El
problema es más profundo de lo que parece
El padecimiento
del pueblo birmano no se limita a décadas
de dictadura y dominación extranjera,
como han informado los medios en estos
dos meses de represión contra la sociedad
civil, con los monjes budistas a la cabeza
de la protesta cívica, sino que es mucho
más profundo, ya que la concepción de
la sociedad birmana post colonial contiene
en sí misma los elementos que la dominan,
la explotan y le impiden desarrollarse.
Por Maximiliano
Sbarbi Osuna
31 de octubre, 2007
Es decir, que las dificultades
de esta comunidad se encuentran enraizadas
en el seno mismo de la sociedad: una historia
independentista contradictoria, odio hacia
etnias más prósperas que se han beneficiado
económicamente mucho más que los birmanos
autóctonos y una dictadura militar que
no ha podido salir ordenadamente del sistema
socialista, excluyendo a una enorme porción
de la sociedad.
Además, estos impedimentos para el crecimiento
de la sociedad, se combinan con factores
externos: explotación y saqueo de recursos
naturales por parte de sus vecinos China,
India y Tailandia y la injerencia de compañías
multinacionales avaladas por Estados Unidos
y Francia, países que además ejercen una
hipócrita condena a los líderes militares
birmanos.
Historia contradictoria
La lucha por la independencia comenzó,
como en todo el sudeste asiático, con
la invasión japonesa durante la Segunda
Guerra Mundial, pero el caso de Birmania
la historia es muy particular.
Un líder comunista llamado Aung San formó
con apoyo japonés el Ejército Independentista
Birmano, en contra del colonialismo inglés.
En 1943 esta coalición hizo su entrada
en la capital Rangún, expulsando a los
ingleses y declarando la independencia
del país
Sin embargo, pronto estallaron las contradicciones
entre el ejército imperial japonés y el
ala socialista del ejército birmano, el
cuál se pasó al bando contrario. Por eso,
dos años después Aung San volvió a tomar
Rangún, pero esta vez del lado de Gran
Bretaña, luego de haber expulsado a Japón.
[1]
Odio a extranjeros
chinos e indios
La población de etnia china, ya sean nacidos
en China o descendientes de chinos, son
una minoría (constituyen alrededor del
5 %), pero poseen una enorme porción de
las riquezas que genera Birmania anualmente.
Ese es uno de los motivos, por el cuál
la población birmana autóctona odia a
los chinos.
En su libro “El mundo en llamas”, la
politóloga china Amy Chua describe muy
bien las fricciones entre chinos y birmanos
nativos. Comenta que cientos de chinos
pobres inmigrantes han comprado por trescientos
dólares documentos de birmanos fallecidos,
convirtiéndose en ciudadanos birmanos
instantáneamente. [2]
Tanto en la ciudad de Mandalay, como
en la ex capital Rangún, los chinos son
dueños de lujosos hoteles restaurantes
e inmuebles en las zonas residenciales
y dominan la actividad comercial en todos
los estratos.
De acuerdo con Amy Chua, a nivel rural,
alrededor de un millón de campesinos chinos
han llegado a ocupar tierras deshabitadas
para cultivar arroz en las zonas montañosas.
Los comerciantes chinos no dominan solamente
el negocio legal, sino que en el mercado
negro también llevan la delantera.
Por otro lado, empresas chinas incentivan
la mejora en las rutas de acceso de Birmania
hacia China para poder transportar la
madera de teca, que es muy preciada por
su abundancia en Birmania y su escasez
en el resto del mundo. El 70 % de la teca
del mundo se encuentra en Birmania.
Ya desde el período colonial, los chinos
eran desproporcionadamente ricos en comparación
con los birmanos autóctonos, pero en esa
época el odio mayor estaba dirigido hacia
los indios, que se beneficiaban mucho
más del comercio birmano hasta el inicio
de la etapa socialista en 1962. En 1989,
con el cambio de política, los chinos
volvieron a resurgir como clase dominante.
La frustración de la mayoría birmana
por no poder llegar a alcanzar la prosperidad,
y por estar sumergidos en una inmensa
pobreza, observando que la población china
es cada vez más rica, provoca sentimientos
de odio que impiden integrar a la nación.
Salida desordenada del socialismo
Desde 1989, la dictadura militar abandonó
el sistema socialista y adoptó lo peor
del libre mercado. Ha recortado mucho
del gasto en salud y educación.
De acuerdo con Amy Chua, el 40 % de los
niños de Birmania no se ha matriculado
nunca y el 75 % abandona los estudios
antes del quinto curso. Debido a esta
transición, tres cuartas partes viven
en situación de extrema pobreza.
Beneficios de China
La precaria situación de los Derechos
Humanos en Birmania ha provocado condenas
de Occidente y ha volcado al régimen militar
al comercio con China, que se beneficia
del gas, del contrabando de piedras preciosas
y de la madera de teca.
Mucho se ha escrito sobre la dominación
que ejercen China e India sobre Birmania,
pero lo más interesante es descubrir que
Occidente bloquea al país por un lado,
pero no impide que el gobierno dictatorial
siga sosteniéndose mediante su principal
fuente de ingreso, que es el gas.
Estados Unidos y Francia cómplices
del régimen
La petrolera norteamericana Unocal ha
sido acusada de utilizar mano de obra
esclava para la construcción del gasoducto
Yadana, que transporta el hidrocarburo
desde la plataforma marítima birmana hacia
Tailandia.
La empresa multinacional Chevron compró
los derechos de explotación y transporte
de este gasoducto, cuyos beneficios son
los que mantienen vivo al régimen militar,
por eso las sanciones de Occidente no
han funcionado. [3] Un dato interesante
es que la actual Secretaria de Estado
norteamericana, Condoleezza Rice integró
la junta directiva de Chevron durante
una década, coincidiendo con la implicación
de Chevron en el asesinato de manifestantes
no violentos en el delta del Níger. [4]
Sin embargo, Francia tiene su alta cuota
de responsabilidad al respaldar a la petrolera
Total, que aporta un 7 % de los ingresos
del gobierno militar. [5]
Por eso, Washington y Bruselas podrán
seguir condenando al régimen y solidarizándose
con los valientes monjes que dirigieron
las protestas, pero mientras no sancionen
a las compañías que negocian con la dictadura
y que son parte del saqueo de recursos
y de la opresión, nada va a cambiar en
la desdichada vida de los birmanos.
[1] Guía del Mundo (Uruguay)
[2] Amy Chua. “El mundo en llamas. Los
males de la globalización”. Sine Qua Non.
Buenos Aires. 2003.
[3] Editorial del Diario El País (España).
29/9/2007
[4] Amy Goodman en Democracynow. “El gasoducto
de Chevron mantiene vivo al régimen de
Birmania”. Transcripto por Rebelion.org
[5] Andrés Pérez. “Las multinacionales
colaboran con la dictadura en Birmania”.
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