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Musulmanes en Europa occidental: la construcción/irrupción de “el otro” en el espacio público europeo

“A cualquier parte que vayas serás una polis”




(Fotografía: Agencias)

 

Es cada vez más evidente que el islam es un actor social presente en el espacio público europeo occidental. La reacción frente a la construcción de mezquitas y el debate respecto al uso del velo en las escuelas públicas pueden leerse como manifestaciones de que el islam busca abrirse paso y ocupar un lugar en el espacio público europeo, del que ya forma parte. Las sociedades europeas occidentales contemporáneas comienzan a debatirse entonces sus propios cimientos, sus principios fundamentales como la secularización y el espacio de la religión dentro de los límites entre el ámbito de lo público y de lo privado.

María Carolina González Bracco
5 de junio, 2009


Granada.- La presencia de musulmanes en Europa occidental sólo puede ser percibida como novedosa si se olvida la experiencia de “convivencia” de Al Andalus, el Imperio Otomano y el colonialismo. En esta línea, lo novedoso del islam es que ciertas condiciones de posibilidad posibilitaron la resignificación del lugar de la religión, que había sido relegada al foro interno de los creyentes, representada institucionalmente por las iglesias y sus jerarquías.

Al ser el Islam esencialmente una religión que se construye en el ámbito de lo social, del espacio público y al carecer de interlocutores visibles y jerarquías eclesiásticas desafía la propia identidad de las sociedades europeas, que se ven amenazadas en sus principios fundamentales y que reaccionan de maneras diversas.

Mucho se ha hablado y mucho se ha escrito en los últimos años sobre la presencia del islam en Europa occidental. Esta presencia, que como anticipábamos no es novedosa si abordamos la cuestión desde una perspectiva histórica, ha de estudiarse dada su naturaleza conflictiva.

Cabe preguntarse entonces qué es lo conflictivo o cuáles son las condiciones de posibilidad para que determinado grupo –en este caso los musulmanes- se convierta en un “otro” que amenaza y no permite ser a un “nosotros”. Sabemos que las identidades se construyen a partir de la diferenciación del otro, lo que resta saber es cuáles son las razones que convierten al otro, justamente en “el otro”, la pura negatividad, aquello que atenta contra las bases mismas del “nosotros”. Y, a su vez, sobre qué bases construimos al “nosotros”.

El encuentro entre el islam y las sociedades occidentales europeas tiene tres momentos identificados con el colonialismo, el Imperio Otomano y Al Ándalus.

En Europa occidental, la historia y la experiencia del colonialismo ha sido el principal agente de la vista del Islam como una civilización esencialmente inferior, o al menos como una cultura en un estado bien de infancia o decadencia, lo suficientemente profunda como para justificar la misión civilizadora europea.

Si bien la mayoría de los musulmanes en Europa oriental y los Balcanes representan el patrimonio vivo del Imperio Otomano en suelo europeo, en Europa occidental la mayoría son inmigrantes o los hijos o nietos de inmigrantes procedentes de ex colonias europeas, semi-colonias, o los Estados sucesores de las partes del Imperio Otomano situados fuera del continente europeo.

Los musulmanes han aumentado en importancia, número y visibilidad, especialmente en después de la Segunda Guerra Mundial debido a la migración post-colonial, en parte bajo la forma de “trabajadores invitados” para reconstruir Europa y que por ello albergaban con la idea del retorno bajo la forma de mantener la lengua y la religión.

Ahora bien, ¿cuándo y cómo fue que el islam comenzó a descomponer a las sociedades europeas amenazando la cohesión del sus partes? Es decir: ¿cuándo y cómo el islam se convirtió en “el otro”?

A lo largo del tiempo, las nuevas generaciones comenzaron a reivindicarse como parte de las sociedades de acogida y bajo estas condiciones, generaron un impacto considerable no sólo en la forma de vivir su religiosidad, sino también en la forma en que plantearon los reclamos o demandas comunes, en la manera en que se identificaron, asociaron y actuaron colectivamente o individualmente con el fin de influir o cambiar ciertas prácticas administrativas, normas jurídicas, políticas predominantes, e incluso la estructura institucional y las identidades colectivas de las sociedades de acogida.

Su presencia, reivindicaciones y acciones colectivas también tuvieron diversos impactos en los gobiernos que comenzaron a debatirse sobre las políticas de asimilación o tratamiento y legislación de la diversidad religiosa, el imaginario y las identidades colectivas.

En el seno de las sociedades se desataron las controversias públicas sobre el islam y los musulmanes, que parecen haber resucitado los fantasmas del pasado de Europa. En este punto, la mentalidad secular (moderna, laica, occidental, europea) intenta estigmatizar al “insurgente Islam” (atrasado, misógino, tradicional, fundamentalista) como una especie de movilización anti-modernidad respondiendo con intolerancia, racismo y xenofobia (islamofobia).

En esta línea, algunos análisis consideran que el Islam es visto no tanto como una amenaza por ser la cultura de los “otros” sino más bien por identificarlo con el atraso, con una forma de autoritarismo que carece una clara separación entre política y religión. Aunque ambos, creemos, argumentos no son excluyentes.

Ese “atraso” se conecta con la idea colonialista de inferioridad del islam, dada su “incapacidad” de separar religión y política. Esto porque tradicionalmente, el imaginario social en general y la sociología de la religión en particular, han relacionado las tradiciones religiosas con la esfera pública a partir de la experiencia traumática de la discordia religiosa y las guerras religiosas en la Europa moderna temprana y los guerras nacionalistas desde el siglo XVIII hasta la Segunda Guerra Mundial.

La secularización ha pasado a ser el concepto con el que se identifican las sociedades europeas como un todo, y será el principio invocado por aquellos que se oponen a la visibilidad del islam a través de símbolos religiosos y, de paso, rechazar las demandas de participación activa de los musulmanes en la esfera pública.

Por eso, retomar la discusión sobre el lugar de la religión en la sociedad no implica una vuelta atrás, ya que los principios fundamentales sobre los que se cimientan las sociedades europeas como la libertad de culto y religión no implica solamente garantizar la posibilidad de profesar la fe a nivel individual en la esfera privada, sino que también incluye el derecho de asociación y organización comunitaria sin interferencia del gobierno.

En todo caso, lo que está en juego es la legitimidad de ciertos presupuestos. Ya que “Si asumimos – nos dice dice Bielefeldt- que en una democracia moderna la esfera pública es el lugar de la política, entonces debemos concluir que las comunidades religiosas, siendo parte de la vida social de una sociedad, tienen derecho a participar en política”

La presencia del islam puede leerse entonces simplemente como la construcción de un “otro” que no permite ser a un “nosotros”, pero cuyas consecuencias inesperadas dejan entrever lo más rico de esta coyuntura, es decir la imposibilidad constitutiva de lo social y falta de suturación y cohesión al interior de las sociedades que hoy replantean sus fundamentos.

Respecto al espacio público europeo, hay una especie de espacio público común que abarca diferentes espacios públicos ligados a diferentes públicos posibles, cada uno de los cuales se representa a sí mismo, pero eventualmente ve y se encuentra con otras esferas y otros públicos. Esto se relaciona directamente con la reconfiguración y debilitamiento del Estado-nación y la creación a su interior de sub-sociedades donde ya no existe “el pueblo”, sino los pueblos.

De un tiempo a esta parte sin embargo, parece haber habido ciertos roces ante el encuentro que ya no se percibe como eventual sino más bien cotidiano. Como decíamos más arriba, la irrupción del islam en el espacio público europeo se caracteriza por estar presente y reclamar su lugar en la sociedad y en las instancias representativas de gobierno.

Respuestas como la “secularización” parecen no ser válidas ante la identidad diferencial del islam y es en este sentido que el islam desafía la dicotomía público/privado al ser una religión en y de el espacio público, necesita el espacio público para alcanzar su fines y su existencia es el prerrequisito de muchas de las articulaciones requeridas por la religión. El islam –en tanto comunidad de creyentes-no sólo quiere ser aceptado en el espacio público, sino que también necesita ser reconocido en, por y a través del espacio público.

Al ser un principio identitario necesita encontrar su lugar en el espacio social, ser visto, salir de la esfera de lo privado, de lo doméstico, del oikos, lugar al que había sido relegado la religión en las sociedades occidentales a partir de un proceso de secularización que le es ajeno.

Lo que está en discusión, entonces, es qué lugar se le va a dar a la religión en estas sociedades cuya conformación es cada vez más plural.

El islam rehúsa a ser relegado al ámbito de lo doméstico y quiere ser acogido como parte de esa pluralidad, al formar parte del/los espacio/s público/s lo resignifica tanto histórica como simbólicamente las esferas del saber, del poder y de la ley, dando otra vuelta de tuerca a las democracias, sus bases y sus sistemas de creencias.

Probablemente el debate suscitado a partir de la presencia, visibilidad y demandas del islam y de los musulmanes en tanto comunidad continúe dando retos a la intelectualidad contemporánea, que lejos de resolver la ecuación planteada, continuará preguntando y preguntándose si los conceptos que maneja –de tradición europea- son válidos para coyunturas como la planteada sin caer en el estiramiento conceptual.

Se ha dicho muchas veces que el islam teme a la modernidad, resta terminar de definir -si la discusión se plantea en términos lineales- a qué le tiene miedo aquello que es no-islam, sea lo que sea que ello incluya.

La dicotomía occidente-islam, que en los últimos años se ha naturalizado tanto en los medios de comunicación y el inconsciente colectivo como dentro del ámbito académico no tiene por qué implicar una dualidad, contradicción o exclusión. El islam ha formado y forma parte de las sociedades europeas y es responsabilidad de la sociedad, construir un espacio público en que sea visto.

María Carolina González Bracco
Licenciada en Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales UBA
carobracco@gmail.com

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