Mauritania
y la demostración de un fallido proceso
democrático
(Fotografía:
Agencias)
En
marzo de 2007, la victoria de Sidi Ould
Cheikh Abdallahi, en la segunda vuelta
de las elecciones presidenciales, ponía
fin a décadas de gobiernos autoritarios
y, al mismo tiempo, daba comienzo a una
nueva etapa en la débil e incipiente institucionalización
democrática de la República Islámica de
Mauritania. Lamentablemente, dos años
y medio después de aquel histórico hecho,
todo quedó en nada y las esperanzas de
un camino sin retorno hacia la estabilidad
social, política y económica parecen estar
perdidas. Los golpistas se tomaron el
poder y luego obtuvieron la victoria en
los comicios presidenciales de julio pasado.
Ante esta situación, no queda otra que
preguntarse qué es lo que falló en este
proceso.
Raimundo Gregoire Delaunoy
12 de octubre, 2009
La
respuesta puede parecer compleja, pero,
finalmente, no lo es tanto. Claro, todo
dependerá del prisma con el cual se analice
y observe el cúmulo de acontecimientos sucedidos
en la realidad política y social mauritana
durante los últimos años, pero se podría
decir que hay dos grandes temas de gran
peso a la hora de establecer ciertas conclusiones
o de elaborar juicios categóricos.
Tratándose
de un asunto netamente interno, la lógica
obliga a pensar que todas las variables
involucradas en este proceso político, social
y económico –puede parecer reiterativo mencionarlo,
pero esto no tiene que ver sólo con uno
de los tres factores nombrados- deberían
tener una matriz en el pueblo mauritano.
Sin embargo, los hechos demuestran que aquello
no es así y, desafortunadamente, una serie
de agentes externos han tenido y, casi son
seguridad, tendrán un importante rol en
la vida de la aún joven República Islámica
de Mauritania.
Así
las cosas, a la hora de intentar entender
el fracaso del proceso de lenta democratización
en Mauritania, aparecen dos grandes ejes.
Primero, la injerencia de las potencias
extranjeras (principalmente, Estados Unidos
y la Unión Europea) y del actual líder libio
y presidente de la Unión Africana (UA),
Muammar al Gadaffi. Segundo, la historia
y actualidad político-social de la República
Islámica de Mauritania.
Los
hechos ya son conocidos. Desde las elecciones
presidenciales de marzo de 2007, la política
mauritana vivió momentos de zozobras, disputas
y dudas. Así fue que en mayo de 2008 renunció
el primer ministro de Mauritania, Zeine
Ould Zeidan, siendo reemplazado por Yahya
Ould Ahmed El Waghf. Pero este último tampoco
duró mucho en el cargo, pues en julio del
mismo año presentó su dimisión. Este hecho
se produjo ante una moción de censura en
su contra y que había sido ideada por el
Pacto Nacional por la Democracia y el Desarrollo
(PNDD). El motivo de esta acusación radicaba
en la cada vez mayor pobreza del país, el
estancamiento económico y la supuesta corrupción
en ciertas cuentas del estado. Sin embargo,
el entonces presidente de Mauritania, Sidi
Ould Cheikh Abdallahi, rechazó la renuncia
de su primer ministro y éste fue reintegrado.
Así
se llegó a agosto de 2008 y, específicamente,
al día seis de aquel mes. En aquella fecha,
el coronel Mohammed Abdel Aziz lideró un
golpe de estado militar, que abruptamente
puso fin al gobierno democrático, legal
y legítimo de Sidi Ould Cheikh Abdallahi.
El principal motivo fue la destitución de
la plana mayor del Ejército, algo que causó
gran molestia en Mohammed Ould Abdelaziz,
jefe de la guardia presidencial. A partir
de entonces, la junta militar creó el Alto
Consejo de Estado, el cual era liderado
por Abdelaziz. Unos días más tarde, Mulay
Ould Mohammed Laghdaf sería nombrado primer
ministro de la República Islámica de Mauritania.
Mientras, Sidi Ould Cheikh Abdallahi y Yahya
Ould Ahmed El Waghf fueron aprisionados
y se les impidió salir del país.
Ante
esta situación, las reacciones de la “comunidad
internacional” no se hicieron esperar. La
Unión Europea, Rusia, Estados Unidos, la
Organización de Naciones Unidas, la Unión
Africana y la Comunidad Económica de Estados
de África Occidental expresaron el repudio
ante los lamentables sucesos. Más tarde,
la Liga Árabe se sumaría a este mensaje.
Otros organismos, como la Organización de
la Conferencia Islámica y la Unión del Magreb
Árabe fueron más cautos y aunque declararon
sentirse preocupados por la situación, no
elaboraron grandes juicios al golpe de estado
militar.
Y
después de los hechos, ¿qué?
Lamentablemente,
lo que parecía ser una gran condena a nivel
mundial comenzó a desvanecerse con una tibieza
que realmente asombra. Así como los juicios
fueron muy categóricos durante agosto y
septiembre de 2008, con el tiempo se fue
apagando la luz de aquellos mensajes.
Una demostración de esto último es el relativo
aislamiento al cual fue sometida la junta
militar. Estados Unidos y la Unión Europea
mantuvieron su amenaza de congelar las ayudas
económicas, pero no adoptaron un rol tan
preponderante como el que tuvieron en otros
conflictos africanos como, por ejemplo,
Sudán o República Democrática del Congo.
Peor aún, la República Islámica de Mauritania
estuvo presente en una reunión del Foro
5+5 y el coronel Mohammed Abdelaziz recibió
en su país a una serie de gobernantes extranjeros.
Y, por si esto fuera poco, China mantuvo
un fuerte lazo económico-comercial con Mauritania,
demostrando que sus intereses monetarios
no tienen un colador a la hora de ser ejecutados.
En
paralelo, ni la Organización de la Conferencia
Islámica, ni la Liga Árabe y ni la Unión
Africana fueron capaces de establecer sanciones
ejemplificadoras. Esto último demuestra
que este tipo de organismos sirven para
muchas cosas, pero escasamente cuando se
trata de solución de conflictos armados.
Lo
de la Unión Africana fue realmente decepcionante,
ya que aparte de tener un rol bastante pasivo
–en un primer momento se declaró en contra
del golpe, pero luego dio pie para que esta
situación se consolidara- demostró que el
influjo de quien esté en la presidencia
rotativa no es algo menor. Esto último tiene
que ver con la presencia de Muammar al Gaddafi,
líder libio y coronel que lleva 40 años
al poder en Libia. No tiene sentido desviarse
del tema, pero lo cierto es que Gaddafi
fue, en su momento, un golpista y parece
ser que aquella naturaleza le impidió ver
con objetividad e imparcialidad el proceso
de la República Islámica de Mauritania.
De otra forma, no se puede entender que
haya dado apoyo implícito a Mohammed Abdelaziz
y que, finalmente, sugiriera que el camino
era reconocer a la junta militar y trabajar
por nuevas elecciones.
Las
elecciones, la participación de Abdelaziz
y el comienzo de una nueva etapa
Tras
una serie de cuestionamientos y falsas expectativas,
el 23 de enero de 2009 se estableció que
los nuevos comicios presidenciales serían
el seis de junio y que en ellos podría participar
el coronel golpista Abdelaziz. Esto trajo
el rechazo de una parte importante de la
sociedad mauritana y, por supuesto, de la
oposición, liderada por Messaoud Ould Boulkheir,
representante de la Alianza Popular por
el Progreso (APP).
Sin
embargo, las protestas no lograron grandes
cosas y el 15 de abril de 2009 Mohammed
Abdelaziz renunciaba a su puesto de Jefe
de la Junta Militar, para así poder inscribirse
y participar en las vitales elecciones que
darían el nombre del nuevo presidente de
la República Islámica de Mauritania.
Pero
apenas unos días de realizarse estos comicios
la oposición y la Junta Militar llegarían
a un acuerdo, según el cual se retrasarían
las elecciones hasta el 18 de julio. Durante
ese período se crearía un gobierno de unidad
nacional.
Así
fue que el 18 de julio de 2009 se llevaron
a cabo los comicios presidenciales, en los
cuales participaron diez candidatos, aunque
de ellos sólo tres contaban con opciones
reales de convertirse en el nuevo mandatario
mauritano. Un día después de las elecciones,
se entregaron los resultados, que no dejaron
muy conformes a una parte de la “sociedad
política” mauritana. Claro, porque el coronel
Mohammed Abdelaziz (apoyado por la Unión
para la República) se impuso con el 52.58%
de los votos, muy por delante del principal
opositor Messaoud Ould Boulkheir (16.29%)
y del histórico Ahmed Ould Daddah (13.66%).
Otros candidatos obtendrían menores porcentajes,
pero se destaca la figura de Ely Ould Mohammed
Vall, desplazado al sexto lugar con apenas
3.81% de las preferencias.
Si
bien en un comienzo hubo un intento de impugnación
de las cifras oficiales, con el paso de
los días los rivales fueron reconociendo
la derrota y todas las dudas se disiparían
luego que el Grupo de Contacto Internacional
para Mauritania –integrado por la Unión
Africana, la Liga Árabe, la ONU, la Unión
Europea, la Organización de la Francofonía
y los miembros del Consejo de Seguridad
de la ONU- declarara que las quejas recibidas
no tenían argumentos válidos. Además, una
serie de otras tendencias observadas durante
las votaciones llevaron a este grupo a concluir
que no hubo fraude y que las elecciones
fueron transparentes.
El 5 de agosto de 2009, Mohammed Abdelaziz
juró como el nuevo presidente de la República
Islámica de Mauritania, en una ceremonia
a la cual asistieron mandatarios o representantes
de influyentes países africanos como Marruecos
y Senegal.
Algunas
reflexiones
Conociendo los hechos, es necesario establecer
algunos comentarios u observaciones finales,
para así ir dejando en claro el por qué
del fallido proceso democrático de la República
Islámica de Mauritania.
Primero,
la débil institucionalidad política mauritana
no fue capaz de resistir ante el menor ataque,
sea este de gran o baja intensidad. En término
médico-metafórico, el enfermo aún estaba
convaleciente y, por lo mismo, era esperable
que en los primeros pasos de este nuevo
proceso hubiese recaídas. Lamentablemente,
esto es lo que pasó y esto último se relaciona
con la segunda variable involucrada.
Claro,
porque el segundo punto a tomar en cuenta
es la eterna presencia de los militares
en la vida política del país. La militarización
de la política y sociedad es uno de los
males que aún padece Mauritania. La pregunta
es cómo eliminar esto. Quizás lo mejor sea
ir robusteciendo la democracia, es decir,
ampliar el número de grupos políticos participantes.
En la medida que cada agrupación, por muy
pequeña que sea, sienta que tiene herramientas
de representación, entonces el accionar
de los militares será cada vez más resistido
y, en consecuencia, irá quitándole terreno
al influjo militar. Sin embargo, este proceso
no es algo de meses, sino que de años y,
tal vez, décadas.
Tercero,
la crisis económica terminó por pasarle
la cuenta al gobierno de Sidi Ould Cheikh
Abdallahi, que a pesar de los esfuerzos
(la economía mauritana estaba creciendo
durante 2007 y 2008) no logró darle calma
a sectores tan importantes como el agrícola
y el pesquero. Los acuerdos, en el área
pesquera, parecían darle mayores beneficios
a las empresas extranjeras más que a los
pescadores mauritanos y eso es algo que
debió preveer.
Cuarto,
en las elecciones presidenciales de 2007,
Abdallahi no había podido ser la primera
preferencia en Nouakchott, capital del país.
Aquello que para muchos pudo ser una anécdota,
nunca lo fue y eso quedó demostrado con
la organización y las facilidades que tuvieron
los golpistas, siempre con el apoyo de una
importante parte de los habitantes de Nouakchott.
Faltó visión en este punto, pues se pudo
haber tenido una mayor seguridad o, buscando
otra fórmula, haber intentado darle alegrías
a los ciudadanos de la capital. ¿Populismo?
No, el ideal habría sido generar medidas
políticas y sociales claras, pero a favor
de los habitantes de Nouakchott.
Quinto,
las potencias tuvieron un rol bastante apagado
en comparación a otros conflictos regionales
existentes en África. Esto se explicaría
por la escasa importancia, al menos hasta
hoy, que representa Mauritania en términos
económicos y de recursos naturales. No es
lo mismo la República Democrática del Congo
–donde abundan el oro, el coltán y otros
materiales- o Sudán –el verdadero granero
de África- que la República Islámica de
Mauritania. Ese parece ser el mensaje enviado
por Estados Unidos y la Unión Europea, que
tuvieron una tibia reacción ante los golpistas
mauritanos. Lo peor estuvo en manos de China,
que nunca dejó de invertir en Mauritania.
Parece ser que da lo mismo quién y cómo
gobierne. Al menos para el gobierno chino.
Sexto,
la Unión Europea demostró que su rol en
África debe ser analizado, pues el doble
stándard con el cual actuó en el caso de
la República Islámica de Mauritania genera
preocupación. ¿Las democracias y los abusos
en contra del pueblo son importante en Europa,
pero no en Mauritania?, ¿las violaciones
a la institucionalidad de un país no tienen
relevancia en Mauritania, pero sí en Chad,
Sudán o el Sahara Occidental? Son preguntas
que flotan y cuya respuesta es bastante
confusa. La Unión Europea debió tener un
mayor rol y una respuesta bastante más dura
contra los golpistas.
Séptimo,
la Unión Africana no tiene el peso suficiente,
ni a un líder (Muammar al Gaddafi) que pueda
afrontar con la objetividad y el estricto
apego a los valores democráticos que un
organismo de integración debiese tener.
Si los conflictos en Somalía, Sudán y Zimbabwe
habían sido un gran dolor de cabeza y una
nueva demostración de la ineficacia de la
Unión Africana, ¿qué se puede decir ahora?
Por
último, ha quedado de manifiesto la escasa
importancia que el mundo le entrega a un
país como la República Islámica de Mauritania.
En los últimos meses se pueden encontrar
diversos ejemplos de cómo los gobiernos
y los medios tuvieron un papel preponderante
a la hora de vivir ciertos problemas. Por
ejemplo, Irán, Abjazia y Honduras. Sin embargo,
parece ser que el pueblo mauritano no genera
la misma empatía que lo que sí provocaron
iraníes, abjazos y hondureños.
En
fin, todas estas variables no hacen más
que confirmar algo que parecía bastante
predecible, es decir, un primer fracaso
en el proceso de lenta democratización de
la República Islámica de Mauritania.
Pero
no hay que perder las esperanzas, pues esto
recién comienza. Vendrán más desafíos y
nuevas oportunidades de consolidar este
proceso. El tiempo irá dando algunas claves,
aunque otras ya están a la vista.
Es
de esperar que los políticos sepan abrir
las puertas correctas y que sepan cerrar
las que sólo generan conflictos.
Y
con un buen candado.
Raimundo Gregoire
Delaunoy
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl