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Venezolanos en Chile, dos historias de aquellos que lograron salir adelante

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Venezolanos en Chile, dos historias de aquellos que lograron salir adelante

Fecha 16/01/2019 por Raimundo Gregoire Delaunoy

En medio de una crisis inédita y cada vez más profunda, Venezuela se ha convertido en una plataforma de salida de millones de personas que, con gran pena, han debido abandonar su país y, peor aún, a sus seres queridos. Inseguridad, economía destruida, ausencia de medicamentos, fragmentación social, crisis política y escasa alimentación han generado un drama humanitario imposible de soslayar. Sin embargo, como en todo lo negativo, siempre hay algo bueno y Sudamérica ha acogido, con gran solidaridad, a los millones de desplazados, quienes se han repartido por diversos países de la región. Uno de ellos ha sido Chile, que, en algo histórico, ha recibido un flujo migratorio de venezolanos que ya supera, largamente, las 100.000 personas. ¿Cómo ha sido la vida de estos migrantes en un país ubicado al fin del mundo? Aquí el testimonio de dos viajeros que, a pesar de los problemas, lucharon, se levantaron y hoy gozan, junto a sus familiares, en el tranquilo Chile.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 3 de diciembre de 2018

Sudamérica tiene una historia marcada, entre otras cosas, por la inestabilidad política y social. Durante los últimos 200 años, los países de la región enfrentaron procesos similares, los cuales incluyeron independencias, dictaduras, golpes de estado y lucha contra la pobreza y mala distribución de la riqueza. Parecía que el siglo 21 podría traer algo diferente, especialmente luego de ver que las democracias se consolidaban y que llegaban al poder gobiernos de izquierda o centro izquierda que, en teoría, disminuirían la cantidad de pobres y la desigualdad. Así, el proceso de “izquierdización” sudamericana significó que Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador, Paraguay, Perú, Uruguay y Venezuela tuviesen mandatarios de tipo socialista. En algunos casos, además, la renovación llegó con el ascenso al poder de las mujeres (Michelle Bachelet en Chile, Cristina Fernández en Argentina y Dilma Rousseff en Brasil).

Lamentablemente, tras varios años de idas y vueltas, aquel proceso vive sus últimas horas, con Sudamérica volcada, ahora último, hacia la derecha o centro derecha. Uno de los sobrevivientes a esta tendencia es Nicolás Maduro, actual presidente de Venezuela, pero que, para muchos venezolanos, no es más que un dictador. Los hechos hablan por sí solos y lo concreto es que Venezuela vive la que ha sido considerada como la peor crisis de su historia independiente. Según el director regional de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), más de 3.000.000 de venezolanos han dejado el país, mientras que la ONU asegura que 1,9 millones lo hicieron a partir de 2015. La proyección es aún peor, pues, de acuerdo al Centro por la Justicia y el Derecho Internacional (CEJIL), la cifra podría llegar a los 4.000.000, es decir, cerca del 12% de la población de Venezuela.

La mayoría de estos nuevos inmigrantes –en algunos casos, catalogados, oficialmente, como demandantes de asilo- se ha desplazado al interior de Sudamérica y, en menor medida, hacia Centroamérica, el Caribe, Norteamérica y, por último, Europa. Al respecto, la tendencia es preocupante, pues, en 2010, los venezolanos viviendo fuera de su país eran 556.641, mientras que en 2017 el número aumentó en más del triple y totalizó 1.622.019. El gran peso de esto se lo ha llevado Sudamérica, región que en 2015 albergaba a 88.975 ciudadanos de Venezuela, pero que en 2017 ya acogía a 885.891, es decir, casi diez veces más. En relación a esto, las tasas de crecimiento por país son impresionantes. Chile (1.488%), Colombia (1.232%), Perú (1.116%) y Brasil (1.022%) lideran con tremendos números (más del 1.000%), siendo secundados por Argentina (444%), Ecuador (444%), Panamá (368%) y Uruguay (325%).  Y eso que estas solo son las cifras oficiales entregadas por organismos como la mencionada ONU.

En este contexto, el caso de Chile es emblemático. No solo por ser el país que aumentó en mayor proporción la cantidad de venezolanos viviendo en su territorio, sino que por lo brusco que ha sido el fenómeno. Si hace algunos años la comunidad llanera apenas era conocida, hoy es una de las más importantes del país (134.390) y, de hecho, solo es superada por aquellas de peruanos (266.244) y colombianos (145.139). El flujo de venezolanos es tan potente, que el 27,4% de las visas entregadas por el gobierno de Chile durante 2017 correspondió a ciudadanos de Venezuela.

El perfil del inmigrante venezolano en Chile

A diferencia de las principales comunidades migratorias que se han establecido en tierras chilenas, los venezolanos se caracterizan por estar altamente calificados en lo laboral. De hecho, es muy frecuente ver a profesionales de diversas áreas (médicos, ingenieros, arquitectos, psicólogos, diseñadores y publicistas, por dar algunos ejemplos), muchos de los cuales, además, poseen grados como magíster o doctor. En teoría, esto permite que muchos de ellos logren una mejor inserción en el mercado laboral chileno, aunque el proceso presenta dos dificultades. La primera, que deben validar sus títulos y grados. La segunda, que ya existen serios problemas para los mismos chilenos a la hora de encontrar un buen trabajo. Así, muchos venezolanos llegan a Chile y se ponen a trabajar en el área de servicios, que es donde hay más facilidades y donde, de una u otra forma, se valora su educación y su amabilidad en el trato con los clientes.

Igualmente, no todos lo pasan bien y algunos no logran quedarse en el país debido a delitos o condenas recibidas durante su estadía en Chile. Sin embargo, su buena conducta resalta y eso queda demostrado por las estadísticas oficiales entregadas por el Ministerio del Interior de Chile, ya que entre 2013 y 2017 apenas 18 venezolanos fueron deportados y solo en 2015 hubo más de cinco que sufrieron la deportación.

Por último, es importante mencionar que la mayoría de los inmigrantes venezolanos que llegan a Chile pertenecen a los sectores socioeconómicos más altos. Es así que muchos de ellos viajaron hasta Chile por vía aérea, aunque el proceso no fue fácil, ya que debieron vender sus propiedades, autos o herramientas de trabajo. Sin embargo, en el último período ha aumentado la cantidad de venezolanos de origen socioeconómico medio o bajo, los cuales deben realizar largas travesías terrestres que, en muchos casos, los llevan por Cuba, Guyana, Brasil y Perú antes de arribar a Chile. Si bien no hay cifras exactas, diversos estudios sitúan entre un 10% y 15% la cantidad de venezolanos de clases media o baja que llegan a Chile.

De Caracas a Santiago, una historia de amor y negocios en el mercado más importante de Santiago

Adalis Borrego solía vivir en Caracas, pero hace dos años aquello cambió. La situación del país la obligó a dejar la capital venezolana y buscar un mejor destino en el lejano Chile. Con 42 años, asegura que no fue fácil dejar Venezuela y llegar a Santiago, ya que allá tenía un negocio y trabajaba como independiente. Sin embargo, en los últimos años ya no podía mantener su emprendimiento y debió trabajar con su auto, en la calle. “Hacía transporte, lo que salía, pues ya era imposible mantener un negocio”, recuerda la amable Adelis, que siempre regala una sonrisa y un tranquilo hablar.

Ella, al igual que muchos de sus compatriotas, mira con nostalgia todo lo ocurrido en Venezuela y, de hecho, dice que “tengo un país maravilloso, increíble, pero los problemas del país –económico, social y de seguridad- son muchos”. Luego, agrega que “ya ni siquiera podías salir a la calle, pues alguien podía matarte. Además, el dinero, por más que trabajes y tengas un negocio, no te alcanza. Y la salud también está mal. El país está muy mal”.  

(Fotografía: Raimundo Gregoire Delaunoy)

Su testimonio refleja lo que ocurre en la riquísima Venezuela, que, en los últimos años, ha visto cómo la mayoría de sus ciudadanos viven bajo la línea de la pobreza (80% según las últimas cifras) y no tienen alimentos. Tanto así, que durante 2017 los venezolanos perdieron, en promedio, cerca de 11 kilos. Esto la hizo pensar sobre su situación y tomar la decisión de venirse a Chile. Un familiar de un amigo le había hablado bien de dicho país y entonces optó por vender su auto, con lo cual asumió que se iría de su querida Venezuela.

“La decisión es difícil, o sea, considero que los venezolanos no somos un pueblo migrante o al menos no es algo que nos hayan inculcado. Al venezolano le gusta viajar, conocer, pero no es de salir y echar raíces fuera del país. Tomar esa decisión es súper difícil, pero una vez que la tomas no queda otra que echarle para adelante”, asegura, mientras clientes le hacen preguntas en su negocio, ubicado en la Vega, que es el principal mercado de frutas y verduras (entre otras cosas) de la capital chilena.

Adalis vendió su auto, compró el pasaje, preparó los papeles y así, en 28 días, ya tenía todo listo y llegó a Chile. Ingresó como turista y a la semana consiguió un trabajo. Cuando su visa estaba por vencer, logró un contrato y con eso logró regularizar su situación. Hace diez meses espera la respuesta a la solicitud de visa definitiva y confía en que se la darán.  Y claro que sí, pues en Chile ha armado toda su vida. Cuando llegó a Chile trabajó en una distribuidora de frutas en la Vega y gracias a eso conoció a Bárbara, su actual pareja. Ella compraba frutas como cliente y Adalis la atendía, asi que surgió un romance y ya llevan más de un año casadas. Adalis nunca imaginó algo así, pues “cuando llegas acá no piensas en amor, sino que solo en enfocarte en trabajar y en ponerle ganas, pero a mí me pasó esto. Afortunadamente, su familia ha sido excelente conmigo y me ha arropado. Han sido maravillosos”, agrega esta esforzada y siempre amable venezolana.

Pero la Vega de Santiago no solo ha sido el punto neurálgico de su corazón, ya que en este lugar también ha logrado desarrollar su proyecto laboral, que es un negocio de productos venezolanos. Y no es cualquier local, ya que hasta el mismo presidente de Chile, Sebastián Piñera, ha visitado a Adalis. Entre otras cosas, llama la atención el nombre del emprendimiento, que es “Aquí se habla mal de Chávez”.

Adalis comenta que no fue fácil montar el negocio. Tanto así, que hace cerca de un año empezaron con las modificaciones, pues antes no se vendían productos venezolanos. Sin embargo, el proceso ha valido la pena, pues ella considera que su local es ese punto, dentro de la Vega, al cual sus compatriotas pueden llegar y sentirse un poco más cerca de su país. “Hay una bandera gigante, tenemos los productos venezolanos y además preparamos comida típica nuestra. Por ejemplo, arepas y empanadas. La gente viene para acá y recuerda su patria”, explica, para luego complementar diciendo que “la experiencia que vivimos los fines de semana nos enriquece mucho. Nos reencontramos en este lugar y eso te motiva a seguir con esto”.

Respecto al nombre del negocio, Adalis reconoce que aquello ha generado ruido y, a continuación, explica el motivo por el cual optaron por bautizar así a su emprendimiento. “El nombre en sí viene de hace poco más de un año. En Venezuela se creó un hashtag que decía ‘aquí no se habla mal de Chávez’ y en el local teníamos un cartel en el cual escribíamos mensajes de aliento. Un buen día le dije a mi novia que aquí sí puedo hablar mal de Chávez, pues este es un país libre”, comenta la caraqueña, quien agrega que la gente se siente identificada con esto, pero que, más allá de eso, lo importante es que “aquí coinciden con sus paisanos, donde vienen a hablar y reírse de las mismas cosas, contando las historias de por qué llegaron acá”.

Las cosas funcionaron tan bien para Adalis, que al final buena parte de su familia vive acá en Santiago. Ella llegó en junio de 2016 y casi un año después vinieron su hermano y su señora. Antes, ya lo había hecho su sobrino. Todos trabajan en el negocio, aunque según sus tiempos. Por ejemplo, el hermano de Adalis apoya en la cocina, mientras que su esposa lo hace los fines de semana, pues de lunes a viernes trabaja cuidando a una señora. Distinta fue la situación de su mamá, quien vino, pero no se adaptó. Sin embargo, Adalis le baja el perfil a eso, ya que tienen una casa propia, no tienen deudas y por eso pueden apoyar a su mamá, que es la única que se quedó en Venezuela.

Lo anterior les permite soslayar lo más difícil, que es extrañar a los seres queridos y adaptarse a la cultura de un país diferente. Sobre los chilenos, Adalis piensa que “como en todas partes, hay gente malhumorada y otros de buen humor. Acá todo es multicolor, es decir, muy variado”. Luego, complementa diciendo que “lo importante es que haya respeto, un buen gesto y una actitud positiva. Hay que respetar las costumbres locales y así como ellos se han adaptado a nuestra forma de ser, nosotros debemos hacer lo mismo, pues estamos en Chile”.

Pasan los días y Adalis sigue trabajando en su proyecto. Se le ve feliz junto a Bárbara. Han ido construyendo su vida y, poco a poco, logran pasar el trago de amargo de la crisis humanitaria que azota a Venezuela. Igualmente, la nostalgia siempre se abre camino y, tal cual ella afirma, “a veces pienso que no debimos salir, para seguir luchando, pero estando acá no solo puedo ayudar a mi mamá, sino que también a sus hermanas”. Y eso es lo que diariamente la motiva para seguir avanzando. Lo importante, en el caso de quienes se vinieron a Chile, es adaptarse, cambiar el chip y, como le gusta decir a ella, “echarle pa’delante”. Y en eso sigue ella. Siempre con el recuerdo de su anhelada Venezuela y con la esperanza que algún día todo cambie en su país. Mientras, agradece a la vida y a los chilenos.

“Gracias por todo, gracias por permitirme vivir en tu país. Si has tenido malas experiencias con algún extranjero, por favor acércate a nosotros y conócenos. Feliz te daré un abrazo”.

De la tropical Maracaibo al mundo académico en el desértico norte de Chile

Copiapó es una ciudad ubicada en medio del desierto de Atacama, el lugar más seco del planeta. Francisco Arocha, médico de 57 años y oriundo de la tropical Maracaibo nunca pensó que terminaría trabajando ahí, en el árido norte de Chile. En Venezuela, ejerció como internista e infector y también fue profesor de microbiología. Su especialidad era la medicina interna, bacteriología e infectología. Sin embargo, en los últimos años de poco servía su trayectoria, ya que su sueldo no le alcanzaba para mucho y, además, la situación del país era cada vez peor.

“Venía vislumbrando que en algún momento me iba a tener que ir de mi país, pues tengo muchos amigos cubanos, que escaparon de la dictadura de los Castro, y ellos me decían que esto de Venezuela era lo mismo de Cuba, que se estaba repitiendo la historia”, explica Francisco, quien también asegura que la decisión de irse recién pudo encaminarse en 2016, año en el cual el último de sus hijos terminó sus estudios. De hecho, asegura que “cuando se graduó nuestro primer hijo, que es publicista, él empezó a trabajar, pero vivió varios episodios de secuestros, robos y atentados políticos. Tanto así, que lo hirieron en la espalda en una de las marchas y eso está en la prensa, con la espalda ensangrentada. Gracias a dios la bala no penetró, pero con eso él tomó la decisión de irse de Venezuela y se vino a Chile”.  

Al igual que muchos otros venezolanos, influyó el hecho de tener conocidos en Chile y que hubiese una buena percepción sobre la realidad del país. Sin embargo, la historia recién comenzaba, pues en diciembre de 2016 fue el turno de la segunda hija del doctor Arocha, quien se vino a Chile con su tía, sumándose a su hermano y a la novia de éste. Todos se establecieron en el mismo barrio y en agosto de 2017 finalizó los estudios el último de sus hijos, con lo cual se abrió la puerta que los llevaría hacia otro país. Claro, pues a fines de aquel año Francisco conversó con un amigo y éste le comentó que había encontrado trabajo en Chile y que para los médicos era fácil el asunto laboral. Así, en enero de 2017, Francisco, su señora y su hijo tomaron la decisión de venirse a Chile, pero no todo fue miel sobre hojuelas.  “Entre enero y noviembre vino el proceso de legalización, apostillas, búsqueda de papeles, etc. Eso siempre es difícil, pero ahora es casi imposible en Venezuela. En octubre volví a Venezuela para buscar algunos documentos, pero algunos no me los dieron y eso fue por razones políticas”, agrega con calma.

(Fotografía: Raimundo Gregoire Delaunoy)

Para viajar a Chile, debió vender sus dos autos y buena parte de sus equipos médicos. En Venezuela dejó su casa y una camioneta. Antes de tomar el avión, confiesa, sintió “miedo y terror de enfrentarse a lo desconocido”.

Una vez en Chile, no creía lo que estaba viviendo. “Uno piensa si acaso volverá a su país o no. Además, te invade la incertidumbre, pues no sabes si conseguirás un puesto de trabajo o no”, asegura Francisco Arocha, quien tras cuatro meses puso fin a su búsqueda laboral. Primero pasó dos meses en Santiago, para luego vivir igual cantidad en Valparaíso, principal puerto de Chile. Allá estuvo con su señora, su esposa, su hijo y su mascota (un perro). En medio de ese ir y venir fue aceptado en el Hospital Regional de Copiapó y todo cambió en forma abrupta, ya que él afirma que “pasé de vivir de un lugar con clima tropical, mucho calor y humedad, a una ciudad que no era tan cálida. Añoraba la vegetación y la lluvia, pues en la ciudad misma hay árboles, pero en las afueras ya solo ves desierto”.

Francisco explica que fue muy difícil conseguir trabajo, “pues el asunto era que tenía que ser un combo cuádruple, o sea, dos oftalmólogos –mi mujer y su compañera de equipo de operación-, un pediatra –el esposo de la colega de su señora- y yo, asi que el hospital tenía que aceptarnos a los cuatro, lo cual no era fácil”. De hecho, Arocha recibió ofertas, pero, por ejemplo, en Antofagasta, importante puerto del norte de Chile, lo aceptaban a él, pero no a su esposa. En otra ciudad, había un puesto para el marido de la colega de la señora de Francisco Arocha, pero no para los otros. Por eso, cuando surgió la posibilidad en Copiapó, donde los aceptaban a los cuatro, no lo dudaron.

El golpe de suerte no se detuvo ahí. Meses después, la Universidad de Atacama (UDA) –con sede en Copiapó- buscaba consolidar un proyecto de tener una escuela de Medicina y, como parte del proceso, algunos profesores de dicha casa de estudios fueron a dar una charla al hospital de Copiapó. Ahí, se encontraron con el doctor Arocha, quien realizó algunos comentarios, los cuales fueron bien recibidos. Al tiempo, lo contactaron y le propusieron trabajar en la naciente escuela de Medicina. “Les dije que sí, pues tengo 25 años de experiencia en docencia universitaria. De hecho, en Venezuela era profesor jubilado. En julio me contrataron como director de la escuela de Medicina y mi primer trabajo fue crear el programa de estudios”, acota Arocha, quien trabaja media jornada en el hospital y el resto en la universidad.

Sobre este desafío laboral, asegura que se siente pionero, “pues prácticamente todo lo que se haga en Copiapó es primera vez que se hace. Y ahorita, en seis años, van a salir los primeros médicos formados en la UDA. Atacama es la segunda región de Chile con menos médicos por habitantes y el norte es una región muy despoblada, entonces estamos haciendo una labor que algún día nos agradecerá la población de Atacama”, expresa, con orgullo.

Ya con más de un año viviendo en Chile, el doctor Arocha siente que todo esto ha sido un revivir para él y su familia. Ve con alegría su proyección en Chile y no duda en decir que en territorio chileno han encontrado las oportunidades que jamás hubiesen tenido en su amada Venezuela. Asegura que, a diferencia de su país, el trabajo en Chile brinda la posibilidad de progresar, ya que los sueldos permiten cosas que allá eran imposibles. “Allá, la plata no te alcanzaba ni para chocolates”, asegura con cierta pena.

Venirse a Chile ha sido un cambio total y él cree que ha sido como agarrar una planta, arrancarla de raíz y plantarla en otro lugar. Aunque no ha sido violento el proceso, reconoce que “uno extraña la comida, el ambiente, los amigos, la familia que aún queda allá, el trabajo que dejó y muchas otras cosas. Yo tenía un laboratorio de bacteriología y quedó en manos de una encargada que, con muchas dificultades, lo mantiene a flote”.

Asegura que el chileno recibe bien al extranjero, en general, y al venezolano, en particular. Dice que le gusta que en Chile valoren la simpatía y educación de los venezolanos, pero que igualmente ve que la actitud hacia otros extranjeros, como los haitianos, no es tan positiva. “Hay xenófobos y racistas, pero como en todas partes. Los chilenos son más cerrados que los venezolanos, pero nos han tratado bien. La gente de Copiapó es colaboradora y amable. Entiendo que Chile es un país aislado por la cordillera y que, durante décadas, no tuvo muchos inmigrantes, asi que todo esto es nuevo, ya que se generó prosperidad y eso ha sido un imán para muchos. Acá hay colombianos, argentinos, peruanos, dominicanos, haitianos, ecuatorianos y venezolanos, pero incluso llegan de otras partes. Como director de la carrera de Medicina, siempre estoy a cargo del proceso de selección de personal docente y créelo que he recibido currículos de Estados Unidos y Canadá”, asegura Francisco.

A pesar que considera que los chilenos se quejan mucho y que le molesta el excesivo apego a las normas, él y su familia ya están muy cómodos en Chile. Por eso, asevera que no volverá a Venezuela en el corto plazo y que, de hacerlo, solo sería en forma parcial. “Ya tengo propiedades en Chile, me ha ido mejor que en mi país y hoy no dan ganas de volver, ni siquiera de visita. La última vez que fui, en octubre del año pasado, le dí cien bolívares al cuidador de autos en la calle, pero me los devolvió y me dijo que prefería un pedazo de pan”, relata, algo emocionado, el doctor Arocha.

Así, la familia Arocha dejó la Venezuela que los vio crecer y establecerse como un férreo núcleo familiar. De eso, ya casi nada queda en las lejanas y cálidas tierras venezolanas. Casi todos han dejado Maracaibo y Caracas, empezando a ser parte de otro país.

Mañana llegarán dos sobrinas de Francisco y, si todo sale bien, en 2019 vendrán otras dos más. Ellas se sumarán a otros sobrinos que ya viven acá y, por supuesto, a Francisco Arocha, su señora, su hija y sus dos hijos. Todos comienzan a ser chilenos.

O al menos las futuras generaciones lo serán.

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La inmigración en Chile, un fracaso político y social

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La inmigración en Chile, un fracaso político y social

Fecha 26/10/2018 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Si hace uno o dos años los inmigrantes parecían estar muy contentos en Chile, hoy la situación ha cambiado mucho. Si bien todavía muchos extranjeros que llegaron en busca de una mejor vida dicen estar contentos por aquella decisión, otros tantos reflexionan sobre el sentido de llegar a este país. Y, por supuesto, están aquellos que ya se fueron a su lugar de origen o que tomaron la determinación de irse apenas puedan.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 26 de octubre de 2018

(Fotografía: Agencias)

Al respecto, cabe pensar, brevemente, qué ha pasado con la inmigración en Chile. Partamos por lo básico, que son las políticas migratorias del estado chileno. Lo primero que resalta es que en este proceso inédito para Chile (hace algunos años había 300.000 o 400.000 inmigrantes en situación legal y ahora son más de un millón) ha habido muchos errores en la manera que los gobiernos de turno y los políticos han abordado este tema. Es cierto que el cambio de la tendencia migratoria fue muy brusco, pues el país pasó de ser un territorio lejano a los grandes procesos migratorios a uno que, de la noche a la mañana, recibía miles de haitianos, venezolanos, ecuatorianos, colombianos, dominicanos y otros latinoamericanos. También, aunque en mucha menor cantidad, europeos (principalmente españoles), palestinos y sirios.

Sin embargo, el grado de improvisación es pavoroso. Recién a mediados de 2017 y durante el presente año se ha intentado enfrentar, aunque sea tibiamente, el problema de los flujos migratorios. El estado, y en eso hay que ser muy claro, ha sido incapaz de ofrecer buena calidad de vida la mayoría de los inmigrantes que llegaron a Chile. Dejemos a un lado a los profesionales –que vienen de países como Argentina, Venezuela o España-, ya que ellos pertenecen a una burbuja privilegiada, y pongamos el foco en lo más masivo, es decir, los ciudadanos de Haití, Venezuela, Colombia y República Dominicana, por dar algunos ejemplos. Así, se han encontrado con serios problemas que no solo los azotan a ellos, sino que también a los chilenos. Por ejemplo, cerca del 80% de los trabajadores de nacionalidad chilena gana menos de 400.000 pesos mensuales y las cifras de cesantía (que han oscilado entre el 9% y 10% en los últimos años) no reflejan la realidad de la precariedad laboral (mucha gente trabajando sin contrato, sueldos contrarios a toda ética laboral y abusos de diversa índole, o sea, explotación laboral). Obviamente, los inmigrantes, aquellos que venían en busca del “sueño chileno”, se enfrentaron a esta dura realidad.

A eso sumemos, por dar otro ejemplo, el racismo que se ha producido. Muchos de los inmigrantes han reconocido que sufren o han sufrido discriminación por su color de piel, su etnia o su condición socioeconómica. A este hecho se suma otro tipo de racismo, uno más disimulado y peligroso, ya que está anclado en lo más profundo del inconsciente de una parte de la sociedad chilena. Cuando se les pregunta por los negros que han llegado a Chile (y aquí muchos quizás digan que el término “negro” es racista, aunque, claramente, no lo es), muchos dicen que serán un aporte, pues en algunos años más tendremos grandes atletas o porque la selección de fútbol tendrá jugadores rápidos, altos y fuertes. Entonces, la pregunta brota en forma espontánea. ¿Acaso no aportan con su rica cultura?, ¿no son un aporte en el plano intelectual?, ¿su capacidad de esfuerzo no suma para levantar a un país que, aunque a muchos les duela, está de capa caída? Parece ser que, para muchos, la raza negra solo entrega su físico y no su forma de pensar, su historia y sus costumbres. Un racismo etnocentrista y que, como en muchos otros ámbitos, tiene una clara raíz eurocentrista, es decir, los europeos blancos son dioses y los indígenas y negros son unos salvajes. A esto sumemos la estigmatización que sufren ciertas comunidades. Es cierto que algunos inmigrantes latinoamericanos han ingresado a Chile para cometer delitos, pero representan a un porcentaje mínimo del total de los delincuentes. En este sentido, vale recordar que entre 2013 y 2017 el promedio de extranjeros expulsados fue de 1.237 por año, es decir, una cifra pequeña en comparación a los foráneos que viven en territorio chileno. Además, siempre se apunta con el dedo a los colombianos y dominicanos, pero estos últimos, por ejemplo, registran 181 expulsiones en el período 2013-2017, mientras que los argentinos totalizan 178. ¿Alguien menciona que los trasandinos son unos delincuentes? Nadie. Y eso está bien, porque no se puede generalizar, pero esto último sí ocurre con los dominicanos que, vaya sorpresa, suelen ser negros o mulatos.

Pasemos a otro asunto, que es la situación legal de los inmigrantes. Es muy bueno que se hayan creado distintos tipos de visas, pues eso va en la dirección correcta y es lo que están haciendo los países que están a años luz de Chile en materia migratoria. Sin embargo, nuevamente aparecen graves vacíos o falencias. Por ejemplo, muchos inmigrantes piden visa de residencia definitiva y reciben un carnet de identidad provisorio, el cual tiene una duración de seis meses. El problema es que no se puede renovar y la entrega de visa –en el caso de quienes tienen la suerte que su solicitud sea aceptada- demora al menos diez meses. Esto genera un espacio de cuatro a ocho meses en el cual el extranjero está en condición legal –tiene el papel que demuestra que está esperando la respuesta a su solicitud de visa-, pero, al mismo tiempo, se encuentra en tierra de nadie. No puede ser ingresado como carga de alguien que tenga una isapre, no puede sacar beneficios en ciertas comunas donde residen (les piden el carnet de identidad), pierden oportunidades laborales (en muchos trabajos exigen visa definitiva entregada) e incluso se les complica el tema del pago, pues no pueden sacar boleta o, simplemente, no tienen cómo recibir el pago por sus servicios, ya que en ocasiones les exigen una cuenta bancaria. Así, algunos tienen la suerte de poder contar con la cuenta corriente de algún conocido, pero esto choca con otro tema legal, que es pagarle a alguien que no trabaja en un lugar determinado. Y esto, obviamente, complica a quienes quieren darle condiciones serias de trabajo.

Antes de terminar, es importante mencionar lo que ha ocurrido con los refugiados sirios, algunos de los cuales, hasta el día de hoy, siguen reclamando por lo que han sufrido en Chile. Algunos han logrado integrarse, pero otros siguen sin trabajo y no logran tener los recursos necesarios para vivir por su cuenta. Acusan, algunos de ellos, que el estado chileno los abandonó. Si es cierto o no, es difícil saberlo (habría que analizar cada caso), pero, más allá de quién es responsable, nos encontramos, nuevamente, ante otro fracaso o, como mínimo, un proceso de integración que no logró consolidarse en su 100%.

Por último, la guinda de la torta es la iniciativa del gobierno que busca darle algo de dignidad a los ciudadanos haitianos que quieren volver a su país, luego de pasar penurias durante su estadía en territorio chileno. Dada la situación actual, parece razonable que los ayuden al retorno, pero esto debe ser motivo de reflexión y análisis. Durante 2017 se le abrió la puerta a miles de haitianos, en una política migratoria que podría ser calificada como irresponsable y que, en realidad, no merece ser llamada “política migratoria”. Nunca pensaron en la calidad de vida de los caribeños que viajaban llenos de ilusiones. Se les engañó y este plan de devolución es una demostración de otro fracaso en el asunto de la inmigración en Chile.

En medio de este contexto, diversas organizaciones o grupos pertenecientes a la sociedad civil han acogido a los inmigrantes, para así ayudarlos a subsistir en medio de la difícil situación que enfrentan. Solo por mencionar un caso, cabe resaltar lo que hace el Instituto Católico Chileno de Migración (INCAMI), el cual realizar cursos de español gratuitos, asistencia médica sin costos, asesoría legal, alojamiento, apoyo en la búsqueda laboral, capacitación para los migrantes, atención a los refugiados, actividades recreativas, talleres de diversa índole e incluso investigación del fenómeno migratorio. Todo esto, que es notable, refleja, nuevamente, el fracaso del estado, pues ¿no debiese ser este último el encargado de dar eso a los inmigrantes y refugiados?

Resumiendo, Chile no está preparado para un flujo migratorio tan potente y repentino. El estado chileno ni siquiera es capaz de darle una buena calidad de vida a sus ciudadanos –quienes sufren por el alto costo de la vida y la precariedad laboral, entre otros males-, asi que obviamente no iba a ser posible que los inmigrantes pudiesen insertarse de buena forma en Chile. Es momento, entonces, que Chile, con gran dolor, ponga pausa al proceso migratorio. Lo primero es desarrollar y mejorar la situación laboral de Chile (y no solo de Santiago y las grandes ciudades). En paralelo, se debe seguir avanzando, a pasos gigantes, en temas esenciales como educación y salud. Luego, se debe modernizar el aparato estatal. Y, finalmente, se tiene que modificar, con urgencia, la política migratoria y el marco regulatorio de los inmigrantes. Una vez que eso pase, Chile podrá volver a abrirle la puerta a los extranjeros. Y, como humilde sugerencia, se deben estudiar a fondo los buenos y malos ejemplos de políticas migratorias en el mundo.

Raimundo Gregoire Delaunoy
@Ratopado
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl

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El Mediterráneo y la desidia del mundo

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El Mediterráneo y la desidia del mundo

Fecha 1/09/2015 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Las imágenes hablan por sí solas. Las cifras, también. Por ejemplo, ya son cerca de 300.000 personas las que han cruzado el Mediterráneo  -a lo cual se deben sumar más de 2.500 muertos- y, todas ellas, escapando de alguna desgracia. Muchos, de la guerra, otros de persecuciones étnicas y no faltan quienes se van de sus países por motivos religiosos.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 1 de septiembre de 2015

(Originalmente publicada en Cooperativa.cl)

Inmigrantes en un bote, en las cercanías de Lampedusa. (Fotografía: Reuters)

Inmigrantes en un bote, en las cercanías de Lampedusa. (Fotografía: Reuters)

También, varios miles optan por buscar nuevos rumbos ante la destrucción de sus Estados y el auge del terrorismo. Y cómo olvidar a los seres humanos que dejan su tierra ante la falta de oportunidades laborales, las precarias condiciones de higiene, la hambruna y/o la pobreza.

Sin embargo, parece ser que el debate de hoy no se centra en la urgente necesidad de acoger a todas estas personas. Claramente, la discusión se establece en la categorización de todos esos seres. Ahora dicen que un refugiado no es lo mismo que un inmigrante y que un demandante de asilo es diferente a los dos rótulos recientemente mencionados. Y, desde un punto de vista legal o, si se prefiere, técnico, no hay duda que tienen razón. Empero, cabe preguntarse si acaso todos escapan, finalmente, de lo mismo. Y ahí todos los casos llegan a la misma raíz.

Cualquiera se puede dar cuenta que escaparse de la guerra es mucho más duro que dejar el país por la falta de higiene, pero, en ambos casos, el final será el mismo, es decir, la muerte.

Por ende, la categorización que realizan organismos como el ACNUR y ciertos gobiernos europeos –además de periodistas, académicos y políticos- no es más que una excusa para cerrarle la puerta de entrada a Europa a miles de seres humanos que sólo buscan sobrevivir.

En Eslovaquia, por ejemplo, ya se dejó en claro que prefieren cristianos. Si antes no querían negros ahora sí los aceptarían, pero sólo si son cristianos. Al respecto, el argumento eslovaco es indigno. “Acá no tendrán mezquitas, ¿cómo podrían integrarse?”. Si esto último no es un eufemismo para no decir “no queremos musulmanes”, ¿qué es?

Y tal es la urgencia de la Unión Europea, que acordaron una cumbre de ministros para el 14 de septiembre. La gran pregunta, entonces, es saber cuántos más morirán en los próximos 14 días. Pero no sólo se trata de muertes, sino que también de cuántas personas serán humilladas y engañadas en el trayecto que los lleve a Europa. Tal cual decía una inmigrante –que tuvo la suerte de entrar a Europa-, “lo peor es la humillación que uno sufre”.

Por último, unas palabras sobre las responsabilidades en este drama. Partamos por Europa o, si se prefiere, la Unión Europea. Diversos gobiernos del Viejo Continente invadieron o apoyaron invasiones en países como Afganistán e Irak. Luego, en los años más cercanos, avalaron los derrocamientos de dictadores de países como Libia, Túnez, Egipto, Siria y Yemen (los mismos a los cuales antes les daban ayudas económicas y los recibían con honores en visitas oficiales).

Aún más, no sólo les bastó con derribar a dichos gobernantes, sino que estuvieron de acuerdo en dinamitar el tejido político-social de aquellos estados y de abrir una caja de Pandora demasiado peligrosa. Hoy, el terrorismo avanza a grandes pasos y ya casi no se habla de Al Qaeda, sino que del Estado Islámico. “Curiosamente”, estos grupos operan en los países en los cuales Estados Unidos y Europa suelen intervenir.

La responsabilidad del Viejo Continente no se detiene ahí. De hecho, el drama de la inmigración en el Mediterráneo tiene al menos dos décadas de existencia, en las cuales murieron, como mínimo unas 24.000 personas. No hay cifras precisas, pero las diversas fuentes entregan números que, en ningún caso, bajan de 22.000 muertos.

¿Qué hizo la Unión Europea para frenar este proceso? Además de la Política Europea de Vecindad, la creación de Frontex o de operaciones fallidas como Tritón, entre otros, poco más. Junto a eso, algunos millones de euros por aquí y por allá, entrega de recursos y tecnología a cambio que los países del norte de África frenaran los flujos migratorios y la inoperante fundación de la Unión por el Mediterráneo. Alguien dirá que ha habido muchas más iniciativas y, seguramente, tendrá razón, pero si hablamos de proyectos concretos y exitosos, la respuesta será otra.

Sin embargo, los gobiernos europeos y la UE no son los únicos responsables. Los países magrebíes, los africanos subsaharianos y aquellos ubicados en Medio Oriente y la Península Arábiga también tienen mucho que decir al respecto.

En este sentido, no pueden seguir usando el argumento de “la colonización nos dejó demasiado dañados” para explicar la ausencia de gobiernos que den libertades a sus ciudadanos. La inoperancia de la Unión Africana, la casi inexistente Unión del Magreb Árabe y la eterna división de los estados árabes del Medio Oriente también son parte del problema y  no se debe soslayar el apoyo de países como Arabia Saudita y Qatar hacia grupos terroristas.

Y qué decir de la incapacidad de muchos de dichos estados –del Magreb, África Subsahariana y Medio Oriente y la Península Arábiga- para frenar al islamismo, ese mismo que no es sinónimo de terrorismo, pero que, evidentemente, acerca a los jóvenes a las posturas más conservadoras y/o radicales.

Los gobiernos de estos países no han sido capaces de frenar el desempleo de los jóvenes o de aumentar aún más la participación de la mujer en la vida cotidiana y laboral. Tampoco ofrecen perspectivas y, por lo mismo, muchos optan por dejar su país. Y si tampoco hay libertad de prensa o de expresión, ¿acaso eso es culpa de Europa? Y la endémica corrupción, ¿también es responsabilidad del imperialismo estadounidense o de la colonización europea?

Vayamos a Estados Unidos. Llevó su poderío militar hacia países lejanos como Irak, Afganistán y Siria, para luego lavarse las manos y ver cómo Europa se llena de inmigrantes o como quieran llamarles. Luego, algunas donaciones y apoyo diplomático, pero nada más que eso.

Veamos la Cooperación Sur-Sur. ¿Qué han hecho, por ejemplo, los países latinoamericanos al respecto?, ¿qué han hecho las agrupaciones de Derechos Humanos?, ¿qué han hecho organismos regionales?, ¿alguna vez intentaron concretar una ayuda permanente para los inmigrantes?. ¿se organizaron para recibir inmigrantes, en forma oficial, a través de planes de acogida?, ¿y qué decir, por ejemplo, de la Cumbre Sudamérica-Países Árabes?

Terminemos con el mundo. Según las últimas cifras, 2014 fue el año con más desplazados en la historia. La cifra (59,5 millones, aproximadamente) da escalofríos. Cuánto sufrimiento y cuánta guerra en el mundo. Y cuántos morirán de hambre. Cuántos fallecieron, anónimamente, por el Ébola. Cuántos se deshidratarán hasta la muerte. Cuántos morirán por las radiaciones tóxicas de las armas usadas en diversas partes del planeta. Cuántos animales sufren por lo mismo. Cuánta destrucción en el planeta.

Por eso, lo que ocurre en el Mediterráneo es sólo el reflejo de un mundo perdido. No importa la persona. Lo único relevante es lo económico. Lo otro importante es relacionarse con aquel de similar visión y no con quienes tienen una cultura, una religión o un color de piel diferente.

Así, imposible que el drama del Mediterráneo termine. Y, tristemente, el mundo se encamina a tener muchos más mediterráneos.

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
@Ratopado

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Los inmigrantes en el Mediterráneo y el silencio de las agrupaciones de DD.HH.

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Los inmigrantes en el Mediterráneo y el silencio de las agrupaciones de DD.HH.

Fecha 12/03/2013 por Raimundo Gregoire Delaunoy

El Mar Mediterráneo es conocido, entre otros motivos, por su rica historia de intercambios culturales, por su gran atractivo turístico y por ser el punto de encuentro y desencuentro entre el norte de África y el sur de Europa.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 12 de marzo, 2013

inmigrantes-clandestinosSin embargo, una macabra realidad se esconde detrás de una dura, fría y triste cortina. Se trata de la inmigración clandestina, aquella que afecta a miles de africanos -en su mayoría subsaharianos, aunque también se cuentan magrebíes-, quienes se juegan la vida en busca de una mejor existencia.

El procedimiento ya es conocido. Dejan sus países de origen para radicarse, temporalmente, en el Magreb y, particularmente, en Marruecos, Túnez y Libia. Luego, aguantan el racismo, la precariedad de sus viviendas, el hacinamiento y  la falta de trabajo estable, entre otros.

“Vivimos en una casa, en la medina de Rabat, y ahí dormimos entre diez y 15 personas. El número depende, pues siempre hay algunos que se van a otra parte o que logran intentar cruzar hacia Europa”, me comentó, alguna vez, Mame, una senegalesa de 24 años.

Ella trabajaba en la calle, vendiendo artesanía, cremas, cinturones, billeteras y relojes, entre otros artículos. En tres oportunidades perdió todos los materiales de venta, ya que la Policía suele realizar “redadas”. La llevaron detenida y aunque siempre los liberan, pierden todos los objetos con los cuales intentan ganar el dinero suficiente para, algún día, subirse a un bote inflable o una patera.

“Puedo llegar a ganar 2.000 dirhams (unos 115.000 pesos chilenos) en un mes, pero a veces es mucho menos. Como arrendamos una casa entre muchos, al final no gasto más de 500 dirhams mensuales en mis cosas, asi que el resto lo puedo ahorrar”, confiesa Mame, nacida en Dakar y que no sabe cuándo volverá a ver a su familia.

En diversas ocasiones fui a comer al lugar en la cual ella vivía con muchos senegaleses. Muy generosos, compartían su comida conmigo, mientras me invitaban a escuchar su música y a ver el canal nacional de Senegal. Los fui conociendo y me di cuenta que eran personas de gran fuerza, con mucho sufrimiento a cuestas y con la esperanza de mejorar su vida.

“Quiero ir a Noruega, trabajar ahí, juntar plata y con eso volver a Dakar. Ahí me compraré una casa. He dejado mi país para conseguir este objetivo y eso haré”, me comentó ella, una morenaza que bien podría trabajar como modelo, gracias a su 1.78 de estatura y su hermoso rostro.

Un día pasé a saludarla, pero me di cuenta que no estaba en su “puesto de trabajo”, ahí en la Avenida Mohamed V de Rabat. Recorrí el sector y no la encontré. Sus amigos me comentaron que había desaparecido. Me dio pena no poder despedirme de ella y su clásico amigo, el gigantón Lamine, un senegalés que parecía basquetbolista.

Varios meses después, Mame me agregó como amigo en Facebook y Skype. Ahí supe que estaba viva y ella se encargó de contarme su drama. Pagó para ser transportada hacia Europa. Primero, viajó hasta Nador, una ciudad ubicada en el noreste de Marruecos, muy cercana a Argelia. Desde ahí, se subió a una patera y, en pleno viaje, esta débil embarcación sucumbió ante la fiereza de las corrientes que dominan en el Mediterráneo.

Quedaron a la deriva en medio de las olas y cuando el umbral de la agonía los perseguía, entonces pudieron ser rescatados por la guardia costera española. “Nos dijeron, en el hospital, que 15, 20 ó 30 minutos más y hubiésemos muerto por hipotermia”, relató mi amiga Mame.

Una vez dados de alta, fueron derivados a un centro policial y tras eso se decidió enviar de regreso a todos, salvo a Mame y su compañero Lamine. Los llevaron a un centro de acogida en un pueblo cercano a Madrid y desde ahí saltaron hacia Barcelona. Allá encontraron alojamiento en casa de un familiar de Lamine y, por ahora, no pasan penurias.

Sin embargo, al no tener documentos, no pudieron buscar trabajo. Varios meses después lograron recuperar su carnet de identidad, el pasaporte y otros papeles, pero de nada les ha servido, pues la crisis europea los ha hecho enfrentarse a la dura realidad del desempleo. A pesar de todo, Mame y Lamine siguen vivos, algo que muchos otros viajeros clandestinos no pueden contar.

Entre 1988 y 2012, más de 20.000 personas murieron intentando cruzar desde África o las Islas Canarias hacia España. Es un promedio de 2.2 inmigrantes fallecidos en forma diaria durante este período.

Sólo en 2011, al menos 1.500 africanos perdieron la vida al intentar cruzar el Mediterráneo y la mayoría de ellos en condición de “ahogados” o “desaparecidos”. Es que muchos de ellos ni siquiera logran ser recuperados de las aguas. Son verdaderos detenidos desaparecidos, pero no por una dictadura, sino que por la frialdad y la desorganización de los políticos de turno.

Algunos han elaborado programas de ayuda y la Unión Europea ha ido creando diferentes iniciativas, como Eurosur, pero aquello no es suficiente. Muchos inmigrantes que son recuperados en tierras españolas son devueltos a Marruecos y desde ahí son enviados a Argelia. Y en este último los llevan al sur del territorio argelino, “liberándolos” en pleno Sahara. De ahí, que caminen y sobrevivan, si es que lo logran.

Esta realidad es ignorada por muchos medios y gobiernos, los cuales nada hacen para encontrar una solución. Lo peor de todo es que muchas agrupaciones de Derechos Humanos no luchan por la vida de estos inmigrantes.

Claro, pues no son víctimas de una dictadura y no se trata de un asunto político. Por eso, no les interesa y, con ello, queda demostrado que los paladines de la defensa de los Derechos Humanos no son más que marionetas ideológicas.

Que esos negros miserables se ahoguen, da lo mismo. Total, son sólo negros y hay millones de ellos en el mundo.

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
@Ratopado

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Lavapiés, el centro de la multiculturalidad madrileña

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Lavapiés, el centro de la multiculturalidad madrileña

Fecha 26/10/2010 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Si alguien hubiese logrado viajar en el tiempo y conocer los inicios de este barrio, cuya fecha se remonta al siglo 14, seguramente se sorprendería al ver la nueva realidad de este emblemático sector de Madrid. Es que atrás quedó aquella historia en la cual los judíos eran mayoría en esta zona y, también, el origen del nombre de este sector. Claro, ya no se ven seguidores del judaísmo lavándose los pies antes de ingresar a la sinagoga y, todo lo contrario, es mucho más común ver a un musulmán, un hindú o un cristiano. El tiempo pasa, las personas también y así es que el Lavapiés moderno se caracteriza por ser un punto de encuentro entre las diversas colonias de inmigrantes que han llegado a España en las últimas décadas.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 26 de octubre, 2010. Desde Madrid, España

Al ir en uno de los vagones del metro de Madrid y acercarse a la estación Lavapiés se puede respirar un aire diferente. Si bien en toda la ciudad se pueden ver personas de distintas culturas y regiones del mundo, es en las cercanías de esta terminal donde se aprecia una real magnitud del suceso de las migraciones modernas.

Ahí, en este lugar, se combinan colores, olores, mirada, vestimentas, físicos y creencias, los cuales muchas veces generan confusión. Claro, porque cuesta saber si al frente está un paquistaní, un indio o un bangladesí o si aquella mujer negra junto a su hija llena de trenzas es africana o de algún país latinoamericano. Lo mismo con los magrebíes, que aunque en su mayoría son marroquíes, bien podrían ser tunecinos, libios, argelinos o incluso mauritanos.

Y así, suma y sigue la pluralidad del nuevo Madrid y, específicamente, del barrio Lavapiés, antiguamente conocido por las juderías y hoy punto de expresión de los nuevos tiempos.

El abanico cultural, bajo la huella del inmigrante

 

Según el Ministerio de Trabajo e Inmigración español, actualmente residen en España 4.789.034 extranjeros, los cuales cuentan con tarjeta de residencia y, por lo mismo, son contabilizados como inmigrantes legales. Rumanos, marroquíes, ecuatorianos, colombianos y británicos ocupan los primeros cinco lugares en presencia. En términos estadísticos, los extranjeros con situación al día representan el 11.03% de la población total del país y esto es algo que se puede apreciar al recorrer las vías que circundan al Lavapiés, sector en el cual se aprecian habitantes de cerca de 90 colonias foráneas diferentes.

Caminando por Servet, Amparo, Toledo, Sombrerete, Cabestreros, Mesón de Paredes y Lavapiés, entre otras calles del barrio, el viajero encontrará una puerta de entrada hacia la multiculturalidad. Ahí, cada cual con sus tradiciones y vestimentas, aparecerán africanos, asiáticos, americanos y europeos. Con países de origen tan diversos como Senegal, Guinea Ecuatorial, Burkina Faso, Marruecos, Gambia, El Líbano, Iraq, Irán, China, Paquistán, India, Bangladesh, Ecuador, Perú, Uruguay, Italia o Rumania. En un pequeño espacio convergen musulmanes, cristianos, budistas, confucionistas e hinduistas, pero también se reúnen negros, blancos, indígenas, árabes, persas, indoeuropeos, mestizos, mulatos y zambos. Y si de lenguas se trata, entonces están el español, italiano, francés, inglés, chino, árabe, bengalí, hindi, persa, rumano y portugués, entre otros.

Junto con lo anterior, tampoco debe olvidarse que en este sector viven españoles –algunos que suelen trabajar en el ámbito artístico-, lo cual permite generar el contraste entre los “locales” y los “visitantes”. Y así, el arcoiris va aumentando sus colores y tonalidades, dejando una atractiva estela para el viajero.

Y aunque todas las colonias y los españoles se respetan y conviven en armonía, no existe una gran fraternidad. Todo lo contrario, cada grupo se preocupa de lo suyo (el comercio) y resulta poco frecuente ver amistades entre personas de distintas nacionalidades. Las diferencias culturales hacen que de un lado y otro se miren con desconfianza, especialmente inmigrantes de determinadas nacionalidades, quienes, por su seguridad, prefieren no hablar del tema. Sin embargo, la situación se da en casos puntuales y la mayoría de la gente que trabaja y vive en este sector dice estar muy tranquila, pero aclarando que este es un espacio laboral y no social.

El viajero no debe tomar esto con temor, pues la situación no afecta al visitante y además es una gran experiencia ver en persona la destrucción del mito que los extranjeros siempre se unen. De todas formas, tampoco se debe exagerar y existen muchos casos de sana convivencia entre inmigrantes de distintas colonias.

Es el caso, por ejemplo, del matrimonio compuesto por Carmen Abigail, proveniente de Guinea Ecuatorial, y Nisar, oriundo de Paquistán, quienes llevan 35 y 25 años en España, respectivamente.

“Hace dos años abrimos nuestra peluquería, en la cual ofrecemos productos afro-americanos, (en la calle Lavapiés nº 52º) y nos va bastante bien”, cuenta la mujer, que dice tener 50 años.

Mientras, su marido complementa diciendo que “es algo muy bueno el intercambio cultural, pues yo soy paquistaní, ella es guineana y vivimos en España. Además, la vida en este barrio es bonita, pues hay mucha variedad cultural”.

Quizás el caso de esta pareja permita ilustrar lo que es Lavapiés, es decir, cuna de encuentros culturales, religiosos y raciales, y punto obligado para todo caminante que desee conocer y acercarse a diversas formas de ver la vida. Y la gran gracia es que puede hacer eso sin tener que ir a lugares que muchas veces pueden ser muy lejanos o inhóspitos, sino que aquello tiene ubicación en una de las ciudades más agradables del mundo.

Sus estrechas calles, con sus nombres escritos sobre baldosas en las paredes de cada esquina, la tranquilidad del ambiente, el aire cosmopolita, la fusión de diversos mundos en uno solo y la cercanía con otros barrios de interés lo convierten en un interesante y atractivo punto de la capital española.

Por último, la variedad de precios es amplia, pero por lo general es bastante más barato que ir al centro de Madrid o a los sectores de mayor riqueza de la ciudad.

Comercio, fuente de ingreso y variedad para el turista

 

Al dar una vuelta por el barrio, el caminante podrá darse cuenta, rápidamente, que se trata de una zona residencial, pero con varias manzanas llenas de negocios. Tiendas de artesanía, supermercados de comida específica, joyerías, venta de ropa, jugueterías y un sin fin de variedades irán apareciendo en las angostas callejuelas de Lavapiés.

Esto se explica porque, dada la gran cantidad de inmigrantes, que normalmente no encuentran sus productos típicos fuera de su país, se hace necesario tener un espacio “propio”. En paralelo, los mismos foráneos se ven obligados a invertir en este negocio, pues saben que cuentan con una clientela fija, al mismo tiempo que van atrayendo a los curiosos turistas.

Dentro de este gran abanico de opciones, lo que más abunda es la oferta gastronómica, junto a la venta de artesanía, joyas, alimentación y servicios de cosmética y peluquería. En menor cantidad, pero también visibles, se pueden encontrar comerciantes de ropa, juguetes, relojes y una serie de los más diversos accesorios.

En las calles Amparo y Sombrerete se pueden visitar joyerías, tiendas étnicas y locales de artesanía, además de supermercados de comida halal (para musulmanes, pero cualquier persona puede comprar). Estos últimos, también aparecen en Lavapiés entre los números 30 y 50.
La venta de alimentación africana, paquistaní, latina, árabe y de otras culturas se puede apreciar en Lavapiés, a las altura del 80.

Por último, en calles como Toledo, Caravaca y Mesón de Paredes también existen negocios de diversa índole, como carnicerías, pescaderías y tiendas de rubros menos conocidos.

Dónde comer

 

En relación a los restaurants o pequeños locales de comida, muchos se encuentran en la calle Lavapiés. Lo que más abunda es la gastronomía india, con el Baisakhi (Lavapiés nº 42), el Shapla (a un costado del anterior) y el Anarkoli (Lavapiés nº 46), pero quizás el más recomendable sea el Calcuta, ubicado en Lavapiés nº 48 y atendido por su amable dueño, un bangladesí que hace cuatro años y medio llegó a España en busca de una mejor vida. La especialidad de su restaurant es el Tandoori, comida basada en las variadas especias de la India y que suele ir acompaña por vegetales y/o carne. Por cerca de 20 euros, el viajero tendrá un buen plato, algo para tomar y un postre.

Una de las curiosidades de Lavapiés es que muchos locales gastronómicos son atendidos por inmigrantes oriundos de Bangladesh. Así como aquello sucede en la comida india, también es muy común verlo en los clásicos locales de venta de kebap. Como demostración, en la calle Lavapiés, en los números 39, 43 y 53, se encuentran picadas de comida turca. Este tipo de negocios son ideales para el turista que desea gastar poco y comer rápido, pues por seis a diez euros y en menos de 20 minutos ya estará en condiciones de proseguir la marcha.

Para los amantes de los sabores africanos se recomiendan dos lugares y ambos de gastronomía senegalesa. El Baobab, ubicado en la esquina de Cabestreros con Mesón de Paredes, es un pequeño local, algo rústico y con una corta lista de platos. Sin embargo, todo está bien cocinado y por no más de diez a 15 euros se puede pasar un buen momento. Esta picada es ideal para quienes busquen algo más humilde y sin grandes decoraciones. Mientras, en calle Amparo nº 61 se encuentra el Touba Lamp Fall, que además de tener el servicio de comida, es una frutería y carnicería. Sus dueños son amables, pero el local no genera tanta confianza como el Baobab, razón por la cual se sugiere ir al primero.

Ahora, si de algo típico español se trata, lo mejor es ir al Andy’s Bar (calle San Carlos con Lavapiés), un lugar pequeño, pero que cuenta con mesas en la calle (con quitasoles) y que es bastante ordenado y limpio. La especialidad de este local son las tapas, las cañas, las copas y el café.

Por último, al inicio de la calle Lavapiés se pueden visitar la “Pizzeria Della Cabeza” (Lavapiés nº 6) y el Albahia (Lavapiés nº 3), que ofrecen comida italiana y marroquí, respectivamente. Ambos son bastante higiénicos, bien presentados y con buenos precios, pero se recomienda, por sobre todo, ir al “Albahia”.

La calidez de Kira, su dueño y anfitrión, la hermosa y sencilla decoración, la tranquilidad del lugar y la amplia cantidad de mesas hacen de este pequeño restaurant una gran experiencia. Los valores de los platos varían entre los tres y 12 euros, en tanto que las infusiones, cafés y jugos van desde uno y medio hasta diez de la divisa europea. Los dulces cuestan un euro. Se sugiere comer la ensalada magrebí y el tabulé (una ensalada en base a cous cous), además de un exquisito té marroquí.

Recomendación especial

 

En las afueras del barrio Lavapiés se pueden visitar el Museo Reina Sofía y el mercado de El Rastro. En el primero destaca el arte español del siglo 20, pero además de eso se realizan diferentes actividades culturales, en tanto que el segundo es famoso por ser un mercado que sólo abre los domingos y festivos y que se encuentra en el centro histórico de Madrid. El horario de atención es de 9:00 a 15:00 horas y se sugiere probar las tostas y la amplia gama de charcutería.

CONSEJOS

– Tómese un día libre para recorrer a fondo Lavapiés. Se sugiere ir a partir del mediodía, almorzar en alguno de los restaurants o picadas y luego caminar por sus calles.
– Evite ir con cosas de valor.
– Sea selectivo al momento de hablar con la gente. Es mejor que converse con quienes trabajan en los locales antes que cualquier persona.
– Tenga cuidado con las fotos. Recuerde que la ley española protege a los menores de edad. También, a las musulmanas y a muchos comerciantes les molesta mucho que les fotografíen.
– Si va en verano, hidrátese y lleve protector solar, además de un buen gorro.
– En caso que le ofrezcan hachís, simplemente siga caminando. Si lo molestan demasiado, vaya donde la Policía.
– Si le preguntan de dónde es, diga que es madrileña(o).
– Respete los espacios, no intente formar confraternidades y disfrute de la experiencia.

CÓMO LLEGAR

Lo más fácil es tomar la Línea 3 del metro y bajarse en la estación Lavapiés. Al salir a la calle, se llega a una pequeña plaza (del mismo nombre) y ahí mismo está el barrio Lavapiés. Se puede llegar en taxi o micro (línea M1, Glorieta de Embajadores) pero lo más conveniente es el metro.

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
@Ratopado
Fotografía: Raimundo Gregoire Delaunoy

 

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