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Sudamérica y la incesante búsqueda de la identidad política




(Fotografía: AP)

 

No pocas noticias han ocurrido en este lapso del año 2009 que han colocado a Sudamérica en varias portadas de sitios de noticias internacionales y de diversos medios de comunicación, como visitas internacionales, elecciones y discursos cargados de mensajes directos a la comunidad internacional en su conjunto. Sin embargo, y como han declarado en múltiples oportunidades diversos analistas e historiadores, Sudamérica, y en un sentido más amplio América latina, no puede concebirse como una entidad homogénea, tanto política como culturalmente hablando, pese a la gran cantidad de elementos que pueden constituir perfectamente comunes denominadores viables para la realización de la tan anhelada –discursivamente hablando- integración entre los pueblos de Sudamérica.

Lester Cabrera Toledo
6 de marzo, 2009


¿Otro occidente?

El fallecido profesor de la Universidad de Harvard, Samuel Huntington, en su controvertido libro El choque de las Civilizaciones, señalaba que América latina no podría considerarse como una civilización occidental por, entre otros motivos, la gran cantidad de diferencias que existen entre los países que componen el conjunto de América latina, pese también a poseer, excepto en Brasil y algunas etnias menores, un idioma común, base para asentar una civilización homogénea. Obviamente, Huntington basa su anterior tesis en que es el factor cultural el nuevo motor de los conflictos entre las diferentes civilizaciones que él tipifica. Siguiendo el fondo de la anterior afirmación, algunos historiadores europeos han calificado a Sudamérica en el ámbito político como “otro occidente”, es decir, como una copia, una imitación de los modelos adoptados por Europa y Norteamérica, desde la época en que las emancipaciones y declaraciones de independencia en aquella parte del orbe comenzaban a esbozarse, hasta incluso nuestros días.

Lo anterior es en parte verdadero. Sudamérica ha sido tildada como “patio trasero” del coloso Estadounidense, o bien parte de su esfera de influencias en la Guerra Fría. Así también, ha sido tierra fértil para experimentos integracionistas que buscan imitar los logros de instituciones similares en otras latitudes, pero que han degenerado en sendas burocracias inoperantes, o bien que no cumplen las expectativas de sus creadores o del público objetivo.

Pero lo anterior también es en parte erróneo. Necesariamente se debe considerar que el código geopolítico que expresa un europeo o un norteamericano para analizar detenidamente lo que entiende hacia Sudamérica. Por ejemplo, el europeo basa(ba) su visión geopolítica en un plano de constante conflicto, y de instituciones que puedan atenuar, o en su defecto eliminar, las asperezas entre los países o entidades pertenecientes al sistema en que se mueven los miembros de la comunidad internacional, en un sentido amplio. Por lo tanto, la tan respetada y suntuosa Unión Europea fundamenta su creación no solamente por un sentido económico, sino teniendo como principal objetivo el mantenimiento de la paz por parte de los miembros de la comunidad europea, recordando de paso las anteriores guerras que devastaron la totalidad del continente. Mientras que en el caso de EE.UU., la visión geopolítica que mantienen en política exterior, en un plano mundial, se explica por las consecuencias aislacionistas post Gran Guerra que ellos sostuvieron, pasando por un protagonismo constante, pasando por diferentes instancias para justificarlo –dejando a un lado juicios morales entre lo bueno o lo malo-, ya sea a través de una eventual potencia adversaria (Guerra Fría), o bien combatiendo las nuevas amenazas centradas en la figura del terrorismo. Y con respecto a Sudamérica, Europa puede considerarla como un territorio que fue colonia, mientras que EE.UU. como una zona donde la doctrina Monroe adquiere su real valor en todo sentido.

Finalmente, y no por ello menos importante, es importante resaltar la historia de cada una de las denominadas civilizaciones, así como también sus experiencias en el campo político. Por lo tanto, si se habla de que Sudamérica tiende a copiar las experiencias políticas de Europa, sin considerarlas buenas o malas, tal vez lo que hace tan diferente un territorio de otro sean las guerras y los conflictos a lo largo de la vida “civilizada” de esta última.

Visiones diferentes pero no dispares

En este plano es donde Sudamérica busca encontrar su propia identidad. Y es así como diferentes líderes regionales, a lo largo de sus experiencias políticas, han tratado de enarbolar declaraciones de unidad y proyectos conjuntos entre los pueblos de esta parte del mundo, con resultados en la mayoría de los casos, nefastos. No obstante lo anterior, en estos días Sudamérica vive un “reencantamiento” político, en cuanto a la posibilidad de levantar un proyecto político relativamente homogéneo y propio, donde salen a la vista iconos clásicos de los periodos de la emancipación e independentista. Siguiendo entonces la misma línea argumentativa, es donde se encuentran dos posturas diferentes, pero que mantienen elementos en común también ha considerar. Por un lado, la denominada Alternativa Bolivariana para las Américas, donde el principal impulsor es el actual Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez Frias; mientras que por otro lado, se tiene la postura más moderada del Presidente del Brasil Luís Ignacio Lula da Silva, y que de acuerdo a los últimos acontecimientos, tiene en cierto sentido el beneplácito de la administración Obama.

Varios mandatarios han adherido al proyecto integracionista del Presidente venezolano, llevando a sus tierras discursos cargados de elementos idealistas, con claros racconto y alocuciones a ideales revolucionarios, donde también se mezclan ribetes nacionalistas y populistas. Los cercanos a este proyecto, obviamente tienen matices para utilizarlo en sus respectivos Estados, sin embargo, conservan una importante raíz ideológica, a lo que se suma también medidas legales para nacionalizaciones de industrias estratégicas, y un discurso anti-imperialista, en directa relación a EE.UU., entre otros comunes denominadores. Mientras que la línea marcada por Brasil, con un tono más conservador, no busca mediante discursos o retórica ganar alianzas en el subcontinente, sino que a través de hechos concretos, trata de ser el actor principal –y por ende voz al mundo- de Sudamérica. El hecho de buscar una autosuficiencia energética, que por cierto lanza por tierra el proyecto chavista del gasoducto del Sur, además de invertir fuertes sumas de dinero en potenciar su industria de Defensa, con el objetivo de obtener el anhelado asiento en el Consejo de Seguridad de NN.UU., entre otras cosas, son claras referencias a como el gigante brasileño, con la aprobación o no del resto del “vecindario”, trata de erigirse como la voz oficial de esta parte del mundo.

No obstante lo anterior, el proyecto venezolano necesita de la aprobación –o por lo menos la no negación- de su par brasileño, mientras que Brasilia ve también que no puede actuar en un sentido opuesto al señalado por los países del bloque bolivariano. Se necesitan mutuamente para la obtención de sus objetivos en el plano de política exterior en el subcontinente. Tal vez la mayor prueba de aquello, sea la nueva instancia multilateral conocida como UNASUR, la cual pese a no tener aún una institucionalidad de peso, actuó de buena forma en resolver e investigar las causas del conflicto interno boliviano durante el año 2008. Pero tal vez más importante que lo anterior, ambos lineamientos perciben los aires “progresistas” que se aprecian en Sudamérica y que, a excepción de Colombia, no ven con malos ojos la adopción de alguna de las dos alternativas.

Pero como también ha sido la normalidad en Sudamérica, tomando como algo normal una secuencia de acontecimientos que más se repiten en un período de tiempo determinado, tal vez el plano ideológico sea más fuerte que el pragmático, por lo que las ansias de la obtención de una identidad propia en cuanto a una política exterior comunitaria, caiga nuevamente dentro del contexto de la mítica frase de uno de los líderes de la independencia sudamericana: he arado en el mar, y he sembrado en el desierto.

Lester Cabrera Toledo

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