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La peligrosa integración sudamericana

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La peligrosa integración sudamericana

Fecha 29/08/2012 por Raimundo Gregoire Delaunoy

En medio de la crisis política (y social) de Paraguay, los gobiernos de Argentina, Brasil y Uruguay, todos miembros plenos del Mercado Común del Sur (Mercosur), realizaron una rápida partida de ajedrez que terminó con un rotundo jaque mate al Congreso paraguayo.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 29 de agosto, 2012

Aprovechándose de la situación, Cristina Fernández, Dilma Rousseff y José Mujica no dudaron en darle una mano a Hugo Chávez, permitiendo el ingreso de Venezuela (como miembro pleno) al Mercosur.

Esto último es algo que estaba trabado desde 2006, ya que para que un país se integre al Mercosur, la adhesión debe ser aprobada por cada uno de los estados que son parte de este bloque de integración.

Es así que el gobierno de Paraguay no había podido dar el “Sí”, bajo la era del destituido Fernando Lugo, ya que el Congreso paraguayo había votado en contra del ingreso venezolano.

Lo paradójico, pero también inaceptable, es que en una “movida express”, Fernández, Rousseff y Mujica olvidaron las terribles condenas que realizaron a lo que ellos mismos bautizaron como “golpe de estado” y, beneficiándose de aquel suceso, lograron aprobar la entrada de Venezuela al Mercosur.

Esto fue posible, ya que Paraguay fue suspendido de dicho bloque de integración y, en consecuencia, se contaba con la unanimidad necesaria para que “el vecino del norte” tuviese el camino llano hacia el Mercosur.

Sin embargo, este procedimiento no es legal, pues va en contra del Tratado Constitutivo del Mercosur, según el cual se necesita la unanimidad de los miembros para aprobar nuevos ingresos y, como se sabe, Paraguay no fue excluido, sino que suspendido.

Sudamérica no está unida, pero sí bajo el influjo de la ideología

Lo ocurrido con el Mercosur demuestra, una vez más, que no existe un verdadero espíritu sudamericano y que, todo lo contrario, lo único que se está construyendo son febles tejidos ideológicos.

Mientras, Chile, Colombia y Perú (además de México) están reafirmando una “Alianza del Pacífico”, sustentada, principalmente, en el reciente Acuerdo del Pacífico (firmado en 2012), Argentina, Brasil, Uruguay y Venezuela se han unido en pos de una “Alianza anti Estados Unidos”.

Bolivia y Ecuador se mantienen en la Comunidad Andina –de la cual también son parte Colombia y Perú- y han mantenido una postura más neutra respecto a los bloques de integración y siguen trabajando en pos de la consolidación de la Comunidad Andina.

En este contexto, cabe mencionar el gran peligro que constituye el Mercosur “proteccionista” o “antiimperialista”, como algunos lo han bautizado. Esto, pues cabe preguntarse, en primer lugar, qué ocurriría, por ejemplo, si Paraguay normaliza su situación (es decir, que Unasur acepte al actual mandatario) y, en consecuencia, quiera levantar su suspensión al interior del Mercosur.

El escenario ya se vislumbra muy complejo, pues el gobierno paraguayo, bajo la presidencia de Federico Franco, ya está haciendo valer la oposición del Congreso de Paraguay y ha declarado que oficializará el rechazo de su país a la adhesión venezolana.

Segundo, el Mercosur de hoy está construido en base a un tejido ideológico y eso no hace más que darle debilidad a los cimientos de este mecanismo de integración. ¿Qué ocurriría si Hugo Chávez pierde las elecciones de octubre?, ¿y si el gobierno uruguayo –donde ya hubo divisiones internas por el ingreso de Venezuela- se aleja de las posturas más extremas de los otros miembros?

Tercero, y quizás lo más grave de todo, los gobiernos de Argentina, Brasil y Uruguay pasaron a llevar los principios fundamentales y el espíritu democrático del Mercosur, ya que permitieron el ingreso venezolano a través de un procedimiento contrario a lo que establece el Tratado Constitutivo del Mercosur. En pocas palabras, la ideología o, si se prefiere, las intenciones u objetivos son más fuertes que los reglamentos.

Más allá de estas interrogantes, lo concreto es que esta alianza no tiene buen futuro, ya que su destino depende mucho del gran gigante sudamericano.  En este sentido, Brasil no va a perder sus importantes nexos con el Pacífico, pues hacerlo sería un gran paso atrás en su intención de ser una potencia mundial en las relaciones internacionales y comerciales.

Es evidente, a menos que las aguas estén demasiado turbias y Dilma Rousseff tenga otras intenciones (escenario poco probable), que el gobierno brasileño no podrá prescindir del apoyo sudamericano.

En cuanto a la otra vereda, la del Acuerdo del Pacífico, tiene algo a su favor y es que es una asociación económica-comercial y no está basada en ideologías. La mayor muestra es que Chile y Perú, en pleno desarrollo del litigio en La Haya, no cesan en sus negociaciones para diversos acuerdos en, justamente, el ámbito del Comercio.

Por eso, el Mercosur sólo está dañando la integración sudamericana. En específico, está cambiando el motivo inicial de existencia del Mercosur  y, seguramente, afectará las negociaciones con la Unión Europea. A nivel general, está sentando las bases para un futuro quiebre en la unión del subcontinente.

Mientras el Acuerdo del Pacífico y la Comunidad Andina –que, sin dudas, es el mecanismo de integración más avanzado de Sudamérica- no son una tranca para la Unasur, un Mercosur ideologizado sí lo será.

Por eso, es momento que los gobiernos sudamericanos analicen la situación y se den cuenta que mientras existan bloques ideológicos, nunca habrá una verdadera integración en Sudamérica.

También, será necesario que la región reflexione sobre el establecimiento de organismos cuyos nexos sean construidos en base a los asuntos comerciales, pues eso también es parte de un peligroso juego.

En fin, lo concreto es que, de momento, Sudamérica ha perdido de vista el real significado del manoseado, pero no por eso innecesario, concepto de “unión sudamericana”.

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
@Ratopado
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
Fotografía: Licencia Creative Commons

 

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Togo, ¿descalificado o abandonado?

Fecha 11/01/2010 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Tras el atentado llevado a cabo por el Frente de Liberación del Estado de Cabinda (FLEC), en el cual murieron al menos dos personas, la selección de Togo finalmente no pudo participar en la Copa Africana de Naciones 2010, organizada por Angola y que se esperaba pudiese ser una nueva fiesta para África. Lamentablemente, la violencia vuelve a imponer sus términos en un país azotado por rebeliones, guerras civiles y el terror, aunque también queda la impresión que se cometieron graves errores administrativos.  El último de ellos, haber materializado la descalificación del equipo togolés de la principal competencia del fútbol africano

Raimundo Gregoire Delaunoy | 11 de enero, 2010

Fotografía: AP

Fotografía: AP

Está claro que la masa prejuiciosa e ignorante ha utilizado este terrible hecho para seguir satanizando a África y sus habitantes.  Por eso, no extraña ver a comunicadores de influencia declarando que esto es una lección y un aviso para los organizadores del Mundial de Sudáfrica 2010.  Dicen, ellos, que este tipo de ataques podrían poner en duda la correcta realización de la copa mundial de fútbol y que, en el peor de los casos, podrían repetirse en suelo sudafricano.

Nada más subjetivo e irresponsable que este tipo de comentarios.  Tal cual lo sería soslayar la gran cantidad de problemas político-sociales existentes en Angola y en muchos otros países africanos.  Es por eso que molesta ver tanta ligereza a la hora de transmitir información y opinión acerca del hecho puntual.

Angola no es Sudáfrica.  Y si se revierte la frase, ocurre lo mismo, es decir, Sudáfrica no es Angola.  Los conflictos de un lado no son los del otro, ni tampoco los del continente.

Es así que la gran preocupación de cara al Mundial de Sudáfrica 2010 debe ser el alto índice de criminalidad en muchas ciudades sudafricanas, pero no la posible presencia de grupos armados y aún menos de células terroristas.  Obviamente, nadie tiene la bola de cristal y por eso no se puede asegurar que lo mencionado anteriormente no ocurra, pero un breve análisis y estudio del contexto permite establecer que aquello sería una sorpresa.  Y bien desagradable.

De momento, lo concreto es que la actual versión de la Copa Africana de Naciones comenzó el domingo 10 de enero, tal cual se había previsto y apenas dos días después del trágico hecho que enlutó a toda África y, por qué no, al mundo.  Angola y Malí dieron un tremendo espectáculo en la cancha, pero aquello no impidió que las sombras del ataque acontecido el viernes siguiesen avanzando y dejando una estela de reflexiones.

Lo primero, y casi lógico, es preguntarse por qué se optó por elegir a Cabinda como una de las sedes de este gran evento del fútbol africano.  Algunos van más allá e incluso cuestionan que un país como Angola recibiese la oportunidad de organizar un torneo como este, sabiendo que recién hace pocos años ha comenzado el proceso de reconciliación nacional, luego de 27 años de guerra civil, cuyo fin llegó en 2002.

De todas formas, la decisión de haber escogido a Angola como anfitrión no puede ser considerada errónea, mas sí se debe cuestionar el hecho de incluir a Cabinda como una de las sedes del torneo.  Más allá de la existencia del FLEC, con sólo leer un poco de historia y actualidad quedaba de manifiesto la actual realidad de dicho región, es decir, conflicto, inestabilidad y patente riesgo.  Por eso, haber optado por Cabinda fue un error del gobierno de Angola y de la Federación Angolesa de Fútbol (Federaçao Angolana de Futebol), quienes fueron los responsables de la elección de las ciudades en las cuales se disputaría el campeonato.

La Confederación Africana de Fútbol (CAF) también debe realizar un mea culpa, pues si bien ellos no tienen a su cargo la organización del evento, si tienen algo que decir.  Claro, pues como el principal organismo del fútbol africana tienen que fiscalizar de mejor forma, especialmente en este tipo de torneos internacionales, en los cuales, lamentablemente, muchas veces se mezclan política y deporte.  La CAF pudo (y debió) impugnar el nombramiento de Cabinda como sede de la Copa Africana de Naciones.  Tan sólo una pequeña presión habría significado, casi con seguridad, el cambio de Cabinda por otra localidad.

Por último, la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA) debió tener un rol más activo e involucrarse en este asunto.  Así como ha mostrado una gran preocupación por el Mundial de Sudáfrica 2010, lo mismo debió haber hecho con este evento.  Económicamente no será lo mismo que la Copa Europea o la Copa América, pero deportivamente es un gran certamen.  Sólo por dar algunos nombres, Didier Drogba, Sulley Ali Muntari, Michael Essien, Seydou Keita y Samuel Eto’o están compitiendo en este evento.  Se trata, no cabe duda, de figurar de nivel mundial y por algo juegan en los principales equipos europeos como Chelsea, Inter de Milán y Barcelona, por ejemplo.

Sin embargo, dejando a un lado el tema de la polémica decisión sobre Cabinda, el punto de reflexión tiene que ver con la reacción de todos los entes involucrados, luego del atentado del pasado viernes 8 de enero.

Da la impresión que cada cual veló impuso sus términos sin escuchar la voz de la delegación de Togo.  Es así que los protagonistas pasaron a ser meros comparsas y su voz no fue extinguida, sino que ignorada del todo.

La FIFA sólo comentó que lamentaba el asunto y que en Sudáfrica no ocurriría algo así.  La CAF expresó sus condolencia y llevó a cabo un minuto de silencio, pero, acto seguido, confirmó la realización del torneo.  El gobierno de Angola y la FAF apenas se pronunciaron, sin asumir responsabilidades y bajándole el perfil a toda esta macabra situación.

Mientras, los jugadores togoleses decidían seguir en competencia, más allá que en un comienzo habían dicho que volverían a su país.  Con el paso de las horas tomaron la decisión de competir y así honrar a los muertos.  Sin embargo, la réplica llegó de inmediato, pues el gobierno de Togo “sugirió” que la delegación togolesa retornara lo antes posible y no participara en la Copa Africana de Naciones.

Finalmente, los futbolistas togoleses no tuvieron más que obedecer a las órdenes de su presidente y emprendieron vuelo, cual gavilanes que son, hacia su tierra.  La consecuencia inmediata fue la descalificación oficial por parte de la organización del campeonato.

Es así que aparecen preguntas.  ¿Por qué no se optó por suspender el evento?, ¿acaso no habría sido mejor cambiar el orden de los partidos y así buscar una solución que dejara a todos contentos?, ¿se puede justificar la intervención política de un gobierno en un certamen deportivo?

Por eso, la conclusión final no puede ser más que una sola.  Nadie escuchó la voz de los únicos y sufridos protagonistas, es decir, los integrantes de la delegación de Togo.  Ellos querían seguir, pero no pudieron hacerlo.  Que los obligaron, que no les diferon facilidades, que el poder del dinero nuevamente pesó, etc.  Da lo mismo, lo único concreto es que el grito de los atacados no fue tomando en cuenta.

Y así, brota la gran interrogante.  Togo, ¿descalificado?, ¿salvado? ¿o simplemente abandonado?

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
@Ratopado

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