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Implicancias de la reelección de Obama en el mundo árabe-magrebí

Fecha 21/11/2012 por Raimundo Gregoire Delaunoy

El 6 de noviembre pasado se concretó la reelección de Barack Obama, actual presidente de Estados Unidos. A partir de eso, ya se puede empezar a vislumbrar lo que podría modificarse (o no) en el Magreb y el Mashrek.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 21 de noviembre, 2012

Fotografía: AP

Fotografía: AP

El contexto ya es conocido. A fines de 2010 comenzó un proceso de cambios en el mundo árabe y magrebí, lo cual trajo como consecuencia la caída de dictadores como Muammar al Gaddafi (Libia), Hosni Mubarak (Egipto) y Zine el Abidine Ben Alí (Túnez).

Junto a eso, llegó la curiosa “transición democrática” de Yemen y, en paralelo, ciertos países árabes y magrebíes lograron enfrentar de mejor forma el nuevo camino. Ahí se cuentan, con diferentes matices, Marruecos, Argelia, Jordania y Omán, por dar algunos ejemplos.

Ayer, hablar del proceso de cambios significaba referirse a Siria, país que está sumido en una terrible guerra civil. Quiérase o no, este conflicto es el que se estaba llevando toda la atención, desplazando lo que al mismo tiempo ocurre en Bahrein y Mauritania, países que en cualquier minuto pueden “reventar”.

Incluso las clásicas tensiones al interior del Líbano pasaron a un segundo plano, algo que también se repetiría, en una zona mucho más lejana. Se trata de la famosa rebelión tuareg de Malí, la cual, hoy por hoy, ha convertido a este país en un cuasi estado fallido.

Las informaciones, provenientes desde Malí,  dan a entender que los rebeldes laicos del MNLA han perdido terreno frente a los islamistas radicales de Ansar Dine, Al Qaeda del Magreb Islámico (AQMI) y del Movimiento por la Unidad y la Yihad en África Occidental (MUJAO). Todo estos grupos tienen nexos con Boko Haram (Nigeria) y Al Shabaab (Somalía).

Resumiendo, ayer, la atención estaba puesta en la guerra civil de Siria y, en menor medida, en la inminente intervención militar de Malí (aprobada por la ONU).

Hoy, con una nueva y agresiva operación de Israel en Gaza, el contexto ha cambiado. Las miradas se centran en Medio Oriente y es ahí donde cabe preguntarse qué influencia pueda tener Estados Unidos en este conflicto.

La respuesta no es difícil de imaginar. El gobierno de Barack Obama ya declaró que le da un total apoyo a Israel y, con eso, desechó la opción de haber dado un giro histórico.

Aún más, Obama desaprovechó la oportunidad de haberse convertido en una especie de Recep Tayyip Erdogan de Estados Unidos, es decir, un líder admirado y respetado por el mundo árabe y magrebí.

En este contexto, la reelección de Barack Obama no trae consigo un cambio en la política exterior de Estados Unidos, ni tampoco en los nexos de los países involucrados en este conflicto, que ya no puede ser catalogado como “árabe-israelí”, pues involucra a otros actores. Como Turquía o Irán, por ejemplo.

Lo que sí es cierto es que Estados Unidos puede tener, eventualmente, una fuerte implicancia, pues si sigue apoyando fuertemente a Israel, podría generarse un conflicto a gran escala.  Y si bien se dio a conocer la noticia de una tregua, eso está lejos de ser la solución al asunto en cuestión.

Así, sólo Egipto podría evitar el gran descalabro. Mohammed Mursi ha sido un hábil político y ha sabido aunar a las potencias regionales (Irán, Egipto, Arabia Saudita y Turquía) en el grupo de “reflexión” sobre los asuntos de Medio Oriente.

Si la postura egipcia –que se ha acercado a África, que ha puesto límites a Estados Unidos y que va encaminado a un modelo de Islam político moderado como el turco-  es la que finalmente prima, entonces será una gran derrota para Estados Unidos e Israel.

Parece ser, entonces, que el gobierno de Barack Obama no será capaz de asumir el desafío de adaptarse al nuevo mundo árabe y magrebí.  La sombra de Israel sigue dominando en el Congreso estadounidense.

Y eso, nadie lo puede y/o quiere cambiar.

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
@Ratopado

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¿La excepción marroquí?

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¿La excepción marroquí?

Fecha 27/08/2012 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Desde que el proceso de revoluciones magrebíes y árabes comenzara, a fines de 2011, se ha repetido una frase, respecto a Marruecos,  que tiene mucho de cierto, pero, al mismo tiempo, se trata de un juicio poco profundo y subjetivo.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 27 de agosto, 2012

Mientras en Libia cayó Muammar al Gaddafi, en Túnez ocurrió lo mismo con Zine El Abidine Ben Alí. Ambos tuvieron el mismo final, pero con procesos y contextos muy diferentes.

En paralelo, en Mauritania la situación político-social se hace cada vez más inestable y ya son muchos los que están pidiendo el fin de la era del golpista Mohammed Ould Abdelaziz.

Y, en algo que no sorprende, Argelia sigue estando dominada por los militares y esa maquiavélica y egoísta forma de gobernar que tiene Abdelaziz Bouteflika, que de presidente sólo tiene el nombre, pues no tiene un gran apego a la democracia y, además, el verdadero poder argelino sigue estando en manos de las fuerzas armadas.

Así, en este contexto, algunos han bautizado la realidad marroquí como una “excepción”. Esto último, pues consideran que Marruecos ha vivido un proceso muy diferente (lo cual es cierto) y que esto ha significado que el reino cherifiano esté exento de las grandes turbulencias que azotan al Magreb, al Sahel o a los estados árabes (lo cual no es cierto).

Sí, es cierto que el rey Mohammed VI ha sido un hábil estratega y también es verdadero que el monarca ha logrado generar importantes avances en el desarrollo del país, incluso en el cuestionado ámbito social. La mano de fierro de Hassan II no debe ser olvidada y la llegada al trono de su hijo debe ser entendida como una especie de transición monárquica.

Sin embargo, esto no significa que Marruecos esté fuera del mundo de los cambios y las luchas, especialmente en lo relativo a mejorar la calidad de vida de los cerca de 34 millones de marroquíes que viven en el milenario Reino de Marruecos.

Por eso, es necesario decir algunas cosas. Primero, la represión de las manifestaciones callejeras no ha sido brutal, salvo algunas excepciones, y, aún más, muchas de ellas se han llevado a cabo en forma pacífica, lo cual es un mérito de todas las partes involucradas.

Segundo, las elecciones legislativas fueron transparentes y, en este sentido, se repitió la tendencia observada en el referéndum que permitió modificar la Constitución marroquí.

Tercero, Marruecos ha sabido enfrentar el proceso de cambios que llegó a la región y, a diferencia de sus vecinos magrebíes, fue capaz de mover bien las piezas a lo largo y ancho del tablero de ajedrez. En algunos casos, con un evidente interés social y, en otros, con la intención de generar movimientos políticos que permitan cambiar ciertas cosas, pero sin entrar en profundidades.

Cuarto, y relacionado con lo anterior, el rey Mohammed VI ha perdido poderes tras las modificaciones realizadas en la nueva Constitución –destacando un primer ministro con más prerrogativa que antes-, pero, a pesar de eso, sigue siendo la última voz en las materias más importantes.

Quinto, el Movimiento 20 de Febrero fue incapaz de responder a las expectativas y eso es algo lógico. Claro, pues se trata de un grupo sin sólidas bases, ni potentes argumentos. En pocas palabras, son jóvenes que tienen un bonito discurso y que luchan por algo justo, como es una mejor calidad de vida,  pero que no están preparados para asumir un liderazgo. No tienen experiencia, no están bien organizados y su postura de “buscar cambios políticos sin tener ideología” ha sido un completo error. Tal cual lo fue, por ejemplo, el boicot al referéndum constitucional, tras el cual el gran beneficiado fue Mohammed VI.

Los “diplomados cesantes” y los ex combatientes del Tindouf tampoco han podido establecer grandes cambios, aunque en el caso de los primeros consiguieron ciertos resultados. Así es que algunos de ellos fueron reposicionados en ciertos trabajos públicos.

Sexto, el Sahara Occidental no es un problema al interior de Marruecos. Por más que sea un tema tabú, una gran parte de la población considera que este territorio es parte del Reino de Marruecos y no una república independiente. Que Argelia –en su política de generar inestabilidad regional y, particularmente, en sus vecinos magrebíes- y que el Polisario –una organización poco y nada democrática, en la cual hay elementos que generan inseguridad para el Magreb y el Sahel- intervengan en un conflicto en el cual no tienen voz, ni voto, es otro asunto.

El pueblo saharaui no existe y no es más que un discurso mediático cuyo fin es construir una realidad deforme. Lo que ocurra en el Sahara Occidental es un asunto entre el gobierno marroquí, su gente y los nómades que solían deambular por aquella zona.  ¿Hubiese sido bueno realizar un referéndum hace 20 años atrás? Sí, pero ya no se hizo y, hoy, el contexto sugiere mantener el proyecto de autonomía avanzada.

Séptimo, que va ligado con lo anterior, esta iniciativa puede ser un dolor de cabeza para Marruecos, pues en el Rif siempre ha habido un sentimiento nacionalista rifeño. No quiere decir que dicha zona sea separatista, pero sí se sienten “especiales”. Una autonomía avanzada para el Sahara Occidental podría generar que en el Rif se pidiera lo mismo. Y esto último quizás sería bueno para el equilibrio del Reino de Marruecos. No se trata de desmembrar al país, sino que de darle una organización acorde a las circunstancias.

Octavo, Marruecos es un país que entrega muchas libertades a su población, pero no es la panacea. Aún hay temas pendientes en, por ejemplo, la libertad de prensa, la libre expresión sobre ciertos temas y la libertad de credo.

Noveno, los bereberes (imazighen, como les gusta denominarse en su propia lengua, que es el tamazight) sí tienen un status mucho más avanzado que en Argelia, Túnez y Libia. Básicamente, pues el bereber ha sido incluido, a la par del árabe, como lengua oficial del país. Esta es una medida inédita en el Magreb, aunque aún falta ver cómo implementarán el estudio del tamazight en las escuelas y en los colegios marroquíes. Esta nueva posición de los bereberes será real si lo escrito en el papel se lleva a cabo en la práctica.

Décimo, la situación de la mujer ha mejorado bastante en Marruecos. Suelen vestir con libertad, tienen acceso al trabajo y con el establecimiento de la Mudawana ganaron muchos derechos y quedaron en un mejor nivel. Sin embargo, las mujeres aún no logran la anhelada igualdad frente al hombre. El caso de Amina (la adolescente que se suicidó tras ser obligada a casarse con su violador, el cual podía evitar la cárcel si los padres de la menor aceptaban que ella y él se casaran) ha remecido a ciertos grupos de la sociedad marroquí y ha dejado en evidencia que aún hay cosas por mejorar.

Por último, el desarrollo económico del país es evidente, pero el problema, al igual que en la mayoría de los estados emergentes, sigue siendo una justa redistribución de la riqueza. En Marruecos la gente no muere de hambre y con muy poco (un euro o menos incluso) puede comer y sobrevivir. Sin embargo, los estudios y la salud (de calidad) son caros e inabordables para la mayoría.

Además, es importante que la lucha contra la corrupción sea total, ya que esta última está muy presente en ciertos ámbitos y, por lo mismo, es un obstáculo para una buena distribución de las riquezas nacionales.

Resumiendo, el Reino de Marruecos goza de estabilidad político-social a nivel interno y está lejos de llegar a una fractura nacional, tal cual ha ocurrido en los demás países magrebíes. También, se han generado nuevas políticas, en los últimos años, que han permitido avanzar en aspectos macroeconómicos, sociales y, en menor medida, políticos.

Sin embargo, muchos de los “males” existentes en Argelia, Libia, Túnez y Mauritania están presentes en Marruecos. En un menor nivel, sí, pero ahí están y eso no puede ser olvidado. Por eso, más que hablar de una “excepción marroquí”, sería aconsejable referirse al “caso marroquí”.

Así, quedaría en claro que el Reino de Marruecos está en una posición avanzada y privilegiada respecto de sus vecinos regionales, pero que eso, en ningún caso, significa que la prosperidad sea patrimonio de cada uno de los cerca de 34 millones de marroquíes.

Es así que la gran apuesta de Marruecos es seguir progresando, pues tiene todo para convertirse en un modelo regional y continental.  Y, con eso, ser una voz respetada en foros internacionales.

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
@Ratopado
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
Fotografía: Raimundo Gregoire Delaunoy

 

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A man sits in front of a cartoon graffiti depicting Libyan leader Muammar Gaddafi in Benghazi

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El futuro de la «Primavera Árabe»

Fecha 18/06/2011 por Nicole Saffie Guevara

Sin duda que los cambios que han sacudido Medio Oriente han sido espectaculares. Pero, ¿qué viene ahora?, ¿Qué tan profundas son las raíces de estos movimientos?, ¿Es la democracia al estilo occidental el modelo a seguir?, ¿Obama podrá hacer reales avances en el proceso de paz entre palestinos e israelíes? Un grupo de expertos analiza las claves de este verdadero rompecabezas.

Nicole Saffie Guevara | 18 de junio, 2011

 

Fotografía: شبكة برق | B.R.Q

Fotografía: شبكة برق | B.R.Q

Los alzamientos populares que comenzaron tímidamente en Medio Oriente con la caída del presidente tunecino Zine El Abidine Ben Ali, a principios de año, han dado origen a cambios sin precedentes en la región, lo que ya se conoce como la “Primavera árabe”.

Uno a uno se han ido desencadenando los hechos que, hasta solo unos meses, parecían imposibles: la caída de Hosni Mubarak en Egipto después de tres décadas en el poder, el surgimiento de un movimiento rebelde libio que ha puesto en jaque a Muammar Gaddafi y las protestas que se han extendido por toda Siria.

Las demandas de una mayor apertura han surgido por doquier: Yemen, Bahréin, Marruecos, Jordania, Arabia Saudita… El denominador común es que todos estos movimientos han surgido de los propios ciudadanos, especialmente los jóvenes, quienes a través de las redes sociales han actuado como agente catalizador de un cambio del que ya no hay vuelta atrás.

Sin embargo, como advierte el experto de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad de Londres Arshin Adib-Moghaddam, “los levantamientos han creado una oportunidad, pero aún no hay un desenlace. Las fuerzas anti-democráticas se han reunido en torno a Arabia Saudita y las monarquías conservadoras del Golfo Pérsico, mientras que en Egipto y Túnez los militares continúan conteniendo las aspiraciones populares”. Los países tienen que enfrentar serios desafíos. Tal como expresa el académico de la Universidad de Texas Zoltan Barany, “Egipto aún sigue estando dominado por las fuerzas armadas, son dueñas de entre el 10 y 20 por ciento de la economía”, afirma; otra dificultad es la Hermandad Musulmana y su poderosa ala extremista.

En Siria, las protestas que comenzaron hace unos tres meses en ciudades como Daraa, Homs y Aleppo, y que llegaron rápidamente a Damasco, han sido reprimidas. La resistencia del pueblo ha llevado a su presidente a ofrecer una amnistía, pero probablemente las manifestaciones continuarán hasta lograr mayores libertades y una mejora en las condiciones de vida. En Yemen, el panorama no es muy alentador. “Es un Estado corrupto dominado por tribus y extremismo religioso”, dice Barany. La gran interrogante es Libia. Como afirma este mismo experto, “si Gaddafi deja o es removido del poder, la pregunta es quién lo va a reemplazar. Sus lugartenientes que le dieron la espalda o el extremismo religioso son las alternativas más probables”.

Pero las naciones árabes no están dispuestas a desaprovechar esta oportunidad única. “El proceso de democratización continuará, debido a que la gente está harta de la falta de libertades políticas, la persistencia de corrupción, las humillaciones y los malos resultados económicos”, afirma el analista político y columnista del diario Al-Ayyam Mohammad Yaghi, y agrega: “El tren de la democracia en Medio Oriente está en marcha, pero necesita tiempo para llegar a un destino”.

Son las propias sociedades árabes las que deben definir su camino, el que seguramente distará del modelo occidental. El propio Islam choca con algunos de los pilares básicos de la democracia instaurada en Occidente, como la separación entre la Iglesia y el Estado. Como explica la experta Laleh Khalili, también de la Universidad de Londres, los diferentes sistemas que adopten estos estados dependerán de factores tan diversos como sus propias constituciones y las características geopolíticas e internas de cada uno de ellos.

El rol de Estados Unidos

Ante los vertiginosos cambios que han sacudido Medio Oriente, el mundo occidental se ha volcado a apoyar el clamor popular. “La administración de Barack Obama entiende que algo sorprendente está sucediendo en la región y quiere construir alianzas con sus líderes”, afirma el académico de la Universidad de Indiana Abdulkader Sinno. De ahí el fuerte respaldo que entregó el presidente estadounidense en su discurso y el anuncio de ayudas económicas que muchos compararon con el plan Marshall para la reconstrucción de la Europa de postguerra.

Sin embargo, como recuerda Mohammad Yaghi, la administración Obama no tiene la misma política para todo Medio Oriente. “La política hacia Egipto no es la misma que para Bahréin. Los intereses estadounidenses le impiden apoyar la democracia en toda la región”. De hecho, una fuerte crítica que se le hizo a Obama tras su discurso es que no dijera ni una sola palabra sobre Arabia Saudita.

Lo que sí dijo, y ha causado gran controversia, es que se debe crear un Estado Palestino basado en las fronteras de 1967, lo que constituye un hecho histórico. Es la primera vez que un presidente estadounidense hace tal reconocimiento. Sin embargo, como opina el abogado palestino George Bisharat, “entrando en un año electoral, es poco probable que el presidente Obama pueda hacer frente a Israel en la medida necesaria para lograr cambios significativos”.

Como agrega el sociólogo y miembro del directorio de la Federación Palestina de Chile Daniel Jadue, “creo que Obama no podrá avanzar a menos que salga reelegido, pues ha puesto a todo el lobby sionista de EE.UU. en su contra y será casi imposible que gane su reelección. Por lo demás, durante su gobierno hemos visto que nada de aquello a lo que se comprometió ha sido materializado, pues quien gobierna no es el presidente sino más bien el pentágono. Obama no es más que la figura amable y rupturista que EE.UU. necesitaba para reinventarse después de la crisis”. Debe enfrentar una opinión pública interna que tradicionalmente ha sido pro israelí y un lobby judío poderoso, además debe lidiar con Benjamin Netanyahu, quien expresó no estar dispuesto a volver a las fronteras de 1967. El discurso que dio ante el Congreso de EE.UU, en el que más bien expuso sus numerosas condiciones para un acuerdo con los palestinos –como mantener varios de los asentamientos de Cisjordania dentro de sus fronteras y exigir al presidente palestino Mahmud Abbas que acabe su acuerdo con Hamas–, fue ovacionado por los congresistas, tanto republicanos como demócratas.

Como dice Adib-Moghaddam, “el ala derecha israelí está apostando al tiempo y a que llegue otro presidente neo-conservador a Washington. Pero creo que Obama hará el intento”. Aunque más allá de lo que el presidente de Estados Unidos y su gobierno pueda o no hacer, los expertos llaman a centrar las energías en las propias partes involucradas. Como finaliza Magnus Norell, académico asociado de The Washington Institute for Near East Policy, solo los palestinos e israelíes por sí mismos pueden lograr un acuerdo. “Ha sido una ilusión por mucho tiempo la creencia de que alguien más puede hacer la paz. Unas negociaciones directas y francas, nada más, pueden hacer que la paz sea posible”.

 

Nicole Saffie Guevara
Periodista y Magíster en Relaciones Internacionales

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Marruecos y la bienvenida al Ramadán

Fecha 12/08/2010 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Desde la salida del sol de hoy, los musulmanes marroquíes han iniciado el ayuno correspondiente al mes sagrado del Islam.  Es así que por las calles de Tánger se pueden apreciar cambios, ya que durante el día se cierran algunos locales comerciales, mientras que la gente también modifica sus actividades.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 12 de agosto, 2010
Desde Tánger, Marruecos 

comida-ramadanQuizás lo más duro sea el hecho que el Ramadán de 2010 tendrá lugar en pleno verano, lo cual hace que para la gente sea muy difícil aguantar el ayuno en medio de temperaturas que fácilmente pueden superar los 40 grados.

A modo de demostración, ayer hubo 39ºC en Tánger, 44º en Marrakesh, 41º en Rabat, 37º en Casablanca y 40º en Fez.  Es por eso que este año las condiciones climáticas harán bastante cuesta arriba la celebración del Ramadán.

Sin embargo, la población musulmana de Marruecos (cercana al 99% del total, según datos oficiales, pero porcentaje menor de acuerdo a lo visto en terreno) no encuentra excusas y cumple con uno de los cinco pilares fundamentales del Islam, que es el ayuno durante Ramadán.

Es así que mujeres y hombres, de diversas edades, dejarán de tomar líquido y comer, pero tampoco tendrán sexo, ni fumarán durante las cerca de 13 horas que separan la salida de la puesta del sol.

Las únicas excepciones son personas con características especiales.  Por ejemplo, las embarazadas, los ancianos, los enfermos, mujeres que estén en el período menstrual y las niñas y los niños.  En algunos países musulmanes se permite que ciertos trabajadores puedan tomar agua, debido a que realizan labores a pleno sol.

Si bien el Ramadán se inicia con el primer ayuno, se puede apreciar un ambiente especial en los días previos.  Los mercados se llenan con más personas de lo normal y los precios de ciertos productos aumentan bastante.  La gente se toma muy en serio este mes y lo comentan con los extranjeros que se acercan a preguntarle sobre el Ramadán.

Luego, en la primera jornada de ayuno, se ve menos gente caminando por las calles, muchos negocios cierran o abren más tarde –especialmente aquellos como cafés y restaurants- y el ritmo de la ciudad se va acelerando en la medida que se acerca el momento de la puesta del sol.

Una vez que se va la luz solar, comienza una nueva etapa, en la cual las familias se reúnen (muchas veces invitando amigos y cercanos), para así preparar una abundante comida.  En torno a los alimentos -de los cuales destacan la harira (una exquisita sopa), los dátiles, la leche y pasteles- se genera una instancia de conversación y generosidad.  Las personas se acercan y comparten mucho, celebrando y agradeciendo a la vida.

Y así, luego de eso, la sociedad marroquí retoma las actividades cotidianas, pudiendo tomar líquido, fumar, tener sexo o comer lo que quieran.  En la parte final de la jornada nocturna, mucha gente decide salir a pasear por las calles, ir a tomar un helado o ir a una plaza de juegos.

La vida se prolonga hasta más tarde de lo común, hasta que al dormirse se prepara un nuevo día de ayuno.  Y así, durante todo el Ramadán, que finalizará el próximo 10 de septiembre.  Siempre con un gran sentido espiritual y recordando que este mes sagrado es mucho más que el ayuno.

Se trata de purificar el cuerpo, de compartir con los demás, de ponerse en el lugar de aquellos que diariamente luchan para poder comer o tomar y, finalmente, de acercarse más a sus convicciones y creencias religiosas.

Raimundo Gregoire Delaunoy
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
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Fotografía: Raimundo Gregoire Delaunoy

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Mauritania y la demostración de un fallido proceso democrático

Fecha 9/10/2009 por Raimundo Gregoire Delaunoy

En marzo de 2007,  la victoria de Sidi Ould Cheikh Abdallahi, en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, ponía fin a décadas de gobiernos autoritarios y, al mismo tiempo, daba comienzo a una nueva etapa en la débil e incipiente institucionalización democrática de la República Islámica de Mauritania.  Lamentablemente, dos años y medio después de aquel histórico hecho, todo quedó en nada y las esperanzas de un camino sin retorno hacia la estabilidad social, política y económica parecen estar perdidas.  Los golpistas se tomaron el poder y luego obtuvieron la victoria en los comicios presidenciales de julio pasado.  Ante esta situación, no queda otra que preguntarse qué es lo que falló en este proceso.

 Raimundo Gregoire Delaunoy | 9 de octubre, 2009

Fotografía: AFP

Fotografía: AFP

La respuesta puede parecer compleja, pero, finalmente, no lo es tanto.  Claro, todo dependerá del prisma con el cual se analice y observe el cúmulo de acontecimientos sucedidos en la realidad política y social mauritana durante los últimos años, pero se podría decir que hay dos grandes temas de gran peso a la hora de establecer ciertas conclusiones o de elaborar juicios categóricos.

Tratándose de un asunto netamente interno, la lógica obliga a pensar que todas las variables involucradas en este proceso político, social y económico –puede parecer reiterativo mencionarlo, pero esto no tiene que ver sólo con uno de los tres factores nombrados- deberían tener una matriz en el pueblo mauritano.  Sin embargo, los hechos demuestran que aquello no es así y, desafortunadamente, una serie de agentes externos han tenido y, casi son seguridad, tendrán un importante rol en la vida de la aún joven República Islámica de Mauritania.

Así las cosas, a la hora de intentar entender el fracaso del proceso de lenta democratización en Mauritania, aparecen dos grandes ejes.  Primero, la injerencia de las potencias extranjeras (principalmente, Estados Unidos y la Unión Europea) y del actual líder libio y presidente de la Unión Africana (UA), Muammar al Gadaffi.  Segundo, la historia y actualidad político-social de la República Islámica de Mauritania.

Los hechos ya son conocidos.  Desde las elecciones presidenciales de marzo de 2007, la política mauritana vivió momentos de zozobras, disputas y dudas.  Así fue que en mayo de 2008 renunció el primer ministro de Mauritania, Zeine Ould Zeidan, siendo reemplazado por Yahya Ould Ahmed El Waghf.  Pero este último tampoco duró mucho en el cargo, pues en julio del mismo año presentó su dimisión.  Este hecho se produjo ante una moción de censura en su contra y que había sido ideada por el Pacto Nacional por la Democracia y el Desarrollo (PNDD).  El motivo de esta acusación radicaba en la cada vez mayor pobreza del país, el estancamiento económico y la supuesta corrupción en ciertas cuentas del estado.  Sin embargo, el entonces presidente de Mauritania, Sidi Ould Cheikh Abdallahi, rechazó la renuncia de su primer ministro y éste fue reintegrado.

Así se llegó a agosto de 2008 y, específicamente, al día seis de aquel mes.  En aquella fecha, el coronel Mohammed Abdel Aziz lideró un golpe de estado militar, que abruptamente puso fin al gobierno democrático, legal y legítimo de Sidi Ould Cheikh Abdallahi.  El principal motivo fue la destitución de la plana mayor del Ejército, algo que causó gran molestia en Mohammed Ould Abdelaziz, jefe de la guardia presidencial.   A partir de entonces, la junta militar creó el Alto Consejo de Estado, el cual era liderado por Abdelaziz.  Unos días más tarde, Mulay Ould Mohammed Laghdaf sería nombrado primer ministro de la República Islámica de Mauritania.  Mientras, Sidi Ould Cheikh Abdallahi y Yahya Ould Ahmed El Waghf fueron aprisionados y se les impidió salir del país.

Ante esta situación, las reacciones de la “comunidad internacional” no se hicieron esperar.  La Unión Europea, Rusia, Estados Unidos, la Organización de Naciones Unidas, la Unión Africana y la Comunidad Económica de Estados de África Occidental expresaron el repudio ante los lamentables sucesos.  Más tarde, la Liga Árabe se sumaría a este mensaje.  Otros organismos, como la Organización de la Conferencia Islámica y la Unión del Magreb Árabe fueron más cautos y aunque declararon sentirse preocupados por la situación, no elaboraron grandes juicios al golpe de estado militar.

Y después de los hechos, ¿qué?

Lamentablemente, lo que parecía ser una gran condena a nivel mundial comenzó a desvanecerse con una tibieza que realmente asombra.  Así como los juicios fueron muy categóricos durante agosto y septiembre de 2008, con el tiempo se fue apagando la luz de aquellos mensajes.

Una demostración de esto último es el relativo aislamiento al cual fue sometida la junta militar.  Estados Unidos y la Unión Europea mantuvieron su amenaza de congelar las ayudas económicas, pero no adoptaron un rol tan preponderante como el que tuvieron en otros conflictos africanos como, por ejemplo, Sudán o República Democrática del Congo.  Peor aún, la República Islámica de Mauritania estuvo presente en una reunión del Foro 5+5 y el coronel Mohammed Abdelaziz recibió en su país a una serie de gobernantes extranjeros.  Y, por si esto fuera poco, China mantuvo un fuerte lazo económico-comercial con Mauritania, demostrando que sus intereses monetarios no tienen un colador a la hora de ser ejecutados.

En paralelo, ni la Organización de la Conferencia Islámica, ni la Liga Árabe y ni la Unión Africana fueron capaces de establecer sanciones ejemplificadoras.  Esto último demuestra que este tipo de organismos sirven para muchas cosas, pero escasamente cuando se trata de solución de conflictos armados.

Lo de la Unión Africana fue realmente decepcionante, ya que aparte de tener un rol bastante pasivo –en un primer momento se declaró en contra del golpe, pero luego dio pie para que esta situación se consolidara- demostró que el influjo de quien esté en la presidencia rotativa no es algo menor.  Esto último tiene que ver con la presencia de Muammar al Gaddafi, líder libio y coronel que lleva 40 años al poder en Libia.  No tiene sentido desviarse del tema, pero lo cierto es que Gaddafi fue, en su momento, un golpista y parece ser que aquella naturaleza le impidió ver con objetividad e imparcialidad el proceso de la República Islámica de Mauritania.  De otra forma, no se puede entender que haya dado apoyo implícito a Mohammed Abdelaziz y que, finalmente, sugiriera que el camino era reconocer a la junta militar y trabajar por nuevas elecciones.

Las elecciones, la participación de Abdelaziz y el comienzo de una nueva etapa

Tras una serie de cuestionamientos y falsas expectativas, el 23 de enero de 2009 se estableció que los nuevos comicios presidenciales serían el seis de junio y que en ellos podría participar el coronel golpista Abdelaziz.  Esto trajo el rechazo de una parte importante de la sociedad mauritana y, por supuesto, de la oposición, liderada por Messaoud Ould Boulkheir, representante de la Alianza Popular por el Progreso (APP).

Sin embargo, las protestas no lograron grandes cosas y el 15 de abril de 2009 Mohammed Abdelaziz renunciaba a su puesto de Jefe de la Junta Militar, para así poder inscribirse y participar en las vitales elecciones que darían el nombre del nuevo presidente de la República Islámica de Mauritania.

Pero apenas unos días de realizarse estos comicios la oposición y la Junta Militar llegarían a un acuerdo, según el cual se retrasarían las elecciones hasta el 18 de julio.  Durante ese período se crearía un gobierno de unidad nacional.

Así fue que el 18 de julio de 2009 se llevaron a cabo los comicios presidenciales, en los cuales participaron diez candidatos, aunque de ellos sólo tres contaban con opciones reales de convertirse en el nuevo mandatario mauritano.  Un día después de las elecciones, se entregaron los resultados, que no dejaron muy conformes a una parte de la “sociedad política” mauritana.  Claro, porque el coronel Mohammed Abdelaziz (apoyado por la Unión para la República) se impuso con el 52.58% de los votos, muy por delante del principal opositor Messaoud Ould Boulkheir (16.29%) y del histórico Ahmed Ould Daddah (13.66%).  Otros candidatos obtendrían menores porcentajes, pero se destaca la figura de Ely Ould Mohammed  Vall, desplazado al sexto lugar con apenas 3.81% de las preferencias.

Si bien en un comienzo hubo un intento de impugnación de las cifras oficiales, con el paso de los días los rivales fueron reconociendo la derrota y todas las dudas se disiparían luego que el Grupo de Contacto Internacional para Mauritania –integrado por la Unión Africana, la Liga Árabe, la ONU, la Unión Europea, la Organización de la Francofonía y los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU- declarara que las quejas recibidas no tenían argumentos válidos.  Además, una serie de otras tendencias observadas durante las votaciones llevaron a este grupo a concluir que no hubo fraude y que las elecciones fueron transparentes.

El 5 de agosto de 2009, Mohammed Abdelaziz juró como el nuevo presidente de la República Islámica de Mauritania, en una ceremonia a la cual asistieron mandatarios o representantes de influyentes países africanos como Marruecos y Senegal.

Algunas reflexiones

Conociendo los hechos, es necesario establecer algunos comentarios u observaciones finales, para así ir dejando en claro el por qué del fallido proceso democrático de la República Islámica de Mauritania.

Primero, la débil institucionalidad política mauritana no fue capaz de resistir ante el menor ataque, sea este de gran o baja intensidad.  En término médico-metafórico, el enfermo aún estaba convaleciente y, por lo mismo, era esperable que en los primeros pasos de este nuevo proceso hubiese recaídas.  Lamentablemente, esto es lo que pasó y esto último se relaciona con la segunda variable involucrada.

Claro, porque el segundo punto a tomar en cuenta es la eterna presencia de los militares en la vida política del país.  La militarización de la política y sociedad es uno de los males que aún padece Mauritania.  La pregunta es cómo eliminar esto.  Quizás lo mejor sea ir robusteciendo la democracia, es decir, ampliar el número de grupos políticos participantes.  En la medida que cada agrupación, por muy pequeña que sea, sienta que tiene herramientas de representación, entonces el accionar de los militares será cada vez más resistido y, en consecuencia, irá quitándole terreno al influjo militar.  Sin embargo, este proceso no es algo de meses, sino que de años y, tal vez, décadas.

Tercero, la crisis económica terminó por pasarle la cuenta al gobierno de Sidi Ould Cheikh Abdallahi, que a pesar de los esfuerzos (la economía mauritana estaba creciendo durante 2007 y 2008) no logró darle calma a sectores tan importantes como el agrícola y el pesquero.  Los acuerdos, en el área pesquera, parecían darle mayores beneficios a las empresas extranjeras más que a los pescadores mauritanos y eso es algo que debió preveer.

Cuarto, en las elecciones presidenciales de 2007, Abdallahi no había podido ser la primera preferencia en Nouakchott, capital del país.  Aquello que para muchos pudo ser una anécdota, nunca lo fue y eso quedó demostrado con la organización y las facilidades que tuvieron los golpistas, siempre con el apoyo de una importante parte de los habitantes de Nouakchott.  Faltó visión en este punto, pues se pudo haber tenido una mayor seguridad o, buscando otra fórmula, haber intentado darle alegrías a los ciudadanos de la capital.  ¿Populismo? No, el ideal habría sido generar medidas políticas y sociales claras, pero a favor de los habitantes de Nouakchott.

Quinto, las potencias tuvieron un rol bastante apagado en comparación a otros conflictos regionales existentes en África.  Esto se explicaría por la escasa importancia, al menos hasta hoy, que representa Mauritania en términos económicos y de recursos naturales.  No es lo mismo la República Democrática del Congo –donde abundan el oro, el coltán y otros materiales- o Sudán –el verdadero granero de África- que la República Islámica de Mauritania.  Ese parece ser el mensaje enviado por Estados Unidos y la Unión Europea, que tuvieron una tibia reacción ante los golpistas mauritanos.  Lo peor estuvo en manos de China, que nunca dejó de invertir en Mauritania.  Parece ser que da lo mismo quién y cómo gobierne.  Al menos para el gobierno.

Sexto, la Unión Europea demostró que su rol en África debe ser analizado, pues el doble stándard con el cual actuó en el caso de la República Islámica de Mauritania genera preocupación.  ¿Las democracias y los abusos en contra del pueblo son importante en Europa, pero no en Mauritania?, ¿las violaciones a la institucionalidad de un país no tienen relevancia en Mauritania, pero sí en Chad, Sudán o el Sahara Occidental?  Son preguntas que flotan y cuya respuesta es bastante confusa.  La Unión Europea debió tener un mayor rol y una respuesta bastante más dura contra los golpistas.

Séptimo, la Unión Africana no tiene el peso suficiente, ni a un líder (Muammar al Gaddafi) que pueda afrontar con la objetividad y el estricto apego a los valores democráticos que un organismo de integración debiese tener.  Si los conflictos en Somalía, Sudán y Zimbabwe habían sido un gran dolor de cabeza y una nueva demostración de la ineficacia de la Unión Africana, ¿qué se puede decir ahora?

Por último, ha quedado de manifiesto la escasa importancia que el mundo le entrega a un país como la República Islámica de Mauritania.  En los últimos meses se pueden encontrar diversos ejemplos de cómo los gobiernos y los medios tuvieron un papel preponderante a la hora de vivir ciertos problemas.  Por ejemplo, Irán, Abjazia y Honduras.  Sin embargo, parece ser que el pueblo mauritano no genera la misma empatía que lo que sí provocaron iraníes, abjazos y hondureños.

En fin, todas estas variables no hacen más que confirmar algo que parecía bastante predecible, es decir, un primer fracaso en el proceso de lenta democratización de la República Islámica de Mauritania.

Pero no hay que perder las esperanzas, pues esto recién comienza.  Vendrán más desafíos y nuevas oportunidades de consolidar este proceso.  El tiempo irá dando algunas claves, aunque otras ya están a la vista.

Es de esperar que los políticos sepan abrir las puertas correctas y que sepan cerrar las que sólo generan conflictos.

Y con un buen candado.

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
@Ratopado

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¿El primer gran error de Muammar al Ghaddafi?

Fecha 13/04/2009 por Raimundo Gregoire Delaunoy

A comienzos de abril pasado, el actual presidente de la Unión Africana (UA) y líder libio decidió visitar Mauritania, país que se encuentra bajo dominio de fuerzas golpistas, luego que el 6 de agosto de 2008 militares se tomaran el poder. Lo que pudo ser un viaje trivial se convirtió en un foco de división al interior del organismo panafricano. Claro, porque Gaddafi dio a entender que hay que legitimar al gobierno golpista y esperar que realicen las elecciones en junio próximo. A partir de este punto apareció el choque entre la UA y el gobernante libio, pues los primeros mantienen con firmeza las sanciones en contra del régimen mauritano, mientras que el segundo se opone tenazmente.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 13 de abril, 2009

muammar-ghaddafiEn la última Cumbre de la Unión Africana (UA), realizada a fines de enero y comienzos de febrero pasado, en Etiopía, se estableció que el nuevo presidente del organismo panafricano sería el actual gobernante de Libia, el coronel Muammar Al Gaddafi. Acto seguido, algunas personalidades del mundo político africano miraron con cierta suspicacia este nombramiento, ya que a pesar de ciertas modificaciones en las directrices del líder libio, su gobierno y su estilo sigue siendo bastante dictatorial y, en ocasiones, muy subjetivo.

Por contrapartida, muchas personas veían en Gaddafi la opción de un acercamiento verdadero entre las “dos Áfricas”, es decir la magrebí y la subsahariana. Aquellos que daban su apoyo incondicional al gobernante de Libia daban como fiel argumento el discurso panafricanista del coronel libio y, además, sus sólidos avances en las relaciones con Estados Unidos y parte del mundo europeo, especialmente con Italia.

Con el paso de las semanas, todo aquel manto de dudas fue dando paso a una realidad tan clara como conflictiva. Claro, porque tras asumir la presidencia de la Unión Africana, Muammar Al Gaddafi tuvo, rápidamente, la oportunidad de mostrar cuál sería su apuesta en este camino que acababa de emprender. La coyuntura escogida fue la crisis política que afecta a Mauritania, país en el cual, en agosto de 2008, militares golpistas sacaron del poder a Sidi Ould Cheikh Abdallahi, presidente mauritano y que llegó a la presidencia por la vía democrática.

En este contexto, es importante recordar que apenas se concretó este golpe militar, la Unión Africana no dudó en condenar lo acontecido y, de hecho, dio un mes de plazo a los golpistas para que restituyeran a Abdallahi en el poder. Como aquello no aconteció, se impusieron sanciones, las cuales también fueron apoyadas y llevadas a cabo por otros países u organismos internacionales. A partir de entonces, se pensó que la junta militar reaccionaría, pero aquello no ocurrió y lo único que hicieron, a fines de 2008, fue dejar en libertad al derrocado presidente, a quien se le permitió vivir en un lugar de residencia determinado y siempre con vigilancia. Además, se le prohibió volver a la presidencia.

De esta forma, los militares, liderados por el general Mohamed Ould Abdel Aziz, iniciaron su camino al mando del gobierno y la política mauritana. Sin embargo, el rechazo en la mayoría de los países ha impedido que puedan realizar su accionar con plena libertad.

Y así fue que durante los últimos meses la junta militar mauritana ha estado sumida en un casi absoluto desamparo, algo, por lo demás, bastante lógico. Sin embargo, durante marzo y abril la situación cambiaría un tanto. Ciertamente, no se produjo una modificación sustancial, pero sí ocurrió algo que quizás no tuvo tanta influencia en el conflicto mismo, sino que en la figura de Muammar al Gaddafi y, en consecuencia, lo que se puede esperar de la Unión Africana durante el mandato del coronel libio.

Legitimación de un proceso antidemocrático, el peor error posible

A fines de marzo, el actual presidente de la UA realizó una visita a Mauritania, país en el cual se reunió con los líderes golpistas. Lo que pudo ser una maniobra de apoyo al proceso democrático que en 2007 había entregado el poder a Sidi Ould Cheikh Abdallahi, lamentablemente se convirtió en la contracara, es decir, un aval para la dictatorial gestión del general Ould Abdel Aziz. Es así que el 31 de marzo pasado, Muammar al Gaddafi declararía que no estaba de acuerdo con que la Unión Africana mantuviese las sanciones en contra de la junta golpista, algo que ya había dicho a comienzos del mismo mes. En aquel entonces, el mandatario libio aseguró que los militares golpistas se habían comprometido a realizar elecciones presidenciales el próximo 6 de junio y que, por lo mismo, “a partir de ahora, el caso está cerrado”.

Sin embargo, aquel expreso apoyo sería reafirmado con las palabras de Gaddafi, quien, como se mencionó, se opuso a la mantención del castigo a Mauritania. Esto último, es algo que se estableció en febrero, luego que el Consejo de Paz y Seguridad de la Unión Africana lo decidiera, tomando en cuenta el evidente ataque contra las fuerzas democráticas que estaban intentando recomponer la agitada y desequilibrada realidad política de la nación mauritana. Según Muammar al Gaddafi, la decisiones tienen que ser aprobada por todos los integrantes del bloque panafricano y no sólo por un órgano de este.

Manteniendo su postura, el mismo 31 de marzo, el coronel libio aclaró que si bien la junta militar había llegado por un medio inconstitucional, “ya está ahí y se debe aceptar eso”. Aún más, Gaddafi dijo que esa era la realidad y que todos los estados africanos debían asumirla. Por lo mismo, se mostró bastante alegre con la posibilidad que el 6 de junio se llevaran a cabo comicios presidenciales y no tuvo impedimentos a la hora de sugerir que el camino a seguir era apoyar este proceso golpista, ya que, finalmente, llevaría a nuevas elecciones.

Posteriormente, una delegación de la Unión Africana volvería a dar una corta visita a la junta militar de Mauritania y, tras aquel viaje, las declaraciones serían bastante similares a las expresadas unos días antes. El único cambio era que Muammar al Gaddafi aclaraba que los militares no podían seguir en el poder y, por ende, no debían presentarse en las elecciones presidenciales. Sin embargo, los golpistas aclararon que ellos iban a presentar un candidato en los comicios de junio y que, en tal caso, abandonarían su condición de militar.

A partir de entonces, el asunto mauritano pareció perder fuerza y a casi un mes de las elecciones presidenciales del próximo 6 de junio, al parecer todos han optado por la postura más sencilla, es decir, el silencio y darle vuelta la espalda al proceso democrático que culminara en 2007 con la elección de Sidi Ould Cheikh Abdallahi como presidente de la República Islámica de Mauritania.

Reflexiones ulteriores sobre el accionar de Muammar al Gaddafi

Lo anteriormente mencionado no significa que el actual presidente de la Unión Africana sea responsable del golpe de estado –y seguramente no lo es-, pero aquello tampoco es sinónimo que Gaddafi esté libre de responsabilidades en la parte final de este proceso.

Los problemas internos existentes en Mauritania –entre ellos, crisis agro-económica, el auge del terrorismo, diferencias políticas y caída del turismo- trajeron consigo una cadena de lamentables sucesos, los cuales tuvieron como triste corolario el golpe de estado liderado por el general Mohamed Ould Abdel Aziz.

Y es a partir de aquel momento en el cual se puede establecer un potente nexo entre Muammar al Gaddafi y la resolución final de este conflicto. Claro, porque la Unión Africana adoptó una postura unívoca en la parte final de 2008, condenando la irrupción golpista y, posteriormente, sugiriendo y ejecutando sanciones a la junta militar mauritana. Sin embargo, el coronel libio –que llegó a la presidencia de la UA a comienzos de febrero 2009- no tomó en consideración estos hechos que, mal que mal, representan la voluntad de los “pueblos políticos” africanos.

Lamentablemente, este hecho se convierte en un pésimo ejemplo de política mal llevada, ya que no sólo contravino lo que los países decidieron y lo que el Consejo de Paz y Seguridad estableció, sino que, peor aún, con su accionar legitimó la llegada al poder de una junta militar golpista.

Entonces, si el nombramiento de Muammar al Gaddafi como máximo representante de la Unión Africana daba esperanzas que su discurso panafricanista lograse darle unidad política y social al continente, su respuesta ante la crisis mauritana cubrió con un manto de dudas la real capacidad del líder libio de ser objetivo y estar capacitado para realizar un cambio real en la atribulada política africana.

De momento que se avala y, aún más grave, se apoya a militares o políticos que tomen el poder por la fuerza, se está dando pie a un nocivo y peligroso antecedente. Es así que era lógico preguntarse qué ocurriría cuando ocurriesen procesos similares. Al respecto, no hubo que esperar mucho tiempo, luego que tuviesen lugar los conflictos políticos en Guinea-Bissau y Madagascar, en los cuales da la impresión que la intervención de Muammar al Gaddafi fue mucho más tibia y la evidencia demuestra que la Unión Europea estuvo bastante más involucrada, especialmente en lo ocurrido en la crisis malgache.

Esto último permite especular que el actuar de Gaddafi fue bastante más impetuoso y directo en Mauritania, lo cual no parece descabellado si se toma en cuenta que habían otros factores involucrados. Primero, al momento de apoyar a los militares golpistas, se estaba dando aval a un gobierno que buscaría recuperar la histórica postura mauritana respecto al conflicto árabe-israelí, es decir, alejarse de Israel. Esto último aconteció, ya que al República Islámica de Mauritania e Israel rompieron las relaciones diplomáticas tras la crisis de Gaza. Este hecho trajo como consecuencia el acercamiento entre los gobiernos de Mauritania y Libia, lo cual sirve para dar cuenta que Muammar al Gaddafi se involucró en el conflicto mauritano, más que como presidente de la UA, como mandatario libio.

Y esto sigue teniendo otra lógica, ya que lo que busca el dictador es seguir reforzando las viejas alianzas al interior del Magreb, cuyo último fin sería, no cabe duda, aislar a Marruecos y así tener mayor presión sobre el reinado marroquí a la hora de tomar determinaciones al interior de la Unión del Magreb Árabe (UMA), bloque de integración que está prácticamente estacionado desde hace unos 15 años. Esto último no es algo menor, ya que debe recordarse que el conflicto del Sahara Occidental ha sido la principal piedra de tope en las relaciones intermagrebíes. En este sentido, el acercamiento entre Mauritania y Libia ayudaría a la postura de Argelia y del Frente Polisario, quienes encontrarían apoyo en su lucha por el referéndum de autodeterminación del «territorio saharaui».

Otro punto, tiene que ver con la eterna disputa de Gaddafi con la Unión Europea, especialmente tras la mediática Cumbre Euromediterránea de Paris, realizada en julio de 2008 y en la cual se lanzó el rebautizado “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”. Al respecto, hasta antes de la caída de Sidi Ould Cheikh Abdallahi, las relaciones mauritano-europeas habían tenido un gran auge, no sólo a nivel económico, sino que también político. Y eso, claramente, asustó a Muammar al Gaddafi, quien veía con malos ojos que Europa pudiese ganar un aliado y, por ende, obtener un espacio de influencia en la estratégica zona noroccidental de África.

También, es legítimo pensar que mediante el apoyo entregado al general Mohamed Ould Abdel Aziz, el coronel libio no sólo está siendo muy parcial –por ejemplo, en sus visitas a Mauritania no se reunió con la oposición con el destituido Sidi Ould Cheikh Abdallahi-, sino que se está legitimando a sí mismo, lo cual es un hecho grave. Claro, porque esto significa que quienes tenían dudas sobre el historial de Gaddafi –específicamente, su autoritarismo y el hecho de tomarse el poder por la fuerza hace cerca de cuatro décadas- ahora podrán decir que el mandatario libio sigue siendo un dictador. Y esto es algo no menor, ya que, entonces, sería necesario reflexionar de por qué la Unión Africana aceptó que un dictador esté al mando de un bloque que, supuestamente, vela por los correctos procesos democráticos. Vaya contradicción. Parece que no sólo Gaddafi adhiere a la frase “si ya está en el poder, hay que aceptarlo”.

Por último, y quizás esto sea lo más preocupante, la junta militar golpista ha sufrido el aislamiento y el reproche de la Unión Europea, Estados Unidos, la Unión Africana y la Organización de Naciones Unidas. Sin embargo, el abandono no ha sido pleno. Sólo durante abril y mayo, por dar algunos ejemplos, representantes golpistas han tenido reuniones con emisarios de los gobiernos de Qatar, Iraq, Venezuela y Sudán. Además, la República Islámica de Mauritania participó en la 21ª Cumbre Árabe –llevada a cabo en Qatar- y en un encuentro de los Países No Alineados.

También, y esto sí es preocupante, fue parte de la última reunión del “5+5”, que es la agrupación de los diez países mediterráneos (España, Portugal, Francia y Malta por Europa; Argelia, Marruecos, Túnez, Libia y Mauritania por África), celebrada en la ciudad española de Córdoba. Y, sólo para demostrar que la junta golpista no está muy sola, China ha seguido aumentado su presencia en territorio mauritano, algo que quedó demostrado con la construcción de un nuevo hospital en Nouakchott, capital mauritana. Obviamente, con importantes aportes económicos del gobierno chino.

Es así que la Unión Africana y los gobiernos de los diversos estados del continente deberán reflexionar sobre lo que ha ocurrido en la crisis mauritana post-golpe militar. Los sucesos posteriores incitan al cuestionamiento de ciertas procederes y obliga a ser más selectivos a la hora de elegir sus representantes en el mayor bloque de integración panafricano, es decir, la Unión Africana.

De no ser así, se puede estar engendrando una metodología bastante nociva y que lejos de ser una solución para la débil institucionalidad política de África, se podría convertir en un propulsor de más conflictos en la región.

Tiempo al tiempo. Pero con mucha prudencia.

Raimundo Gregoire Delaunoy
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Unión por el Mediterráneo, ¿y ahora qué?

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Unión por el Mediterráneo, ¿y ahora qué?

Fecha 15/09/2008 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Hace cerca de dos meses se realizó la mediática Cumbre de Paris, cuyo objetivo era darle mayor potencia al proyecto ideado por el presidente francés, Nicolas Sarkozy.  Ahora, más allá de opiniones y visiones subjetivas, lo importante es intentar dilucidar hacia dónde va la naciente Unión por el Mediterráneo, que todavía no pasa de ser una incipiente iniciativa del mandatario galo.  En este sentido, se hace imperioso analizar, ya sin la euforia post cumbre, la verdadera esencia del ahora denominado “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”.

Por Raimundo Gregoire Delaunoy | 15 de septiembre, 2008

Reuters

Reuters

Muchos insisten en que el concepto de hoy y las próximas décadas será la integración.  Local, regional, continental y mundial.  Económica, política y cultural.  Comercial y tecnológica.  Y así, sucesivamente, buscando diversos puntos en los cuales gobiernos de diversos países puedan complementar sus carencias y fortalezas.

Bajo este paradigma –el de la integración regional- el presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, ha comenzado una interminable campaña en pos de obtener el apoyo necesario para llevar a cabo uno de sus grandes proyectos.  Se trata de la Unión por el Mediterráneo, una iniciativa que aun cuando se encuentra en pañales, al menos ya dio sus primeros pasos hace poco más de un mes, momento en el cual 43 jefes de estado y gobierno se reunieron en la capital francesa.  Nadie puede discutir que la organización de la Cumbre de Paris fue un éxito y que el proyecto de Sarkozy ha comenzado en buen pie.  Sin embargo, es importante navegar por aguas más profundas e iniciar un análisis objetivo y exhaustivo, para así tomar una radiografía perfecta al “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”.

En este sentido, la gran relevancia de la Cumbre de Paris fue que permitió establecer tres cosas.  Primero, que tras esta reunión se llegó a resultados concretos (pocos, pero no por eso dejan de ser reales).  Segundo, este evento permitió que se dieran a conocer, directa o indirectamente, hechos puntuales y coyunturas de gran relevancia, no sólo para este proceso, sino que también para otros.  Tercero y final, el encuentro realizado en la capital francesa sirvió para develar una serie de dudas y para dar cuenta de ciertas proyecciones a futuro.

De lo poco, ¿bueno?

Tras el término de la Cumbre de Paris se elaboró una declaración final en la cual se establecían conclusiones y, lo principal, las principales decisiones adoptadas en consenso.  Al respecto, era importante saber cuáles serían los acuerdos obtenidos, especialmente en temas o áreas que de por sí son conflictivas o, por decirlo de otra forma, causan divisiones o visiones diferentes.

Uno de estos asuntos era, lógicamente, el Proceso de Paz en Medio Oriente.  En este sentido no extraña que la declaración final se retrasara, justamente, por la reticencia de los países árabes, que buscaban imponer sus términos en torno a la conformación de este proyecto mediterráneo.  Dichos estados querían que la Liga Árabe pudiese tener un rol activo en este proceso, cosa que no causaba gran alegría entre los europeos.  Sin embargo, finalmente se acordó incluir a este organismo como observador, pero no se incluyó en la declaración final un reconocimiento expreso sobre el estado palestino.

Otro punto polémico tenía que ver con el movimiento de personas, algo que, por ejemplo, causa grandes dudas en el gobierno argelino liderado por su presidente, Abdelaziz Boutlefika.  Sobre este asunto no se llegó a acuerdos y eso, justamente, una piedra de tope, ya que antes del inicio de esta cumbre Argelia ya había expresado ciertos temores.

Ahora, más allá del tema del traslado humano y de las disputas entre árabes e israelíes, se lograron ciertos avances, que permitieron elaborar proyectos concretos y resoluciones definitivas.

Lo más relevante lo constituye la conformación, poco a poco, de toda la estructura de este Proceso de Barcelona renovado.  Para empezar, se decidió darle un nuevo bautizo a este proyecto, que ahora será conocido como “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”.  Esto último tiene que ver con el hecho que al gobierno español no le agradaba mucho la idea de una Unión por el Mediterráneo, mientras que a Francia no le interesaba mucho mantener el nombre de un proyecto que, según Nicolas Sarkozy y el mismo Hosni Mubarak, había fallado y que era necesario actualizarlo y mejorarlo.  Debido a esta pequeña lucha se optó por una decisión salomónica, que aunque no era el del absoluto agrado, al menos dejaba a ambas partes conformes.  La diplomacia utilizada en este ámbito fue demasiado fina, lo que llevó al mandatario galo a decir que “no se trata de borrar el Proceso de Barcelona, sino que de complementarlo”.

Si bien la nomenclatura es importante, lo relevante es ver cuáles fueron, efectivamente, las medidas concretas que se adoptaron tras la Cumbre de Paris.  En este sentido, se estableció que este proyecto funcionará con una copresidencia, una de la ribera norte y otra del sur.  Quienes debutaron con este nombramiento fueron los presidentes de Francia y Egipto, Nicolas Sarkozy y Hosni Mubarak, respectivamente.  Además, se realizará una reunión anual de ministros de Relaciones Exteriores y cada dos años tendrá lugar una cumbre del bloque.  También, se dio origen a la secretaría, pero quedó en suspenso la elección de la sede de aquella institución.  Al respecto, este asunto se zanjará en la próxima reunión de ministros, a realizarse en noviembre próximo, en la ciudad portuguesa de Lisboa.  Las candidaturas ya han sido presentadas –en forma formal o informal- y se trata de cinco países. Barcelona (España), Rabat (Marruecos), Ciudad de Túnez (Túnez) y Malta se disputarán este honor y, por ejemplo, el mismo día de la cumbre el jefe de gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, hizo el anuncio respecto a la postulación de Barcelona como sede de la secretaría.  Finalmente, el secretariado será la institución encargada del financiamiento y de supervisar la ejecución de los diversos proyectos elaborados.

Párrafo aparte para las iniciativas a las cuales se comprometieron los asistentes a la Cumbre de Paris.  Se trata de seis ideas que serán puestas en marcha lo antes posible.  Los proyectos son los siguientes:

  • Descontaminación del Mediterráneo
  • Autopistas del mar y construcción de infraestructura terrestre en la ribera sur
  • Plan de energía solar
  • Programa de protección civil
  • Universidad euromeditarránea, con sede en Eslovenia
  • Apoyo al desarrollo de las empresas

De esta forma, se dieron los primeros pasos en pos de darle una estructura sólida a este proceso, aunque, objetivamente, aún falta mucho por delante.  Por ejemplo, cabe preguntarse de dónde se sacarán los fondos económicos.  Ya se sabe que el Banco Europeo de Inversión (BEI) será una de las instituciones que colaborará en forma estrecha con la puesta en marcha de este proyecto, pero quedan dudas respecto a cuánto podrá ayudar, ya que desde 2002 a la fecha el BEI ha invertido siete millones de euros en el Mediterráneo.

De momento, no queda más que observar si las primeras piedras que se han puesto en este camino serán suficientes para ir construyendo una sólida base, que, a su vez, permita la consolidación del “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”.

Lo que demuestra la Cumbre de Paris

Teniendo en claro cuáles fueron os avances en concreto de la Cumbre de Paris, es importante dar cuenta de algo que incluso puede ser más importante que aquellos logros obtenido en el encuentro realizado en la capital francesa.  Se trata de navegar en profundidades y develar tendencias que superficialmente son imposibles de ser reconocidas.

Problemas de cohesión

Lo primero es decir que parece imposible soslayar los serios problemas de cohesión que posee el proyecto ideado por el presidente de Francia, Nicolas Sarkozy.  Si intentar olvidar lo difícil que es intentar unir a 43 gobiernos en un solo bloque, aún más complicado es disfrazar u ocultar las grandes falencias de este proyecto, especialmente si se trata de implantar la cohesión necesaria para darle éxito a esta iniciativa.  Al respecto, los diversos actores involucrados en el “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo” presentan evidentes señales de fisuras internas.

En Europa, no todos ven con los mismos ojos el proyecto mediterráneo.  Para empezar, no se puede olvidar que el plan original de Sarkozy tuvo que ser modificado, para así lograr el apoyo de Alemania y muchos otros países europeos.  Ahora, el hecho de haber incluido a la Unión Europea en este proyecto no significa que no exista un cisma al interior de este bloque.  De hecho, existe un importante grado de reticencia por parte de algunos mandatarios europeos.  Además, las directrices políticas de los estados son bastante disímiles y, por ejemplo, no se pueden comparar las posturas de José Luis Rodríguez Zapatero y Nicolas Sarkozy.  Mientras el primero ha trabajado arduamente por una mayor y mejor comunicación y cooperación con el Magreb y, particularmente, con Marruecos, el segundo ha generado leyes cuyo objetivo es endurecer el sistema de migraciones.  Siguiendo con este punto, la nueva ley de inmigración de la Unión Europea mostró las evidentes diferencias entre los miembros del bloque.  Aún más, el hecho que el Consejo de Europa la haya rechazado demuestra que mientras algunos buscan un trato digno para los inmigrantes, otros, simplemente, no quieren saber más de este asunto.  Es por eso que es necesario reflexionar acerca de cuán factible es juntar a los 27 estados miembros de la Unión Europea en un proyecto que los uniría con los que, para algunos, se trataría de países con una población amenazadora.

Ahora, la Unión Europea no es el único bloque que presenta problemas de cohesión.  En este sentido, es importante destacar la división existente al interior de la Unión del Magreb Árabe (UMA).  Mientras Marruecos y Túnez ven con buenos ojos el proyecto mediterráneo, Argelia y Libia tienen muchas dudas respecto a esta iniciativa y, de hecho, para el líder libio, Muammar al Ghadaffi, el “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo” es sinónimo de problemas, división y amenazas para el mundo árabe y africano.  En resumen, se podría decir que existen tres posturas entre los miembros de la UMA.  La oposición extrema liderada por Libia, la tibia reticencia de Argelia y el apoyo incondicional de Túnez y Marruecos.  Mauritania aparece un tanto aislada y seguramente seguirá así, ya que tiene asuntos mucho más importantes a los cuales dedicarse como, por ejemplo, el golpe de estado realizado por los militares hace cerca de un mes.  Sin embargo, más allá de todas estas diferencias, lo concreto es que el Magreb dio señales evidentes respecto a que ellos desean un rol principal en este proyecto y que no se repita la tendencia histórica de los países europeos, que, generalmente, terminan controlando el desarrollo de los procesos.

Conflictos persistentes

Otra conclusión, bastante palpable, es la continuidad de ciertos choques o focos conflictivos.  Algunos con mayor intensidad, otros sin tanto eco, pero siempre impidiendo un equilibrio en las relaciones entre países, bloques o regiones.  Al interior del Magreb, Argelia y Marruecos aún mantienen tensos vínculos, debido a diferencias en ciertas políticas y, particularmente, por el asunto del Sahara Occidental.    Cerca de ahí, en Mauritania, un golpe de estado realizado hace cerca de un mes ha puesto en jaque el proceso de incipiente democratización de aquel país y amenaza con transformarse en tierra pantanosa, algo que favorecería el accionar de células terroristas.  Esto último ya es un problema bastante serio en Argelia.

En Medio Oriente, las evidentes y lógicas diferencias entre los estados árabes e Israel han quedado expuestas ante los ojos de todos los asistentes de la Cumbre de Paris.  En algo que era obvio y que se mantendrá durante muchos años más, el gobierno israelí aún no ha podido solucionar sus conflictos con Palestina, Siria y Líbano.  En la medida que esta situación se mantenga en el tiempo parece imposible que se pueda aglutinar en un solo bloque a árabes a israelíes.  Si bien es cierto que se han realizado esfuerzos para llegar a acuerdos, todavía no hay grandes hechos concretos que permitan vislumbrar una salida positiva.  Tanto así, que la firma y lectura de la Declaración de la Cumbre de Paris se retrasó ante las exigencias de los países árabes respecto a la cuestión palestino-israelí.

En pleno mar Mediterráneo, otros dos conflictos siguen con vida.  Se trata de la división de Chipre y la lucha por recursos petrolíferos entre Libia, Malta y Argelia.  El primero de ellos ha sido un verdadero dolor de cabeza para Turquía, que en este asunto ha encontrado una barrera para su proceso de adhesión a la Unión Europea.  En cuanto al segundo problema, es una situación que sin ser grave, ni categórica, sí causa cierto temor, ya que estas viejas disputas impiden un mayor entendimiento y desarrollo económico de la región.

Por último, el accionar de la Unión Europea en el conflicto árabe-israelí deja en claro, que aquel bloque desea una paz que sea beneficiosa para sus intereses.  Por eso, hasta el momento, la postura del bloque europeo ha sido bastante ambigua y poco definida.  Son capaces de establecer sanciones económicas para los territorios palestinos y, al mismo tiempo, de elaborar un discurso conciliador, pero muchas veces omiten las matanzas realizadas por las ofensivas israelíes al interior de las fronteras palestinas.  Además, con la llegada de Nicolas Sarkozy al poder en Francia y con una cada vez mayor actitud recelosa hacia los árabes y musulmanes, da la impresión que Europa comienza a tomar una postura más favorable a Israel.

No todos están con este proyecto

Uno de los aspectos más fundamentales y evidentes ha sido el hecho que este proceso ha generado diversas posturas y velocidades.  Mientras algunos gobiernos se han convertido en bastiones de este proyecto, otros sólo se limitan a seguir a la masa.  En paralelo, algunos estados han dejando en claro que tienen dudas respecto al funcionamiento y/o la utilidad de esta iniciativa y, finalmente, aparecen los escépticos.

Esta situación, en honor a la objetividad, no debiera sorprender, ya que es evidente que el presidente francés, Nicolas Sarkozy, no tiene el mismo nivel de relaciones con todos los jefes de estado y/o gobierno involucrados en este proyecto.  Además, su discurso pro-israelí genera ciertas dudas en los estados árabes, especialmente en aquellos donde la relación con Francia nunca ha sido fluida, como es el caso de Argelia.

Ahora, cabe preguntarse quiénes son los “mediterránescépticos” o, más simple, contrarios al nuevo cariz que adoptó el Proceso de Barcelona.  El primero en aparecer es el líder libio Muammar al Gaddafi, que en todo momento ha dejado en claro que ni él, ni su gobierno se prestarán para una iniciativa como esta.  De hecho, el pasado 10 de junio –casi un mes antes de la realización de la Cumbre de Paris- Gaddafi se reunió con los presidente de Argelia, Mauritania, Siria y Túnez y con el primer ministro de Marruecos.  En aquella ocasión, el coronel Gaddafi dio a entender su postura y analizó, junto a los otros representantes de naciones árabes el proyecto propuesto por Nicolas Sarkozy.  Tras considerar como una afrenta este proceso, el líder libio se despachó frases como “nosotros no somos hambrientos, ni perros para que nos echen huesos” o “nos toman por idiotas.  Nosotros no pertenecemos a Bruselas.  Nuestra Liga Árabe está en El Cairo y nuestra Unión Africana en Addis Abeba”.

En todo caso, más allá de estas expresiones, que puedan parecer mediáticas o de simple perogrullo, hay algo que dijo Gaddafi y que es, finalmente, el principal acontecimiento que molesta, específicamente, a los países árabes y magrebíes (africanos).  Claro, porque Gaddafi declaró que “la Unión Europea persigue su cohesión y por eso ha rechazado el proyecto inicial del presidente francés.  Claramente no querían una división al interior del bloque”.  En este sentido, es importante analizar con mayor profundidad esta frase, porque tiene mucho de cierto.  Nadie podría juzgar a la Unión Europea por preocuparse de su unidad y, de hecho, aquello es algo positivo.  Sin embargo, alguien podría preguntarse por qué los europeos propulsan y apoyan un proyecto que si bien ya no produciría divisiones internas en su bloque, sí podría generarlas en el contexto, árabe, africano y magrebí.  De esta forma, se entiende la molestia de ciertos líderes como Gaddafi, Bouteflika o Al Assad, quienes ven un doble stándard por parte de la Unión Europea.  En pocas palabras, se trata de saber por qué ellos hablan de la unidad, si al final sólo les interesa mantener su cohesión y no la de los otros bloques involucrados en este proyecto.

Ahora, directamente relacionado con esta situación, se puede establecer la existencia de un “club de los rebeldes”.  A la cabeza de este grupo está, era que no, Muammar al Ghaddafi, apoyado por los presidentes de Argelia y Siria, Abdelaziz Boutlefika y Bashar Al Assad, respectivamente.  Ahora, estos tres gobiernos no están solos en su cruzada, ya que reciben el apoyo de otros estados como Mauritania y Turquía.  En el caso mauritano, las cosas cambiaron mucho desde que se produjo el golpe de estado militar, asi que el asunto mediterráneo ha pasado a un segundo o tercer plano de relevancia.  En cuanto a los turcos,  existe mucho recelo respecto a este proyecto, ya que se piensa que podría una maniobra cuyo fin fuese dejar, definitivamente, fuera de la Unión Europea a Turquía.  Además, existen severas dudas respecto al carácter mediterráneo de este país, ya que si bien tiene costas en este mar, sus relaciones políticas, económicas y sociales están orientadas, en muchos casos, hacia otras regiones como Asia Central, el mundo musulmán, los estados turcomanos y, últimamente, África.

Por último, no se puede dejar de mencionar que al Mashrek no le interesa esta iniciativa y parece estar mucho más enfocado en solucionar los problemas existentes en Medio Oriente y seguir puliendo un bloque en el Golfo.

Avances en relaciones entre países

Un aspecto positivo de la Cumbre Euromediterránea de Paris es el hecho que esta reunión sirvió para que produjeran necesarios e imprescindibles acercamientos entre estados que no poseen buenos nexos entre sí.  Es el caso, por ejemplo, de lo que ocurre entre Francia y Siria, Libia y Siria e Israel y Líbano.  Las relaciones entre dichos países han tenido serios inconvenientes en los últimos años y es por eso que un aproximamiento a nivel gubernamental se consideraba esencial para mantener con vida las esperanzas de un cierto éxito para este proceso que recién comienza.

Al respecto, quizás en este ámbito se establecieron los hechos concretos más relevantes y cuyo alcance va mucho más allá del espacio mediterráneo e involucra, directamente, al conflicto árabe-israelí y a todo lo que acontece en Medio Oriente.  Lo de Francia y Siria es muy positivo, ya que ambos países mantenían bloqueadas sus relaciones desde 2005, año del asesinato del entonces primer ministro libanés Rafik Hariri.  Igual de esperanzador ha sido el establecimiento de relaciones diplomáticas plenas entre Siria y Líbano, algo inédito desde que ambos países lograran su independencia en 1943.  Si bien este hecho se produjo el 13 de agosto, un mes antes, en Paris, ambos gobiernos ya habían anunciado que estaban en serias negociaciones para iniciar el camino diplomático entre los dos países.  Por último, y aunque sólo fueron declaraciones, no se puede dejar de mencionar que el presidente sirio, Bashar Al-Assad, y el primer ministro israelí, Ehud Olmert, dejaron abierta la opción a un diálogo, algo que ya ha comenzado desde hace un tiempo gracias a la mediación de Turquía.

Reinserción de Egipto en el contexto mediterráneo

Si bien siempre se ha dicho que Egipto es uno de los países más importantes dentro del contexto africano, árabe, musulmán y mediterráneo, las relaciones que aquel estado mantiene con gobiernos europeos ha sido un tema de gran relevancia.  A sabiendas de las buenas conexiones existentes entre Egipto y Estados Unidos, era necesario establecer lo mismo, pero con la Unión Europea.  Ahora, hasta el momento no se puede decir que egipcios y europeos gozan de una gran relación, pero al menos se le está empezando a dar mayor poder e importancia al gobierno egipcio en el “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”.

No es coincidencia que la primera copresidencia de este bloque haya quedado en manos, justamente, de Francia y Egipto.  En este sentido, hay que destacar la figura de Hosni Mubarak, un líder que, como ya se ha hecho costumbre, sirve para demostrar el doble discurso de los europeos.  Claro, porque al igual que en otras naciones árabes y/o musulmanas, la Unión Europea apoya a un presidente que claramente ha caído en violaciones a los derechos civiles de su población.  Sin embargo, Europa parece preferir esta situación en la medida que se mantenga un gobierno laico en Egipto u otros estados árabes.  Es por esto que surge la pregunta, ¿realmente existe una conciencia democrática?, ¿o sólo se trata de buscar los beneficios personales?  Da la impresión que se trata de lo segundo y por eso, aunque suene majadero, no es una mera casualidad ver a Egipto teniendo un rol protagónico.

Finalmente, cabe consignar que cuando se inició el Proceso de Barcelona original, muy pocos estados árabes estaban con esta iniciativa.  Hoy, la situación ha cambiado y ahora el único que no está es Libia.  Por eso, nuevamente aparece como fundamental el rol que pueda cumplir Egipto en la primera copresidencia correspondiente a la ribera sur del Mediterráneo.  ¿Será capaz Hosni Mubarak de torcer la mano de Muammar al Gaddafi?, ¿logrará seguir frenando las revoluciones religiosas y sociales que amenazan con explotar en países como Argelia y Líbano?, ¿podrá el gobierno egipcio establecer nexos con una Mauritania bajo el poder de los militares?  Estos y muchos otros serán los desafíos que tendrá Egipto.  Y siempre bajo la firme observación de Europa.

Conclusiones y proyecciones

Entendiendo la etapa previa a la Cumbre de Paris, el desarrollo de la reunión y el paso de los meses, se pueden elaborar un comentario u observación final.  Si bien el nuevo formato del original Proceso de Barcelona ha demostrado mayor acción y presencia -básicamente gracias a la campaña del presidente francés Nicolas Sarkozy-, nada hace presagiar que esta iniciativa está encaminada al éxito.  En paralelo, tampoco se puede decir que es la crónica de una muerte anunciada.  Sin embargo, existen evidentes señales que sugieren prudencia a la hora de pensar en un futuro positivo para el “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”.

Claro, ya se realizó una primera reunión con 43 jefes de gobierno y/o estado, pero aquello aún no es suficiente para sentir que la base de este proyecto es sólida y con una importante garantía de permanencia en el tiempo.  Alguien dirá que ya cuenta con una secretaría, con una copresidencia y con seis proyectos de alto vuelo.  Empero, hay que hacer un cuestionamiento lógico respecto a cómo concretar las iniciativas y los planes ideados en la Cumbre de Paris.  Por ejemplo, preguntarse de dónde vendrán los recursos económicos o qué sienten los pueblos de los 43 estados involucrados en esta unión mediterránea.  ¿Realmente existirá un apoyo por parte de las masas en cada uno de los países involucrados?, ¿podrá aportar la Unión Europea con dinero si ya tiene hecho su presupuesto hasta 2013?, ¿será capaz el Banco Europeo de Inversión de soportar todo el costo económico?, ¿estará dispuesto a hacerlo?

Otro asunto muy importante es saber si aquellos proyectos de infraestructura en la zona costera magrebí tendrán un alto impacto en el ecosistema de la región.  Se debe realizar un estudio profundo, que permita estar seguro que lo que se construirá sólo traerá beneficios y no turbulencias para los estados involucrados.  En países como Argelia, Egipto y Túnez un estallido social podría agudizar más la inestabilidad política de sus gobiernos y aquello traería nefastas consecuencias para Europa.  El riesgo de enfrentamientos ideológicos es demasiado grande y un error en la concepción de los proyectos euromediterráneos podría, en vez de aunar posturas, agudizar las divisiones ya existentes entre la ribera sur y norte.

En este sentido, cabe preguntarse qué sucederá con los diversos bloques regionales que de una u otra forma tienen nexos con el “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”.  Por ejemplo, ¿será capaz la Unión Europea de sobrellevar su división interna?, ¿afectará esto al equilibrio europeo?

Misma pregunta debe hacerse respecto a la Unión por el Magreb Árabe (UMA), un organismo que está prácticamente paralizado desde hace cerca de 15 años.  Es por esto que el cuestionamiento apunta a la nueva realidad de la UMA, que deberá definir, en conjunto, qué importancia le darán a la unión mediterránea recientemente planteada.  Será interesante ver cómo dialogan entre sí Argelia y Marruecos, líderes de la región, pero que aún mantienen una disputa por el Sahara Occidental.  Hay que ver cómo lo hacen estos países para convivir en un proyecto euromediterráneo tomando en cuenta que ya arrastran difíciles relaciones con sus vecinos.  Aparte, ¿qué ocurrirá con la UMA?, ¿se debilitará o fortalecerá en caso que el “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo” sea un éxito o fracaso?

Tampoco se puede soslayar lo expresado por Muammar al Gaddafi y que fue respaldado, implícitamente, por el presidente senegalés Abdoulaye Wade.  El asunto tiene que ver con la principal advertencia hecha por el líder libio, quien asegura que este proyecto podría generar divisiones al interior del mundo africano y árabe.  Es así que Wade fue bastante claro, al decir que “la idea de una Unión por el Mediterráneo, si se realiza, permitirá a África del Norte arrimarse a Europa, pero será una barrera que aislará a África del Sur del Sahara.  De eso, los africanos deben estar muy conscientes”.

Los conflictos regionales son otro factor a tomar en cuenta y que permite no ser tan optimista respecto al devenir del “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”.  Claro, porque en los alrededores y en la misma cuenca mediterránea, una serie de problemas y litigios fronterizos deben convivir, obligatoriamente.  Existen focos conflictivos de gran preocupación y que pueden influir en las relaciones entre los estados involucrados y, por ende, al interior de esta nueva unión mediterránea.  Sólo basta recordar el conflicto palestino-israelí, el proceso de paz en Medio Oriente, la crisis interna del Líbano, la división de la isla de Chipre, las disputas por yacimientos petrolíferos entre Malta y Argelia y, por supuesto, la rebeldía de Libia y la reticencia de Turquía.  Todo eso, sin siquiera contar el conflicto del Sahara, el eterno problema de la inmigración clandestina e ilegal y, relacionado con esto último, las consecuencias de la última ley de inmigración aprobada por la Unión Europea.

Todo eso hace ver que la realidad empírica demuestra una mayor probabilidad o tendencia hacia la división, más que a la unión.  Ese será, entonces, el verdadero desafío del naciente “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”.

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
@Ratopado

 

 

 

 

 

 

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Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo, ¿un capricho condenado al fracaso?

Fecha 11/07/2008 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Dentro de las próximas horas se realizará la esperada Cumbre Euromediterranea de Paris, una de las obsesiones del presidente francés Nicolas Sarkozy.  Tras un arduo trabajo diplomático, giras por Medio Oriente y el Norte de África, finalmente se llevará a cabo este encuentro y, para felicidad del mandatario galo, contará con la mayoría, si es que no todos, sus invitados.  El único ausente será el líder libio Muammar Al Gaddafi, quien no está de acuerdo con este proyecto.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 11 de julio, 2008

union_for_the_mediterraneanLos 43 estados que tomarán parte en este evento tendrán mucho por hablar.  Quizás demasiado y, justamente, ese es uno de los principales problemas de este encuentro.  Al ver que un hombre piensa reunir tal cantidad de países en pos de un mismo camino, las proyecciones no pueden ser muy optimistas.  No se trata de ser alarmista, pero emprender una misión así es demasiado difícil y, especialmente, tomando en consideración a quienes integrarían este nuevo “barrio” o espacio común.

Ya no se trata de aunar naciones con una religión común o con un pasado cultural similar.   Tampoco son gobiernos que tengan excelentes relaciones y, en el caso de algunos, que ni siquiera han entrado en mayor profundidad con algunos de los estados reunidos bajo el amparo de la Unión por el Mediterráneo.  Peor aún, existen grandes diferencias económicas, políticas y sociales entre muchos de los países en cuestión y, finalmente, una serie de conflictos aún permanecen sin solución.  Por eso, pensar en que una unión como la que plantea el presidente francés, Nicolas Sarkozy, parece, al menos de momento, muy poco viable.  Al menos en el corto y mediano plazo.

Un ejemplo sirve para consolidar lo anteriormente expresado.  Si la Unión Europea, quizás el  bloque regional más avanzado del mundo, ha tenido que enfrentar serias crisis internas ante ciertas coyunturas (Ej.- el “No” de Irlanda, Holanda y Francia a ciertos referéndums, los problemas de políticas inmigratorias y los dolores de cabeza provocados por Polonia), cabe preguntarse qué ocurriría con la famosa Unión por el Mediterráneo.  Mientras el bloque europeo cuenta con 27 miembros, el nuevo grupo mediterráneo llegaría a 43 estados.  Además, lo curioso es que se habla de una “Unión por el Mediterráneo”, pero más de la mitad de las naciones que son parte de este conglomerado están más cerca del Mar del Norte, el Mar Báltico o incluso del Polo Norte.  Y esto último no es un capricho, sino que busca demostrar la verdadera realidad de un grupo de estados que no son homogéneos y que, dadas sus condiciones específicas –sociales, políticas y económicas- hacen bastante inviable este proyecto.

Puede ser que la voluntad de crear un ente nuevo, capaz de ir solucionando los problemas que afectan al Mar Mediterráneo sea un buen motivo para creer en esta cruzada quijotesca, pero eso no es suficiente para que la Unión por el Mediterráneo llegue a consolidarse y a funcionar tal cual Nicolas Sarkozy lo quiere.  De momento, y esa es la impresión que queda, es que al igual que otros bloques poco estudiados, improvisados y carentes de una sólida base, aquí ocurrirá lo mismo, es decir, seguramente se avanzará en un principio, pero luego todo debiera entramparse en pantanos políticos.

Algunos motivos para el escepticismo

Una visión general de lo que ha sido el Proceso de Barcelona, desde sus inicios, en 1995, hasta lo que es hoy, permite elaborar ciertas proyecciones.  La primera, y que parece demasiado lógica, es el hecho de ver cómo se ha desvirtuado un proyecto que tal cual estaba originalmente planteado era muy interesante.  Sólo los estados con costas en el Mediterráneo serían parte de lo que sería aquella unión.   Sin embargo, aparecieron las voces discordantes en Europa, diciendo que este tipo de asociaciones podrían ir en contra del espíritu de la Unión Europea.  Este fue, justamente, uno de los motivos que introdujo Angela Merkel y, de hecho, gracias a este argumento logró que se incluyera a todos los estados miembros del bloque europeo.  Ahora, lo que llama la atención es que una persona tan interesada en mantener la unión de una región, no haga lo mismo con sus vecinos de al frente, es decir, africanos y árabes.  Es el doble standard que tanto molesta y que, realmente, es lo que provoca tantos roces entre unos y otros.

No tiene sentido analizar en profundidad cada una de las aristas “negativas” que tiene este proyecto, ya que aquello sería muy largo y daría para una serie y profunda investigación.  En este sentido, lo que sí se puede hacer es revisar, someramente, algunos de los principales motivos que hacen dudar del éxito que pueda tener la Unión por el Mediterráneo.  Argumentos políticos, económicos y sociales.  Esa es la base de la desconfianza.

Lo primero es dejar en claro que no hay una postura única entre los diversos implicados en este asunto.  Al interior de la Unión Europea, no hay voces que vayan en contra de la corriente, pero ciertamente hay distintas velocidades, interpretaciones y expectativas en torno al Proceso de Barcelona.  Mientras la Francia “sarkozista” ha asumido un notable liderazgo y se ha movido para que este proyecto pueda dar sus primeros casos, otros países europeos no tienen la misma actitud.  Alemania, España e Italia mira con ciertas precauciones todo este suceso y da la impresión que tienen severas dudas respecto a si esto funcionará.  Otros miembros de la Unión Europea no están muy entusiasmados y sólo se preocupan de estar informados, lo cual es lógico, ya que, por ejemplo, es entendible que a los países bálticos les interesa más formar una alianza entre sí y con sus vecinos de la ex órbita soviética.  Finamente, también hay naciones, como Grecia, que se han convertido en fieles apoyos, aunque siempre desde un segundo plano.

Ahora, esta carencia de una mirada común es algo que también ocurre en los demás estados no europeos que forman parte del “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”.  En el norte de África, Argelia y Libia han dado muestras de no estar muy conformes con este proyecto y, tanto así, que el mandatario libio, Muammar Al Gaddafi, ha boicoteado la cumbre de Paris y ha dicho que él no está para que nuevamente los europeos vengan a pisotearlos.  No lo ha dicho con esas palabras, pero con el mensaje que entrega está claro que eso es lo que piensa.  Gaddafi incluso realizó un pequeño encuentro junto a otros líderes árabes, en junio pasado, en el cual dio a entender su postura y las dudas que tenía respecto al proyecto impulsado por Nicolas Sarkozy y avalado por los 27 estados miembros de la Unión Europea.  Los temores del coronel libio hacen referencia a una posible división al interior del mundo árabe y africano.  De hecho, le dijo a los representantes europeos que no se negocia, ni se dialoga con algunos países específicos, sino que con todos y que para eso están la Unión Africana y la Liga Árabe.  Finalmente, Gadaffi definió a este proceso como un “campo minado” y que en cualquier minuto puede estallar.

Pero él no es el único con aprensiones, ya que la mayoría de los estados magrebíes piensan que a la hora de establecer nexos y relaciones económicas los europeos van a intentar imponer sus términos, algo que no les gusta y que, de hecho, les ha ocurrido en el pasado.  Por eso, existen voces de discordia entre los países agrupados en la Unión del Magreb Árabe.  De ellos, son Argelia y Libia quienes muestran una mayor distancia respecto a una posible Unión del Mediterráneo.  Marruecos y Túnez, por el contrario, han manifestado su intención de colaborar con la creación de este proyecto, aunque siempre dejando en claro que no aceptarán ser socios de segunda categoría.

Respecto a los estados árabes, africanos y del Medio Oriente, el principal motivo que genera desconfianza es la idea de tener en un mismo bloque a Israel y otras naciones que todavía tienen problemas con dicho país. Y no son pocos, ya que Siria, Líbano, Autoridad Palestina, Libia y Argelia no tienen grandes relaciones con el gobierno israelí.  Incluso, anteriores aliados, como Mauritania, se han alejado un tanto.  Sólo Jordania y Egipto mantienen relaciones diplomáticas con Israel, a lo cual se suma una buena comunicación con las autoridades marroquíes.  Quizás, el único punto positivo sean los acercamientos entre Siria e Israel, bajo la mediación de Turquía.  Ahora, más allá de los problemas específicos que puedan tener países determinados, cabe preguntarse cómo se puede pensar incluir árabes e israelíes en una misma unión, si todavía no han solucionado muchos de sus conflictos.  Aún están presentes en la memoria árabe la invasión al Líbano, los altos del Golán y la creación del estado palestino como una nación reconocida legalmente en todo el mundo.  Por eso, pensar en una Unión del Mediterráneo con estos complejos escenarios aún sin resolver, no sólo parece inoportuno y desatinado, sino que también falto de respeto.  Antes de intentar crear nexos sólidos, lo primero es generar una base real de confianza y eso, claro está, no existe.

Además, por si fuera poco, las relaciones al interior de los diversos bloques regionales no son perfectas. La Unión Europea pasa por una nueva crisis tras el “No” de Irlanda al Tratado de Lisboa, la Unión del Magreb Árabe nunca ha podido consolidarse con una voz única y representativa de sus integrantes.  El conflicto del Sahara sigue dividiendo a marroquíes y argelinos y no da señales de pronta solución.  En Medio Oriente, los países árabes no están tan unidos, algo que no es novedad.  Siria y Egipto no poseen grandes relaciones;  Israel genera conflictos con Siria y Palestina; y, finalmente, no existe una entidad que agrupe a todos los estados de la región.  Lógico, porque mientras no se solucione el problema palestino aquello no podrá llevarse a cabo.

Estos hechos hacen pensar que quizás sería más lógico esperar que estas zonas logren unirse y cohesionarse como bloque, para, una vez que esto se lleve a cabo, intentar una unión de uniones.  Si el Magreb tiene una sola voz y lo mismo ocurriese con Medio Oriente, las reuniones y el diálogo con la Unión Europea serían mucho más fluidas y fáciles.  Lamentablemente, la realidad de hoy muestra falta de comprensión, pocos puntos de encuentro y muchos problemas aún por resolver.

Y hablando de coyunturas conflictivas, es necesario recordar algunas que, desafortunadamente, tienen mucho peso y relevancia.  Al mencionado problema árabe-israelí y a la cuestión palestino-israelí, hay que sumar el auge del terrorismo en el Magreb y, específicamente, en Argelia.  El asunto es que la mayoría de los blancos terroristas tienen como objetivo a los europeos o a representantes del gobierno argelino, que buscan una apertura y una menor influencia del Islam en la vida política.  Así las cosas, resulta difícil imaginar al pueblo de Argelia aceptando una unión con sus vecinos europeos, que, lamentablemente, para muchos argelinos no son más que rivales.  El Mar Mediterráneo también es escenario de enfrentamientos, ya que el asunto de la división de Chipre entre los greco y turcochipriotas es un problema de mucha profundidad y que incluso ha sido un obstáculo para el proceso de adhesión de Turquía a la Unión Europea.  Al respecto, nuevamente llama la atención que al gobierno turco le pongan como condición de entrada que normalice sus relaciones con Chipre, pero, curiosamente, para una Unión por el Mediterráneo, aquello no es un obstáculo.  Otra vez el doble estándar.  Finalmente, otro gran conflicto tiene que ver con las disputas por el petróleo, algo que involucra a Malta, Libia y Argelia, que no cesan en su disputa por yacimientos petrolíferos ubicados en la cuenca mediterránea.

Turquía es otro de los puntos fuertes dentro de los argumentos que permiten vislumbrar un futuro no muy promisorio para la Unión por el Mediterráneo.  Esto, porque Nicolas Sarkozy ha mencionado, en varias oportunidades, que no quiere a Turquía adentro de la Unión Europea, pero que a cambio les ofrece este proyecto mediterráneo.  Obviamente, esto es algo que no sólo molesta, sino que provoca un profundo sentimiento de traición por parte del gobierno turco, que ha realizado importantes avances en pos de obtener el anhelado ingreso a la Unión Europea.  Turquía ya ha dado muestras de su evidente prudencia y distanciamiento respecto al Proceso de Barcelona, tal cual se ha ido modificando con el paso del tiempo.  Los representantes del gobierno turco han dejado en claro que jamás serán integrantes si eso les significara no poder ser miembro pleno del bloque europeo.  Por eso, y como reflexión final, es necesario cuestionarse hasta qué punto se puede confiar en el “amigo” Sarkozy, que es capaz de acercarse a todos los árabes, africanos y turcos, pero no desde tan cerca.  Puede buscar puntos de encuentro, pero lejos de su casa, que es la Unión Europea.

En cuanto a la inmigración, es un tema que también puede traer muchas discusiones, especialmente tras la última y polémica medida adoptada por la Unión Europea, que permite, entre otras cosas, retener por hasta 18 meses a los inmigrantes ilegales antes de enviarlos de vuelta a sus países.  El punto es muy claro, ya que las políticas de inmigración y desarrollo utilizadas por España y la estrecha colaboración de este país con Marruecos en esta materia chocan con la postura intransigente de algunos gobiernos europeos.  Marroquíes y españoles ya han iniciado un trabajo conjunto y seguramente no estarán dispuestos a botarlo para satisfacer las necesidades o caprichos de otros estados.  Aún menos, porque lo que ellos han ido generando les ha entregado buenos resultados y, lo principal, un acercamiento entre ambas naciones.

Finalmente, es bueno reflexionar acerca de las realidades sociales, económicas y políticas.  Es un tema muy largo, pero claramente existe un desequilibrio en la manera de vivir entre los países que participan en el Proceso de Barcelona.  Por dar algunos ejemplos, las violaciones a los Derechos Humanos se mantienen como una constante en los estados magrebíes –con mayor y menor intensidad según el gobierno del cual se trate-, la pobreza sigue siendo una fuerte amenaza en el Magreb y Medio Oriente y la manera de sentir la religión es una diferencia demasiado grande entre europeos, árabes y africanos.  Si en la Unión Europea, el concepto ”Eurabia” genera temor y desconfianza, si las construcciones de realidad hechas por los medios mantienen una imagen negativa del Islam y si en países como Argelia la hostilidad hacia extranjeros no cesa, entonces es muy difícil lograr consensos, en todo tipo de nivel, ya sea gubernamental o entre los pueblos.

Último pensamiento

La Unión por el Mediterráneo suena muy bien y aparece como una idea muy bonita.  Sin embargo, no es lo que muchos quieren hacer creer.  Aquí, el espíritu está bien dividido y son muy pocos los que realmente quieren una integración plena con países magrebíes y árabes.  Se trata, más bien, de una unión que podría traer beneficios para todas las partes involucradas, pero especialmente  para algunos.

Los recursos naturales ubicados en las costas africanas del Mediterráneo (petróleo, gas y fosfatos, entre otros), los productos pesqueros de Mauritania y Marruecos, la posición estratégica de Medio Oriente y la gran importancia de Turquía, como vía de transporte de petróleo y gas desde Asia Central han llamado la atención de una Europa que está cada vez más preocupada por la escasez de recursos productivos.  Ya explotaron sus costas y su dependencia de Rusia en temas energéticos es algo muy grave para ellos.

Al mismo tiempo, la necesidad de mejorar las relaciones y así evitar más confrontaciones y nuevos peligros para la sociedad europea, han llevado a los líderes del Viejo Continente a realizar esfuerzos en pos de obtener nexos más positivos con estados árabes y africanos.

Pero no será fácil, ya que hay temas muy profundos por resolver.  Esta vez, a diferencia de anteriores ocasiones, África y el Mundo Árabe no están dispuestos a ser explotados y ya han reivindicado sus derechos.  Trato igualitario y nada de miradas con desprecio.  Ni favores, ni regalos. Simplemente, lo que corresponde.

Es así que la Unión por el Mediterráneo deja un manto de dudas, por mucho que la Cumbre de Paris llegue a ser un éxito.  Así, brota la gran pregunta.

Unión por el Mediterráneo, ¿un capricho destinado al fracaso?

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
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Cheb Mami

Fecha 24/08/2007 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Conocido como el «príncipe» del Raï -estilo musical propio de Argelia y, específicamente, de Orán, que cuenta con influencias occidentales, árabes y orientales-, Cheb Mami es considerado uno de los músicos de mayor importancia en la historia de Argelia y del Magreb.

Nacido en Saida, Argelia, el 11 de julio de 1966, logró superar una infancia con dificultades económicas y pudo, poco a poco, desarrollar sus aptitudes en el canto. Así fue que recibió el apodo de «Cheb Mami», que en español significa «el joven adolorido».

Su nombre original era Ahmad Khelifati, pero en el ambiente musical se le conoce como Cheb Mami, algo que es usual en el estilo Raï, pues muchos cantantes reciben el apelativo de «Cheb» (joven, masculino) o «Cheba» (joven, femenino).

Sus canciones son muy melódicas y por eso han podido cautivar a millones en el mundo. Sus principales mercados discográficos son Argelia y Francia. Es en este último país donde ha desarrollado buena parte de su vida y su carrera como cantante.

Los mayores logros los ha obtenido a partir de la década de los 90, aunque ya en los años ochenta destacaba por su gran voz. A lo largo de su carrera ha grabado canciones y discos en diferentes idiomas (árabe, francés y dialecto argelino), lo cual le ha permitido ampliar aún más su horizonte.

Ha realizado grabaciones con diversos cantantes, desde raperos como K-Mel hasta grandes solistas como Sting.

La única mancha apareció en julio 2009, momento en el cual fue condenado a cinco años de cárcel. Supuestamente, Cheb Mami sedó a su pareja de aquel entonces, para luego intentar un aborto. Finalmente, el cantante argelino no consiguió su propósito y dicha mujer dio a luz. Un tribunal de Paris llevó a cabo el juicio en julio de 2009 y encontró culpable al «príncipe del Raï», razón por la cual actualmente cumple presidio en la capital francesa.

A continuación, algunas de las canciones más conocidas de Cheb Mami:

– «Yo Yo»

– «Fatma»

– «Parisien du Nord»

– «Baida»

– «H’babi»

– «Douha Alia »

– «Wo wo wo»

– «Yoam wara yoam»

– «Bledi»

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
@Ratopado

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Los desafíos de Sidi Ould Cheikh Abdallahi, nuevo presidente de Mauritania

Fecha 18/06/2007 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Tras el conteo de votos de la segunda vuelta electoral, los resultados dieron por ganador a Sidi Ould Cheikh Abdallahi,  ex ministro del anterior presidente y dictador mauritano Maaouya Ould Taya.  ¿Cuál será el devenir de la política en la nación islámica?, ¿será capaz de mantener hasta las últimas consecuencias un gobierno democrático, que continúe con el proceso de democratización en Mauritania?

Raimundo Gregoire Delaunoy | 18 de junio de 2007

sidi-ould-cheikh-abdallahiA fines de marzo se llevó a cabo la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Mauritania. Aquello no sólo era importante desde el punto de vista político, ya que entregaría el nombre del nuevo Presidente de la nación africana, sino que también era un hecho histórico, pues nunca antes se había realizado un «desempate» en la República Islámica de Mauritania.

El proceso comenzó el 11 de marzo pasado, día en el cual veinte candidatos participaron en las elecciones presidenciales, de los cuales sólo los dos de mayor votación definirían en una hipotética segunda vuelta. Finalmente, ocurrió algo previsible y ningún candidato obtuvo más del 25% de los votos. Sidi Ould Cheikh Abdallahi (24,79%) y Ahmed Ould Daddah (20,68%) se ubicaron en el primer y segundo lugar de las preferencias, respectivamente, y de esta forma llegaron al balotaje del domingo 25 de marzo.

Luego de la primera vuelta, la población apenas pudo conocer los procedimientos democráticos, los cuales eran muy novedodos para una nación que se familiarizaba más con dictaduras o gobiernos de partido único. Tanto así, que muchos electores ni siquiera fueron a votar en la segunda ronda electoral, pensando que aquello no los incluía o que era, simplemente, una sumatoria de votos. El hecho concreto es que Sidi Ould Cheikh Abdallahi -ex ministro del anterior presidente Ould Taya- obtuvo un estrecho triunfo ante Ahmed Ould Daddah, uno de los principales detractores y opositores del regimen autoritario de Maaouya Ould Taya. Visto como uno de los mejores represenantes del antiguo gobierno, Sidi Ould obtuvo un 52, 85% de los votos, lo cual le permitió transformarse como el nuevo Presidente de la República Islámica de Mauritania.

Cabe recordar que el proceso democrático mauritano comenzó en agosto de 2005, cuando el coronel Ely Ould Mohammed Vall aprovechó un viaje del entonces Presidente Ould Taya para derrocarlo, tras 21 años de gobierno, represión y elecciones fraudulentas. La promesa del militar fue que establecería un mandato de transición durante los próximos dos años, luego del cual se realizarían elecciones libres y transparentes. Además, se comprometió a no participar en dichos comicios y aseguró que los militares dejarían el poder tras ese período.

Las promesas se fueron cumpliendo, realizando enmiendas a la Constitución, aumentando las libertades personales y promoviendo el multipartidismo. El año pasado se llevó a cabo un referéndum acerca de las modificaciones constitucionales y, también, se desarrollaron las elecciones parlamentarias. Todo siguió su curso, hasta que tuvieron lugar las elecciones presidenciales, de primera y segunda vuelta.

Ahora, sólo queda por dilucidar qué ocurrirá con Mauritania, un país que ha podido llegar a una democracia, a pesar de los difíciles momentos acaecidos en las décadas de los ochenta y noventa. Ciertamente lo importante es destacar que el espíritu democrático y el respeto hacia la Constitución han triunfado, pero no será fácil lidiar con una serie de problemas.

En primer lugar, el ganador de las elecciones tendrá que revertir su derrota ante los electores de Nouakchott -capital de Mauritania- que dieron por vencedor a Ahmed Ould Daddah con un 52,67% contra un 47,32% de Sidi Ould Cheikh Abdallahi.

En segundo lugar, deberá afrontar con alturas de mira una situación que se presta para los abusos políticos. Se trata de la mayoría parlamentaria, ya que la coalición de 18 partidos que apoyó al reciente ganador cuenta con 55 de los 95 escaños del Parlamento, mientras que la Unión de Fuerzas Democráticas (RDF) -el único apoyo de su opositor-  posee sólo 15 asientos.

En tercer lugar, deberá convivir con la presión de realizar un buen gobierno, amagado por la historia militar de la política mauritana.  El peso de ser el primer gobierno democrático y que no tenga a un miembro de las Fuerzas Armadas como Presidente desde 1978 será una permanente preocupación y, de no saber asimilarlo, puede tener un alto costo para sus pretensiones.  De hecho, muchos especialistas califican como muy probable la posibilidad de que Elly Ould Mohammed Vall decida presentarse como candidato en las próximas elecciones.

En cuarto lugar, deberá hacer frente al Partido Republicano para la Democracia y la Renovación (PRDR), que corresponde a la nueva versión del antiguo Partido Republicano Democrático y Social (PRDS), y que fue el fiel aliado de Maaouya Ould Taya. La pregunta es si acaso Sidi Ould Cheikh Abdallahi será capaz de soslayar el hecho que él fue Ministro del antiguo régimen, avalado por este mismo partido.  La sombra de su pasado será un constante motivo de dudas y ataques por parte de sus opositores, razón por la cual se verá en la obligación de mantener el equilibrio de fuerzas políticas.

Afortunadamente, dicho grupo no sólo disminuyó notablemente su influencia política en el Parlamento (en 2001 obtuvo 64 puestos, mientras que en 2006 y con la nueva denominación sólo alcanzó 7 asientos), sino que también ha cambiado algunas de sus directrices, especialmente en el tema israelí. De hecho, el año pasado hicieron una declaración pública en la cual criticaban el actuar de Israel en la invasión al Líbano, lo cual demuestra que han dejado a un lado el accionar pro-Israel que tanto impulsó Ould Taya.

En quinto lugar, el nuevo gobierno tendrá el desafío de involucrar a las diversas etnias que componen al pueblo mauritano. Es así que deberá eliminar las barreras existentes entre los árabes y bereberes -apoyados por el anterior gobierno de Taya y que constituyen cerca del 70% de la población- y los mauritanos del sur –de tipo negroide, representando al 30% de los habitantes-, olvidados y desperfilados durante los 21 años de mandato de Maaouya Ould Taya.

En sexto lugar, será el momento ideal para insertar a Mauritania dentro del mundo económico, intentando minimizar la dependencia de su economía en la agricultura y la pesca, la primera de ellas menguada por la avanzada desertificación de ciertas zonas del país y, también, amenazada por las plagas de langostas. Para ello, será necesario insistir en la explotación de recursos minerales -cobre, hierro y oro- y la exploración de fuentes energéticas como el petróleo y el gas.

Finalmente, tendrá la obligación de mejorar la pésima imagen que tiene Mauritania en lo que respecta a la política exterior. Bajo el mandato de Ould Taya se empobrecieron las relaciones con países limítrofes como Malí y Senegal (con este último tuvo serios problemas en 1989) y, además, se enfriaron aún más los contactos con Marruecos, al apoyar y reconocer con firmeza a la República Árabe Saharawi Democrática.  También, deberá demostrar que el apoyo brindado por parte del gobierno de Taya a Iraq en la Guerra del Golfo de 1991 fue un error y, por lo mismo, tiene la obligación de restituir sus relaciones con los países árabes, las cuales fueron muy cuestionadas por parte de estos últimos tras el mencionado caso de Iraq y el apoyo mauritano a Israel.

Seguramente vendrán inmensos desafíos, pero como ya se mencionó anteriormente, lo principal es dar cuenta de un proceso democrático como pocos. Ha sido un ejemplo para la atribulada política africana y, también, sirve para que Occidente deje de estigmatizar a África como un continente de barbarie.

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
@Ratopado

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