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Una cumbre intrascendente, pero de gran relevancia

Fecha 5/06/2010 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Hace algunas semanas culminó un nuevo encuentro entre la Unión Europea y América Latina y el Caribe, algo que se ha repetido en seis ocasiones desde 1999.  Y aunque la integración de estas dos zonas tan grandes es algo que a priori puede ser catalogado como positivo, la evidencia ha ido demostrando que estas negociaciones, basadas en principios económicos, presentan algunas vallas de difícil salto y que, con el tiempo, se han convertido en grandes dificultades para esta iniciativa que busca aunar conceptos entre latinoamericanos, caribeños y europeos.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 5 de junio, 2010

ue-alc-2010Algunos podrán decir que es muy negativo decir que las relaciones eurolatinoamericanas no pasan por un buen momento, pero otros podrían asegurar que aquello no es más que la realidad.  Y, también, estarán quienes afirmarán que los nexos se han mantenido dentro de los márgenes acostumbrados.

En honor a la objetividad y, dependiendo del prisma con el cual se observe, los tres postulados mencionados podrían ser ajustados a lo que efectivamente sucede.  Es por eso que se puede catalogar como ambiguo el proceder entre ambos bloques.

Primero, porque a pesar de algunos logros concretados tras la VI Cumbre UE/ALC quedó en evidencia que se negocia en busca de beneficios económicos, pero, en paralelo, se intentan imponer medidas tendientes a limitar ciertas conductas.  Esto último tiene que ver, por ejemplo, con el pedido de Argentina en orden a revisar el tema de las Islas Malvinas.  También, tiene relación con las políticas migratorias del organismo europeo hacia los viajeros latinoamericanos.

Quizás esto último sea lo más importante, ya que mientras el asunto de las Malvinas tiene un carácter más político, aquello relativo a las condiciones de ingreso a Europa cae dentro de lo que se conoce como “temas humanitarios”.

¿Se puede hablar de igualdad si a los habitantes de una parte se les impide la entrada a un lugar determinado sólo por tener rasgos indígenas?

Ciertamente, no.  Y, lamentablemente, eso es lo que ocurre en la práctica.  Es cosa de sentarse a ver la diferencia de tratos en el aeropuerto de Barajas.  Los sudamericanos blancos, de apellidos europeos y con una profesión seguramente podrán ingresar a tierras del Viejo Continente, en tanto que aquel peruano, ecuatoriano o boliviano de piel café, con el pelo negro y de baja estatura seguramente deberá esperar que un milagro le permita pasar las barreras.

Las medidas establecidas en contra de los miles de latinos que van a Europa como delincuentes son necesarias y positivas, pero se debe entender que cuando se cae en discriminaciones raciales se produce un fuerte problema.  Y en el caso de la Unión Europea es aún peor, ya que se genera una contradicción muy fuerte.

Por un lado se habla de igualdad entre latinoamericanos y europeos, pero, por el otro, aquello sólo es una hermosa retórica.  Queda demostrado, entonces, que si se trata de obtener beneficios económicos da lo mismo si se conversa con un latino de origen caucásico o aborigen.  Sin embargo, llegada la hora de compartir cultura, cambia el paradigma y se produce una terrible discriminación.

Otro elemento que permite reafirmar la ambigüedad del proceso de integración entre la Unión Europea y Latinoamérica tiene que ver con asuntos pendientes aún sin resolución y que, normalmente, son tapados con un dedo.

Por parte del Viejo Continente, los derechos humanos siguen siendo un tema difuso.  Mientras realizan una férrea defensa de éstos, caen en violaciones a los mismos preceptos que ellos postulan como inquebrantables.  Las políticas de migración vuelven a aparecer en este horizonte y no sólo en relación a los latinoamericanos, sino que, particularmente, en relación a los inmigrantes africanos.  También, porque muchas veces caen en la tentación de darle lecciones sobre Derechos Humanos a los latinos, pero ellos mismos han sido bastante subjetivos en tratar sus temas al interior.

El colonialismo también se mantiene como otro problema sin solución.  Guayana Francesa, Islas Malvinas y la gran cantidad de islas convertidas en territorios de ultramar por Francia y el Reino Unido aún generan incomodidad.  Si se desea una verdadera integración, el primer paso es sentarse a conversar sobre asuntos como estos.  Sin embargo, ahí vuelve a aparecer la crítica hacia ambos lados.  A los europeos, por no ser capaces de aceptar este diálogo y, a los latinoamericanos, por no oponer mayor resistencia y hacer vista gorda ante la posibilidad de firmar acuerdos económicos.

Pero quizás el principal responsable de todo esto sea la misma Latinoamérica, incapaz de generar una postura común, sea favorable o no a lo propuesto por la Unión Europea.  ¿Acaso existe una verdadera unión entre los países latinoamericanos?, ¿se puede hablar de una integración real si existen Mercosur, Caricom, Aladi, Comunidad Andina, Alba, Unasur y Sica, entre otros mecanismos integracionistas, pero a pesar de eso las disputas se mantienen y los problemas siguen sin encontrar solución?

Claramente hay un quiebre en Latinoamérica y eso queda demostrado por la fragmentación de sus zonas geográficas.  Centroamérica, el Caribe y Sudamérica están separados y trabajan cada cual por su cuenta.  Quizás el caso más emblemático sea el de Sudamérica y, de hecho, es el subcontinente que aún no logra consolidar hechos verdaderamente de peso con la Unión Europea.

De ahí que los europeos hayan optado por negociaciones directas con países (Colombia y Perú, por dar ejemplos) o con bloques regionales (Mercosur y Comunidad Andina).

La desunión americana es absoluta y de eso deberían preocuparse los líderes continentales.  Brasil parece estar más preocupado de consolidar su ingreso a las grandes ligas mundiales.  Cuánto gustaría ver la actitud brasileña mostrada en las negociaciones con Irán, pero en los conflictos sudamericanos como el litigio entre Argentina y Uruguay (por las papeleras), las odiosidades entre Colombia y Ecuador y Venezuela o, por último, el asunto marítimo de Chile y Perú.

Y qué decir del gobierno argentino, que está más preocupado de la imagen exterior antes que de solucionar sus problemas internos.  Otro caso corresponde a Venezuela, que no cede en su propósito de seguir instaurando una revolución bolivariana que cada vez tiene menos adeptos y que, a la inversa, sigue generando más conflictos y división.

Quizás lo único rescatable es que a pesar del abanico de tendencias políticas, Sudamérica ha logrado vivir en cierta armonía.  Pero claro, siempre aparece algún presidente dispuesto a romper ese equilibrio.  Como Alan García y la demanda marítima.  Un desastre la postura peruana.  La contracara es lo que ha acontecido entre Bolivia y Chile, quienes dejaron de mandarse mensajes por la prensa y desde hace algunos años dialogan acerca de la salida al mar para Bolivia.  Sin embargo, todo lo positivo que puede tener eso queda empañado ante la inexistencia de relaciones diplomáticas entre ambos países.

Por último, a Latinoamérica le ha faltado generosidad, para así adoptar posturas comunes.  Ahora, en este punto cabe analizar la realidad con mayor precisión.

Si bien se necesita una voz única, es importante reflexionar acerca de cuán factible es eso, tomando en cuenta las evidentes diferencias culturales entre caribeños, centroamericanos y sudamericanos.

Un proceso de integración que debe ser revisado

Debido a lo anteriormente expuesto surge un llamado de alerta para la Unión Europea y Latinoamérica.  ¿No será que equivocaron el camino al intentar reunir 60 estados en un solo bloque de integración, que de por sí presenta barreras como las distancias geográficas, sociales, culturales y económicas?

Bajo este contexto, cabe reflexionar acerca de la VI Cumbre UE/ALC, para así darse cuenta de por qué el proceso de integración está entrampado hace años.  En este sentido, aparecen varias conclusiones.

La primera, existe una desconfianza mutua a nivel social y eso afecta las relaciones, pues a nivel político se ve algo, pero bajo el prisma de los pueblos se observa otra cosa.  Queda la impresión que el europeo medio no ve con muy buenos ojos al latinoamericano, mientras que este último comienza a sentir el rechazo proveniente desde el Viejo Continente y eso genera, a su vez, resentimiento.

En segundo lugar, para garantizar el éxito de los objetivos, hay que reprogramar a estos últimos.  Si se busca un mero intercambio comercial, entonces las negociaciones y los discursos deben ser más claros al respecto.  Esto último queda de manifiesto ante la pregunta de cuál es la integración que se piensa desarrollar.  Por momentos, parece sólo económica, pero en otros puede dar la impresión que es algo más social.  Y a veces, una combinación de los dos o de otras variables.  Falta claridad.

Relacionado con lo anterior, quizás lo más razonable sea esperar a que Latinoamérica y la Unión Europea deciden trabajan en conjunto, pero a través de bloques subregionales.  Esto quiere decir que el camino son diálogos entre el bloque europeo  y Sica, Caricom y Unasur.  Cada cual con sus respectivas particularidades y entendiendo que los latinoamericanos podrán tener muchas cosas en común, pero también grandes diferencias de todo ámbito.  Es así que es deber de Latinoamérica trabajar bien y organizarse para poder conversar con plenas formalidades con la Unión Europea.

Que Mercosur, Comunidad Andina y Alba se unan en un organismo.  Que Unasur sea la instancia de unión y conversación con otras regiones del mundo.  Pero para eso se debe trabajar intensamente en la compleja labor de darle una seria institucionalidad a Unasur.  Mientras aquello no ocurra, será difícil negociar con la Unión Europea.  Es por eso que los sudamericanos deben hacer un mea culpa al respecto, pues Centroamérica y el Caribe han sido más sabido y han logrado entender la velocidad y la tendencia del proceso integracionista con la Unión Europea.

Por último, Unión Europea y Latinoamérica deben definir sus prioridades, pues si se desea tener buenos resultados en este proyecto, se le debe dedicar más tiempo y con mayor convicción.  ¿Qué importa más a Europa?, ¿el Mediterráneo, Latinoamérica o los problemas con Rusia?  Ninguno de estos temas es excluyente y todos son igual de importantes, pero ante los hechos la conclusión es evidente, es decir, los asuntos mediterráneos y los tensos nexos con el gobierno ruso ponen toda la atención de los europeos.  Y desde cierto punto de vista aquello es entendible, pero, entonces, mejor terminar las tareas pendientes y luego lanzarse en busca de nuevos desafíos.

Lo mismo para Latinoamérica, que debe redefinir las prioridades.  Antes de salir al mundo e intentar demostrar que es una región con grandes virtudes, primero tiene que definir con claridad sus objetivos. Mientras países como Brasil, Chile y Méjico buscan asociaciones con los grandes países del mundo, otros como Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Venezuela mantienen las esperanzas en la revolución bolivariana.  El factor “Irán” también tiene una importante incidencia en la zona, pues una postura cada vez más proclive hacia el régimen iraní puede dañas los nexos con Europa.

Argentina sigue con sus voladores de luces y al proyecto del tren de alta velocidad ahora se suma el submarino nuclear.  Parece que el gobierno argentino no entiende cuáles son las prioridades internas y externas.

Perú sigue generando ruidos y conflictos en la región, no sólo con Chile, sino que también con Bolivia y Ecuador, involucrándolos en problemas que, en algunos casos, no tienen gran relación con aquellos países.

Colombia se desvela en su lucha contra el narcotráfico, pero en pos de aquel objetivo se olvida de sus vecinos, quienes, a su vez, también aportan polvorín a la zona septentrional de Sudamérica.

Y así, suma y sigue.  Falta más claridad y definición en las prioridades sudamericanas y europeas.

Por eso,  más allá que la Unión Europea firmara acuerdos o estableciera trabajos conjuntos con Chile, Méjico, Perú, Colombia, Centroamérica y el Caribe, lo que más quedó en evidencia en la VI Cumbre UE/ALC es que no hubo grandes avances.

Y esa es la gran paradoja de este último encuentro, porque a pesar de ser una reunión intrascendente adquirió gran relevancia, pues develó todas las ambigüedades y falencias existentes en este proceso de integración.

Y eso es demasiado trascendente.

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
@Ratopado

 

 

 

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