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Las relaciones ítalo-chilenas tras la Segunda Guerra Mundial: un clásico ejemplo de pragmatismo

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Las relaciones ítalo-chilenas tras la Segunda Guerra Mundial: un clásico ejemplo de pragmatismo

Fecha 13/12/2014 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Chile nunca ha sido un actor importante en la política mundial y aquello ha sido la lógica consecuencia de, entre otro factores, su historia, su ubicación geográfica y su importancia geopolítica respecto al “centro” político y diplomático.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 13 de diciembre de 2014

Lo primero, pues el actual territorio chileno logró constituirse como país recién en el siglo 19 y, además de eso, nunca fue una potencia económica, ni, aún menos, política. En comparación a Europa, Chile es una nación de historia más reciente, a pesar que muchos estados europeos lograron consolidarse como países independientes después de lo que lo hizo Chile. Lo segundo, porque el territorio chileno presenta una estructura geográfica bastante particular y sumamente inhóspita para los eventuales exploradores y conquistadores. Por el norte, mucho sol, escasas lluvias, desierto y montaña. Por la zona austral, hielos, frío y existencia de tierras “quebradas”, las cuales dieron origen, por ejemplo, a fiordos e islas deshabitadas. En la zona sur, frío e intensas precipitaciones a lo largo de buena parte del año. Además de eso, era una franja con fronteras naturales. Desierto (norte); hielos patagónicos y mar (sur); Océanco Pacífico (oeste) y Cordillera de los Andes (este). En este contexto, sólo el centro y el centro-sur parecían ser los lugares menos hostiles y más agradables para vivir. Lo tercero, al ubicarse en la periferia (en el sentido utilizado en el estudio de las Relaciones Internacionales), nunca tuvo gran relevancia en lo geopolítico a nivel mundial. Claro, en la región sí la tuvo, pero recién en el siglo 21 empezó a tener una mayor importancia y, esencialmente, pensando en el Océano Pacífico y en el comercio que transita por dicha zona marítima.

En este sentido, parece lógico que las potencias europeas (y aquellos países que soñaban con tener aquel rótulo) no se interesasen mucho en establecer nexos diplomáticos y políticos con los diferentes gobiernos de Chile. Durante décadas, Chile estuvo centrado en su desarrollo y en sus litigios con los países vecinos. La mayor prueba de aquello fueron las guerras que tuvo contra Perú y Bolivia en el siglo 19. A esto se debe agregar que Latinoamérica y, particularmente, Sudamérica estaba en pleno proceso de restructuración en la época poscolonialista. En este contexto, es evidente que los nexos entre Europa y Sudamérica fueron más bien escasos –salvo aquellos de las luchas independentistas- y de escasa profundidad durante el siglo 19.

Ya en la nueva centuria, las cosas empezarían a cambiar. Especialmente, tras el período de entre guerras y el término de la Segunda Guerra Mundial. Así fue que se produjo un fuerte flujo migratorio desde Europa hacia Sudamérica y, básicamente, hacia países como Argentina, Brasil, Uruguay y, en menor medida, Venezuela. Otros, como Chile, recibieron inmigrantes provenientes del Viejo Continente, pero en mucha menor medida. Así, mientras en Buenos Aires se registraron más de 6.000.000 de inmigrantes europeos durante las primeras décadas del siglo 20, las cifras del caso chileno fueron escuálidas en comparación a las de la capital argentina. Por ejemplo, en 1920, los inmigrantes europeos representaban el 1,83% del total de la población chilena. Los datos no variarían mucho en las siguientes décadas, con 1,48% (1930), 1,28% (1940), 0,98% (1952) y 0,87% (1960). En todos estos censos, la población de inmigrantes europeos nunca superó los 70.000.

La política de Italia en Chile

Antes de analizar las relaciones políticas entre ambos países, cabe revisar algunos datos sobre la inmigración italiana en Chile. Al respecto, en el censo de 1920 había 12. 358 italianos en Chile, es decir,  el 10,26% del total de extranjeros en el país. Luego, en el censo de 1930 había 11.070  italianos (10,50%) viviendo en territorio chileno, mientras que en 1940 la cifra bajó a 10.619 (9,90%). Por último, en 1952, la comunidad italiana representaba al 11,2% del total de extranjeros residentes en Chile. Estos datos reflejan que la presencia italiana en Chile era bastante poco relevante, pero que, al mismo tiempo, era una de las colonias de inmigrantes más grandes del país. La mayoría de los italianos se establecieron en Santiago y normalmente estuvieron en el segundo o tercer lugar del ranking de las comunidades europeas residentes en Chile. La principal era la española y en ocasiones la alemana ocupaba el segundo puesto, aunque en otras era la italiana.

Si a nivel de población la presencia italiana era escasa en Chile, en el marco político era aún menor. Esto último, por lo mencionado en párrafos anteriores. En este sentido, un cambio en esta relación fue lo acontecido tras la Segunda Guerra Mundial, momento en el cual Italia empezó a mirar con otros ojos a Latinoamérica. Básicamente, pues entendía que la renovación de los nexos con esta región le podría servir en su política de reinserción en la política mundial y, aún más específico, le podría ser útil en su afán de reposicionarse en el nuevo mundo. Junto a eso, el historial de fuerte inmigración italiana hacia Latinoamérica –particularmente a países como Argentina, Brasil y Venezuela- era algo que jugaba a favor de sus intereses políticos o, si se prefiere, geopolíticos. Como se puede ver, la postura italiana de acercarse a Latinoamérica no fue un acto de beneficencia o hermandad, sino que, esencialmente, una mera política de intereses propios. En este contexto, los objetivos eran, en primer lugar, el reposicionamiento post Segunda Guerra Mundial y, en segundo lugar, la obtención de recursos económicos, especialmente a través de las remesas.

Sin embargo, Italia rápidamente comprendió que sus estrategias chocarían con aquellas de Estados Unidos, quien ya se encontraba muy bien posicionado en Latinoamérica y que tenía, además, mucha más influencia. Así fue que Italia optó, nuevamente, por el pragmatismo y buscó un acercamiento que no generase “ruido” con Estados Unidos, una de las dos grandes potencias del entonces mundo bipolar dominado por los estadounidenses y los soviéticos.  Además de eso, el nuevo escenario político-social latinoamericano y la fuerte presencia de la Guerra Fría en la región obligaron a los gobiernos italianos a tomar otro camino y acercarse más hacia la clásica distancia respecto a Latinoamérica. A continuación, se examinarán, brevemente, algunos de los factores que influyeron en las relaciones entre Chile e Italia.

–          Contexto político de cambios en Latinoamérica: ya en la década de 1960, la región empezaba a dar los indicios del nuevo proceso político que se estaba gestando en la mayoría de los países latinoamericanos. En este contexto, la nueva modalidad diplomática de Italia (acercarse a Latinoamérica) se hacía muy compleja, ya que las divisiones al interior de la región se fueron adquiriendo cada vez más potencia. En tal escenario, el objetivo pragmático de Italia se complicaba. En el caso particular de Chile, la llegada al poder de un presidente de la Democracia Cristiana sólo ayudó para generar un mayor lazo “político-partidista” y no así entre dos gobiernos, lo cual quedó de manifiesto con la historia vivida en Chile a partir de 1970.

–          Guerra Fría: en un mundo bipolar y dominado por dos grandes potencias, Latinoamérica no escapó a dicha tendencia. Así, empezaron a desarrollarse procesos político-sociales de tipo socialista (muchos de ellos con un fuerte sentimiento antiestadounidense), pero, en paralelo, se comenzaba a pavimentar el camino de las dictaduras que a partir de la década de 1970 serían dominantes.  En el caso chileno, la llegada al poder de Salvador Allende y la radicalización de las posturas políticas internas dejaron en claro que el clima no era el mejor para las intenciones diplomáticas italianas. Dicha situación adquirió aún mayor volumen luego que el gobierno de Allende se acercara a Cuba y, por ende, ayudara a sacarla del aislamiento en el cual se encontraba. Cierto es que Chile no era un país muy relevante, pero en aquel entonces, los inicios de un “pansocialismo latinoamericano” se posicionaban como un gran obstáculo para el pragmatismo diplomático italiano.

–          Pobreza: Latinoamérica se encontraba en un momento –en la segunda mitad del siglo 20- en el cual sus países ya no luchaba por su independencia, pero sí por mejorar la calidad de vida de sus habitantes. Con alto índices de cesantía, hambruna, desempleo y analfabetismo, lo cual iba acompañado de pobres infraestructuras, como en el caso de Chile,  impidieron un mayor acercamiento a nivel diplomático y, especialmente, a través de la cooperación en proyectos económicos. Esto último, pues dada la inestabilidad social y política de los países, sumado a la pobreza existente, se hacía difícil establecer grandes (y prósperos) negocios o nexos comerciales.

–          Intervenciones de Estados Unidos en Panamá y República Dominicana: la presencia visible e invisible del gobierno estadounidense se hizo evidente con las intervenciones de Estados Unidos en dos países de la región. Lo ocurrido en Panamá y República Dominicana sepultó las ya casi nulas esperanzas italianas de tener algún grado de influencia en la región. Además, estas intervenciones estadounidenses generaron un sentimiento “anticolonialista” o incluso “antiimperialista”, lo cual no era el clima ideal para un gobierno europeo que buscaba establecer nexos pragmáticos con la región.  Dicha situación era aún más complicada –desde la perspectiva italiana- en un país que tenía altas probabilidades de caer bajo el poder del socialismo allendista, es decir, aquel que veía con mejores ojos acercarse a la Unión Soviética que a Estados Unidos o a la Europa Occidental.

–          Pequeño historial de nexos migratorios: tal cual se analizó en párrafos anteriores, la inmigración italiana tuvo una escasa importancia en Chile. Esto último, en comparación a lo acontecido, por ejemplo, en Argentina, Brasil y Venezuela. Este factor histórico-cultural seguramente influyó en la decisión de priorizar los acercamientos políticos con aquellos países que, además de ser más grandes en población, tenían un mayor nexo cultural con Italia.  En términos económicos, era más interesante buscar mercados de muchos millones más de eventuales consumidores y, en paralelo, las remesas tenían más valor (especialmente por su volumen) proviniendo de aquellos estados en los cuales las comunidades italianas eran mucho mayores y de cientos de miles. Como se vio en el caso chileno, los ciudadanos italianos residentes en Chile no solían pasar de los 12.000 ó 13.000 en los diferentes censos.

 

En definitiva, se podría concluir que el objetivo italiano de estrechar lazos con Latinoamérica correspondió a una política pragmática que buscaba beneficios políticos y económicos. Sin embargo, dicho objetivo no logró cumplirse por una serie de factores –algunos coyunturales y otros histórico-sociales- que generaron un clima adverso para las pretensiones italianos en Latinoamérica y, particularmente, Sudamérica. En el caso de Chile, su escasa relevancia para las pretensiones italianas permitió que Italia rápidamente olvidara a los gobiernos chilenos, especialmente tras el proceso de inestabilidad político-social vivido en Chile y en la región. Otra conclusión es que Latinoamérica estaba más llana a dialogar y conectarse con el “Tercer Mundo” –un igual en lo político, económico y social- antes que con las clásicas potencias dominantes, lo cual incluía a los países europeos más poderosos. Por último, se puede concluir que la relación ítalo-chilena, durante el período 1950 – 1970, estuvo marcada por el fuerte pragmatismo italiano y por la incapacidad chilena de establecer las condiciones necesarias para encontrar puntos de acuerdo entre ambas posturas. En este sentido, parece apropiado el concepto de una relación “político-partidista”, bajo el alero de la Democracia Cristiana de ambos países y sin mayores bases sólidas a nivel político-gubernamental.

 

Bibliografía y otras fuentes

–          “Ampliando miradas: Chile y su historia en un tiempo global”. Purcell, Fernando; Riquelme Alfredo. Instituto de Historia PUC. Santiago, 2009.

–          “Las relaciones diplomáticas y político-partidistas ítalo-chilenas durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva”. Nocera, Raffaele. Instituto de Historia PUC. Santiago, 2009.

–          “Latin America’s Cold War”. Brands, Hal. Universidad de Harvard. Cambridge (Estados Unidos) y Londres, 2010.

–          Censos de población históricos de Chile. Instituto Nacional de Estadísticas. Santiago. 1920, 1930, 1940, 1952  y 1960.

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Chile-Perú en La Haya, una buena radiografía

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Chile-Perú en La Haya, una buena radiografía

Fecha 27/01/2014 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Nunca escribo en primera persona, pero esta vez lo haré. Al empezar, dejaré en claro que soy un ignorante en el ya famoso y (harto) manoseado asunto del diferendo marítimo entre Perú y Chile, el cual hoy, por fin, será resuelto.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 27 de enero, 2014

palacio-la-monedaHabrán pasado casi seis años desde que se dio inicio a este litigio y, ya en la recta final, cabe reflexionar sobre algunos aspectos. Y no se trata de lo técnico –ya expresé mi desconocimiento al respecto-, sino que de la variable sociológica, si así se puede decir.

Durante el último mes se ha visto un desfile de especialistas. Periodistas, economistas, abogados, cientistas políticos, sociólogos, ingenieros, diplomáticos, políticos, etc. Una larga lista de personas, de las cuales queda la impresión que muchos dicen lo mismo y pocos logran ir más allá y elaborar lo que todos queremos, es decir, juicios y observaciones basados en un estricto conocimiento del tema.

Si nos preguntáramos cuántos de aquellos “especialistas” han sido un aporte, deberíamos concluir que muy pocos lo fueron. Ante la pregunta de cuántos oportunistas hemos visto pasar por los medios (escritos, radiales y televisivos), la respuesta es absolutamente distinta. Claro, pues tendríamos que decir que son muchos. Y eso, claramente, agota. Es una nueva (y nada novedosa) señal que la investigación en Chile está estancada en el fondo de un pantano.

Esto último, pues pocos profesionales realmente se dedican a trabajar e investigar en un par de tópicos o una o dos regiones específicas. Si el asunto del momento es el diferendo marítimo, pues seré experto en eso. Si después es noticia lo que ocurre en Siria, me disfrazaré de experto en Medio Oriente. Y si de repente explota un tema político-económico en Europa, entonces seré un gran europeísta. Bueno, ya, y si tengo que ir a hablar de Al Qaeda y África, también lo haré. Y si me ponen a los China, Japón, Vietnam y las dos Coreas, también.

Así, rodeados de una especie chilena muy típica, los “multiespecialistas”, llego a este 27 de enero con la sensación que pude haber aprendido más sobre este tema, el de La Haya, pero que no lo hice porque cuando vi columnas, artículos y entrevistas pocas veces encontré algo diferente. Digamos, cosas que no aparezcan en Wikipedia o en una rápida búsqueda en Google.

Entonces, uno reflexiona sobre por qué los medios no contactan a quienes más saben en estos hitos. ¿Por qué debemos ver las mismas caras en este diferendo, siendo que antes las vimos en Siria (guerra civil), Grecia (crisis económica), Estados Unidos (Obama) y Sudáfrica (Mandela)?, ¿no hay más profesionales que tengan conocimientos?

Este punto da para largo y, al ser esta una columna, no se puede profundizar más, pero dejo la reflexión en el aire. Ahora, paso de inmediato al siguiente tema, es decir, el nacionalismo y el llamado a la unidad en un momento como este.

Sobre lo primero, durante años y décadas se ha olvidado, a las regiones extremas del país. Mientras en Talca, Concepción, La Serena o Puerto Montt reclaman contra el “yugo” de Santiago, esas mismas voces ni se preocupan de lo que ocurre con sus “hermanos menores”, o sea, Arica, Parinacota, Iquique, Aisén, Punta Arenas y Puerto Natales, por dar algunos ejemplos.

Es una triste realidad, pero en Chile no hay un sentimiento de unidad nacional –basado en el regionalismo-, sino que cada cual busca su beneficio y reclama cuando algo les afecta a ellos y no a sus vecinos. Por eso, que ahora aflore el nacionalismo parece ser exagerado y sumamente contradictorio.

Igual que el famoso “llamado a la unidad” por parte de los políticos, los mismos que hace unos meses atrás se sacaban los ojos y se desgarraban con tal de agarrar un puesto en el Congreso chileno. Y son los mismos que durante décadas se han llenado sus bolsillos sobre la base de hablar mucho y hacer poco. Especialmente en zonas extremas, como en la de Arica.

Por último, no se puede olvidar el principal asunto. Conocida la bipolaridad del chileno, pero también su inevitable tendencia a ver todo en negro y gris, se ha generado una tremenda y terrible ola de pesimismo. Y así, llegamos al pensamiento de las últimas semanas. “Chile va a perder y punto. No hay más destino que una dura derrota, porque siempre ha sido así”.

Y aquella sensación es real, pero más que por un eventual traspié en La Haya, es por dos hechos históricos. El primero, a nivel diplomático, Chile mira en menos a sus vecinos regionales y aquello nos significó, finalmente, el autogol de llegar a La Haya. El segundo, normalmente se ha perdido –en todo sentido-, porque pocas veces se ha pensado en ganar y nunca se ha logrado construir una sociedad fraternal y generosa. Más allá de si se gana o no este litigio, hace rato que Chile se anota derrotas. En lo ético y en lo humano. Ganamos en lo material, pero sufrimos tremendas goleadas en lo espiritual.

El día que la mentalidad chilena cambie, en todo ámbito, dejaremos de estar en La Haya, no tendremos “multiespecialistas” en los medios, entenderemos que el concepto “nación” se vive en lo cotidiano (lejos de los ambientes hostiles) y, finalmente, progresaremos como país, en lo general, y como personas, en lo particular.
Raimundo Gregoire Delaunoy
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
@Ratopado

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¿Y a dónde se fue Bolívar?

Fecha 23/11/2010 por Lester Cabrera

El discurso bolivariano, una de las máximas de la retórica del actual presidente de Venezuela, Hugo Chávez Frías, al parecer, ha desaparecido de los medios de comunicación mundiales y regionales. ¿A qué se debe esto?, ¿es una simple foto de un momento de «low profile» en la revolución bolivariana?, ¿o simplemente es que los diversos actores internacionales, como también de la propia Venezuela, de que la “revolución” no era tal, y que estructuralmente no puede sostenerse en el largo plazo, derivada de sus mismas contradicciones? El presente artículo busca trabajar someramente con ambas hipótesis.

Lester Cabrera Toledo | 23 de noviembre, 2010

Kent Gilbert / AP

Kent Gilbert / AP

Hace aproximadamente una década atrás, la Revolución Bolivariana inundaba el espectro programático en la aún República de Venezuela, imbuida bajo el amparo de la elección del Presidente-Comandante Chávez. El programa era grandioso y la retórica total y absolutamente grandilocuente, avizorando un futuro mejor, fuera de los atávicas promesas de los “imperialistas” y “vende patrias” que, según el nuevo presidente, se “robaron el país por cerca de 60 años”.

Y la diferenciación del antiguo régimen fue rápida: emblemas “enchulados”, nueva Carta Magna y, por directa lógica, un reordenamiento político y administrativo del país. Pero tal vez lo más importante,: se imponía una lógica ideológica taxativa en los actos y acciones tanto del gobierno como del estado, es decir, se estaba en presencia de un proceso revolucionario pleno.

Lo anterior se vio respaldado por las acciones (y omisiones) de aquellos que no estaban de acuerdo con la revolución. Pero como bien dice el refrán “lo que no te mata, te hace más fuerte”, el frustrado golpe de estado del año 2002 le otorgó el lev motiv para profundizar la revolución y establecer un verdadero plan estratégico para la misma, al tiempo que se establecía de lleno la “cabeza de turco” de la revolución bolivariana: Estados Unidos y todos aquellos países que puedan figurar para el imaginario de la revolución como sus aliados, tanto reales como potenciales.

El modelo no se quedaba en la simple retórica, sino que también iba más allá. Las nacionalizaciones, el reordenamiento y cambio doctrinario de las FF.AA., la internacionalización del modelo revolucionario, el cambio de aliados estratégicos, la cooperación sobre la base de recursos naturales, e incluso mandar al diablo a diversos “connotados” de la política mundial, son una simple muestra de que el Comandante no hablaba por hablar. Él no era uno más de los varios mandatarios del país Sudamericano: era el líder de la revolución bolivariana.

¿Pero que ha sucedido? Este año 2010, y más específicamente en la segunda mitad del mismo, el Presidente-Comandante no se ha visto mucho en los medios de comunicación masivos, como en años inmediatamente anteriores ¿A qué se debe esto? Puede ser por dos factores. Uno, que simplemente la revolución se está tomando un break, o bien ese entretiempo no es tal, y el impulso revolucionario ha decaído. Veamos someramente ambas.

Si se analiza cualquier proceso que se ha autodenominado como revolucionario per se, como también cualquier proceso político donde sea el cambio el elemento rector del mismo, es posible observar que el mismo no presenta dentro de su evolución un constante comportamiento de cambio, sino que también de estabilización y posterior evaluación (o retroalimentación) por parte de los que son el principal objeto del proceso.

La anterior aseveración es posible evidenciarla desde la misma revolución bolchevique, pasando por Mao, e incluso por lo planteado por Fidel Castro y Velasco Alvarado en Cuba y Perú respectivamente. Pero cuidado. Muchas veces esa retroalimentación significó, en el mejor de los casos, replantear los postulados que sustentaban la revolución, para ampliarla, mejorarla, mantenerla y hacerla sustentable en el tiempo; o bien dio como resultado la destrucción misma del proceso. Siendo así, y considerando algunas de las políticas implantadas por la revolución, algunas de las cuales ya fueron mencionadas, el actual momento seria solamente para “tomar un respiro”.

Desde la otra vereda, es posible decantar que los sucesos ocurridos tanto en la misma Venezuela como en su entorno vecinal y paravecinal, demostrarían que el proceso revolucionario se encuentra en su fase final. Ejemplo de ello es la actual relación con Colombia, el reordenamiento electoral de la oposición en Venezuela, el manejo microeconómico del país…e incluso el mismo discurso del Presidente-Comandante, son signos de que algo no está como en años anteriores. Venezuela cambió, y también su entorno.

Apreciemos entonces este fenómeno de la siguiente manera. ¿Es posible hoy hablar de una revolución bolivariana a nivel continental? ¿Se ha escuchado en el último tiempo en los discursos oficiales de los mandatarios sudamericanos, la sigla ALBA? ¿Y en qué quedo el proyecto del Gasoducto del Sur? Ciertamente, la revolución bolivariana, tanto en Venezuela, pero principalmente en su expansión a Sudamérica, ha perdido impulso. Pero las anteriores interrogantes no resuelven estructuralmente la pregunta principal: ¿a dónde se fue Bolívar?

El prócer no se ha movido de su tumba. Simplemente los fantasmas (o el fantasma) que rodean su figura han comenzado a ser más reales de lo que parecían, y sus sueños a ser simplemente eso…sueños. De lo anterior me surge inmediatamente una interrogante que la he planteado en diversas conversaciones académicas, y que considero vital de responder en el contexto de una “revolución” como señala el discurso: “¿Es posible mantener la revolución bolivariana sin Chávez?” La respuesta es materia para otro día.

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Mahmoud Ahmadinejad, ¿el nuevo socio de Brasil?

Fecha 1/12/2009 por Raimundo Gregoire Delaunoy

El controvertido presidente de la República Islámica de Irán ha dado inicio a una nueva gira, en la cual ha incluido dos países africanos (Gambia y Senegal) y tres sudamericanos (Bolivia, Brasil y Venezuela). Sin embargo, la gran relevancia de este viaje es lo que pudo concretar el mandatario iraní en tierras brasileñas, ya que es ahí donde la principal autoridad política de Irán busca afianzar lazos estratégicos.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 1 de diciembre, 2009
reino_unido (disponible en inglés)

 

Agencias

Agencias

No es una gran novedad ver a Mahmoud Ahmadinejad en Bolivia, pues ya estuvo ahí en 2007. Tampoco es verlo de la mano con Luiz Inácio Lula Da Silva, ya que en dos oportunidades previas se habían reunido, aunque nunca en Brasil. Y aún menos sorpresa causa el paso de Ahmadinejad por Venezuela, país en el cual se reunirá con uno de sus grandes aliados, Hugo Chávez.

La actual visita del mandatario iraní por Sudamérica corresponde a un proceso iniciado hace unos años y, específicamente, desde que la principal autoridad política de Irán asumiera la presidencia en 2005.

Resumir en unas líneas lo que ha sido el mandato de Mahmoud Ahmadinejad parece imposible, pero sí se puede decir que su política exterior ha estado dominada por las constantes tensiones con la Unión Europea y Estados Unidos, los grandes referentes de occidente. También, ha tenido una nefasta relación con Israel, ya que el presidente iraní ha llegado a negar el holocausto. Esto último es algo que le ha traído problemas con el mundo árabe, pues no todos aquellos estados comparten su particular visión acerca de la matanza de judíos ocurrida durante la época del nazismo.

Tampoco goza de buenas relaciones con Iraq, pues las viejas rencillas por la guerra de los años ochenta (1980-1988) y las diferencias ideológicas han impedido un mayor acercamiento entre dos naciones que debiesen tener un rol más conciliador, no sólo entre ellas, sino que también en toda la región colindante. Respecto a los países del Golfo Pérsico (o Arábigo, según los árabes), el actual gobierno iraní ha tenido conflictos con Bahrein y Emiratos Árabes Unidos, por dar dos ejemplos, y, más allá de estos hechos puntuales, lo concreto es que las relaciones árabe-iraníes sin ser malas están lejos de ser buenas. Que Marruecos decidiese alejarse, diplomáticamente, de Irán es una demostración que las sospechas de una “exportación del chiismo” afectan las relaciones exteriores iraníes.

También es necesario mencionar que la política exterior iraní ha buscado nuevos socios en Asia Central y así es que ha afianzado sus lazos con Tayikistán y Afganistán. En paralelo, goza de cierto apoyo por parte de dos gigantes como Rusia y, en menor medida, China, dos naciones que generan una permanente molestia, en las potenciales occidentales, respecto al asunto del plan nuclear iraní, ya que ellos no han sido tan duros con Irán en comparación a las posturas de la Unión Europea y Estados Unidos.

En este contexto, queda claro que el gobierno de Mahmoud Ahmadinejad ha encontrado diversos obstáculos en pos de su objetivo final -sea este la energía nuclear o la bomba atómica- pero, al mismo tiempo, siempre ha logrado establecer relaciones amistosas con importantes o estratégicos países.

Por eso, no debiese extrañar que el mandatario iraní siga afianzando su influencia en Sudamérica, pues Ahmadinejad ha entendido que en esta región puede encontrar “amigos”. De hecho, ya cuenta con el beneplácito de Hugo Chávez y Evo Morales, pero estas alianzas hasta hace unos días no pasaban de ser un compromiso entre un país poderoso (Irán) y dos estados sin gran influencia en el contexto mundial.

Sin embargo, dicha realidad cambió drásticamente con la visita del presidente Ahmadinejad a Brasil. Tras los encuentros con su homólogo Luiz Inácio Lula Da Silva, quedó en claro que ambos gobiernos sellaron un pacto de apoyo mutuo. Que la estatal brasileña Petrobras siga trabajando en territorio iraní, que se firmara un acuerdo comercial, que se suprimieran las visas para los diplomáticos de ambos países o que se estableciera un acuerdo de intercambio cultural no son más que medidas secundarias. Sí, porque lo relevante es el hecho que el gobierno de Brasil apoyará el plan iraní de energía nuclear pacífica, mientras que Irán se comprometió a darle apoyo a Lula Da Silva en su intención de ingresar como miembro permanente del Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas (ONU).

Esto último sirve para que Mahmoud Ahmadinejad demuestre que cuenta con un apoyo real en Sudamérica. Ahora tendrá un socio de peso como Brasil, un estado que ha tomado la responsabilidad de establecerse como el gran referente de Latinoamérica y, desde esa posición, insertarse en la política mundial como un país de peso.

También, es la demostración de la ambiciosa apuesta brasileña. No es una mera coincidencia que el gobierno de Lula Da Silva esté involucrándose en el conflicto de Medio Oriente. Tampoco lo es que organice el Mundial de Fútbol del 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016. No es casualidad que hace un tiempo Brasil decidiese devolver europeos a Europa, imitando las políticas migratorias del Viejo Continente. Y, menos aún, la activa diplomacia de los últimos años, la cual le ha permitido generar un foco de influencia en Centroamérica, Sudamérica y, en menor medida, África. Brasil quiere tener un rol hegemónico en la región y para eso necesita apoyo estratégico.

Sin embargo, este juego es arriesgado, pues el excesivo pragmatismo que ha establecido como base de sus relaciones exteriores le puede traer problemas. Quizás gane un importante socio como Irán, pero puede perder otros que siguen siendo demasiado relevantes como Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia, Japón, Sudáfrica, India y China.

Entonces, al gobierno brasileño no le queda otra que moverse sigilosamente y dejar contentos a todos. ¿Será posible aquello?, ¿cuántas problemáticas obvias tendrá que pasar por alto para conseguir más apoyo?, ¿hasta qué punto le aguantarán sus vecinos esta política algo maquiavélica?

Ya se verá.

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
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Desequilibrio, la visión de un cubano

Fecha 8/01/2008 por Lázaro Rosa

De ninguna manera Castro podrá ser absuelto por la historia. No afirmo esto por el único hecho de estar hablando desde la acera de sus acérrimos detractores, sino, sencillamente, porque la justicia y la razón no deben correr el riesgo de absolver a caudillos enfermos por sus persistentes delirios de grandeza.

Lázaro Rosa | 8 de enero, 2008

AP Photo/ Charles Tasnadi

AP Photo/ Charles Tasnadi

En primer lugar, sean cuáles hayan sido sus méritos personales ¿qué fue lo que justificó que este hombre haya secuestrado el poder político en Cuba para estarlo dirigiendo aún desde la cama, a sus ochenta y dos años y con una enfermedad irreversible, después de casi cinco décadas de haber gobernardo la isla a la manera de un cuartel?

¿Qué fue lo que justificó que este señor haya puesto en una ocasión al planeta al borde de una guerra nuclear (crisis caribeña de los misiles de 1962) en la cual Cuba, precisamente, hubiese sido el primer objetivo en desaparecer junto con su pueblo?. ¿Es qué acaso Castro se adueñó del poder para incrementar sus agravios seudorevolucionarios por medio de sus continuas batallas ideológicas?. De nada sirvió entonces que los cubanos saliéramos de ese bien conocido general, y mestizo, llamado Fulgencio Batista.

¿Qué ganamos entonces con quitarnos de encima a una dictadura de economía próspera, que llegó incluso a conservar intacto nuestro ancestral nacionalismo, para caer en manos de un pertinaz guerrillero que ha conducido, al aniquilamiento, a todo aquel que ha pretendido interponerse entre los férreos caminos de su fraguada revolución universal?

Para catalogar, con ánimo de sinceridad, estos cincuenta años de dominio Castrista en la isla, hay que tratar de ser lo más objetivo que se pueda y echar a un lado el odio y las diferencias doctrinales. Al comparar la Cuba de 1958 con la actual casi todos se van a los terrenos de la educación, la salud pública y la economía, sin tener en cuenta otros aspectos, de vital importancia para la sociedad, que también han sido vulnerados durante la oscura etapa comunista.Por ejemplo ¿quién habla de las familias cubanas y su descomposición por factores ideológicos? ¿Antes de que llegara Castro al poder se notaba en la nación tanto odio entre los propios miembros de los grupos familiares?.

¿Antes de 1958 se veían en el país tantos divorcios entre los jóvenes, tantos choques generacionales en los hogares y, a la vez, se observaba ese gran número de padrastros por familias que existen hoy?. ¿Había tanto deterioro en el aspecto moral, tanta vulgaridad en los individuos, tantos chismes y descréditos unidos a esa inmensa cantidad de profesionales dedicándose a la prostitución como apreciamos en la actualidad?. La respuesta, sencillamente, es NO.

Las muy populares escuelas en el campo sirvieron para que los niños, apenas cumpliendo los doce años de edad, estuvieran lejos de sus hogares, del control de sus padres, y quedaran bajo la costudia de unos profesores que muchas veces se iban– o se van– a la cama con sus propias alumnas que no pasan de ser menores. Bien pronto comenzó a notarse que estos recónditos centros, lejos de constituirse en santuarios de educación, nobleza y correcto comportamiento ético, se convirtieron en una dinámica y experimental categoría de nuevos prostíbulos rurales. Lo dice, con conocimiento de causa, alguien que estuvo becado en ellos desde el séptimo grado.

En la Cuba de hoy, para ser sincero, prácticamente no queda una familia que, de una u otra forma, no se haya visto desgajada, desarticulada, producto de la manipulación del castrismo.

Conocí en mi pueblo a “revolucionarios” y miembros del Partido Comunista a los que la seguridad del estado les dio a escoger entre su supuesta lealtad a la revolución, o, pasarse a las filas del enemigo por el único hecho de seguir apoyando y relacionándose con un hermano, o un primo, que disentía, pacífica y abiertamente, del sistema. Ahora bien, preguntémonos con franqueza ¿Se pueden aceptar estos tipos de adoctrinamiento dentro de una sociedad honrada que se haya propuesto una clara misión de humanidad?. Estoy convencido que no, en primer lugar los monopolios caudillistas carecen de todo concepto de humanismo, en ellos sólo prevalecen con exaltación y renovada validez los discursos mediatizados de sus líderes.

Si hiciéramos un ligero análisis de la personalidad de Fidel Castro sin mucho esfuerzo llegaríamos a la conclusión de que éste y Rafael Leonidas Trujillo, han sido bastante parecidos a hermanos gemelos. Mujeriegos, amantes de placeres, altivos, arrogantes, cabilderos, tercos, egocéntricos y, desde luego, seguiríamos con una cadena de etcéteras que desbordaría un volumen ensayístico de más de 300 páginas ilustradas. A la hora de enfocar o visualizar los logros del proceso político cubano debemos preguntarnos, antes que nada: ¿cuáles fueron los propósitos que se escondieron tras la imposición de sus medidas tan radicales?¿cuáles han sido en realidad los beneficios que han traído las mismas? ¿Mejoró realmente el pueblo con los cambios políticos implementados o estos sólo han servido para sostener, de cierta manera, la distorsionada imagen de un hecho histórico que se vio secretamente torcido desde su misma raíz?.

Cualquier individuo medianamente analítico se podría hacer además otra pregunta: ¿De qué ha valido que el Castrismo haya llevado a sus aulas universitarias a más de un millón de personas, si muchas de ellas, después de graduadas, no encuentran nunca un trabajo afín con su especialidad y son puestas a realizar funciones que nada tienen que ver con sus perfiles?

En Cuba es bastante común encontrarse el fenómeno de que un ingeniero industrial esté dirigiendo una granja avícola ,o que un ingeniero agrónomo se desempeñe como administrador de una pizzería. Parece ser que estos aspectos se han manejado por las autoridades con mucho recelo para evitar que puedan estropear la buena impresión causada a nivel internacional, aunque, en el fondo, todo realmente continúa sosteniéndose en el vacío. ¿De qué le ha valido al Castrismo el haber llevado a un millón de personas a sus aulas universitarias, cuando una gran mayoría de esos profesionales no dudan, muchas veces, en llegar a prostituirse ante el abominable hecho de observar que una simple chiquilla (la que apenas cuenta con conocimientos de un noveno grado) al juntarse con un turista español comienza a vestir, a calzar y alimentarse mucho mejor que ellos?. Es muy duro ver que después de tanto quemarse las pestañas una muchachita cualquiera disfrute de unos bienes que ellos, los universitarios, no pueden ni soñar en adquirir dentro de la Cuba Fidelista.

Desde mi punto de vista, y, que conste he tratado de ser lo más objetivo posible, estos cincuenta años de Fidelismo no han hecho otra cosa que prostituir de manera insospechada a la sociedad cubana (cuando hablo de prostituir no solamente me refiero a la acción de una entrega por dinero sino, en general, a todos los tipos de actuaciones indecorosas).

Posiblemente sea esta la primera ocasión en la historia moderna donde alcancemos a notar, que los mismos que asisten a ese errado proceso caribeño que se autocalifica de evolutivo, miren aterrados, en silencio, que en las propias entrañas del sistema, como algo muy propio y natural, se advierta el hecho lamentable de que la mitad de los jóvenes que corren tras turistas extranjeros, con clarísimos propósitos de obtener beneficios materiales, sean muchas veces egresados de alguna universidad.

Claro, yo estoy viviendo en el Canadá, una potencia económica y liberal del primer mundo donde no se conoce un panorama tan horrible como el que acabo de narrar. Por ello entiendo, perfectamente, que al apretar el hambre en la isla, a muchos ni les interese abordar un tema tan complejo como el de la moral. Por esta sencilla razón mis críticas no van dirigidas a mis compatriotas jóvenes sino a las teatralizaciones ideologizadas del Castrismo que son las que provocan, a fin de cuentas, estos bochornosos comportamientos.

Sin ser gurú, desde hace algún tiempo me ronda una premonición: cuando una sociedad pierde su rostro original y verdadero como consecuencias del pánico, de ese miedo perenne que la ha arrastrado hasta adquirir la fea costumbre de actuar siempre por debajo de la mesa, por detrás del telón, algo muy serio y pernicioso puede estar aguardando por sus inquilinos a la vuelta de la esquina.

 

Lázaro Rosa
Licenciado en Historia

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