Elecciones
presidenciales: Sarkozy, la inmigración
y la cuestión turca
Hasta que lo consiguió. Nicolas Sarkozy
se convirtió en el nuevo Presidente de
Francia, algo que de seguro no debe tener
muy contenta y tranquila a Ségòlene Royal
y a quienes votaron por ella. Sin embargo,
los números son categóricos y no admiten
mayor duda o cuestionamiento: 53.06% de
los votos para el hijo de inmigrantes
húngaros, 46.94% de apoyo para la socialista,
nacida en Dakar.
Por Raimundo
Gregoire Delaunoy
7 de julio,, 2007
Quizás estos últimos
dos datos nos puedan entregar una señal
de lo que está ocurriendo en Francia.
Uno de los principales temas es la inmigración,
no sólo la ilegal, sino que también aquella
ajustada a la ley. Mientras Sarkozy presenta
una política mucho más dura respecto a
este asunto, Royal parecía tener una actitud
más comprensiva hacia los inmigrantes.
De hecho, el recientemente electo presidente
tiene como una de sus principales cartas
de presentación un sistema de inmigración
selectiva, en el cual no cualquier extranjero
puede ingresar a Francia. Por el contrario,
la representante del Partido Socialista
promovía un método de integración, incluso
dando facilidades a ciertos inmigrantes
ilegales.
Pero volviendo a lo expresado al comienzo,
no puede pasar desapercibido el hecho
que Sarkozy sea hijo de húngaros y que
Royal haya nacido en el actual Senegal.
Quizás ahí comienza el asunto de los inmigrantes
y, por lo mismo, las soluciones a este
problema no pasan por una ley de mayor
o menor severidad. Tal vez sea que Francia
deba asumir que tiene una tarea pendiente
y que se relaciona con un análisis profundo
de lo que fue su accionar durante gran
parte del siglo veinte.
Al respecto, cabe preguntarse si acaso
los franceses tienen el derecho de rechazar
a los africanos subsaharianos que intentan
ingresar al territorio francés. Otro cuestionamiento
apunta hacia el tema de los argelinos,
específicamente hacia los hijos de aquellos
hombres que fueron forzados a trabajar
en Francia durante los años del imperialismo
francés. Si la política gala de antes
fue obligar a obreros argelinos a dejar
su tierra y trabajar en Francia, ¿entonces
el hijo de aquel trabajador, nacido en
Francia, no tiene los mismos derechos
que otro francés?
En fin, parece ser que la inmigración
va más allá de lo meramente ideológico
y claramente responde a lo que conocemos
como "mea culpa". No se puede explotar
a alguien y luego dejarlo sumido en el
desamparo. Corrección. Es posible, pero
luego no habrá lugar a la queja si aparece
el odio, la pobreza o la violencia. No
es válido el reclamo de un sistema, si
aquel que lo realiza fue el encargado
de alimentarlo y fomentarlo. Y eso es
lo que está ocurriendo, pero no sólo en
Francia. Los galos están preocupados por
los africanos subsaharianos y los magrebíes;
en Alemania no saben qué hacer con los
turcos; en el Reino Unido deben convivir
(forzosamente) con paquistaníes e indios;
en España acusan de ladrones a los marroquíes.
Esa es la situación en Europa. Y eso que
no se menciona otro tipo de inmigración
tan poco deseada, como la de africanos
y árabes: los rumanos.
Por eso, los franceses deben tener mucho
cuidado. Especialmente ahora que Sarkozy
llegó al poder. No se trata de satanizar
al representante de la Unión por un Movimiento
Popular. Tampoco hay que mostrar a Ségòlene
Royal como un inmaculado bastión. Cada
cual tenía debilidades en sus programas
y propuestas. Por ejemplo, el tema de
la inmigración y el rotundo rechazo a
Turquía, por parte de Sarkozy; la ambigüedad
respecto a China y su insistencia en realizar
una nueva votación acerca de la Constitución
Europea, por parte de Royal.
Pero el recelo tiene que ver con temas
de extrema relevancia y que, quizás, no
han sido abordados de la forma en que
debieran. El principal es el asunto turco
o, más bien, todo lo que tenga que ver
con el proceso de adhesión de Turquía
a la Unión Europea (UE). Ahora, bajo el
mandato de Sarkozy y tomando en cuenta
la convergencia actual en el seno de la
misma UE (se necesita unanimidad de los
estados miembros para aceptar a otro país
y actualmente están congelados los procesos
de ingreso), parece imposible ver a Turquía
dentro de la UE, en el corto e incluso
en el mediano plazo. El problema radica
en la actitud adoptada por Nicolas Sarkozy,
el cual ha dejado muy en claro que no
quiere a Turquía dentro de la Unión Europea.
Su motivo, muy simple: los turcos no son
europeos.
Ahora bien, Sarkozy no es el único que
se opone al ingreso de Turquía. De hecho,
prácticamente todos los candidatos de
la primera vuelta electoral así lo hicieron
saber. Incluso Ségòlene Royal, que no
rechazaba de plano la idea de incluir
a Turquía como miembro de la UE, pero
tampoco la apoyaba a rajatabla y se limitaba
a dejar para más adelante una posible
solución. Lo concreto es que en Francia
pocos quieren ver a los turcos como parte
de la UE.Algunos declaran que la real
motivación de aquella decisión tiene que
ver con el hecho que Turquía sea un país
cuya población es mayoritariamente musulmana.
Otros, aseguran que la razón se basa en
un fuerte sentimiento ultranacionalista
y xenófobo, que no sólo rechaza a los
turcos, sino que también a los negros,
a los árabes y a otras razas. También,
las agrupaciones de Derechos Humanos insisten
en que Turquía aún tiene problemas de
esta índole por resolver. Lo fundamental
es la situación de los kurdos, pero también
aparecen la deuda histórica del genocidio
armenio (Turquía nunca ha reconocido aquello)
y el hecho que Turquía sea la única nación
que reconozca a la parte turca de Chipre.
Finalmente, también están quienes se oponen
al ingreso de Turquía, por considerarlo
un estado asiático y no europeo, ya que
cerca del 90% de su territorio se encuentra
en Asia.
Entrando en el plano de las especulaciones,
tal vez el principal motivo apunte a que
en caso que Turquía llegase a ser parte
de la UE, se convertiría en uno de los
países de mayor representatividad en el
Parlamento Europeo. Esto último, tomando
en cuenta el criterio de proporcionalidad,
que aunque no se basa únicamente en la
población, si otorga gran importancia
a este elemento. ¿Qué pasaría con una
Unión Europea en la cual un nuevo miembro
pasa a ser una figura de alto peso, al
menos en cuanto al número de eurodiputados?,
¿qué ocurriría con una Unión Europea con
70 millones de turcos?, ¿acaso no se podría
producir un excesivo flujo de mano de
obra turca a lo largo de Europa?
Sin duda que es un tema delicado y, dejando
de lado el carácter islámico de Turquía
(que no es tan importante, ya que por
el momento es un estado laico), quizás
los miedos europeos se basan en el hecho
de ver a una población de origen altaico,
proveniente del Asia Central, mezclada
con grupos étnicos o razas "europeas".
¿Cómo se puede sostener aquello en el
tiempo?, ¿será factible convivir en paz
y armonía? La pregunta nace espontánea,
pero también la respuesta: ¿se puede hablar
de una real Unión Europea, si uno de los
criterios a la hora de elaborarla es la
homogeneidad racial y/o religiosa?
En definitiva, puede parecer que el rechazo
a Turquía no es más que una simple oposición.
De hecho, muchos estados europeos ofrecen
un status especial para los turcos, en
el cual exista un nexo mayor que el existente
con países como Marruecos (que pidió formalmente
su ingreso en 1987, pero que le fue negado
en forma tajante). Sin embargo, nadie
ha querido profundizar en un tema que
parece demasiado importante. Y tiene que
ver con la respuesta del pueblo turco
y del mundo político de aquella nación
en caso de no conseguir su objetivo de
ser estado miembro de la Unión Europea.
Lo primero, aunque parezca débil o de
poca trascendencia, es analizar un hipotético
sentimiento anti-europeo. Aquello podría
aflorar en caso de no ser aceptados por
parte de las naciones europeas. Recordemos
que Turquía es un país ubicado entre Europa
y Medio Oriente, es decir, es el puente
entre la sociedad "occidental-cristiana"
y el mundo "árabe-musulmán". Durante años,
Turquía ha querido acercarse a Europa
y, de hecho, las reformas de Atatürk y
otras políticas posteriores lo han demostrado.
Lamentablemente, ésto le ha significado
alejarse de los estados árabe-musulmanes.
Claro, los turcos son, en su mayoría,
una población de tipo altaico y provienen
del Asia Central y, por eso, no extraña
que tengan una mayor cercanía con la población
de países como Turkmenistán y otros estados
de la disuelta Unión Soviética en desmedro
de las naciones árabigas. Sin embargo,
el Islam se ha transformado en un motivo
de unión y comunión entre países de diversas
razas y culturas. Entonces, si Turquía
se da cuenta que Europa no lo acepta,
¿acaso no intentaría volcarse hacia el
otro bando o, mejor dicho, su otro vecindario?
Turquía, por su posición geopolítica,
es un estado demasiado valioso desde un
punto de vista estratégico. Por algo Estados
Unidos presiona para que Europa lo acepte
en la UE y por algo Turquía es parte de
la OTAN. ¿Qué ocurriría en caso que Turquía
se "arabice" o "islamice" y cierre las
puertas a Occidente? Aquello sería un
gran problema para Europa y Estados Unidos.
Ya no podrían tener una plataforma en
Asia Menor, se les cortaría una histórica
vía de paso de gran trascendencia y, finalmente,
perderían a un aliado en Medio Oriente.
Y visto desde el prisma árabe-musulmán,
¿acaso a ellos no les convendría recibir
a un nuevo "socio", de unos 70 millones
de musulmanes, descontentos con Europa?
Y si en la última cumbre de la Liga Árabe
se aceptó a Irán como un "amigo", ¿acaso
no podría ocurrir lo mismo con Turquía,
en un mediano plazo?
Siguiendo con esta misma línea de análisis,
¿se puede hablar de un peligro terrorista?
Es difícil asegurar una respuesta, pero
por el momento aquello se acerca más a
la ficción que a la realidad. De hecho,
un supuesto sentimiento anti-europeo ya
es parte de la especulación y la fantasía.
Para que ocurriese aquello (terrorismo
turco anti-europeo), entonces tendrían
que pasar muchos años en los cuales las
relaciones entre Europa y Turquía empeoraran
en demasía. Pero, si los europeos saben
manejar el asunto y si, independientemente
del status que tenga Turquía respecto
a la UE, logran establecer un buen flujo
de intercambios sociales, políticos, económicos
y culturales, hablar de otro tipo de riesgos
parece poco atinado e incluso absurdo.
Al menos por el momento.
En conclusión, la cuestión turca no sólo
afecta a la Unión Europea, sino que también
a los países europeos. Y bien sabe aquello
Francia, ya que es un estado que lleva
años intentando equilibrar las fuerzas
de la inmigración extranjera con la población
francesa que busca mejorar su calidad
de vida. Es por esto que a la hora de
actuar, respecto a política exterior o
a directrices internas, pero que puedan
reflejarse con grupos de inmigrantes,
es importante que se tomen las decisiones
correctas. Ya no queda margen de error.
En el mundo actual las equivocaciones
se pagan caro. Es cosa de abrir los ojos
y percibir la realidad tal cual es.
Francia tiene la gran responsabilidad
de arreglar sus problemas internos -cesantía,
economía en recesión e inmigración ilegal,
entre otros-, pero también debe velar
por el correcto funcionamiento de su política
exterior y, por supuesto, no debe descuidar
su histórico peso dentro de la Unión Europea,
el cual ya ha sido cuestionado por algunos
sectores.
Por eso es que Nicolas Sarkozy debe ser
más cauteloso y no ser tan tajante a la
hora de hablar de inmigrantes y turcos.
Apuntar a los africanos o árabes y catalogarlos
como "escoria" no ayuda al equilibrio
y sólo enciende aún más los agitados ánimos.
Negar de plano la posibilidad de incluir
a Turquía como un estado europeo, tampoco
es algo positivo. No hay que olvidar que
una parte del territorio turco está en
Europa, que Chipre está al frente de Turquía
y bien podría ser un argumento a la hora
de poner en duda el carácter europeo de
los chipriotas y que Malta -miembro de
la UE- posee una superficie territorial
más pequeña que la Turquía continental
europea.
Entonces, a tener cautela y a no olvidar
que todos los países tienen vecinos, áreas
de influencia y, quizás lo más importante,
sus decisiones pueden afectar el devenir
de las relaciones internacionales..