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Túnez y un aniversario sin grandes celebraciones

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Túnez y un aniversario sin grandes celebraciones

Fecha 22/03/2013 por Raimundo Gregoire Delaunoy

El 20 de marzo se conmemoró el 57° aniversario de la independencia de este país magrebí y, más allá de estos festejos, cabe analizar, brevemente, la delicada situación por la cual atraviesa este pequeño, pero importante estado norafricano.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 22 de marzo, 2013

Flickr

(Flickr)

Los últimos hechos hablan por sí solos. Tremenda crisis política –incluyendo cambio de gabinete y divisiones internas en los partidos y bloques- y un duro golpe al proceso de estabilidad social tras el asesinato de Chokri Belaid.

Y aunque estas dos realidades ya son suficiente para poder catalogar como “difícil” la situación actual en Túnez, todavía hay otras coyunturas que pueden ser mencionadas. Por ejemplo, el desempleo, la marginalidad social, el salafismo y la cada vez más evidente lucha entre laicos, islamistas moderados y los más fanáticos seguidores del Islam.

Por eso, no extrañó que el mismo día en el cual el nuevo gobierno, liderado por Ali Larayedh, recibía la aprobación por parte de los diputados (con 137 de los 217 votos, es decir, 30 por sobre del mínimo requerido) se anunciara la muerte de Adel Khadri.

Este último era un vendedor ambulante, que, al igual que el conocido Mohamed Bouazizi, optó por autoinmolarse ante su desesperante situación de pobreza, marginalidad y falta de oportunidades. Fue un retorno al pasado, hacia aquel día en el cual Bouazizi gatilló, seguramente sin saberlo, el proceso de cambios en su país.

Sin embargo, el fallecimiento de Khadri vuelve a poner en la superficie el tema central que afecta no sólo a Túnez, sino que a todos los países magrebíes. Se trata de la calidad de vida de su población y, particularmente, de los jóvenes y las mujeres.

En el caso tunecino, la cesantía llega a cerca del 17% de la población activa y en torno del 40% en los jóvenes. Sin embargo, eso sólo es una de las cifras que reflejan el duro momento que vive la Economía del país. Mientras la inflación amenaza con seguir escalando, la balanza comercial registra un saldo negativo cada vez mayor desde 2009. Al mismo tiempo, el déficit público se mantiene al alza (ha subido un 141% entre 2010 y  2013) y la deuda pública se acerca al 50% (ya está en 47.2%).

En este contexto, lo cual se suma a la marginalidad y la pobreza imperante, resulta aún más difícil luchar contra el otro gran rival que tiene Túnez en estos momentos. Es así que los salafistas se han convertido en un gran dolor de cabeza para la sociedad tunecina, no sólo por sus actos de violencia, como el  ataque a edificios públicos o embajadas, sino que también por sus intenciones de imponer la sharia e ir en contra del laicismo o, si se prefiere, de un islamismo moderado.  El problema es que miembros de Ennahda –partido político que ganó las elecciones para la Asamblea Constituyente y del cual es miembro, entre otros, Ali Larayedh, actual primer ministro- han aparecido con iniciativas y/o declaraciones preocupantes.

Por ejemplo, el diputado Habib Ellouze (de Ennahda) no tuvo problemas en decirle a un medio que la ablación femenina es una “operación cosmética”. Aunque luego lo negaría, el periodista que lo entrevistó afirmó que esas habían sido las palabras de Ellouz. Y no se debe olvidar la polémica del asunto “Nessma”, ya que los salafistas reclamaron con gran dureza por la exhibición de la película Persépolis.

Y aquello no debiese extrañar, pues desde que Ennahda llegó al poder han ocurrido una serie de eventos que han generado preocupación entre la población que lucha por una sociedad laica y con igualdad genérica. Al respecto, aquí se puede destacar otro hecho de gran relevancia y es que tras la última crisis gubernamental –que terminó con la renuncia del primer ministro Hamadi Jebali y la disolución del gabinete- se nombró a los integrantes del nuevo gobierno.

El asunto es que de los 27 puestos, sólo en uno de ellos se nombró a una mujer, es decir, la participación femenina es de apenas el 3.7%. Estos datos posicionan a Túnez, un anterior líder regional en la lucha por los derechos de la mujer, en el penúltimo lugar del Magreb. En primera posición está Mauritania (13.33%), seguido por Argelia (7.89%) y Libia (7.14%), mientras que la última casilla es para Marruecos (3.33%).

Lamentablemente, la pobreza, la cesantía y el auge de grupos que, como mínimo, pueden ser rotulados como “conservadores” no es lo único que afecta a Túnez. El país sigue sin una Constitución y, por lo tanto, no tiene instituciones fijas. Tampoco hay claridad respecto a la fecha de las próximas elecciones legislativas y presidenciales. Y, por si fuera poco, hay evidentes diferencias en torno al tipo de gobierno que debiese implementarse. Así es que mientras Ennahda apuesta por un sistema parlamentario, en tanto que la oposición y los laicos han expresado que el presidente debe mantener ciertos poderes.

En fin, la situación actual de Túnez es bastante nebulosa y, lo que está claro, es que el gobierno deberá enfrentar, a grandes rasgos, cuatro grandes conflictos. La situación económica (que incluye la cesantía y la marginalidad), el auge del conservadurismo (que incluye la situación de la mujer), la débil estructura política (que incluye la imperiosa necesidad de una criteriosa Constitución) y la seguridad del país. En este último punto no sólo habrá que poner atención respecto a los choques sociales internos (que incluye enfrentamientos tribales), sino que también en relación a las fronteras con Argelia y Libia.

Ya no solamente por lo que ocurre al interior de aquellos estados y por lo que sucede en Malí. Claro, pues ahora se ha sumado el anuncio, por parte de los salafistas tunecinos más radicales, de una alianza con Al Qaeda del Magreb Islámico.

Por esto y todo lo mencionado anteriormente, queda la impresión que el estado de urgencia imperante en Túnez, el cual ya fue ampliado por tres meses más en marzo, tendrá que seguir vigente por más tiempo. Así las cosas, los tunecinos y las tunecinas tendrán en sus manos el gran desafío de salvar al país de lo que parecer ser una aún más profunda crisis.

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
@Ratopado
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl

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La UE y el peligroso ingreso a la dimensión desconocida

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La UE y el peligroso ingreso a la dimensión desconocida

Fecha 19/03/2013 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Si antes fueron España, Portugal, Grecia e Irlanda, ahora lo es Chipre, otro estado miembro de la Unión Europea (UE) que ha necesitado el rescate financiero por parte del bloque de integración del Viejo Continente. El problema es que se mantiene la tendencia de salvar a los bancos, aunque esta vez en forma realmente preocupante.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 19 de marzo, 2013

Agencias

Agencias

La situación ya es conocida. Chipre necesita cerca de 17.000 millones de euros y la Unión Europea acordó entregarle 10.000. El resto lo tendrá que conseguir el propio gobierno de la isla mediterránea, el cual anunció que esa suma se obtendrá a partir de un impuesto especial que se cobrará en las cuentas de ahorro existentes en los bancos chipriotas.

Aún cuando Nikos Anastasiades, presidente de Chipre, ha dicho que la medida fue tomada por el gobierno chipriota, todos apuntan a Alemania –específicamente, Angela Merkel-, al Fondo Monetario Internacional (FMI) y a la Unión Europea. No hay dudas, según una buena parte de la población de la pequeña ínsula, que ellos fueron los artífices de la idea de pasar a llevar algo que, además, se había prometido no se violaría.

Existía la garantía de no afectar a los ahorradores de menos de 100.000 euros, pero rápidamente se olvidó aquello y así fue que el pasado sábado se anunció que las cuentas con más de 100.000 euros recibirían un impuesto del 9.9% y que las de menos de 100.000 tendrían que pagar el 6.75%.

Evidentemente, fue un error. Ciertamente, en lo humano, pues una solución así no sólo es macabra, sino que además supone entender que la UE sigue castigando a la población común y corriente, la misma que ya ha sufrido bastante a causa de la mala gestión de los políticos y de un sistema injusto que no ha sabido reinventarse.

Tan evidente fue la equivocación, que ya el lunes se hablaba de eliminar el impuesto al grupo de ahorradores con menos de 100.000 euros. A cambio, se aumentaría a cerca del 12.5% a quienes tienen más de 100.000 euros. Con esto, se buscaba disminuir el número de cuentas afectadas, ya que, por ejemplo, en España cerca del 90% de los depósitos pertenecían al grupo de menos de 100.000 euros.  Si bien las cifras varían de un país a otro, es probable que en Chipre la situación sea relativamente parecida.

Sin embargo, esto sigue siendo una mala vía de escape, ya que no importa si alguien ha logrado acumular mucha o poca plata. Lo esencial es que paguen los bancos y el sistema, pero no las personas.

Hoy, las medidas adoptadas, en conjunto, por la UE y el gobierno chipriota no han logrado calmar a la gente y, todo lo contario, han empezado a crear un ambiente de inseguridad y, peor aún, se quebró la confianza. De ahí que miles de ahorradores fuesen, diariamente, a los cajeros automáticos para retirar el máximo de 800 euros permitido por día.

La molestia es evidente. Los chipriotas no sólo se sienten abandonados por su gobierno, sino que, principalmente, por la Unión Europea. Y aunque la demostración de ayer (lunes) no contó con la presencia de miles de personas, los cerca de 500 manifestantes mostraban letreros con consignas como “Fuck Europe” o, aún más lejos, usaban carteles con el símbolo nazi en vez de las estrellas de la bandera de la UE.

Esto último no es algo nuevo, pues el sentimiento anti Unión Europea es algo común en los países que han sido rescatados. Su población ve en Angela Merkel una líder negativa, que sólo se preocupa de defender  sus intereses personales, los de Alemania y los de los bancos. Se sienten traicionados por un bloque de integración que aseguraba protegerlos, pero que ahora, en medio de la crisis, parece tomar partido por las bancas y los grupos de poder.

Más allá de esto, el escenario es complejo, pues ya hay países que se han sentido incómodos con esta modalidad de rescate. Reino Unido está preocupado por la situación de sus funcionarios públicos y sus militares (que son cerca de 3.000) -que trabajan en suelo chipriota- y, en caso de verse afectados por la retirada de sus ahorros, serán protegidos y compensados.

Donde también hay mucha molestia es en Rusia, país en el cual el primer ministro, Dmitry Medvedeev, no tuvo problemas en declarar que lo que está ocurriendo en la isla mediterránea parece ser “una simple confiscación de dinero ajeno”. Y claro que tienen motivos para estar preocupados, ya que los depósitos rusos en bancos chipriotas representan entre el 20% y 25% del total de la isla (unos 80.000 millones de euros).

Y en este punto amerita detenerse, ya que no es descabellado pensar que la rudeza de la Unión Europea hacia Chipre sea producto de esta situación. Por sus leyes, el sistema financiero chipriota se ha convertido en una especie de paraíso fiscal en Europa, lo cual habría generado que muchos de esos millones procedentes de Rusia no sean más que lavado de dinero o, como mínimo, ingresos de dudosa reputación.

Por eso, queda la impresión que la UE está aprovechando este contexto para castigar aquel sistema –en el cual, además, existe un bajo impuesto social-, pero el problema es que con eso no sólo se le da una advertencia a los depósitos rusos y al mecanismo fiscal de Chipre, sino que se perjudica a los chipriotas comunes y corrientes.

Y eso es, justamente, lo peligroso del asunto. Ya no se trata de cesantía, sueldos más bajos, disminución del gasto social o el recorte de la inversión en Salud y Educación, sino que ahora se trata de meterse donde nadie lo había hecho, es decir, los ahorros. Por eso, es momento que la Unión Europea y el gobierno chipriota recapaciten.

Así como el rescate de cada país ha tenido características diferentes, se ha mantenido la constante de salvar a los bancos y al sistema que generó toda esta tremenda crisis. Los gobiernos de turno han perdido la presidencia, pero más allá de eso no han sufrido, mientras que el ciudadano común ha visto que su nivel de vida sigue en franca decadencia.

Más allá de lo estrictamente económico y técnico –para lo cual están los analistas de aquellos ámbitos-, queda la impresión que la Unión Europea están entrando en una dimensión desconocida, en la cual se conjugan intereses personales (reelecciones políticas) e intereses nacionales (mantener el liderazgo regional). En este sentido, los dardos seguirán apuntando hacia Alemania, un país que ha llevado a la UE hacia una segunda recesión, pero sin aún tener claridad sobre cuándo se podrá salir de este abismo político, social y económico.

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
@Ratopado
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl

 

 

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El Magreb dentro del mundo árabe-musulmán, ¿ser o no ser?

Fecha 23/05/2007 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Por su ubicación geográfica, el Magreb aparece como una zona geopolítica de alta importancia y, por lo mismo, se convierte en un área estratégica.  Establecido en el norte de África, se constituye como un punto de encuentro, no sólo entre los estados que lo componen, sino que entre las diversas culturas, razas y religiones colindantes.

 Raimundo Gregoire Delaunoy  | 23 de mayo, 2007
francia (disponible en francés)

bandera-umaPara entender la realidad del Magreb es necesario ir más allá de sus límites.  En términos más precisos, se trata de vislumbrar al “vecindario” completo.  Hacia el sur limita con el África Negra; por el norte se encuentra con el mundo mediterráneo y la Europa Latina; en el borde oriental choca con Medio Oriente y Asia; y, hacia la parte occidental se hunde en el Océano Atlántico.  Entonces, se pueden desprender algunas conclusiones, que aunque parezcan demasiado obvias, es bueno recordarlas.

En primer lugar, el Magreb es africano, pero de población mayoritariamente árabe y musulmana.  En segundo lugar, en las costas mediterráneas se fusionan el legado europeo (francés, español, italiano y griego) y el de otras civilizaciones (fenicios, turcos, árabes y cartagineses).  En tercer lugar, junto al sur europeo, Turquía, Líbano e Israel forman una zona marítima común.  En cuarto lugar, el Magreb es la puerta de entrada a Europa, África, Asia y Medio Oriente.  Finalmente, junto a los países árabe-africanos, poseen cerca del 70% de la población árabe del mundo[1].

Es así que hablar del Magreb significa hacer mención a un “camino de caminos”, los cuales conducen a diversas regiones geopolíticas.  Pero no sólo se trata de términos físicos o territoriales, sino que también involucra la variable ideológica o religiosa.

Ya se ha dicho que el Magreb forma parte de África y, por ende, de la Unión Africana (UA); también se conoce la existencia de la Unión del Magreb Árabe (UMA); y, obviamente, es parte del mundo mediterráneo.  Ahora bien, dichas uniones, salvo la UMA, no tienen relación con la religión o la cultura de los países.  Entonces, si apelamos a estos elementos, nos encontramos con la real amplitud del mundo magrebí.  Como países eminentemente árabe-musulmanes, son parte insoslayable de la visión cósmica del universo islámico y árabe y, entonces,  no debiera extrañar que los integrantes de la UMA tengan un campo de acción, pero ya no sólo en África, sino que también en una dimensión que no tiene límites físicos: Argelia, Libia, Marruecos, Mauritania y Túnez son estados miembros de la Liga Árabe y la Organización de la Conferencia Islámica.

Concretamente, la Unión del Magreb Árabe (UMA) aún carece de la fuerza necesaria para establecerse como una organización de influencia mundial o continental.  Sólo tiene injerencia en lo relativo a los países magrebíes, pero debido a su debilidad estructural y al escaso tiempo de vida[2], todavía no se ha podido constituir como un bloque poderoso y capaz de imponer sus términos.

Con este contexto, todo indica que los países por sí solos pueden tener más peso que la UMA.  En la práctica los hechos son así, ya que Argelia y Marruecos, pero especialmente el primero de ellos, son importantes actores dentro del mundo árabe y musulmán.  A ellos se suma Egipto, un estado que no pertenece al Magreb, pero que sí está en África.  La República Árabe de Egipto es un país que siempre ha tenido relevancia en la política mundial, quizás bajo el eterno recuerdo de la grandilocuencia de la antigua civilización egipcia, pero no se puede desconocer su peso dentro del entorno árabe y musulmán.

Para darse cuenta de la importancia de estas naciones se hace imperioso realizar un análisis de la situación política, económica y social en el Magreb, el África árabe-musulmana[3], Medio Oriente, Egipto y la Península Arábiga.  A ellos, hay que sumarle las minorías musulmanas en India y China[4], la región separatista de Chechenia, Bosnia-Herzegovina y otros estados islámicos del mundo[5].

En términos políticos, Turquía, Irán, Egipto, Irak, Palestina y Arabia Saudita son los países de mayor influencia, no sólo en el seno de la Conferencia Islámica o la Liga Árabe (en caso que corresponda), ya que también poseen un alto grado de injerencia en la diplomacia internacional.  La importancia de estas naciones radica, esencialmente, en la historia de sus pueblos, el liderazgo natural que han llevado durante siglos y la contingencia actual que los envuelve.

Turquía lucha por ingresar a la Unión Europea, mientras se acentúan las diferencias entre los grupos laicistas e islamistas; Irán prosigue con su programa nuclear y hace un tiempo anunció el inicio del proceso industrial del enriquecimiento de Uranio; Egipto busca evitar la instauración de una teocracia y enfrenta a la Fraternidad Musulmana; Irak sigue sumido en los problemas originados por la invasión de las fuerzas internacionales y por la guerra civil entre sunitas y chiítas; Palestina no cesa en sus intenciones legítimas y ajustadas a derecho de convertirse en un estado, pero debe buscar una solución a las divisiones internas y la difícil convivencia del gobierno de unidad; y, finalmente, Arabia Saudita mantiene sus vínculos con Estados Unidos, se establece como el  bastión del wahabismo y, últimamente, ha tenido un rol importante en el conflicto palestino-israelí.

En lo referente al comercio y la economía mundial, se repiten Irán, Irak y Arabia Saudita, a los cuales se unen Indonesia, Nigeria, Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos.  Todos los países en cuestión poseen importantes reservas de petróleo, lo que les otorga gran relevancia a la hora de fijar precios y, por ende, entregarle estabilidad a los mercados bursátiles nacionales e internacionales.  Pero en estados como Irán e Indonesia, no sólo reciben ingresos por la explotación del “oro negro”, sino que también gracias al gas, un bien que cada vez se hace más valioso.  A tal nivel llega la dependencia de otras naciones en el gas o el petróleo iraní, que, por ejemplo, China y Rusia han sido acérrimos defensores del gobierno de Mahmoud Ahmadinejad.  A ello se suma el hecho que en marzo pasado se inauguró un gasoducto –ubicado en territorio iraní y armenio-, que permitirá a la vecina Armenia conseguir gas por medio de un abastecedor que no sea Rusia.

En el aspecto socio-cultural, Irán, Turquía, Arabia Saudita, Palestina, Egipto y Argelia aparecen como los principales centros impulsores de movimientos reformistas o, por el contrario, tradicionalistas del Islam.  Mientras Turquía se muestra ante el mundo como una nación musulmana, pero de gobierno laico, en Arabia Saudita, Egipto y Argelia destacan corrientes o grupos radicales como los wahabitas, la Fraternidad Musulmana y el Frente Islámico de Salvación.  Dichas tendencias político-religiosas –el caso de estas dos últimas- aparecen con la fuerza necesaria para transformar sociedades.  Mientras la Fraternidad Musulmana lucha por aquello, el Frente Islámico de Salvación ya tuvo un papel trascendente en la reconstrucción del país y en la política argelina.  En Irán, pero específicamente en Qom, se desarrolla el más alto estudio del Islam, destacando la rigurosidad de los teólogos.

En cuanto a Palestina, se produce una atractiva fusión entre distintas tendencias islámicas, diversas ideologías políticas –muchas de ellas arraigadas en un sustento socialista o marxista- y las diferentes estructuras culturales.

Situación actual del Magreb

Tomando en cuenta el sucinto análisis del mundo árabe-musulmán, cabe preguntarse cuáles son las reales posibilidades del Magreb.  ¿Hasta dónde puede llegar el poder y la influencia de las naciones magrebíes? ¿tienen un sustento lo suficientemente sólido para convertirse en un cuarto centro árabe e islámico, tras Medio Oriente, la Península Arábiga y Egipto? ¿el sueño de un Gran Magreb, líder del universo árabe-musulmán, es real o fantasía?

Para contestar estas preguntas, es importante conocer el hoy de la región.  En este sentido, hay que destacar que a pesar de las notorias diferencias entre los estados magrebíes, no se puede soslayar el hecho que poseen una historia bastante similar.  Es cierto, con distintos matices y procesos que no siempre fueron de la mano, pero, superficialmente, se podría establecer la siguiente secuencia:

colonización – independencia – falta de estructura política – falta de recursos – problemas  étnicos – gobiernos totalitarios – socialismo – apertura hacia el liberalismo – lenta democratización – crecimiento económico – aparición del terrorismo – mano dura con los grupos terroristas – resurgimiento de movimientos religiosos extremos

Claro, no todos los países pasaron por la misma línea de sucesos, pero se podría decir que esa es la columna vertebral.  Ahora bien, ¿cuál es la utilidad de esta espiral secuencial?  Bueno, sirve para entender el proceso por el cual ha pasado el Magreb y que, por lo mismo, ha impedido un mayor progreso –en los campos políticos, económicos y sociales- de la región.

Económicamente, existe una desigualdad evidente.  Los índices de PIB per cápita (2007) de Libia, Argelia y Túnez están por sobre los de Marruecos y Mauritania[6].  Las cifras son inapelables y muestran a Libia con 5.271 dólares, Argelia con 4.027 y Túnez con 3.180.  Bastante más abajo se ubican Marruecos y Mauritania, con 1.989 y 1.194, respectivamente.  Lo más preocupante es que mientras Mauritania posee la mayor tasa de crecimiento para el 2007, con una proyección del 10.6%, Marruecos apenas llega a un 3.3%, siendo el más bajo del Magreb.  Túnez, Argelia y Libia se ubican entre los dos polos, al registrar una proyección de crecimiento de 6.0%, 5.0% y 4.6%, respectivamente[7].  Cabe recordar que la tasa de crecimiento de África está fijada en 5.9% para el 2007, lo cual nos demuestra que muchos países africanos –especialmente los productores de petróleo- están creciendo a un ritmo mayor al de los magrebíes.

Como era de esperar, Argelia posee el mayor PIB de la zona (137.178 billones de dólares), seguido por Marruecos (61.110), Libia (38.800), Túnez (33.080) y Mauritania (3.537)[8].

Sin embargo, otros índices permiten ser más optimistas.  Es el caso de la inflación, que salvo el caso de Libia (24,4% en 2005)[9], todos los países del Magreb poseen registros de un solo dígito: Marruecos y Túnez, 2%; Mauritania, 5,1% y Argelia, 5,5%[10].  El promedio africano es de un 10,6%, lo cual demuestra la tendencia a la estabilidad de los precios no sólo en el Magreb, sino que también a lo largo de todo el continente.

Política y socialmente, las diferencias también son bastante explícitas.  En Túnez, Ben Alí gobierna desde 1987, siendo elegido Presidente en las elecciones de 1989, 1994, 1999 y 2004.  Para poder participar en los comicios de 2004, se debió realizar una modificación a la Constitución, para que así pudiese aspirar a un cuarto mandato[11].  Pero lo peor no es que en los últimos 20 años gobierne la misma persona, sino que la manera de establecer y manejar el poder.  Desde comienzos del régimen de Ben Alí se han llevado a cabo diversas protestas, demandas y acusaciones por parte de asociaciones de Derechos Humanos, acusando al Presidente tunecino de violar los derechos inalienables de toda persona.  Las torturas y detenciones se han convertido en algo normal dentro de este tipo de gobierno, que goza de poder absoluto, ya que en las últimas elecciones legislativas arrasó y se constituyó como la principal fuerza política.

En Argelia la situación no parece estar mejor y tras 15 años de inestabilidad, luchas armadas y lo que muchos consideran como una guerra civil, el poder parece tambalear.  Aun cuando se han celebrado elecciones presidenciales y legislativas, el ambiente está pletórico de rivalidades, muchas de ellas provenientes de hace décadas.  Uno de los principales problemas ha sido la irrupción del FIS como una importante fuerza política, en detrimento del FLN, acostumbrado a ser el partido de gobierno y amplio dominador en los comicios.  Al igual que su vecino Túnez, la represión por parte del gobierno y sus fuerzas de seguridad ha minado el proceso de lenta democratización.  A este gran problema se suman las constantes revueltas en la inagotable Kabilia, la difícil situación de etnias como los beréberes y los tuaregs y el siempre latente y presente peligro de grupos terroristas, dentro del cual destaca el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate, el cual es uno de los principales aliados y brazos armados de Al Qaeda en el norte de África.

En Libia, Muammar al Gaddafi lleva 38 años en el poder y no ha dado grandes señales de cambiar el sistema imperante.  Si bien abandonó los métodos terroristas y los programas de construcción de armas de destrucción masiva, aún queda un manto de interrogantes por sobre la aparente pasividad del gobierno libio.  Su bonanza económica y una diplomacia mucho más inteligente le han permitido gozar de más estabilidad en los últimos años.  El último incidente tiene que ver con las cinco enfermeras búlgaras y el médico palestino, condenados a muerte luego de ser declarados culpables de haber infectado con SIDA y en forma voluntaria a 426 niños en el Hospital de Benghazi, en 1998.  La Unión Europea ha tenido una activa participación en el hecho y en enero de este año amenazó a Libia con “revisar” las relaciones en caso de no llegarse a una solución “positiva, equitativa y rápida”.

En Marruecos, se viven momentos de relativa calma y la mayor preocupación del rey Mohamed VI parece estar centrada en el desarrollo económico y cultural del reinado.  Atrás quedaron las malas experiencias del pasado, experimentadas, principalmente, por Hassan II en la década de los años setenta.  Hoy, Marruecos realiza intensos y sistemáticos intercambios y acuerdos comerciales, culturales y sociales con España, Bélgica, Burkina Faso, Malí y Camerún, entre otros países.  A pesar de tener estabilidad interna, el mayor problema tiene que ver con la cuestión del Sahara Occidental, que aún no ha sido definida.  En lo social, otro de los inconvenientes se relaciona con la inmigración ilegal, no sólo de marroquíes, sino que de africanos, los cuales utilizan a Marruecos e Islas Canarias como vía de ingreso hacia Europa. El tema humanitario y los abusos cometidos por las fuerzas marroquíes y españolas se han establecido como dos puntos fijos en la agenda de conversaciones entre Marruecos y España.

En Mauritania, hace poco se realizaron las primeras elecciones democráticas y transparentes de toda la historia, que culminaron con la victoria de Sidi Ould Cheikh Abdallahi en la segunda vuelta electoral.  El caso mauritano ha sido todo un ejemplo, ya que la transición democrática tuvo un camino menos sufrido que en el caso de otras naciones.  Para muchos, el actual reto de la República Islámica de Mauritania será saber mantener la institucionalidad y los elementos propios de la democracia, al mismo tiempo que deberá bregar por una serie de problemas, que han postrado a los mauritanos a vivir en la pobreza durante décadas.  Otro gran desafío tiene que ver con las pugnas entre la población árabe y beréber del norte mauritano y los habitantes negroafricanos del sur del país.  En años anteriores, estas diferencias provocaron sangrientas luchas y movilizaciones, las cuales incluso derivaron en problemas limítrofes entre Senegal y Mauritania.

¿Hacia dónde se dirige el buque magrebí?

Entonces, analizando la situación económica, política y social del Magreb las conclusiones comienzan a brotar espontáneamente.  Existen, como era de esperar, elementos que juegan a favor y en contra del mundo magrebí y sus pretensiones de transformarse en un referente del universo árabe-musulmán.  Claro, muchos caerán en la inevitable comparación con los otros ejes del mundo árabe e islámico, pero lo cierto es que aquello no es justo, ni tampoco correcto.  No se pueden comparar realidades tan distintas, ya que a pesar de tener una religión común y, en algunos casos, una cultura y un idioma compartido, las notorias diferencias geográficas, físicas y contextuales de una y otra región hacen estéril cualquier tipo de paralelo que busque establecer lo “mejor” y lo “peor”.

Efectivamente, el Magreb está a años luz de países ricos y desarrollados como Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Qatar, los cuales poseen grandes e importantes reservas de petróleo en pequeñas superficies territoriales.  Algunos de estos países apenas superan el millón de personas[12] y, por lo mismo, logran un nivel de vida demasiado alto en comparación al resto de las naciones árabes y musulmanas.  Respecto al Medio Oriente, Egipto y otras naciones asiáticas, la brecha se ha acortado y, de hecho, los índices económicos son bastante parejos.  De todas formas, la tarea no sólo incluye igualar o superar las tasas de crecimiento del PIB, los niveles de inflación o la balanza de pago.  Se trata de establecer una buena distribución de las riquezas y de educar a las masas.

Culturalmente, el Magreb nada tiene que envidiar a otras zonas del mundo, ya que posee una exquisita y especial fusión de elementos culturales, raciales y religiosos, que le otorgan un atractivo sin iguales.  Durante años se produjo un intercambio mercantil entre europeos, africanos y asiáticos, lo cual derivó en transmutaciones de la cultura.  Es así que el arte, la literatura, la arquitectura, la gastronomía y la pintura, por dar algunos ejemplos, presentan cánones y estilos incomparables y muy propios de esta zona.  Al mismo tiempo, la mezcla racial entre beréberes, árabes, negros, blancos europeos y otros pequeños grupos minoritarios entregan una composición étnica interesante y de gran trascendencia.  En ella se unen el nomadismo y el sedentarismo; el tribalismo africano y los sistemas modernos.

Quizás la aparición de líderes políticos de real peso a nivel internacional y un  vuelco hacia Oriente, mediante la oposición ante Occidente, podrían darle un rol más protagónico al Magreb.  Hoy, en una época de divisiones religiosas, muchas veces no se puede ser amigo de unos y otros.  Lamentablemente, la política actual y la diplomacia mundial obligan a establecer alianzas permanentes, aunque forzosas.  Es lo que ha ocurrido con la crisis nuclear iraní, con la famosa “guerra contra el terrorismo” y la crisis del pueblo palestino.

Tal vez, el error magrebí ha sido fijarse en los puntos de desencuentro más que en los de encuentro y, por ello, la Unión del Magreb Árabe sólo es un compromiso firmado.  Si eliminan sus fronteras ideológicas, si adoptan una postura abierta al diálogo y si buscan la solución a sus problemas limítrofes, entonces quizás logren entablar un lugar de reunión en el cual la conversación y los acuerdos sean lo principal.  Si aquello ocurre, podrán tener un mensaje único e inequívoco, capaz de ser comprendido por todo el mundo árabe y musulmán.  Recién ahí, la Conferencia Islámica y la Liga Árabe los mirarán con más respeto y les otorgarán las responsabilidades y el puesto que, previa demostración de aquello, les pertenece.

Pero si continúan en el balancín eterno, pensando si les conviene apoyar a Irán, Palestina e Iraq o si es mejor mantener  buenas relaciones con la Unión Europea y Estados Unidos, entonces no tendrán un lugar.  Ni en la comunidad europea y sajona, ni en el mundo árabe-musulmán. Ni en occidente, ni en oriente.

Ni en el Magreb, ni en el Mashrek.



[1] Según los datos estadísticos de la Guía del Mundo 2007, el Magreb aporta con el 23.08% de la población árabe total; si se le suman los otros estados africanos (43.80%), el total de los países árabe-africanos es de 66.88%).

[2] Hay que recordar que la Unión Africana se estableció recién en febrero de 1989.

[3] Defino como “África árabe-musulmana” a la zona que abarca países que sin ser parte del Magreb poseen una importante cultura árabe y/o musulmana y una población que, aunque negroide, presenta ciertos rasgos arábigos, moros o beréberes.  Hablamos de Malí, Níger, Chad, Djibouti, Sudán y Somalía.

[4] Se estima que en China habría al menos 30 millones de musulmanes.  En India, el número sería cercano a los 130 millones.

[5] Afganistán, Albania, Azerbaiyán, Bangladesh, Benín, Brunei, Burkina Faso, Camerún, Comoros, Costa de Marfil, Gabón, Gambia, Guinea, Guinea-Bissau, Guyana, Indonesia, Kazajstán, Kirguistán, Maldivas, Mozambique, Nigeria, Pakistán, Senegal, Sierra Leona, Suriname, Tayikistán, Togo, Turkmenistán, Uganda y Uzbekistán.

[6] Fuente: Fondo Monetario Internacional

[7] Ibid

[8] Fuente: Fondo Monetario Internacional.  Las cifras de Libia corresponden a 2005.

[9] Fuente: Banco Mundial

[10] Fuente: Fondo Monetario Internacional

[11] La Constitución establecía que un Presidente podía ejercer como tal sólo tres veces.

[12] Entre los tres estados suman 8.472.507 habitantes.

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Los desafíos del Covid-19

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