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Malí, de la rebelión tuareg a la intervención militar

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Malí, de la rebelión tuareg a la intervención militar

Fecha 10/10/2012 por Raimundo Gregoire Delaunoy

En algo nada novedoso, grupos nómades del Sahel (aunque cada vez más cercanos a una especie de “semi nomadismo”) iniciaron un nuevo proceso de alzamiento y lucha por sus demandas.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 10 de octubre, 2012

Aquello comenzó en enero de 2012, motivado por distintos factores político-sociales y económicos, y gatillado, en buena parte, por la caída de Muammar al Gaddafi en Libia. Esto último permitió que diversos mercenarios tuareg regresara desde territorio libio cargados del armamento y el dinero suficiente para poder llevar a cabo una nueva rebelión tuareg.

No es primera vez que ocurre algo así y, de hecho, ya a comienzos del siglo XX existen pruebas históricas sobre revueltas tuareg. En pleno período de descolonización africana, los tuareg mantuvieron su interminable deseo de lucha, aunque uno de los principales hitos llegaría en 1990, año en el cual se daría inicio a una de las más recordadas rebeliones impulsadas por estos habitantes autóctonos de esta zona.

Al respecto, cabe recordar algunas cosas que son de gran relevancia y que muchas veces son desconocidas. Los tuareg son parte de los pueblos bereberes, es decir, son una de las diversas ramas de las poblaciones indígenas de buena parte del Norte de África y del Sahel.

Históricamente, se trata de un pueblo nómade y que se distribuye, en forma irregular, a través del territorio de Argelia, Burkina Faso, Libia, Malí, Níger e, incluso, en el norte de Nigeria.

Los bereberes tienen su lengua, pero cada grupo tiene su propio dialecto. Suelen ser buenos comerciantes y, en algo lamentable, es común que sufran el olvido de sus gobiernos. Es por esto que han tenido que alzar su voz, y también las armas, para luchar por sus derechos. Eso es, justamente, lo que está ocurriendo en Malí, un país que va camino a la acefalía político-administrativa.

A fines de marzo de 2012, y ya con dos meses de rebelión tuareg en el norte del país, el presidente Amadou Toumani Traoré sufrió un golpe de estado. Según los militares golpistas, este hecho era la natural consecuencia de un pésimo manejo del alzamiento tuareg por parte de Touré.

Apenas unas semanas más tarde, el Movimiento Nacional para la Libertad del Azawad (MNLA) realizó la declaración de independencia del Azawad (que es la zona norte de Malí), tras lo cual se dio inicio al gran descalabro. El país quedó dividido en dos. El Azawad controlado por los rebeldes tuareg del MNLA y el resto bajo el mando de los golpistas. En medio de esto, los fieles al anterior presidente intentaban el retorno al poder de su mandatario.

La caída de Amadou Toumani Traoré (conocido como ATT) y la llegada al poder de los militares golpistas estuvo lejos de ser una solución a la crisis y, de hecho, allanó el camino hacia la división del territorio.

Así fue que los islamistas radicales de Ansar Dine no dudaron en aprovechar su oportunidad y en cosa de semanas ya se habían convertido en protagonistas del caos político y social. Entendiendo que las condiciones del país permitirían un buen avance, Ansar Dine fue desplazando al MNLA y le quitó dominio en gran parte del norte de Malí.

Luego, se produjo la entrada en escena de Al Qaeda del Magreb Islámico (AQMI) y del Movimiento para la Unidad y la Jihad en África Occidental (MUJAO), quienes lograron consolidar una nefasta, sórdida y confusa alianza con Ansar Dine.

El MNLA, que en un momento anunció un sorpresivo pacto con Ansar Dine, finalmente quedó solo, ya que su carácter laico e independentista chocaba con el de los grupos islamistas radicales, que pregonaban la imposición de la sharia (ley islámica) y que no buscaban un separatismo del Azawad.

Un peligroso status quo

Han pasado los meses y la situación no ha cambiado mucho. Burkina Faso está intentando mediar, pero en paralelo se han descubierto inquietantes señales que apuntan a conexiones de los islamistas radicales con el gobierno de Argelia. A su vez, este último acusa a Marruecos de estar ayudando a los rebeldes, aunque, hasta el momento, no hay pruebas concretas de aquello. Mientras, las informaciones han dado a conocer extraños movimientos de guerrilleros y líderes islamistas radicales de Ansar Dine o del Mujao en Costa de Marfil, Senegal y Mauritania.

La Comunidad Económica de Estados del África Occidental (CEDEAO) ya tiene planes de intervenir el norte de Malí, pero no ha encontrado el apoyo suficiente. Alemania y, especialmente, Francia sí están a favor de una fuerza conjunta (por parte de los países miembros de la CEDEAO), pero aún no se ha conseguido el aval de la Organización de Naciones Unidas (ONU). Sin embargo, el gobierno transitorio (de Malí) y la Unión Africana realizan un fuerte lobby y todo indica, gracias al sustento galo, que tarde o temprano se “intervendrá” el Azawad.

Evidentemente, hay muchas conexiones y muchos objetivos subterráneos, los cuales seguramente nunca serán conocidos, pero lo que está por venir puede ser un momento bisagra en este conflicto.  Los intereses económicos son muy fuertes (en Malí y en países vecinos), los recursos energéticos están muy presentes en este asunto y, la geopolítica también marca una fuerte presencia.

Sin embargo, lo mencionado anteriormente es muy importante, pero no alcanza a tener la relevancia de la variable étnico-religiosa y social de esta situación.

Las reivindicaciones de los rebeldes tuareg deben ser analizadas y, posteriormente, puestas en la mesa de los gobiernos de los países sahelianos, pero también de los magrebíes y de los africanos subsaharianos que tienen directa influencia en esta región.

Mientras no se enfrente este asunto, los tuareg, de tanto en tanto, harán de las suyas y, tal cual ocurrió ahora, los terroristas, los traficantes, las empresas y los gobiernos con intereses específicos harán lo propio.

Por eso, gran parte de la responsabilidad de lo que está aconteciendo recae en la incapacidad de los bloques regionales de integración, los cuales no han podido o, peor aún, no han querido enfrentar este conflicto, que ya tiene muchas décadas de existencia.

Informaciones previas al inicio de la rebelión tuareg de 2012 ya daban cuenta de un posible alzamiento por parte de los tuareg. Y cuando se llegó a la agonía del régimen de Muammar al Gaddafi, la especulación ya se convertía en un hecho concreto.

¿Por qué los países del Sahel no quisieron negociar con el MNLA?, ¿por qué Argelia decidió apoyar a los rebeldes?, ¿por qué los golpistas de Malí no tuvieron capacidad de reacción?

Estas son algunas de las interminables preguntas que brotan en medio de este problema.

El horizonte del Azawad, ¿hacia dónde va?

Hoy, para algunos, existe una opción que podría ser una solución. A través de la mediación de Blaise Campaoré, presidente de Burkina Faso, se está postulando la idea de un MNLA que pida el derecho a la autodeterminación y no a la independencia.  Esto último podría permitir que ciertas potencias apoyen esta moción y así se tenga un postura común. Sin embargo, la gran pregunta es cómo realizar un referéndum en una zona de nadie.

Entonces, ahí se vuelve a la intervención militar y, lógicamente, aparecen ciertas dudas. Por ejemplo, ¿por qué están demorando algo que evidentemente se llevará a cabo?, ¿cuántas tajadas del comercio de los recursos energéticos se llevarán las potencias que intervendrán el norte de Malí?, ¿cuántas transnacionales se posicionarán en esta zona?, ¿con qué cara Argelia se uniría a una fuerza multinacional si su gobierno ha sido cómplice del actual caos?

Y, la principal interrogante, es saber quién dirigiría al nuevo Malí, sea éste una república federal con un Azawad con grandes poderes o un país con una zona desmembrada. Y si ocurriese esto último, ¿quién gobernaría en el Azawad y cómo eliminar a cada uno de los islamistas radicales que por ahí pululan?

Por eso, es momento, por más que ya sea demasiado tarde, que los países sahelianos y magrebíes asuman la tarea de encontrar una solución para todos los problemas que afectan al Magreb y Sahel. Ahí tenemos tráfico (de drogas y personas), inmigración clandestina y pasos migratorios, nidos terroristas (campos de entrenamiento), secuestros, luchas étnico-religiosas, desertificación avanzada y reconstrucción de fronteras y sistemas político-administrativos.

Y todo eso es nada en comparación al gran drama del Sahel. Según los últimos datos (de septiembre), 393.431 personas han tenido que dejar su casa (118.795 desplazados internos y 274.636 refugiados en países vecinos) y cerca de 4.6 millones de personas están en riesgo de inseguridad alimenticia.

¿Algo más? Sí, pues faltan 113.4 millones de dólares para cubrir las necesidades sanitarias y alimenticias más básicas y urgentes.

Raimundo Gregoire Delaunoy
@Ratopado
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
Fotografía:  Licencia Creative Commons

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¿La excepción marroquí?

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¿La excepción marroquí?

Fecha 27/08/2012 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Desde que el proceso de revoluciones magrebíes y árabes comenzara, a fines de 2011, se ha repetido una frase, respecto a Marruecos,  que tiene mucho de cierto, pero, al mismo tiempo, se trata de un juicio poco profundo y subjetivo.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 27 de agosto, 2012

Mientras en Libia cayó Muammar al Gaddafi, en Túnez ocurrió lo mismo con Zine El Abidine Ben Alí. Ambos tuvieron el mismo final, pero con procesos y contextos muy diferentes.

En paralelo, en Mauritania la situación político-social se hace cada vez más inestable y ya son muchos los que están pidiendo el fin de la era del golpista Mohammed Ould Abdelaziz.

Y, en algo que no sorprende, Argelia sigue estando dominada por los militares y esa maquiavélica y egoísta forma de gobernar que tiene Abdelaziz Bouteflika, que de presidente sólo tiene el nombre, pues no tiene un gran apego a la democracia y, además, el verdadero poder argelino sigue estando en manos de las fuerzas armadas.

Así, en este contexto, algunos han bautizado la realidad marroquí como una “excepción”. Esto último, pues consideran que Marruecos ha vivido un proceso muy diferente (lo cual es cierto) y que esto ha significado que el reino cherifiano esté exento de las grandes turbulencias que azotan al Magreb, al Sahel o a los estados árabes (lo cual no es cierto).

Sí, es cierto que el rey Mohammed VI ha sido un hábil estratega y también es verdadero que el monarca ha logrado generar importantes avances en el desarrollo del país, incluso en el cuestionado ámbito social. La mano de fierro de Hassan II no debe ser olvidada y la llegada al trono de su hijo debe ser entendida como una especie de transición monárquica.

Sin embargo, esto no significa que Marruecos esté fuera del mundo de los cambios y las luchas, especialmente en lo relativo a mejorar la calidad de vida de los cerca de 34 millones de marroquíes que viven en el milenario Reino de Marruecos.

Por eso, es necesario decir algunas cosas. Primero, la represión de las manifestaciones callejeras no ha sido brutal, salvo algunas excepciones, y, aún más, muchas de ellas se han llevado a cabo en forma pacífica, lo cual es un mérito de todas las partes involucradas.

Segundo, las elecciones legislativas fueron transparentes y, en este sentido, se repitió la tendencia observada en el referéndum que permitió modificar la Constitución marroquí.

Tercero, Marruecos ha sabido enfrentar el proceso de cambios que llegó a la región y, a diferencia de sus vecinos magrebíes, fue capaz de mover bien las piezas a lo largo y ancho del tablero de ajedrez. En algunos casos, con un evidente interés social y, en otros, con la intención de generar movimientos políticos que permitan cambiar ciertas cosas, pero sin entrar en profundidades.

Cuarto, y relacionado con lo anterior, el rey Mohammed VI ha perdido poderes tras las modificaciones realizadas en la nueva Constitución –destacando un primer ministro con más prerrogativa que antes-, pero, a pesar de eso, sigue siendo la última voz en las materias más importantes.

Quinto, el Movimiento 20 de Febrero fue incapaz de responder a las expectativas y eso es algo lógico. Claro, pues se trata de un grupo sin sólidas bases, ni potentes argumentos. En pocas palabras, son jóvenes que tienen un bonito discurso y que luchan por algo justo, como es una mejor calidad de vida,  pero que no están preparados para asumir un liderazgo. No tienen experiencia, no están bien organizados y su postura de “buscar cambios políticos sin tener ideología” ha sido un completo error. Tal cual lo fue, por ejemplo, el boicot al referéndum constitucional, tras el cual el gran beneficiado fue Mohammed VI.

Los “diplomados cesantes” y los ex combatientes del Tindouf tampoco han podido establecer grandes cambios, aunque en el caso de los primeros consiguieron ciertos resultados. Así es que algunos de ellos fueron reposicionados en ciertos trabajos públicos.

Sexto, el Sahara Occidental no es un problema al interior de Marruecos. Por más que sea un tema tabú, una gran parte de la población considera que este territorio es parte del Reino de Marruecos y no una república independiente. Que Argelia –en su política de generar inestabilidad regional y, particularmente, en sus vecinos magrebíes- y que el Polisario –una organización poco y nada democrática, en la cual hay elementos que generan inseguridad para el Magreb y el Sahel- intervengan en un conflicto en el cual no tienen voz, ni voto, es otro asunto.

El pueblo saharaui no existe y no es más que un discurso mediático cuyo fin es construir una realidad deforme. Lo que ocurra en el Sahara Occidental es un asunto entre el gobierno marroquí, su gente y los nómades que solían deambular por aquella zona.  ¿Hubiese sido bueno realizar un referéndum hace 20 años atrás? Sí, pero ya no se hizo y, hoy, el contexto sugiere mantener el proyecto de autonomía avanzada.

Séptimo, que va ligado con lo anterior, esta iniciativa puede ser un dolor de cabeza para Marruecos, pues en el Rif siempre ha habido un sentimiento nacionalista rifeño. No quiere decir que dicha zona sea separatista, pero sí se sienten “especiales”. Una autonomía avanzada para el Sahara Occidental podría generar que en el Rif se pidiera lo mismo. Y esto último quizás sería bueno para el equilibrio del Reino de Marruecos. No se trata de desmembrar al país, sino que de darle una organización acorde a las circunstancias.

Octavo, Marruecos es un país que entrega muchas libertades a su población, pero no es la panacea. Aún hay temas pendientes en, por ejemplo, la libertad de prensa, la libre expresión sobre ciertos temas y la libertad de credo.

Noveno, los bereberes (imazighen, como les gusta denominarse en su propia lengua, que es el tamazight) sí tienen un status mucho más avanzado que en Argelia, Túnez y Libia. Básicamente, pues el bereber ha sido incluido, a la par del árabe, como lengua oficial del país. Esta es una medida inédita en el Magreb, aunque aún falta ver cómo implementarán el estudio del tamazight en las escuelas y en los colegios marroquíes. Esta nueva posición de los bereberes será real si lo escrito en el papel se lleva a cabo en la práctica.

Décimo, la situación de la mujer ha mejorado bastante en Marruecos. Suelen vestir con libertad, tienen acceso al trabajo y con el establecimiento de la Mudawana ganaron muchos derechos y quedaron en un mejor nivel. Sin embargo, las mujeres aún no logran la anhelada igualdad frente al hombre. El caso de Amina (la adolescente que se suicidó tras ser obligada a casarse con su violador, el cual podía evitar la cárcel si los padres de la menor aceptaban que ella y él se casaran) ha remecido a ciertos grupos de la sociedad marroquí y ha dejado en evidencia que aún hay cosas por mejorar.

Por último, el desarrollo económico del país es evidente, pero el problema, al igual que en la mayoría de los estados emergentes, sigue siendo una justa redistribución de la riqueza. En Marruecos la gente no muere de hambre y con muy poco (un euro o menos incluso) puede comer y sobrevivir. Sin embargo, los estudios y la salud (de calidad) son caros e inabordables para la mayoría.

Además, es importante que la lucha contra la corrupción sea total, ya que esta última está muy presente en ciertos ámbitos y, por lo mismo, es un obstáculo para una buena distribución de las riquezas nacionales.

Resumiendo, el Reino de Marruecos goza de estabilidad político-social a nivel interno y está lejos de llegar a una fractura nacional, tal cual ha ocurrido en los demás países magrebíes. También, se han generado nuevas políticas, en los últimos años, que han permitido avanzar en aspectos macroeconómicos, sociales y, en menor medida, políticos.

Sin embargo, muchos de los “males” existentes en Argelia, Libia, Túnez y Mauritania están presentes en Marruecos. En un menor nivel, sí, pero ahí están y eso no puede ser olvidado. Por eso, más que hablar de una “excepción marroquí”, sería aconsejable referirse al “caso marroquí”.

Así, quedaría en claro que el Reino de Marruecos está en una posición avanzada y privilegiada respecto de sus vecinos regionales, pero que eso, en ningún caso, significa que la prosperidad sea patrimonio de cada uno de los cerca de 34 millones de marroquíes.

Es así que la gran apuesta de Marruecos es seguir progresando, pues tiene todo para convertirse en un modelo regional y continental.  Y, con eso, ser una voz respetada en foros internacionales.

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
@Ratopado
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
Fotografía: Raimundo Gregoire Delaunoy

 

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Timbuctú, ni tan lejos…

Fecha 19/03/2006 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Más de alguna vez habrán escuchado expresiones como «más lejos que el Timbuctú» o «ándate al Timbuctú». Dichas frases hacen referencia a la lejanía y al aislamiento de esta mítica ciudad, que en tiempo pasados fue un gran centro religioso y comercial, pero que hoy sólo es el vestigio de grandes tiempos pasados.

Timbuctú es una ciudad fundada en el 1100 por los tuareg, que llegaron a acampar en una zona de pozos, para así obtener algo muy preciado en esta árida región: agua. Ubicada en el centro de Malí, posee una rica cultura e interesante historia, que la transforman en un importante objeto de estudio. El diseño de sus mezquitas le ha otorgado gran fama y es así que está incluida dentro del programa patrimonial de la UNESCO.Desde sus orígenes estuvo controlada por diversos pueblos y reinos y así como los Tuareg (nómadas «camelleros») se establecieron ahí en el 1100, en el siglo XIII serían expulsados y el Imperio Malí convertiría a este pueblo en un gran centro comercial del África noroccidental. A fines de esta centuria, el sultán Mansa Musa construiría la mezquita Djingereyber, que es el símbolo del estilo saheliano, basado en el método del lodo-seco.

La época dorada llegaría bajo la dinastía de los Askia, momento en el cual se estima que el total de habitantes era cercano a 100.000, destacando diversas etnias como los bereberes, árabes, mauritanos y tuaregs.

En 1591 los ejércitos marroquíes se tomarían la ciudad con la intención de obtener grandes ganancias económicas, seducidos por los miles de relatos que se habían escrito acerca de las riquezas del Timbuctú. Sin embargo, no pudieron cumplir con lo deseado y ya por el año 1700 la ocupación morisca fue desapareciendo en forma progresiva.

Posteriormente, los franceses conquistarían la zona -tras derrotar a los tuaregs- e iniciarían un período de colonización que se prolongó desde 1893 hasta 1960.

Cabe consignar que durante siglos estuvo prohibida la entrada de no musulmanes al Timbuctú y, de hecho, este fue uno de los grandes problemas a los cuales debió enfrentarse el Imperio francés.

Finalmente, luego de la independencia de Malí (como país) y la apertura de este estado hacia el mundo, Timbuctú se ha transformado en un lugar de gran relevancia turística. Hoy, su población estable no supera los 20.000 habitantes, pero el gran legado cultural, comercial y arquitectónico se puede apreciar en sus añosas, polvorientas y estrechas calles y, por supuesto, en sus más famosas construcciones: sus mezquitas, la gran muralla y la Universidad Islámica, ubicada en lo que antes fue la Mezquita Sankore.

Entonces, y conociendo un poco de la historia del Timbuctú, es necesario preguntarse qué tan ciertas eran las expresiones que hacían mención a lo inexpugnable y lejano de este gran centro histórico, en pleno corazón del África saheliana.

Por años estuvo entregada al mundo islámico, pero realmente no estaba perdida en medio de la nada. Ciertamente era de difícil acceso, pero tampoco se constituyó como un enclave perdido y es por eso que hoy podemos disfrutar de la leyendas, los mitos e históricos relatos del Timbuctú.

Ni tan lejos, ni tan cerca……simplemente ahí.

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
@Ratopado

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Los desafíos del Covid-19

En diciembre de 2019 comenzaba uno de los momentos más complicados del siglo XXI. Mientras el mundo seguía con su cotidianeidad, China se esforzaba para ocultar el avance de una nueva gripe, pero que, a diferencia de otras, parecía ser demasiado contagiosa y letal.

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