el devenir más próximo de Centroamérica.
Por
eso, a recordar que la altura de mira y
la sabiduría son esenciales para el correcto
devenir de la historia.
Los
procesos democráticos, también.