Elecciones
presidenciales en Irán, ¿una bomba de
tiempo?
(Fotografía:
La Stampa.it)
Apenas conocidos
los primeros resultados de la primera
vuelta electoral, la inquietud se apoderó
de la esfera política y social iraní.
Claro, porque el actual presidente, el
conservador Mahmoud Ahmadinejad, obtenía
un aplastante triunfo sobre su principal
rival, el "reformista" Mir Hossein
Moussavi. En paralelo, diversos gobiernos
daban cuenta de su postura ante los hechos
y comenzaba el debate acerca de si realmente
hubo un fraude electoral.
Raimundo Gregoire Delaunoy
20 de junio, 2009
Ha pasado más de una semana y las protestas
en las calles no sólo se mantienen, sino
que adquieren cada vez más fuerza, al igual
que la represión de las mismas por parte
de las fuerzas policiales. Este dato no
deja de ser algo accidental o meramente
anecdótico y es una importante demostración
del descontento existente en las calles
de Teherán. De hecho, tras la revolución
del Shá, en 1979, no se tenían recuerdos
de manifestaciones tan potentes, inagotables
y violentas como las que se están realizando
en estos momentos.
Es así que lo acontecido el fin de semana
pasado, en las elecciones presidenciales,
deja espacio a muchas dudas.
Primero, porque se suponía que la disputa
entre Ahmadinejad y Moussavi sería muy reñida
y con un pequeño margen de diferencia. Tanto
así, que se especulaba con una posible segunda
vuelta electoral. Sin embargo, aquello no
aconteció, pues según las cifras oficiales,
el actual mandatario iraní obtuvo cerca
del 63% de los votos, en tanto que su contendiente
apenas sumó un 34% de las preferencias.
Estos números, ciertamente, dan cabida a
una serie de cavilaciones y reflexiones.
En un primer momento, se
pudo pensar que se trataría de la espontánea
respuesta de los electores que debían resignarse
ante una clara derrota, pero que en vez
de hacerlo, recurrían a la violencia. Se
trata de un razonamiento bastante lógico,
pero tras este pensamiento se esconde un
motivo de peso. En países como Irán, donde
existe represión, la gente no realiza maniobras
tan arriesgadas, a menos que sea algo que
sobrepase los límites de la paciencia o
que tenga relación con aspectos elementales
como los derechos humanos, las precarias
condiciones de vida, las injusticias sociales,
la falta de modernización y la imposición
de paradigmas que no todos comparten, entre
otros. Y no es que el gobierno iraní padezca
todos estos males, pero sí presenta varios
síntomas relativos a este tipo de “malas
administraciones”.
El asunto es que la violenta respuesta del
pueblo de Irán ha sido el espejo perfecto
para externalizar una serie de situaciones
que mantienen con inseguridad y disconformidad
a la sociedad iraní. Y este punto va más
allá de los problemas económicos a los cuales
ha tenido que hacer frente Mahmoud Ahmadinejad
(como la inflación, por dar un ejemplo)
o de la eterna lucha del actual presidente
iraní por llegar hasta el final con su plan
de energía nuclear. No queda duda que el
estilo conservador y la rebeldía ante Occidente,
algo propuesto por Ahmadinejad, le ha servido
para generar muchos simpatizantes, pero,
al mismo tiempo, ha captado firmes detractores.
Dentro de este último grupo se encuentran
muchas mujeres, cansadas de las estrictas
leyes islámicas, pero también trabajadores
que no ven una justa repartición de los
ingresos obtenidos por los recursos naturales
(especialmente gas y petróleo). A ellos
se suman estudiantes universitarios, que
parecen agotados de una sociedad y una política
conservadora. Y, finalmente, desde el exilio,
los miles de iraníes diseminados por el
mundo. Desde Francia, Estados Unidos e Inglaterra,
por dar tres ejemplos, llegaron las voces
de alerta y reclamo ante los últimos comicios
presidenciales.
Por eso, lo que está ocurriendo en las calles
de Teherán debiese ser un llamado de atención
para el gobierno de Mahmoud Ahmadinejad,
quien debiese asumir que la situación es
muy delicada y que en cualquier momento
se le puede complicar aún más. Sí, porque
las dudosas elecciones no sólo han sido
impugnadas por el pueblo iraní, sino que
también por importante sectores o destacadas
personalidades de Irán. Personajes como
Shirin Ebadi –ganadora del Premio Nobel
de la Paz-, algunos líderes religiosos menores
y diversos activistas y políticos han demostrado
la preocupación por lo que está aconteciendo.
Incluso, se ha dicho (aunque no hay confirmación
oficial) que Ali Larijani, presidente del
Parlamento iraní, habría criticado y responsabilizado
al primer ministro de Irán por la ola de
protestas y violencia.
En paralelo, gobiernos de distintos países
han llamado a la calma, mientras que otros,
como Canadá y Francia, han ido más allá
y han considerado como funesto y lamentable
el accionar de Mahmoud Ahmadinejad y del
líder espiritual, Ali Khamenei. Por contrapartida,
China ha entregado respaldo al ganador de
las elecciones, cosa que también han realizado
gobiernos de otros estados, como Siria,
Corea del Norte, Venezuela y Cuba. Estados
Unidos sólo se ha remitido a decir que “el
mundo está viendo todo”, mientras que el
Reino Unido e Israel han declarado que no
se referirán mucho respecto a esta situación.
Y quizás en algo realmente importante, el
Consejo de Guardianes declaró que podrían
llevar a cabo un recuento aleatorio del
10% de los votos válidamente emitidos el
fin de semana pasado. Esto último permite
inferir que la posibilidad de un fraude
electoral no es tan lejana, pues este organismo
es uno de los de mayor influencia en la
política iraní. Constituido por seis líderes
religiosos e igual cantidad de juristas,
uno de sus deberes es velar por el correcto
funcionamiento de los procesos electorales
y el hecho que asumir una revisión de los
escrutinios está admitiendo, aunque sea
en forma indirecta, que las sospechas no
son un mero capricho. Alguien podrá decir
que se trata de un tongo, ya que el Consejo
de Guardianes es presidido por el ayatollah
Ahmad Janati, que apoya al actual mandatario
iraní, pero de todas formas es un antecedente
al cual habrá que poner atención.
Mientras, las detenciones de opositores
al régimen de Ahmadinejad siguen aumentando,
al igual que el control mediático, lo que
ha significado, por ejemplo, que se hayan
censurado páginas web que entregaban informaciones
diferentes a las de los medios oficiales.
Lo mismo ha ocurrido con los periodistas
extranjeros, a quienes se les ha dicho que
deben abandonar el país y no se les permite
cubrir el devenir de las protestas. Esto
último tiene como objetivo “tapar” la cruda
realidad, que es la dura represión con la
cual las fuerzas policiales están sofocando
las manifestaciones públicas, que siguen
pidiendo la anulación de los comicios. Según
cifras oficiales, ya han muerto cerca de
20 personas, pero se estima que el total
de víctimas sería cercano a 150. Nada de
extrañar, si se toma en cuenta el mensaje
entregado por Ali Khamenei, líder espiritual
de Irán y que está por sobre el poder político
de la nación, quien declaró que “en caso
de sangre derramada, ustedes (los opositores)
serán los responsables”. Aquella frase,
expresada el jueves pasado, no deja de ser
alarmante, pues da pie a una libre actuación
de los Guardianes de la Revolución y de
las milicias Basijs, los principales cuerpos
de fuerzas leales al guía espiritual y al
presidente del país.
Bajo este contexto, cabe preguntarse qué
irá a pasar con este proceso, que cada vez
se hace más intenso, violento y preocupante.
Aún más, si se toma en cuenta el hecho que
Mir Hossein Moussavi afirmó que seguirá
hasta el final y que está dispuesto a todo
con tal de ganar esta lucha. Da la impresión
que ninguna de las partes involucradas en
el conflicto entregará su brazo a torcer
y eso es, justamente, lo peligroso de este
asunto.
Ha llegado el momento en el cual Mahmoud
Ahmadinejad y Ali Khamenei acepten que su
discurso nacionalista, anti-occidental y
pro-islamista les dio ciertos frutos, pero
que ya no se puede seguir manteniendo. La
sociedad iraní ha dicho que no quiere esto,
que busca nuevos cambios y paradigmas más
acorde a la realidad del Irán de hoy. Es
cierto, sigue siendo una teocracia, pero
quizás ya no todos lo desean. Así como en
1979 se optó por eliminar el camino pro-occidental,
quizás hoy el espíritu sea otro. Sin embargo,
así no lo entienden Ahmadinejad y Khamenei,
que seguirán defendiendo a ultranza su “revolución.
Sí, porque en definitiva se trata de eso,
implantar un nuevo momento histórico en
la vida de Irán.
Claro que no será fácil, pues tendrán en
Moussavi a un duro contrincante, que también
intenta establecer un cambio, quizás no
tan radical, pero donde sí se busca una
mayor apertura hacia Estados Unidos y la
Unión Europea.
Esa es la lucha de Irán. Ya no tiene que
ver con su plan nuclear, ni de las relaciones
con Israel o con el colonialismo occidental.
La primera piedra ha sido arrojada. La segunda,
también.
¿Cuántas más vendrán?