Irán
e Iraq, dos países con una gran responsabilidad
A lo largo de su historia, el mundo
musulmán ha luchado por un sitial que
ellos consideran merecido. Más allá
de ser escuchados y entendidos en sus
mensajes, se han preocupado por expandir
sus ideas y, en los últimos sesenta
años, han expresado en forma clara que
ellos no vienen a ser los acompañantes
de Occidente. Quieren poder. Necesitan
ejercer influencias. Auguran tiempos
mejores. Sin embargo, ¿por qué han fracasado
en este intento?, ¿cómo se explica,
a grandes rasgos la débil unión -si
es que existe- entre dichos estados?
Por Raimundo Gregoire Delaunoy
17 de enero, 2007
Durante el siglo veinte
las naciones islámicas parecieron estar
condenadas a un lugar secundario dentro
de la política internacional. Si bien
hubo ciertos hechos que remecieron el
contexto mundial, la gran mayoría de los
países musulmanes estuvieron centrados
en sus disputas internas y, salvo casos
excepcionales, poco peso tuvieron en los
conflictos internacionales de gran escala.
Sin embargo, la cuestión
palestina, la expansión demográfica del
Islam en África, el reformismo islámico
en Irán, la llegada de Saddam Hussein
al poder en Iraq y el nacimiento de Al
Qaeda tendieron a cambiar el clima político
de Medio Oriente y, más que eso, establecieron
un nuevo mapa dentro del universo islámico
y, por supuesto, del mundo.
Lamentablemente, la guerra
entre Irán e Iraq confirmó que ambos países
representaban –en aquel entonces- dos
ejes distintos de poder y, lo más importante,
se mostraban ante el mundo occidental
como dos estados de población mayoritariamente
musulmana, pero con matices que, en vez
de aunarlos, los dividían. Mientras el
ayatollah Jomeini destacaba por su rigurosidad
y devoción religiosa, Hussein aparecía
ante el mundo como un seguidor del Islam,
pero casi por obligación. Se podría decir
que ambos líderes seguían y profesaban
la misma religión, mas la manera de sentir
dicho credo era distinta. El primero era
un fiel devoto, en tanto que el segundo
rozaba los límites del laicismo. De todas
formas, tanto Irán como Iraq se establecieron
como los máximos referentes del chiísmo
y, consecuencialmente, su accionar significó
una modificación total y radical dentro
del mapa político internacional y, también,
al interior del mundo islámico.
Si en 1979 el derrocamiento
del shá y los consecuentes paradigmas
políticos del gobierno teocrático iraní
trajeron consigo un aislamiento de Irán,
en 1991 la Guerra del Golfo Pérsico vino
a demostrar, por un lado, la peligrosidad
y belicosidad del régimen de Hussein y,
por otro lado, dio claras luces acerca
del interés occidental en los gobiernos
de los países petroleros, dentro de los
cuales destacaban Irán e Iraq.
Pero más allá de estos
hechos, lo realmente importante es darse
cuenta de las profundas diferencias existentes
entre dos países, que por medio de sus
políticas nacionales se convirtieron en
íconos y ejes del Islam. Y esta influencia
no sólo se limita a lo político, sino
que también se arrastra hacia lo religioso
y, aún más importante, a lo social. Ahora
bien, cuesta entender que dos naciones
fronterizas, islámicas y de mayoría chiíta
puedan haber llegado a tener tales disimilitudes
-las cuales quedaron de manifiesto en
la larga guerra sostenida entre ambos
durante 1980 y 1988- y, aún más, parece
ilógico que tanto Irán como Iraq no hayan
realizado mayores gestiones para pulir
sus diferencias y buscar un frente común
ante, lo que ellos han denominado, la
prepotencia, la decadencia y el materialismo
occidental. Y es este punto en particular
–la división entre ambas naciones- lo
que ha impedido que el mundo islámico
logre estabilizarse y ordenarse como un
bloque uniforme, al menos en lo que a
sus posturas frente a Occidente se refiere.
Ya es sabido que intentar
descubrir nexos culturales entre los cerca
de 1.200 millones de musulmanes es un
imposible y, aún más, un absurdo. Sin
embargo, sí se puede aspirar a juntarlos
en torno a una idea o un concepto común,
que tenga directa relación con su postura
frente al mundo occidental. Y para lograr
esto se hace imperioso contar con países
que estén dispuestos a asumir el liderazgo
en torno a esta misión. Entonces, cabe
preguntarse quiénes podrían asumir un
rol tan importante como es el de reordenar
el seno interno de la política internacional
islámica. Iraq está inmerso en una guerra
civil entre chiítas y sunitas y, al mismo
tiempo, presenta el problema de la ocupación
de las fuerzas internacionales lideradas
por Estados Unidos; Irán parece estar
más preocupado de continuar con sus planes
nucleares que de abrirse al mundo; Arabia
Saudita mantiene su apertura hacia Europa
y Norteamérica y, en particular, mantiene
nexos con empresas occidentales; Turquía
pugna por ingresar a la Unión Europea;
y, finalmente, Egipto está sumido en lo
que es el discutido mandato de Hosni Mubarak
y el fuerte surgimiento de la Fraternidad
Musulmana.
Resumiendo, se puede
apreciar que los países que podrían o,
más bien, deberían tomar la batuta en
torno a una unión islámica no están en
condiciones de hacerlo y, por lo tanto,
pensar en un mundo musulmán reorganizado
es algo un tanto utópico. Y esto último
no es tan ilógico, si se piensa que ni
siquiera conflictos como la invasión estadounidense
en Iraq o la eterna lucha del pueblo palestino
por conformar un estado propio han suscitado
el apoyo unánime de todas las naciones
islámicas. La situación es aún más incierta
si se toman en cuenta conflictos como
el que tienen Argelia y Marruecos por
el Sahara Occidental o la lucha del pueblo
afgano contra los talibanes en Afganistán.
Y qué decir de las pugnas internas entre
los miembros de la Liga Árabe o la Unión
del Magreb Árabe.
En conclusión, mientras
los propios musulmanes no resuelvan sus
conflictos, no podrán lograr lo que ha
sido uno de sus grandes anhelos, que es
aunarse en pos de un objetivo común: la
independencia frente al poderío de Occidente.
Y gran responsabilidad de este fracaso
lo tienen países como Irán e Iraq, que
son naciones dominantes y de gran influencia,
no sólo por su historia, sino que también
por su importancia en el mapa geopolítico
y religioso. Ahora, ha llegado el momento
en que ambos estados asuman que el siglo
veintiuno viene a entregarles el protagonismo
que tanto han buscado.
Dependerá de ellos si
son capaces de recibir esta oportunidad
histórica y tomar las decisiones que les
permitan trazar los nuevos límites de
la política internacional.