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La UE y su deuda con los refugiados

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La UE y su deuda con los refugiados

Fecha 2/10/2017 por Raimundo Gregoire Delaunoy

En los últimos días se ha debatido mucho (quizás demasiado) sobre las elecciones legislativas alemanas y el cuarto período de Angela Merkel a la cabeza de la política alemana (y europea). Entre otros temas, se ha dicho que ha sido el triunfo del “europeísmo” y se ha alabado la valentía de Merkel para enfrentar el tema de la migración.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 2 de octubre de 2017

(Columna de opinión publicada en Cooperativa.cl)

(Fuente: Freedom House)

Sin embargo, cabe poner paños fríos y analizar la real situación de los refugiados en la Unión Europea (UE). Según datos de la Comisión Europea, la UE debió haber reasentado y reubicado a 182.504 refugiados al 26 de septiembre del presente año. Parecía ser un bonito compromiso –aunque las cifras son mínimas si se comparan con la cantidad de refugiados acogidos por Turquía, Líbano, Jordania y otros países de Medio Oriente, que superan los 4.000.000-, pero todo terminó mal, ya que la UE falló y no cumplió su promesa. Claro, pues apenas reasentó y reubicó al 25,49% del total comprometido. En una sola palabra, vergonzoso.

Cabe decir, en honor a la justicia, que hubo estados que sí respondieron. Por ejemplo, en el ítem de la reubicación (desde Grecia e Italia) Malta acogió al 113% de lo pactado, mientras que Finlandia (94%) e Irlanda (92%) estuvieron muy cerca de la meta fijada. La Alemania de la alabada Angela Merkel obtuvo un discreto 28%, mientras que Francia y España alcanzaron indignos 22% y 14%, respectivamente. Peor aún, hubo otros miembros de la UE que tuvieron menos de 10% y hubo otros que se negaron a recibir refugiados.

Si vemos el tema de los reasentamientos (desde fuera de la UE), los números mejoran bastante –diez países llegaron al 100%, dentro de los cuales está Alemania, y otros cinco mostraron cifras superiores al 80%, dentro de los cuales está Francia-, pero esto no borra la triste realidad. Y es que ese 25,49% de cumplimiento no se puedo soslayar, ni esconder o tapar. La crisis humanitaria está viva y lo acontecido con los reasentamientos y reubicaciones confirma, una vez más, que la política exterior de la UE en el tema de las migraciones ha fracasado.

Los motivos son diversos –existencia de criterios de selección poco atinados, falta de cohesión política al interior de la UE, carencia de mecanismos punitivos para los estados miembros que no cumplen o se niegan a asumir los acuerdos comunes, voluntad política y más empatía y solidaridad, entre otros- y es momento que el bloque de integración europeo analice la situación y reflexione sobre lo acontecido. Las crisis humanitarias siguen muy presentes en Irak, Siria, Afganistán, Libia, Sudán del Sur, Eritrea, Yemen y Palestina (por dar algunos ejemplos) y las medidas (léase, las políticas establecidas) tomadas por la UE han estado lejos de ser soluciones para estos conflictos, en lo cuales, vale recordar, el bloque europeo ha tenido mucha responsabilidad. Es cosa de ver lo que está ocurriendo en Libia, donde queda la impresión que la intervención francesa está empeorando la situación, y en Siria, donde Turquía, Irán y Rusia, aparentemente, han dejado a la UE en un segundo plano de influencia. Además, la fórmula de pagar a terceros para que éstos se hagan cargo del problema es una demostración de la pérdida de humanidad de países que olvidan su historia reciente, en la cual millones de sus habitantes –todos ellos refugiados o inmigrantes- fueron acogidos por países del “Tercer Mundo”.

Mientras, el fenómeno migratorio seguirá dejando muertos, heridos, violados y, en definitiva, una estela de abusos y sufrimiento. Solo por dar una cifra, al 25 de septiembre se registraban 4.147 inmigrantes muertos en el mundo, de los cuales el 64% corresponde a la famosa (y triste) ruta del Mediterráneo. Como se puede ver, el problema está en las mismas puertas de Europa, pero esta última aún no reacciona y sigue repitiendo, año tras años, fracasos en sus políticas.

Pero eso no importa, pues acaba de ganar Angela Merkel y eso augura buenos tiempos para la Unión Europea y el “europeísmo”. Si en medio de eso siguen muriendo personas, eso da lo mismo.

Solo son iraquíes, sirios, senegaleses, afganos o eritreos. Y ellos no cuentan.

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
@Ratopado
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl

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Crisis diplomática entre Países Bajos y Turquía, ninguna sorpresa

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Crisis diplomática entre Países Bajos y Turquía, ninguna sorpresa

Fecha 17/03/2017 por Raimundo Gregoire Delaunoy

El reciente fin de semana ocurrió algo que llamó la atención, desde el punto de vista diplomático, pero que, finalmente, no puede ser considerado como una situación inesperada y aislada. La nueva polémica (una más) entre un estado de la Unión Europea (en este caso, Países Bajos) y Turquía ya no sorprende y, peor aún, parece ser algo sumamente lógico.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 14 de marzo de 2017
(originalmente publicado en Cooperativa.cl)

Copyright by World Economic Forum
swiss-image.ch/Photo by Andy Mettler

La historia ya es conocida, pero vale la pena realizar un breve resumen. El ministro de Asuntos Exteriores de Turquía quiso participar en una actividad, a realizarse en Países Bajos, cuyo objetivo era informar a la comunidad turca –se estima en 500.000 la cantidad de ciudadanos turcos viviendo en territorio holandés- sobre el próximo referéndum que tendrá lugar en Turquía y que, como ya se sabe, definirá si se le entrega más poder a la figura del presidente. Esto último, es algo bastante relevante tomando en cuenta el proceso de “eternización” o “entronización” que está llevando a cabo Recep Tayyip Erdogan, actual mandatario de Turquía.

El problema es que las autoridades neerlandesas le negaron el ingreso al país al mencionado ministro. Ahí comenzó todo, pues el representante del gobierno turco no opuso mayor resistencia, pero se fue rumbo a Francia. Ahí, sí fue recibido y, de hecho, aprovechó para mandarle algunos mensajes a la administración de Países Bajos.

El asunto no se terminó ahí, ya que, algunas horas después, la ministra de Familia también sufrió con el trato dado por las autoridades neerlandesas. La mencionada representante del gobierno turco quiso entrar al consulado de Turquía en Rotterdam, pero se le impidió aquello y, posteriormente, fue llevada hacia el aeropuerto –acompañada por policías- y, una vez ahí, fue deportada (y declarada persona non grata) hacia Alemania, país del cual provenía.

Acto seguido, la “polémica” comenzó a subir de tono, pasando a convertirse en un grave incidente diplomático y político. Por un lado, el gobierno de Países Bajos expresaba su derecho a decidir quién entra a su territorio, mientras que, por el otro, la administración de Turquía consideraba que se habían violado principios relativos a los protocolos y a los derechos de los diplomáticos. Por ejemplo, respecto al uso del pasaporte diplomático. En medio de esto, aparecieron protestas en Países Bajos y Turquía, todas realizadas por turcos. Así, Países Bajos cerró su embajada y su consulado en Estambul, en tanto que un turco logró ingresar al consulado holandés, para luego sacar la bandera neerlandesa y poner, en su lugar, la de Turquía. En paralelo, el gobierno de Turquía le pedía el embajador de Países Bajos que “alargara sus vacaciones”, pues no sería recibido de regreso.

Ahora, dejemos a un lado el relato cronológico de los hechos y vayamos hacia los asuntos centrales. Primero, y más allá de si la administración neerlandesa tiene razón o no en la base de sus actuaciones, lo hecho con los ministros turcos fue un terrible error o, si se prefiere, un horror diplomático. ¿Qué costaba negociar y ver la posibilidad de anular (por medio de una vía pacífica) o posponer las actividades?, ¿era muy difícil dejarlos entrar y, luego, conversar para expresarles que no estaban de acuerdo con lo que ellos querían hacer en territorio holandés?, ¿acaso no pensaron que tirarle policías o negarle el ingreso a representantes de un gobierno traería consecuencias? Y, peor aún, ¿no entienden el contexto actual, en el cual Europa se enfrenta a serios problemas como la inmigración y el terrorismo, además de la creciente islamofobia? Así, por donde se le mire, el procedimiento de las autoridades neerlandesas estuvo lejos de ser algo correcto.

Segundo, la reacción del gobierno de Turquía o, más bien, de algunos de sus representantes pareció una rabieta de un niño y no la de un adulto que, en teoría, sabe que en el mundo de la diplomacia hay que cuidar la forma de expresarse. Entendiendo que recibieron un trato denigrante, hablar de una “Países Bajos nazi”, de “fascismo” o decir que “habrá serias repercusiones, incluso si se disculpan” no fue más que echarle más bencina al fuego.

Tercero, y esto es algo que no puede negarse –por más que algunos políticos europeos digan lo contrario-, la postura ambigua y cambiante de la Unión Europea (UE) respecto al proceso de adhesión de Turquía a la UE ha sido un elemente clave al momento de analizar el por qué de las fricciones que se vienen desarrollando, hace años, entre ambas partes. En este sentido, cabe consignar que la UE estableció, en 2004, que Turquía cumplía con todos los criterios políticos de Copenhague y, posteriormente, en 2005, dio inicio a las negociaciones para la adhesión.

Sin embargo, declaraciones como aquellas de Nicolas Sarkozy, realizadas en 2006, (“debemos decidir quién es europeo y quién no. No podemos dejar abierta esta cuestión”) comenzaron a mermar el proceso de adhesión. Así, diversos gobiernos europeos comenzaron a mostrar posturas poco claras en relación a Turquía y esto, obviamente, fue mermando la confianza del gobierno de Turquía respecto a los estados miembros de la Unión Europea. Eso sí, también es necesario decir que, en paralelo a esto, Turquía cometió errores, como su postura frente a la cuestión chipriota y la demora en ciertos aspectos claves que era necesario mejorar para así fortalecer el proceso de adhesión.

Cuarto, no es una mera casualidad que las últimas polémicas de Turquía hayan sido con países que, históricamente, han tenido altos grados de rechazo frente al ingreso de Turquía en la Unión Europea. Dentro de dichos estados se encuentran, justamente, Países Bajos, Austria y Alemania, con quienes ha habido choques durante marzo.

Quinto, la polémica con Turquía ha demostrado, una vez más, que existen serias grietas en el interior de la Unión Europea. En forma más directa y fácil, se evidencia, nuevamente, que hay muchas divisiones al interior de la UE. El hecho que Países Bajos expulsara a un ministro, pero que Francia lo dejara entrar es una prueba de ello, algo que, además, generó discusiones en la política interna gala.  Así, es momento que la UE defina, de una buena vez, qué hará con Turquía, aunque todo indica que el proceso de adhesión de Turquía parece estar más cerca del fracaso que de una etapa de renacimiento. Esto último, pues el letargo del mismo ha significado que aumenten los porcentajes de rechazo (de la población europea) en relación al ingreso de Turquía y que, en paralelo, se incremente la indiferencia y la oposición (de la población turca) al “sueño europeo”. Por ejemplo, ante la pregunta de si el ingreso de Turquía era algo positivo (para la población turca), la respuesta “sí” fue cayendo progresivamente. Si en 2004 un 73% aprobaba eso, en 2006 ya bajaba al 54%, mientras que en 2016 la caída era total y mostraba un 28% de apoyo. Junto a eso, un 46% considera (en 2016) que entrar a la UE no sería un beneficio. Al mismo tiempo, aumenta la valoración negativa en el tema del ingreso de nuevos miembros a la UE. Así, en Austria -según cifras del año pasado-, un 71% considera que no es bueno seguir alargando la UE, en tanto que los números en Alemania y Países Bajos llegan a un 68% y 64%, respectivamente.

Sexto y último, se puede concluir que lo acontecido entre Países Bajos y Turquía (confiando en que no pase a mayores y no se convierta en un problema entre la UE y Turquía) es la natural consecuencia de un proceso que ha variado demasiado con el paso de los años. Y no solo se trata de los elementos mencionados previamente, sino que también por el hecho que los contextos globales y regionales han variado mucho. Además, la “negligencia diplomática” se ha mantenido durante varios años y eso ha llevado, como era esperable, a permanentes roces, choques o conflictos. Y si a esto agregamos fenómenos del último tiempo (una cada vez más fuerte islamofobia, la “islamización” de Turquía, el drama de la inmigración, la presencia del Estado Islámico y la existencia de guerras en países como Libia y Siria), las proyecciones sobre la relación entre la UE y Turquía no pueden ser positivas. Por eso, es momento para que ambas partes reflexionen y entiendan que deben adaptarse a las nuevas condiciones, aunque, quizás, aquello no ocurrirá.

El distanciamiento ha aumentado y las diferencias se han convertido en protagonistas. Y el ambiente político-social está cada vez más revuelto.

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
@Ratopado
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl

 

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El Mediterráneo y la desidia del mundo

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El Mediterráneo y la desidia del mundo

Fecha 1/09/2015 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Las imágenes hablan por sí solas. Las cifras, también. Por ejemplo, ya son cerca de 300.000 personas las que han cruzado el Mediterráneo  -a lo cual se deben sumar más de 2.500 muertos- y, todas ellas, escapando de alguna desgracia. Muchos, de la guerra, otros de persecuciones étnicas y no faltan quienes se van de sus países por motivos religiosos.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 1 de septiembre de 2015

(Originalmente publicada en Cooperativa.cl)

Inmigrantes en un bote, en las cercanías de Lampedusa. (Fotografía: Reuters)

Inmigrantes en un bote, en las cercanías de Lampedusa. (Fotografía: Reuters)

También, varios miles optan por buscar nuevos rumbos ante la destrucción de sus Estados y el auge del terrorismo. Y cómo olvidar a los seres humanos que dejan su tierra ante la falta de oportunidades laborales, las precarias condiciones de higiene, la hambruna y/o la pobreza.

Sin embargo, parece ser que el debate de hoy no se centra en la urgente necesidad de acoger a todas estas personas. Claramente, la discusión se establece en la categorización de todos esos seres. Ahora dicen que un refugiado no es lo mismo que un inmigrante y que un demandante de asilo es diferente a los dos rótulos recientemente mencionados. Y, desde un punto de vista legal o, si se prefiere, técnico, no hay duda que tienen razón. Empero, cabe preguntarse si acaso todos escapan, finalmente, de lo mismo. Y ahí todos los casos llegan a la misma raíz.

Cualquiera se puede dar cuenta que escaparse de la guerra es mucho más duro que dejar el país por la falta de higiene, pero, en ambos casos, el final será el mismo, es decir, la muerte.

Por ende, la categorización que realizan organismos como el ACNUR y ciertos gobiernos europeos –además de periodistas, académicos y políticos- no es más que una excusa para cerrarle la puerta de entrada a Europa a miles de seres humanos que sólo buscan sobrevivir.

En Eslovaquia, por ejemplo, ya se dejó en claro que prefieren cristianos. Si antes no querían negros ahora sí los aceptarían, pero sólo si son cristianos. Al respecto, el argumento eslovaco es indigno. “Acá no tendrán mezquitas, ¿cómo podrían integrarse?”. Si esto último no es un eufemismo para no decir “no queremos musulmanes”, ¿qué es?

Y tal es la urgencia de la Unión Europea, que acordaron una cumbre de ministros para el 14 de septiembre. La gran pregunta, entonces, es saber cuántos más morirán en los próximos 14 días. Pero no sólo se trata de muertes, sino que también de cuántas personas serán humilladas y engañadas en el trayecto que los lleve a Europa. Tal cual decía una inmigrante –que tuvo la suerte de entrar a Europa-, “lo peor es la humillación que uno sufre”.

Por último, unas palabras sobre las responsabilidades en este drama. Partamos por Europa o, si se prefiere, la Unión Europea. Diversos gobiernos del Viejo Continente invadieron o apoyaron invasiones en países como Afganistán e Irak. Luego, en los años más cercanos, avalaron los derrocamientos de dictadores de países como Libia, Túnez, Egipto, Siria y Yemen (los mismos a los cuales antes les daban ayudas económicas y los recibían con honores en visitas oficiales).

Aún más, no sólo les bastó con derribar a dichos gobernantes, sino que estuvieron de acuerdo en dinamitar el tejido político-social de aquellos estados y de abrir una caja de Pandora demasiado peligrosa. Hoy, el terrorismo avanza a grandes pasos y ya casi no se habla de Al Qaeda, sino que del Estado Islámico. “Curiosamente”, estos grupos operan en los países en los cuales Estados Unidos y Europa suelen intervenir.

La responsabilidad del Viejo Continente no se detiene ahí. De hecho, el drama de la inmigración en el Mediterráneo tiene al menos dos décadas de existencia, en las cuales murieron, como mínimo unas 24.000 personas. No hay cifras precisas, pero las diversas fuentes entregan números que, en ningún caso, bajan de 22.000 muertos.

¿Qué hizo la Unión Europea para frenar este proceso? Además de la Política Europea de Vecindad, la creación de Frontex o de operaciones fallidas como Tritón, entre otros, poco más. Junto a eso, algunos millones de euros por aquí y por allá, entrega de recursos y tecnología a cambio que los países del norte de África frenaran los flujos migratorios y la inoperante fundación de la Unión por el Mediterráneo. Alguien dirá que ha habido muchas más iniciativas y, seguramente, tendrá razón, pero si hablamos de proyectos concretos y exitosos, la respuesta será otra.

Sin embargo, los gobiernos europeos y la UE no son los únicos responsables. Los países magrebíes, los africanos subsaharianos y aquellos ubicados en Medio Oriente y la Península Arábiga también tienen mucho que decir al respecto.

En este sentido, no pueden seguir usando el argumento de “la colonización nos dejó demasiado dañados” para explicar la ausencia de gobiernos que den libertades a sus ciudadanos. La inoperancia de la Unión Africana, la casi inexistente Unión del Magreb Árabe y la eterna división de los estados árabes del Medio Oriente también son parte del problema y  no se debe soslayar el apoyo de países como Arabia Saudita y Qatar hacia grupos terroristas.

Y qué decir de la incapacidad de muchos de dichos estados –del Magreb, África Subsahariana y Medio Oriente y la Península Arábiga- para frenar al islamismo, ese mismo que no es sinónimo de terrorismo, pero que, evidentemente, acerca a los jóvenes a las posturas más conservadoras y/o radicales.

Los gobiernos de estos países no han sido capaces de frenar el desempleo de los jóvenes o de aumentar aún más la participación de la mujer en la vida cotidiana y laboral. Tampoco ofrecen perspectivas y, por lo mismo, muchos optan por dejar su país. Y si tampoco hay libertad de prensa o de expresión, ¿acaso eso es culpa de Europa? Y la endémica corrupción, ¿también es responsabilidad del imperialismo estadounidense o de la colonización europea?

Vayamos a Estados Unidos. Llevó su poderío militar hacia países lejanos como Irak, Afganistán y Siria, para luego lavarse las manos y ver cómo Europa se llena de inmigrantes o como quieran llamarles. Luego, algunas donaciones y apoyo diplomático, pero nada más que eso.

Veamos la Cooperación Sur-Sur. ¿Qué han hecho, por ejemplo, los países latinoamericanos al respecto?, ¿qué han hecho las agrupaciones de Derechos Humanos?, ¿qué han hecho organismos regionales?, ¿alguna vez intentaron concretar una ayuda permanente para los inmigrantes?. ¿se organizaron para recibir inmigrantes, en forma oficial, a través de planes de acogida?, ¿y qué decir, por ejemplo, de la Cumbre Sudamérica-Países Árabes?

Terminemos con el mundo. Según las últimas cifras, 2014 fue el año con más desplazados en la historia. La cifra (59,5 millones, aproximadamente) da escalofríos. Cuánto sufrimiento y cuánta guerra en el mundo. Y cuántos morirán de hambre. Cuántos fallecieron, anónimamente, por el Ébola. Cuántos se deshidratarán hasta la muerte. Cuántos morirán por las radiaciones tóxicas de las armas usadas en diversas partes del planeta. Cuántos animales sufren por lo mismo. Cuánta destrucción en el planeta.

Por eso, lo que ocurre en el Mediterráneo es sólo el reflejo de un mundo perdido. No importa la persona. Lo único relevante es lo económico. Lo otro importante es relacionarse con aquel de similar visión y no con quienes tienen una cultura, una religión o un color de piel diferente.

Así, imposible que el drama del Mediterráneo termine. Y, tristemente, el mundo se encamina a tener muchos más mediterráneos.

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
@Ratopado

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Tarifa, un espacio mágico

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Tarifa, un espacio mágico

Fecha 14/08/2014 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Ubicada en el sur de España, a solo 14 kilómetros de Tánger, Marruecos, esta pequeña localidad de casi 19.000 habitantes se puede jactar de tener todos los elementos para que la gente pueda vivir en paz y alegría. Buen clima, frutas, verduras, personas amables, mar y pescado. Por si fuese poco, el turismo permite aplacar los efectos de la crisis económica que ha azotado a España y, con particular fuerza, a Andalucía.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 14 de agosto de 2014

(Fuente: Raimundo Gregoire Delaunoy)

La figura de Guzmán el Bueno es un sello de Tarifa. Tiene estatua y un castillo, pero, además de eso, es un personaje histórico que nadie puede ignorar, ya que, a fines del siglo 13, tuvo un rol fundamental en la liberación de Tarifa de manos de los merinidas (dinastía de origen bereber que tuvo su principal eje de dominio en el actual Marruecos). Esta historia, justamente, define muy bien lo que es Tarifa, es decir, un punto de encuentro entre Europa y África; entre Marruecos y España; entre árabes y bereberes y españoles; entre cristianos y musulmanes; entre el Mar Mediterráneo y el Océano Atlántico.

Su arquitectura es una fiel demostración de aquello, ya que en el pueblo conviven la Puerta de Jérez, el castillo de Guzmán el Bueno y el edificio del Ayuntamiento. Ahí, se pueden apreciar los distintos estilos arquitectónicos, mezclando lo árabe y lo español, o sea, lo andaluz. Y lo mismo se puede decir de su gastronomía, abundante en pescados (un clásico es el filete de atún), calamares, pulpos, frutas y verduras, sabores que se repiten en Tánger, al otro lado del mar. Las aceitunas, el aceite de oliva, el vino tinto, el gazpacho y la refrescante sangría también son parte del menú tarifeño.

(Fuente: Raimundo Gregoire Delaunoy)

Y todo esto se puede comer en el paso peatonal de la Alameda, donde se ubican algunos sencillos y bonitos restaurantes, pero también en las casas de los acogedores habitantes locales. Con su acento típico andaluz, pero específicamente tarifeño. Como si fuese otro continente. Ni África, ni Europa. Algo intermedio. Siempre ordenado y limpio. Con mucho viento, pero sin frío, ni tampoco gran calor.

(Fuente: Raimundo Gregoire Delaunoy)

Y ahí están las playas, con sus agradables aguas, ideales, entre otras cosas, para el windsurf y el kitesurf, dos actividades deportivas y turísticas que sustentan económica y recreativamente a Tarifa.

En las cercanías, la isla de las Palomas –donde se dice que hay un centro de detención de inmigrantes clandestino-, reservas naturales y las carreteras que llevan a diversos puntos de la hermosa Andalucía.

Recorrer el pueblo no tomará mucho tiempo, pero sí dejará gratas conversaciones con los tarifeños, pero también con los extranjeros que decidieron radicarse en este punto  de encuentro y fusión cultural. Y a solo 45 minutos de Marruecos, otro mundo y otra cultura.

Pero que no es tan lejana a la de Tarifa. Y eso, justamente, uno de los grandes atractivos de esta ciudad, es decir, la convergencia de historias y civilizaciones como los fenicios, los bereberes, los árabes, los ibéricos y, ya en época modernas, los españoles y marroquíes.

Un imperdible.

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Los inmigrantes en el Mediterráneo y el silencio de las agrupaciones de DD.HH.

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Los inmigrantes en el Mediterráneo y el silencio de las agrupaciones de DD.HH.

Fecha 12/03/2013 por Raimundo Gregoire Delaunoy

El Mar Mediterráneo es conocido, entre otros motivos, por su rica historia de intercambios culturales, por su gran atractivo turístico y por ser el punto de encuentro y desencuentro entre el norte de África y el sur de Europa.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 12 de marzo, 2013

inmigrantes-clandestinosSin embargo, una macabra realidad se esconde detrás de una dura, fría y triste cortina. Se trata de la inmigración clandestina, aquella que afecta a miles de africanos -en su mayoría subsaharianos, aunque también se cuentan magrebíes-, quienes se juegan la vida en busca de una mejor existencia.

El procedimiento ya es conocido. Dejan sus países de origen para radicarse, temporalmente, en el Magreb y, particularmente, en Marruecos, Túnez y Libia. Luego, aguantan el racismo, la precariedad de sus viviendas, el hacinamiento y  la falta de trabajo estable, entre otros.

“Vivimos en una casa, en la medina de Rabat, y ahí dormimos entre diez y 15 personas. El número depende, pues siempre hay algunos que se van a otra parte o que logran intentar cruzar hacia Europa”, me comentó, alguna vez, Mame, una senegalesa de 24 años.

Ella trabajaba en la calle, vendiendo artesanía, cremas, cinturones, billeteras y relojes, entre otros artículos. En tres oportunidades perdió todos los materiales de venta, ya que la Policía suele realizar “redadas”. La llevaron detenida y aunque siempre los liberan, pierden todos los objetos con los cuales intentan ganar el dinero suficiente para, algún día, subirse a un bote inflable o una patera.

“Puedo llegar a ganar 2.000 dirhams (unos 115.000 pesos chilenos) en un mes, pero a veces es mucho menos. Como arrendamos una casa entre muchos, al final no gasto más de 500 dirhams mensuales en mis cosas, asi que el resto lo puedo ahorrar”, confiesa Mame, nacida en Dakar y que no sabe cuándo volverá a ver a su familia.

En diversas ocasiones fui a comer al lugar en la cual ella vivía con muchos senegaleses. Muy generosos, compartían su comida conmigo, mientras me invitaban a escuchar su música y a ver el canal nacional de Senegal. Los fui conociendo y me di cuenta que eran personas de gran fuerza, con mucho sufrimiento a cuestas y con la esperanza de mejorar su vida.

“Quiero ir a Noruega, trabajar ahí, juntar plata y con eso volver a Dakar. Ahí me compraré una casa. He dejado mi país para conseguir este objetivo y eso haré”, me comentó ella, una morenaza que bien podría trabajar como modelo, gracias a su 1.78 de estatura y su hermoso rostro.

Un día pasé a saludarla, pero me di cuenta que no estaba en su “puesto de trabajo”, ahí en la Avenida Mohamed V de Rabat. Recorrí el sector y no la encontré. Sus amigos me comentaron que había desaparecido. Me dio pena no poder despedirme de ella y su clásico amigo, el gigantón Lamine, un senegalés que parecía basquetbolista.

Varios meses después, Mame me agregó como amigo en Facebook y Skype. Ahí supe que estaba viva y ella se encargó de contarme su drama. Pagó para ser transportada hacia Europa. Primero, viajó hasta Nador, una ciudad ubicada en el noreste de Marruecos, muy cercana a Argelia. Desde ahí, se subió a una patera y, en pleno viaje, esta débil embarcación sucumbió ante la fiereza de las corrientes que dominan en el Mediterráneo.

Quedaron a la deriva en medio de las olas y cuando el umbral de la agonía los perseguía, entonces pudieron ser rescatados por la guardia costera española. “Nos dijeron, en el hospital, que 15, 20 ó 30 minutos más y hubiésemos muerto por hipotermia”, relató mi amiga Mame.

Una vez dados de alta, fueron derivados a un centro policial y tras eso se decidió enviar de regreso a todos, salvo a Mame y su compañero Lamine. Los llevaron a un centro de acogida en un pueblo cercano a Madrid y desde ahí saltaron hacia Barcelona. Allá encontraron alojamiento en casa de un familiar de Lamine y, por ahora, no pasan penurias.

Sin embargo, al no tener documentos, no pudieron buscar trabajo. Varios meses después lograron recuperar su carnet de identidad, el pasaporte y otros papeles, pero de nada les ha servido, pues la crisis europea los ha hecho enfrentarse a la dura realidad del desempleo. A pesar de todo, Mame y Lamine siguen vivos, algo que muchos otros viajeros clandestinos no pueden contar.

Entre 1988 y 2012, más de 20.000 personas murieron intentando cruzar desde África o las Islas Canarias hacia España. Es un promedio de 2.2 inmigrantes fallecidos en forma diaria durante este período.

Sólo en 2011, al menos 1.500 africanos perdieron la vida al intentar cruzar el Mediterráneo y la mayoría de ellos en condición de “ahogados” o “desaparecidos”. Es que muchos de ellos ni siquiera logran ser recuperados de las aguas. Son verdaderos detenidos desaparecidos, pero no por una dictadura, sino que por la frialdad y la desorganización de los políticos de turno.

Algunos han elaborado programas de ayuda y la Unión Europea ha ido creando diferentes iniciativas, como Eurosur, pero aquello no es suficiente. Muchos inmigrantes que son recuperados en tierras españolas son devueltos a Marruecos y desde ahí son enviados a Argelia. Y en este último los llevan al sur del territorio argelino, “liberándolos” en pleno Sahara. De ahí, que caminen y sobrevivan, si es que lo logran.

Esta realidad es ignorada por muchos medios y gobiernos, los cuales nada hacen para encontrar una solución. Lo peor de todo es que muchas agrupaciones de Derechos Humanos no luchan por la vida de estos inmigrantes.

Claro, pues no son víctimas de una dictadura y no se trata de un asunto político. Por eso, no les interesa y, con ello, queda demostrado que los paladines de la defensa de los Derechos Humanos no son más que marionetas ideológicas.

Que esos negros miserables se ahoguen, da lo mismo. Total, son sólo negros y hay millones de ellos en el mundo.

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
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¿La excepción marroquí?

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¿La excepción marroquí?

Fecha 27/08/2012 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Desde que el proceso de revoluciones magrebíes y árabes comenzara, a fines de 2011, se ha repetido una frase, respecto a Marruecos,  que tiene mucho de cierto, pero, al mismo tiempo, se trata de un juicio poco profundo y subjetivo.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 27 de agosto, 2012

Mientras en Libia cayó Muammar al Gaddafi, en Túnez ocurrió lo mismo con Zine El Abidine Ben Alí. Ambos tuvieron el mismo final, pero con procesos y contextos muy diferentes.

En paralelo, en Mauritania la situación político-social se hace cada vez más inestable y ya son muchos los que están pidiendo el fin de la era del golpista Mohammed Ould Abdelaziz.

Y, en algo que no sorprende, Argelia sigue estando dominada por los militares y esa maquiavélica y egoísta forma de gobernar que tiene Abdelaziz Bouteflika, que de presidente sólo tiene el nombre, pues no tiene un gran apego a la democracia y, además, el verdadero poder argelino sigue estando en manos de las fuerzas armadas.

Así, en este contexto, algunos han bautizado la realidad marroquí como una “excepción”. Esto último, pues consideran que Marruecos ha vivido un proceso muy diferente (lo cual es cierto) y que esto ha significado que el reino cherifiano esté exento de las grandes turbulencias que azotan al Magreb, al Sahel o a los estados árabes (lo cual no es cierto).

Sí, es cierto que el rey Mohammed VI ha sido un hábil estratega y también es verdadero que el monarca ha logrado generar importantes avances en el desarrollo del país, incluso en el cuestionado ámbito social. La mano de fierro de Hassan II no debe ser olvidada y la llegada al trono de su hijo debe ser entendida como una especie de transición monárquica.

Sin embargo, esto no significa que Marruecos esté fuera del mundo de los cambios y las luchas, especialmente en lo relativo a mejorar la calidad de vida de los cerca de 34 millones de marroquíes que viven en el milenario Reino de Marruecos.

Por eso, es necesario decir algunas cosas. Primero, la represión de las manifestaciones callejeras no ha sido brutal, salvo algunas excepciones, y, aún más, muchas de ellas se han llevado a cabo en forma pacífica, lo cual es un mérito de todas las partes involucradas.

Segundo, las elecciones legislativas fueron transparentes y, en este sentido, se repitió la tendencia observada en el referéndum que permitió modificar la Constitución marroquí.

Tercero, Marruecos ha sabido enfrentar el proceso de cambios que llegó a la región y, a diferencia de sus vecinos magrebíes, fue capaz de mover bien las piezas a lo largo y ancho del tablero de ajedrez. En algunos casos, con un evidente interés social y, en otros, con la intención de generar movimientos políticos que permitan cambiar ciertas cosas, pero sin entrar en profundidades.

Cuarto, y relacionado con lo anterior, el rey Mohammed VI ha perdido poderes tras las modificaciones realizadas en la nueva Constitución –destacando un primer ministro con más prerrogativa que antes-, pero, a pesar de eso, sigue siendo la última voz en las materias más importantes.

Quinto, el Movimiento 20 de Febrero fue incapaz de responder a las expectativas y eso es algo lógico. Claro, pues se trata de un grupo sin sólidas bases, ni potentes argumentos. En pocas palabras, son jóvenes que tienen un bonito discurso y que luchan por algo justo, como es una mejor calidad de vida,  pero que no están preparados para asumir un liderazgo. No tienen experiencia, no están bien organizados y su postura de “buscar cambios políticos sin tener ideología” ha sido un completo error. Tal cual lo fue, por ejemplo, el boicot al referéndum constitucional, tras el cual el gran beneficiado fue Mohammed VI.

Los “diplomados cesantes” y los ex combatientes del Tindouf tampoco han podido establecer grandes cambios, aunque en el caso de los primeros consiguieron ciertos resultados. Así es que algunos de ellos fueron reposicionados en ciertos trabajos públicos.

Sexto, el Sahara Occidental no es un problema al interior de Marruecos. Por más que sea un tema tabú, una gran parte de la población considera que este territorio es parte del Reino de Marruecos y no una república independiente. Que Argelia –en su política de generar inestabilidad regional y, particularmente, en sus vecinos magrebíes- y que el Polisario –una organización poco y nada democrática, en la cual hay elementos que generan inseguridad para el Magreb y el Sahel- intervengan en un conflicto en el cual no tienen voz, ni voto, es otro asunto.

El pueblo saharaui no existe y no es más que un discurso mediático cuyo fin es construir una realidad deforme. Lo que ocurra en el Sahara Occidental es un asunto entre el gobierno marroquí, su gente y los nómades que solían deambular por aquella zona.  ¿Hubiese sido bueno realizar un referéndum hace 20 años atrás? Sí, pero ya no se hizo y, hoy, el contexto sugiere mantener el proyecto de autonomía avanzada.

Séptimo, que va ligado con lo anterior, esta iniciativa puede ser un dolor de cabeza para Marruecos, pues en el Rif siempre ha habido un sentimiento nacionalista rifeño. No quiere decir que dicha zona sea separatista, pero sí se sienten “especiales”. Una autonomía avanzada para el Sahara Occidental podría generar que en el Rif se pidiera lo mismo. Y esto último quizás sería bueno para el equilibrio del Reino de Marruecos. No se trata de desmembrar al país, sino que de darle una organización acorde a las circunstancias.

Octavo, Marruecos es un país que entrega muchas libertades a su población, pero no es la panacea. Aún hay temas pendientes en, por ejemplo, la libertad de prensa, la libre expresión sobre ciertos temas y la libertad de credo.

Noveno, los bereberes (imazighen, como les gusta denominarse en su propia lengua, que es el tamazight) sí tienen un status mucho más avanzado que en Argelia, Túnez y Libia. Básicamente, pues el bereber ha sido incluido, a la par del árabe, como lengua oficial del país. Esta es una medida inédita en el Magreb, aunque aún falta ver cómo implementarán el estudio del tamazight en las escuelas y en los colegios marroquíes. Esta nueva posición de los bereberes será real si lo escrito en el papel se lleva a cabo en la práctica.

Décimo, la situación de la mujer ha mejorado bastante en Marruecos. Suelen vestir con libertad, tienen acceso al trabajo y con el establecimiento de la Mudawana ganaron muchos derechos y quedaron en un mejor nivel. Sin embargo, las mujeres aún no logran la anhelada igualdad frente al hombre. El caso de Amina (la adolescente que se suicidó tras ser obligada a casarse con su violador, el cual podía evitar la cárcel si los padres de la menor aceptaban que ella y él se casaran) ha remecido a ciertos grupos de la sociedad marroquí y ha dejado en evidencia que aún hay cosas por mejorar.

Por último, el desarrollo económico del país es evidente, pero el problema, al igual que en la mayoría de los estados emergentes, sigue siendo una justa redistribución de la riqueza. En Marruecos la gente no muere de hambre y con muy poco (un euro o menos incluso) puede comer y sobrevivir. Sin embargo, los estudios y la salud (de calidad) son caros e inabordables para la mayoría.

Además, es importante que la lucha contra la corrupción sea total, ya que esta última está muy presente en ciertos ámbitos y, por lo mismo, es un obstáculo para una buena distribución de las riquezas nacionales.

Resumiendo, el Reino de Marruecos goza de estabilidad político-social a nivel interno y está lejos de llegar a una fractura nacional, tal cual ha ocurrido en los demás países magrebíes. También, se han generado nuevas políticas, en los últimos años, que han permitido avanzar en aspectos macroeconómicos, sociales y, en menor medida, políticos.

Sin embargo, muchos de los “males” existentes en Argelia, Libia, Túnez y Mauritania están presentes en Marruecos. En un menor nivel, sí, pero ahí están y eso no puede ser olvidado. Por eso, más que hablar de una “excepción marroquí”, sería aconsejable referirse al “caso marroquí”.

Así, quedaría en claro que el Reino de Marruecos está en una posición avanzada y privilegiada respecto de sus vecinos regionales, pero que eso, en ningún caso, significa que la prosperidad sea patrimonio de cada uno de los cerca de 34 millones de marroquíes.

Es así que la gran apuesta de Marruecos es seguir progresando, pues tiene todo para convertirse en un modelo regional y continental.  Y, con eso, ser una voz respetada en foros internacionales.

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
@Ratopado
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
Fotografía: Raimundo Gregoire Delaunoy

 

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UE

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Unión, ¿o (des)Unión Europea?

Fecha 3/09/2010 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Tras la creación, en 1951, de la Comunidad Económica del Carbón y del Acero (CECA) y luego de los consiguientes tratados que dieron origen a la Comunidad Económica Europea (CEE), en 1957, y la Comunidad Europea (CE), en 1986, todo este proceso de integración del Viejo Continente llegó a su punto culmine con el Tratado de Maastricht, firmando en 1992 y que dio origen a lo que actualmente se conoce como Unión Europea (UE).  Un bloque original de seis estados terminó ampliándose a 27, con lo cual se generó una Europa pacífica, democrática y solidaria entre sí.  Sin embargo, lo que parecía ser un cuento de hadas ha dado muestras de importantes fisuras y, lo más preocupante, ha entregado señales contradictorias respecto a la anhelada y destacada fraternidad europea.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 3 de septiembre, 2010

UELa actual expulsión de gitanos desde Francia, medida adoptada por el presidente francés, Nicolas Sarkozy,  y la anterior, hecha por el gobierno de Silvio Berlusconi, en 2008, son una clara muestra de los nuevos tiempos de la Unión Europea.

La situación es peor aún si se consigna, tal cual asegura Robert Kushen, director ejecutivo del European Roma Rights Center, que Alemania, Dinamarca y Suecia también están llevando a cabo la xenófoba e inhumana acción del retorno obligado de miles de romaníes.

Esta tendencia quizás sea el mejor ejemplo, lamentablemente, de lo que podría llamarse el desmembramiento de los valores de igualdad, apertura, tolerancia y sana convivencia al interior de la Europa integrada.

Al respecto, cabe consignar que desde la parte legal no se están pasando a llevar preceptos, pues los ciudadanos rumanos y búlgaros no gozan de libertad de movimiento pleno, al menos hasta 2013.  Esto es algo que se acordó al momento que Bulgaria y Rumania ingresaron a la Unión Europea y es una postura que comparten Alemania, Austria, Bélgica, Francia, Italia, Luxemburgo, Malta, y el Reino Unido.

Sin embargo, la gran pregunta es cómo puede haber una contradicción tan grande en el bloque de integración europeo, que, por un lado, promueve la fraternidad y la solidaridad, pero, por el otro, no tiene problemas en expulsar a ciudadanos europeos, pues los gitanos rumanos y búlgaros son, guste o no, parte de la población del Viejo Continente.  Que tengan libertad para moverse por Europa durante tres meses, pero que en caso de no obtener un trabajo sean devueltos a sus países no sólo es algo incoherente –según los valores esenciales de la UE- sino que se convierte en una desgraciada política poco humanitaria, injusta y, por sobre todo, racista.

Por eso, no extraña que al interior del gobierno francés ya haya serias disputas por esta medida, que a algunos ministros ha causado gran desagrado.  Lo mismo para la Iglesia Católica y diversas asociaciones gitanas.  Mientras, la Unión Europea, con demasiada lentitud y parsimonia, ha decidido que Francia explique esta iniciativa, para ver si se toman medidas.  La interrogante es, ¿se atreverá el bloque europeo a sancionar a uno de los pilares de esta unión?

La desunión en otros ámbitos

Lamentablemente, la (des)Unión Europea se puede apreciar, y con aún mayor claridad, en otros aspectos de gran relevancia.  El primer tema tiene relación con los evidentes conflictos internos y con las fuertes diferencias de opinión de los estados miembros ante importantes asuntos comunitarios.  El fracaso de la Constitución, con los emblemáticos “No” de Francia y Holanda, en 2005, fue un duro golpe para el conglomerado europeo, pero, por si eso fuera poco, el Tratado de Lisboa, finalmente firmado en 2009, pasó por diversas zozobras.  Mientras República Checa y Polonia hicieron ruido y generaron angustia ante un posible rechazo o aceptación mediante concesiones, en Irlanda la situación fue bastante más clara y los irlandeses, en junio de 2008, le dijeron “No” a este documento, que buscaba reemplazar a la fallida Constitución.  El cambio de algunas normas que disgustaban, un fuerte lobby europeo y una gran campaña del gobierno irlandés finalmente lograron que en octubre de 2009 Irlanda diera el ansiado “Sí”.  La Unión Europea volvía a respirar.

Pero eso no es todo, pues en Reino Unido –país que no ha querido cambiar su moneda por el euro, en otra señal a tomar en cuenta- cada cierto tiempo aparece el rumor de un referéndum para ver si el país se mantiene en la Unión Europea.

Respecto a los asuntos políticos exteriores de la UE, el tema de la adhesión de Turquía al bloque de integración quizás sea el gran dolor de cabeza respecto a las ampliaciones (asunto que por las circunstancias actuales ya es problemático).  Por cerca de medio siglo, Turquía y Europa han firmado diversos acuerdos, de toda índole, pero quizás el momento más relevante fue en diciembre de 2004, cuando el Consejo Europeo concluyó que Turquía cumplía con satisfacción los criterios políticos de Copenhague y, consecuencialmente, sugería el comienzo de las negociaciones de adhesión, las cuales se iniciaron, oficialmente en octubre de 2005.

A partir de entonces, Turquía pasó a ser motivo de conflictos al interior de la Unión Europea, especialmente luego que Nicolas Sarkozy y Angela Merkel llegasen a la presidencia de Francia y Alemania, respectivamente.  Mientras Sarkozy y Merkel –apoyados por –Austria, Bélgica y Holanda- han sido enfáticos respecto a que Turquía no puede ser parte de la Unión Europea, otros países como España, Italia, Portugal y Reino Unido aseguran que los turcos tienen un espacio en la Unión Europea y que sería una deshonra para Europa no cumplir la palabra.

Esta serie de disputas internas ha tenido como principal consecuencia que las posiciones de la UE y Turquía se han polarizado.  Según un estudio del German Marshall Fund, realizado en 2009, sólo el 19% de los europeos consideraba como “positivo” el ingreso de Turquía a la Unión Europea, mientras que los turcos también variaron sus posturas.  Si en 2004 un 73% creía que la adhesión a la UE era “buena”, en 2009 apenas un 48% mantenía esa postura.

La situación de las ampliaciones podría ser aún más compleja si Croacia e Islanda consiguen su ingreso definitivo, ya que el gobierno turco comienza a perder la paciencia y últimamente ha dicho, con claridad que “si no nos quieren en Europa, estaremos felices con nuestros amigos musulmanes”, haciendo énfasis en los cada vez mayor acuerdos e intercambios con países de Asia Central.

Otros asuntos de relevancia son la inmigración y el racismo.  Al respecto, la creación, en octubre de 2009, de un marco legal común a la política migratoria de la Unión Europea causó división.  La dureza de las nuevas normas provocó gran rechazo en partidos de izquierda europeos y muchos gobiernos tampoco estuvieron muy de acuerdo.  Por ejemplo, Dinamarca no quiso sumarse a esta iniciativa.

Justamente, esta normativa, según muchos, está orientada a ordenar el asunto migratorio, lo cual es cierto y, además, muy necesario, pero no deja de ser posible que detrás de esto haya una matriz xenófoba.  Dicha teoría se confirma con lo que ocurre con los gitanos, con africanos y latinoamericanos.  El concepto “Eurabia”, el interminable conflicto del velo y la segregación social de “hijos de inmigrantes” siguen siendo una piedra de tope para la Unión Europea.

Por último, el asunto de Kosovo –con 31 estados europeos reconociendo su independencia-, la falta de una voz clara respecto al mundo árabe-musulmán  y la apatía de algunos sobre el “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo” han mostrado otros ejemplos de división.

Es por eso que los ciudadanos europeos comienzan a dudar sobre este bloque de integración que los aunaba bajo ciertos preceptos bastante nobles, pero que hoy no han traído consigo buenas consecuencias, ni más fraternidad.

Por último, según el Eurobarómetro 73, publicado en agosto reciente, un 49% cree que es “positivo” estar en la UE, pero hace tres años era un 58%.  Un 53% cree que su país se ha beneficiado por el ingreso a este bloque, pero en 2007 era un 59%.  Las cifras no mienten y los hechos tampoco.

La Unión Europea enfrenta una fase clave y sin saber hacia dónde va el buque.

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
@Ratopado

 

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Unión por el Mediterráneo, ¿y ahora qué?

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Unión por el Mediterráneo, ¿y ahora qué?

Fecha 15/09/2008 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Hace cerca de dos meses se realizó la mediática Cumbre de Paris, cuyo objetivo era darle mayor potencia al proyecto ideado por el presidente francés, Nicolas Sarkozy.  Ahora, más allá de opiniones y visiones subjetivas, lo importante es intentar dilucidar hacia dónde va la naciente Unión por el Mediterráneo, que todavía no pasa de ser una incipiente iniciativa del mandatario galo.  En este sentido, se hace imperioso analizar, ya sin la euforia post cumbre, la verdadera esencia del ahora denominado “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”.

Por Raimundo Gregoire Delaunoy | 15 de septiembre, 2008

Reuters

Reuters

Muchos insisten en que el concepto de hoy y las próximas décadas será la integración.  Local, regional, continental y mundial.  Económica, política y cultural.  Comercial y tecnológica.  Y así, sucesivamente, buscando diversos puntos en los cuales gobiernos de diversos países puedan complementar sus carencias y fortalezas.

Bajo este paradigma –el de la integración regional- el presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, ha comenzado una interminable campaña en pos de obtener el apoyo necesario para llevar a cabo uno de sus grandes proyectos.  Se trata de la Unión por el Mediterráneo, una iniciativa que aun cuando se encuentra en pañales, al menos ya dio sus primeros pasos hace poco más de un mes, momento en el cual 43 jefes de estado y gobierno se reunieron en la capital francesa.  Nadie puede discutir que la organización de la Cumbre de Paris fue un éxito y que el proyecto de Sarkozy ha comenzado en buen pie.  Sin embargo, es importante navegar por aguas más profundas e iniciar un análisis objetivo y exhaustivo, para así tomar una radiografía perfecta al “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”.

En este sentido, la gran relevancia de la Cumbre de Paris fue que permitió establecer tres cosas.  Primero, que tras esta reunión se llegó a resultados concretos (pocos, pero no por eso dejan de ser reales).  Segundo, este evento permitió que se dieran a conocer, directa o indirectamente, hechos puntuales y coyunturas de gran relevancia, no sólo para este proceso, sino que también para otros.  Tercero y final, el encuentro realizado en la capital francesa sirvió para develar una serie de dudas y para dar cuenta de ciertas proyecciones a futuro.

De lo poco, ¿bueno?

Tras el término de la Cumbre de Paris se elaboró una declaración final en la cual se establecían conclusiones y, lo principal, las principales decisiones adoptadas en consenso.  Al respecto, era importante saber cuáles serían los acuerdos obtenidos, especialmente en temas o áreas que de por sí son conflictivas o, por decirlo de otra forma, causan divisiones o visiones diferentes.

Uno de estos asuntos era, lógicamente, el Proceso de Paz en Medio Oriente.  En este sentido no extraña que la declaración final se retrasara, justamente, por la reticencia de los países árabes, que buscaban imponer sus términos en torno a la conformación de este proyecto mediterráneo.  Dichos estados querían que la Liga Árabe pudiese tener un rol activo en este proceso, cosa que no causaba gran alegría entre los europeos.  Sin embargo, finalmente se acordó incluir a este organismo como observador, pero no se incluyó en la declaración final un reconocimiento expreso sobre el estado palestino.

Otro punto polémico tenía que ver con el movimiento de personas, algo que, por ejemplo, causa grandes dudas en el gobierno argelino liderado por su presidente, Abdelaziz Boutlefika.  Sobre este asunto no se llegó a acuerdos y eso, justamente, una piedra de tope, ya que antes del inicio de esta cumbre Argelia ya había expresado ciertos temores.

Ahora, más allá del tema del traslado humano y de las disputas entre árabes e israelíes, se lograron ciertos avances, que permitieron elaborar proyectos concretos y resoluciones definitivas.

Lo más relevante lo constituye la conformación, poco a poco, de toda la estructura de este Proceso de Barcelona renovado.  Para empezar, se decidió darle un nuevo bautizo a este proyecto, que ahora será conocido como “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”.  Esto último tiene que ver con el hecho que al gobierno español no le agradaba mucho la idea de una Unión por el Mediterráneo, mientras que a Francia no le interesaba mucho mantener el nombre de un proyecto que, según Nicolas Sarkozy y el mismo Hosni Mubarak, había fallado y que era necesario actualizarlo y mejorarlo.  Debido a esta pequeña lucha se optó por una decisión salomónica, que aunque no era el del absoluto agrado, al menos dejaba a ambas partes conformes.  La diplomacia utilizada en este ámbito fue demasiado fina, lo que llevó al mandatario galo a decir que “no se trata de borrar el Proceso de Barcelona, sino que de complementarlo”.

Si bien la nomenclatura es importante, lo relevante es ver cuáles fueron, efectivamente, las medidas concretas que se adoptaron tras la Cumbre de Paris.  En este sentido, se estableció que este proyecto funcionará con una copresidencia, una de la ribera norte y otra del sur.  Quienes debutaron con este nombramiento fueron los presidentes de Francia y Egipto, Nicolas Sarkozy y Hosni Mubarak, respectivamente.  Además, se realizará una reunión anual de ministros de Relaciones Exteriores y cada dos años tendrá lugar una cumbre del bloque.  También, se dio origen a la secretaría, pero quedó en suspenso la elección de la sede de aquella institución.  Al respecto, este asunto se zanjará en la próxima reunión de ministros, a realizarse en noviembre próximo, en la ciudad portuguesa de Lisboa.  Las candidaturas ya han sido presentadas –en forma formal o informal- y se trata de cinco países. Barcelona (España), Rabat (Marruecos), Ciudad de Túnez (Túnez) y Malta se disputarán este honor y, por ejemplo, el mismo día de la cumbre el jefe de gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, hizo el anuncio respecto a la postulación de Barcelona como sede de la secretaría.  Finalmente, el secretariado será la institución encargada del financiamiento y de supervisar la ejecución de los diversos proyectos elaborados.

Párrafo aparte para las iniciativas a las cuales se comprometieron los asistentes a la Cumbre de Paris.  Se trata de seis ideas que serán puestas en marcha lo antes posible.  Los proyectos son los siguientes:

  • Descontaminación del Mediterráneo
  • Autopistas del mar y construcción de infraestructura terrestre en la ribera sur
  • Plan de energía solar
  • Programa de protección civil
  • Universidad euromeditarránea, con sede en Eslovenia
  • Apoyo al desarrollo de las empresas

De esta forma, se dieron los primeros pasos en pos de darle una estructura sólida a este proceso, aunque, objetivamente, aún falta mucho por delante.  Por ejemplo, cabe preguntarse de dónde se sacarán los fondos económicos.  Ya se sabe que el Banco Europeo de Inversión (BEI) será una de las instituciones que colaborará en forma estrecha con la puesta en marcha de este proyecto, pero quedan dudas respecto a cuánto podrá ayudar, ya que desde 2002 a la fecha el BEI ha invertido siete millones de euros en el Mediterráneo.

De momento, no queda más que observar si las primeras piedras que se han puesto en este camino serán suficientes para ir construyendo una sólida base, que, a su vez, permita la consolidación del “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”.

Lo que demuestra la Cumbre de Paris

Teniendo en claro cuáles fueron os avances en concreto de la Cumbre de Paris, es importante dar cuenta de algo que incluso puede ser más importante que aquellos logros obtenido en el encuentro realizado en la capital francesa.  Se trata de navegar en profundidades y develar tendencias que superficialmente son imposibles de ser reconocidas.

Problemas de cohesión

Lo primero es decir que parece imposible soslayar los serios problemas de cohesión que posee el proyecto ideado por el presidente de Francia, Nicolas Sarkozy.  Si intentar olvidar lo difícil que es intentar unir a 43 gobiernos en un solo bloque, aún más complicado es disfrazar u ocultar las grandes falencias de este proyecto, especialmente si se trata de implantar la cohesión necesaria para darle éxito a esta iniciativa.  Al respecto, los diversos actores involucrados en el “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo” presentan evidentes señales de fisuras internas.

En Europa, no todos ven con los mismos ojos el proyecto mediterráneo.  Para empezar, no se puede olvidar que el plan original de Sarkozy tuvo que ser modificado, para así lograr el apoyo de Alemania y muchos otros países europeos.  Ahora, el hecho de haber incluido a la Unión Europea en este proyecto no significa que no exista un cisma al interior de este bloque.  De hecho, existe un importante grado de reticencia por parte de algunos mandatarios europeos.  Además, las directrices políticas de los estados son bastante disímiles y, por ejemplo, no se pueden comparar las posturas de José Luis Rodríguez Zapatero y Nicolas Sarkozy.  Mientras el primero ha trabajado arduamente por una mayor y mejor comunicación y cooperación con el Magreb y, particularmente, con Marruecos, el segundo ha generado leyes cuyo objetivo es endurecer el sistema de migraciones.  Siguiendo con este punto, la nueva ley de inmigración de la Unión Europea mostró las evidentes diferencias entre los miembros del bloque.  Aún más, el hecho que el Consejo de Europa la haya rechazado demuestra que mientras algunos buscan un trato digno para los inmigrantes, otros, simplemente, no quieren saber más de este asunto.  Es por eso que es necesario reflexionar acerca de cuán factible es juntar a los 27 estados miembros de la Unión Europea en un proyecto que los uniría con los que, para algunos, se trataría de países con una población amenazadora.

Ahora, la Unión Europea no es el único bloque que presenta problemas de cohesión.  En este sentido, es importante destacar la división existente al interior de la Unión del Magreb Árabe (UMA).  Mientras Marruecos y Túnez ven con buenos ojos el proyecto mediterráneo, Argelia y Libia tienen muchas dudas respecto a esta iniciativa y, de hecho, para el líder libio, Muammar al Ghadaffi, el “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo” es sinónimo de problemas, división y amenazas para el mundo árabe y africano.  En resumen, se podría decir que existen tres posturas entre los miembros de la UMA.  La oposición extrema liderada por Libia, la tibia reticencia de Argelia y el apoyo incondicional de Túnez y Marruecos.  Mauritania aparece un tanto aislada y seguramente seguirá así, ya que tiene asuntos mucho más importantes a los cuales dedicarse como, por ejemplo, el golpe de estado realizado por los militares hace cerca de un mes.  Sin embargo, más allá de todas estas diferencias, lo concreto es que el Magreb dio señales evidentes respecto a que ellos desean un rol principal en este proyecto y que no se repita la tendencia histórica de los países europeos, que, generalmente, terminan controlando el desarrollo de los procesos.

Conflictos persistentes

Otra conclusión, bastante palpable, es la continuidad de ciertos choques o focos conflictivos.  Algunos con mayor intensidad, otros sin tanto eco, pero siempre impidiendo un equilibrio en las relaciones entre países, bloques o regiones.  Al interior del Magreb, Argelia y Marruecos aún mantienen tensos vínculos, debido a diferencias en ciertas políticas y, particularmente, por el asunto del Sahara Occidental.    Cerca de ahí, en Mauritania, un golpe de estado realizado hace cerca de un mes ha puesto en jaque el proceso de incipiente democratización de aquel país y amenaza con transformarse en tierra pantanosa, algo que favorecería el accionar de células terroristas.  Esto último ya es un problema bastante serio en Argelia.

En Medio Oriente, las evidentes y lógicas diferencias entre los estados árabes e Israel han quedado expuestas ante los ojos de todos los asistentes de la Cumbre de Paris.  En algo que era obvio y que se mantendrá durante muchos años más, el gobierno israelí aún no ha podido solucionar sus conflictos con Palestina, Siria y Líbano.  En la medida que esta situación se mantenga en el tiempo parece imposible que se pueda aglutinar en un solo bloque a árabes a israelíes.  Si bien es cierto que se han realizado esfuerzos para llegar a acuerdos, todavía no hay grandes hechos concretos que permitan vislumbrar una salida positiva.  Tanto así, que la firma y lectura de la Declaración de la Cumbre de Paris se retrasó ante las exigencias de los países árabes respecto a la cuestión palestino-israelí.

En pleno mar Mediterráneo, otros dos conflictos siguen con vida.  Se trata de la división de Chipre y la lucha por recursos petrolíferos entre Libia, Malta y Argelia.  El primero de ellos ha sido un verdadero dolor de cabeza para Turquía, que en este asunto ha encontrado una barrera para su proceso de adhesión a la Unión Europea.  En cuanto al segundo problema, es una situación que sin ser grave, ni categórica, sí causa cierto temor, ya que estas viejas disputas impiden un mayor entendimiento y desarrollo económico de la región.

Por último, el accionar de la Unión Europea en el conflicto árabe-israelí deja en claro, que aquel bloque desea una paz que sea beneficiosa para sus intereses.  Por eso, hasta el momento, la postura del bloque europeo ha sido bastante ambigua y poco definida.  Son capaces de establecer sanciones económicas para los territorios palestinos y, al mismo tiempo, de elaborar un discurso conciliador, pero muchas veces omiten las matanzas realizadas por las ofensivas israelíes al interior de las fronteras palestinas.  Además, con la llegada de Nicolas Sarkozy al poder en Francia y con una cada vez mayor actitud recelosa hacia los árabes y musulmanes, da la impresión que Europa comienza a tomar una postura más favorable a Israel.

No todos están con este proyecto

Uno de los aspectos más fundamentales y evidentes ha sido el hecho que este proceso ha generado diversas posturas y velocidades.  Mientras algunos gobiernos se han convertido en bastiones de este proyecto, otros sólo se limitan a seguir a la masa.  En paralelo, algunos estados han dejando en claro que tienen dudas respecto al funcionamiento y/o la utilidad de esta iniciativa y, finalmente, aparecen los escépticos.

Esta situación, en honor a la objetividad, no debiera sorprender, ya que es evidente que el presidente francés, Nicolas Sarkozy, no tiene el mismo nivel de relaciones con todos los jefes de estado y/o gobierno involucrados en este proyecto.  Además, su discurso pro-israelí genera ciertas dudas en los estados árabes, especialmente en aquellos donde la relación con Francia nunca ha sido fluida, como es el caso de Argelia.

Ahora, cabe preguntarse quiénes son los “mediterránescépticos” o, más simple, contrarios al nuevo cariz que adoptó el Proceso de Barcelona.  El primero en aparecer es el líder libio Muammar al Gaddafi, que en todo momento ha dejado en claro que ni él, ni su gobierno se prestarán para una iniciativa como esta.  De hecho, el pasado 10 de junio –casi un mes antes de la realización de la Cumbre de Paris- Gaddafi se reunió con los presidente de Argelia, Mauritania, Siria y Túnez y con el primer ministro de Marruecos.  En aquella ocasión, el coronel Gaddafi dio a entender su postura y analizó, junto a los otros representantes de naciones árabes el proyecto propuesto por Nicolas Sarkozy.  Tras considerar como una afrenta este proceso, el líder libio se despachó frases como “nosotros no somos hambrientos, ni perros para que nos echen huesos” o “nos toman por idiotas.  Nosotros no pertenecemos a Bruselas.  Nuestra Liga Árabe está en El Cairo y nuestra Unión Africana en Addis Abeba”.

En todo caso, más allá de estas expresiones, que puedan parecer mediáticas o de simple perogrullo, hay algo que dijo Gaddafi y que es, finalmente, el principal acontecimiento que molesta, específicamente, a los países árabes y magrebíes (africanos).  Claro, porque Gaddafi declaró que “la Unión Europea persigue su cohesión y por eso ha rechazado el proyecto inicial del presidente francés.  Claramente no querían una división al interior del bloque”.  En este sentido, es importante analizar con mayor profundidad esta frase, porque tiene mucho de cierto.  Nadie podría juzgar a la Unión Europea por preocuparse de su unidad y, de hecho, aquello es algo positivo.  Sin embargo, alguien podría preguntarse por qué los europeos propulsan y apoyan un proyecto que si bien ya no produciría divisiones internas en su bloque, sí podría generarlas en el contexto, árabe, africano y magrebí.  De esta forma, se entiende la molestia de ciertos líderes como Gaddafi, Bouteflika o Al Assad, quienes ven un doble stándard por parte de la Unión Europea.  En pocas palabras, se trata de saber por qué ellos hablan de la unidad, si al final sólo les interesa mantener su cohesión y no la de los otros bloques involucrados en este proyecto.

Ahora, directamente relacionado con esta situación, se puede establecer la existencia de un “club de los rebeldes”.  A la cabeza de este grupo está, era que no, Muammar al Ghaddafi, apoyado por los presidentes de Argelia y Siria, Abdelaziz Boutlefika y Bashar Al Assad, respectivamente.  Ahora, estos tres gobiernos no están solos en su cruzada, ya que reciben el apoyo de otros estados como Mauritania y Turquía.  En el caso mauritano, las cosas cambiaron mucho desde que se produjo el golpe de estado militar, asi que el asunto mediterráneo ha pasado a un segundo o tercer plano de relevancia.  En cuanto a los turcos,  existe mucho recelo respecto a este proyecto, ya que se piensa que podría una maniobra cuyo fin fuese dejar, definitivamente, fuera de la Unión Europea a Turquía.  Además, existen severas dudas respecto al carácter mediterráneo de este país, ya que si bien tiene costas en este mar, sus relaciones políticas, económicas y sociales están orientadas, en muchos casos, hacia otras regiones como Asia Central, el mundo musulmán, los estados turcomanos y, últimamente, África.

Por último, no se puede dejar de mencionar que al Mashrek no le interesa esta iniciativa y parece estar mucho más enfocado en solucionar los problemas existentes en Medio Oriente y seguir puliendo un bloque en el Golfo.

Avances en relaciones entre países

Un aspecto positivo de la Cumbre Euromediterránea de Paris es el hecho que esta reunión sirvió para que produjeran necesarios e imprescindibles acercamientos entre estados que no poseen buenos nexos entre sí.  Es el caso, por ejemplo, de lo que ocurre entre Francia y Siria, Libia y Siria e Israel y Líbano.  Las relaciones entre dichos países han tenido serios inconvenientes en los últimos años y es por eso que un aproximamiento a nivel gubernamental se consideraba esencial para mantener con vida las esperanzas de un cierto éxito para este proceso que recién comienza.

Al respecto, quizás en este ámbito se establecieron los hechos concretos más relevantes y cuyo alcance va mucho más allá del espacio mediterráneo e involucra, directamente, al conflicto árabe-israelí y a todo lo que acontece en Medio Oriente.  Lo de Francia y Siria es muy positivo, ya que ambos países mantenían bloqueadas sus relaciones desde 2005, año del asesinato del entonces primer ministro libanés Rafik Hariri.  Igual de esperanzador ha sido el establecimiento de relaciones diplomáticas plenas entre Siria y Líbano, algo inédito desde que ambos países lograran su independencia en 1943.  Si bien este hecho se produjo el 13 de agosto, un mes antes, en Paris, ambos gobiernos ya habían anunciado que estaban en serias negociaciones para iniciar el camino diplomático entre los dos países.  Por último, y aunque sólo fueron declaraciones, no se puede dejar de mencionar que el presidente sirio, Bashar Al-Assad, y el primer ministro israelí, Ehud Olmert, dejaron abierta la opción a un diálogo, algo que ya ha comenzado desde hace un tiempo gracias a la mediación de Turquía.

Reinserción de Egipto en el contexto mediterráneo

Si bien siempre se ha dicho que Egipto es uno de los países más importantes dentro del contexto africano, árabe, musulmán y mediterráneo, las relaciones que aquel estado mantiene con gobiernos europeos ha sido un tema de gran relevancia.  A sabiendas de las buenas conexiones existentes entre Egipto y Estados Unidos, era necesario establecer lo mismo, pero con la Unión Europea.  Ahora, hasta el momento no se puede decir que egipcios y europeos gozan de una gran relación, pero al menos se le está empezando a dar mayor poder e importancia al gobierno egipcio en el “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”.

No es coincidencia que la primera copresidencia de este bloque haya quedado en manos, justamente, de Francia y Egipto.  En este sentido, hay que destacar la figura de Hosni Mubarak, un líder que, como ya se ha hecho costumbre, sirve para demostrar el doble discurso de los europeos.  Claro, porque al igual que en otras naciones árabes y/o musulmanas, la Unión Europea apoya a un presidente que claramente ha caído en violaciones a los derechos civiles de su población.  Sin embargo, Europa parece preferir esta situación en la medida que se mantenga un gobierno laico en Egipto u otros estados árabes.  Es por esto que surge la pregunta, ¿realmente existe una conciencia democrática?, ¿o sólo se trata de buscar los beneficios personales?  Da la impresión que se trata de lo segundo y por eso, aunque suene majadero, no es una mera casualidad ver a Egipto teniendo un rol protagónico.

Finalmente, cabe consignar que cuando se inició el Proceso de Barcelona original, muy pocos estados árabes estaban con esta iniciativa.  Hoy, la situación ha cambiado y ahora el único que no está es Libia.  Por eso, nuevamente aparece como fundamental el rol que pueda cumplir Egipto en la primera copresidencia correspondiente a la ribera sur del Mediterráneo.  ¿Será capaz Hosni Mubarak de torcer la mano de Muammar al Gaddafi?, ¿logrará seguir frenando las revoluciones religiosas y sociales que amenazan con explotar en países como Argelia y Líbano?, ¿podrá el gobierno egipcio establecer nexos con una Mauritania bajo el poder de los militares?  Estos y muchos otros serán los desafíos que tendrá Egipto.  Y siempre bajo la firme observación de Europa.

Conclusiones y proyecciones

Entendiendo la etapa previa a la Cumbre de Paris, el desarrollo de la reunión y el paso de los meses, se pueden elaborar un comentario u observación final.  Si bien el nuevo formato del original Proceso de Barcelona ha demostrado mayor acción y presencia -básicamente gracias a la campaña del presidente francés Nicolas Sarkozy-, nada hace presagiar que esta iniciativa está encaminada al éxito.  En paralelo, tampoco se puede decir que es la crónica de una muerte anunciada.  Sin embargo, existen evidentes señales que sugieren prudencia a la hora de pensar en un futuro positivo para el “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”.

Claro, ya se realizó una primera reunión con 43 jefes de gobierno y/o estado, pero aquello aún no es suficiente para sentir que la base de este proyecto es sólida y con una importante garantía de permanencia en el tiempo.  Alguien dirá que ya cuenta con una secretaría, con una copresidencia y con seis proyectos de alto vuelo.  Empero, hay que hacer un cuestionamiento lógico respecto a cómo concretar las iniciativas y los planes ideados en la Cumbre de Paris.  Por ejemplo, preguntarse de dónde vendrán los recursos económicos o qué sienten los pueblos de los 43 estados involucrados en esta unión mediterránea.  ¿Realmente existirá un apoyo por parte de las masas en cada uno de los países involucrados?, ¿podrá aportar la Unión Europea con dinero si ya tiene hecho su presupuesto hasta 2013?, ¿será capaz el Banco Europeo de Inversión de soportar todo el costo económico?, ¿estará dispuesto a hacerlo?

Otro asunto muy importante es saber si aquellos proyectos de infraestructura en la zona costera magrebí tendrán un alto impacto en el ecosistema de la región.  Se debe realizar un estudio profundo, que permita estar seguro que lo que se construirá sólo traerá beneficios y no turbulencias para los estados involucrados.  En países como Argelia, Egipto y Túnez un estallido social podría agudizar más la inestabilidad política de sus gobiernos y aquello traería nefastas consecuencias para Europa.  El riesgo de enfrentamientos ideológicos es demasiado grande y un error en la concepción de los proyectos euromediterráneos podría, en vez de aunar posturas, agudizar las divisiones ya existentes entre la ribera sur y norte.

En este sentido, cabe preguntarse qué sucederá con los diversos bloques regionales que de una u otra forma tienen nexos con el “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”.  Por ejemplo, ¿será capaz la Unión Europea de sobrellevar su división interna?, ¿afectará esto al equilibrio europeo?

Misma pregunta debe hacerse respecto a la Unión por el Magreb Árabe (UMA), un organismo que está prácticamente paralizado desde hace cerca de 15 años.  Es por esto que el cuestionamiento apunta a la nueva realidad de la UMA, que deberá definir, en conjunto, qué importancia le darán a la unión mediterránea recientemente planteada.  Será interesante ver cómo dialogan entre sí Argelia y Marruecos, líderes de la región, pero que aún mantienen una disputa por el Sahara Occidental.  Hay que ver cómo lo hacen estos países para convivir en un proyecto euromediterráneo tomando en cuenta que ya arrastran difíciles relaciones con sus vecinos.  Aparte, ¿qué ocurrirá con la UMA?, ¿se debilitará o fortalecerá en caso que el “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo” sea un éxito o fracaso?

Tampoco se puede soslayar lo expresado por Muammar al Gaddafi y que fue respaldado, implícitamente, por el presidente senegalés Abdoulaye Wade.  El asunto tiene que ver con la principal advertencia hecha por el líder libio, quien asegura que este proyecto podría generar divisiones al interior del mundo africano y árabe.  Es así que Wade fue bastante claro, al decir que “la idea de una Unión por el Mediterráneo, si se realiza, permitirá a África del Norte arrimarse a Europa, pero será una barrera que aislará a África del Sur del Sahara.  De eso, los africanos deben estar muy conscientes”.

Los conflictos regionales son otro factor a tomar en cuenta y que permite no ser tan optimista respecto al devenir del “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”.  Claro, porque en los alrededores y en la misma cuenca mediterránea, una serie de problemas y litigios fronterizos deben convivir, obligatoriamente.  Existen focos conflictivos de gran preocupación y que pueden influir en las relaciones entre los estados involucrados y, por ende, al interior de esta nueva unión mediterránea.  Sólo basta recordar el conflicto palestino-israelí, el proceso de paz en Medio Oriente, la crisis interna del Líbano, la división de la isla de Chipre, las disputas por yacimientos petrolíferos entre Malta y Argelia y, por supuesto, la rebeldía de Libia y la reticencia de Turquía.  Todo eso, sin siquiera contar el conflicto del Sahara, el eterno problema de la inmigración clandestina e ilegal y, relacionado con esto último, las consecuencias de la última ley de inmigración aprobada por la Unión Europea.

Todo eso hace ver que la realidad empírica demuestra una mayor probabilidad o tendencia hacia la división, más que a la unión.  Ese será, entonces, el verdadero desafío del naciente “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”.

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
@Ratopado

 

 

 

 

 

 

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Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo, ¿un capricho condenado al fracaso?

Fecha 11/07/2008 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Dentro de las próximas horas se realizará la esperada Cumbre Euromediterranea de Paris, una de las obsesiones del presidente francés Nicolas Sarkozy.  Tras un arduo trabajo diplomático, giras por Medio Oriente y el Norte de África, finalmente se llevará a cabo este encuentro y, para felicidad del mandatario galo, contará con la mayoría, si es que no todos, sus invitados.  El único ausente será el líder libio Muammar Al Gaddafi, quien no está de acuerdo con este proyecto.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 11 de julio, 2008

union_for_the_mediterraneanLos 43 estados que tomarán parte en este evento tendrán mucho por hablar.  Quizás demasiado y, justamente, ese es uno de los principales problemas de este encuentro.  Al ver que un hombre piensa reunir tal cantidad de países en pos de un mismo camino, las proyecciones no pueden ser muy optimistas.  No se trata de ser alarmista, pero emprender una misión así es demasiado difícil y, especialmente, tomando en consideración a quienes integrarían este nuevo “barrio” o espacio común.

Ya no se trata de aunar naciones con una religión común o con un pasado cultural similar.   Tampoco son gobiernos que tengan excelentes relaciones y, en el caso de algunos, que ni siquiera han entrado en mayor profundidad con algunos de los estados reunidos bajo el amparo de la Unión por el Mediterráneo.  Peor aún, existen grandes diferencias económicas, políticas y sociales entre muchos de los países en cuestión y, finalmente, una serie de conflictos aún permanecen sin solución.  Por eso, pensar en que una unión como la que plantea el presidente francés, Nicolas Sarkozy, parece, al menos de momento, muy poco viable.  Al menos en el corto y mediano plazo.

Un ejemplo sirve para consolidar lo anteriormente expresado.  Si la Unión Europea, quizás el  bloque regional más avanzado del mundo, ha tenido que enfrentar serias crisis internas ante ciertas coyunturas (Ej.- el “No” de Irlanda, Holanda y Francia a ciertos referéndums, los problemas de políticas inmigratorias y los dolores de cabeza provocados por Polonia), cabe preguntarse qué ocurriría con la famosa Unión por el Mediterráneo.  Mientras el bloque europeo cuenta con 27 miembros, el nuevo grupo mediterráneo llegaría a 43 estados.  Además, lo curioso es que se habla de una “Unión por el Mediterráneo”, pero más de la mitad de las naciones que son parte de este conglomerado están más cerca del Mar del Norte, el Mar Báltico o incluso del Polo Norte.  Y esto último no es un capricho, sino que busca demostrar la verdadera realidad de un grupo de estados que no son homogéneos y que, dadas sus condiciones específicas –sociales, políticas y económicas- hacen bastante inviable este proyecto.

Puede ser que la voluntad de crear un ente nuevo, capaz de ir solucionando los problemas que afectan al Mar Mediterráneo sea un buen motivo para creer en esta cruzada quijotesca, pero eso no es suficiente para que la Unión por el Mediterráneo llegue a consolidarse y a funcionar tal cual Nicolas Sarkozy lo quiere.  De momento, y esa es la impresión que queda, es que al igual que otros bloques poco estudiados, improvisados y carentes de una sólida base, aquí ocurrirá lo mismo, es decir, seguramente se avanzará en un principio, pero luego todo debiera entramparse en pantanos políticos.

Algunos motivos para el escepticismo

Una visión general de lo que ha sido el Proceso de Barcelona, desde sus inicios, en 1995, hasta lo que es hoy, permite elaborar ciertas proyecciones.  La primera, y que parece demasiado lógica, es el hecho de ver cómo se ha desvirtuado un proyecto que tal cual estaba originalmente planteado era muy interesante.  Sólo los estados con costas en el Mediterráneo serían parte de lo que sería aquella unión.   Sin embargo, aparecieron las voces discordantes en Europa, diciendo que este tipo de asociaciones podrían ir en contra del espíritu de la Unión Europea.  Este fue, justamente, uno de los motivos que introdujo Angela Merkel y, de hecho, gracias a este argumento logró que se incluyera a todos los estados miembros del bloque europeo.  Ahora, lo que llama la atención es que una persona tan interesada en mantener la unión de una región, no haga lo mismo con sus vecinos de al frente, es decir, africanos y árabes.  Es el doble standard que tanto molesta y que, realmente, es lo que provoca tantos roces entre unos y otros.

No tiene sentido analizar en profundidad cada una de las aristas “negativas” que tiene este proyecto, ya que aquello sería muy largo y daría para una serie y profunda investigación.  En este sentido, lo que sí se puede hacer es revisar, someramente, algunos de los principales motivos que hacen dudar del éxito que pueda tener la Unión por el Mediterráneo.  Argumentos políticos, económicos y sociales.  Esa es la base de la desconfianza.

Lo primero es dejar en claro que no hay una postura única entre los diversos implicados en este asunto.  Al interior de la Unión Europea, no hay voces que vayan en contra de la corriente, pero ciertamente hay distintas velocidades, interpretaciones y expectativas en torno al Proceso de Barcelona.  Mientras la Francia “sarkozista” ha asumido un notable liderazgo y se ha movido para que este proyecto pueda dar sus primeros casos, otros países europeos no tienen la misma actitud.  Alemania, España e Italia mira con ciertas precauciones todo este suceso y da la impresión que tienen severas dudas respecto a si esto funcionará.  Otros miembros de la Unión Europea no están muy entusiasmados y sólo se preocupan de estar informados, lo cual es lógico, ya que, por ejemplo, es entendible que a los países bálticos les interesa más formar una alianza entre sí y con sus vecinos de la ex órbita soviética.  Finamente, también hay naciones, como Grecia, que se han convertido en fieles apoyos, aunque siempre desde un segundo plano.

Ahora, esta carencia de una mirada común es algo que también ocurre en los demás estados no europeos que forman parte del “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”.  En el norte de África, Argelia y Libia han dado muestras de no estar muy conformes con este proyecto y, tanto así, que el mandatario libio, Muammar Al Gaddafi, ha boicoteado la cumbre de Paris y ha dicho que él no está para que nuevamente los europeos vengan a pisotearlos.  No lo ha dicho con esas palabras, pero con el mensaje que entrega está claro que eso es lo que piensa.  Gaddafi incluso realizó un pequeño encuentro junto a otros líderes árabes, en junio pasado, en el cual dio a entender su postura y las dudas que tenía respecto al proyecto impulsado por Nicolas Sarkozy y avalado por los 27 estados miembros de la Unión Europea.  Los temores del coronel libio hacen referencia a una posible división al interior del mundo árabe y africano.  De hecho, le dijo a los representantes europeos que no se negocia, ni se dialoga con algunos países específicos, sino que con todos y que para eso están la Unión Africana y la Liga Árabe.  Finalmente, Gadaffi definió a este proceso como un “campo minado” y que en cualquier minuto puede estallar.

Pero él no es el único con aprensiones, ya que la mayoría de los estados magrebíes piensan que a la hora de establecer nexos y relaciones económicas los europeos van a intentar imponer sus términos, algo que no les gusta y que, de hecho, les ha ocurrido en el pasado.  Por eso, existen voces de discordia entre los países agrupados en la Unión del Magreb Árabe.  De ellos, son Argelia y Libia quienes muestran una mayor distancia respecto a una posible Unión del Mediterráneo.  Marruecos y Túnez, por el contrario, han manifestado su intención de colaborar con la creación de este proyecto, aunque siempre dejando en claro que no aceptarán ser socios de segunda categoría.

Respecto a los estados árabes, africanos y del Medio Oriente, el principal motivo que genera desconfianza es la idea de tener en un mismo bloque a Israel y otras naciones que todavía tienen problemas con dicho país. Y no son pocos, ya que Siria, Líbano, Autoridad Palestina, Libia y Argelia no tienen grandes relaciones con el gobierno israelí.  Incluso, anteriores aliados, como Mauritania, se han alejado un tanto.  Sólo Jordania y Egipto mantienen relaciones diplomáticas con Israel, a lo cual se suma una buena comunicación con las autoridades marroquíes.  Quizás, el único punto positivo sean los acercamientos entre Siria e Israel, bajo la mediación de Turquía.  Ahora, más allá de los problemas específicos que puedan tener países determinados, cabe preguntarse cómo se puede pensar incluir árabes e israelíes en una misma unión, si todavía no han solucionado muchos de sus conflictos.  Aún están presentes en la memoria árabe la invasión al Líbano, los altos del Golán y la creación del estado palestino como una nación reconocida legalmente en todo el mundo.  Por eso, pensar en una Unión del Mediterráneo con estos complejos escenarios aún sin resolver, no sólo parece inoportuno y desatinado, sino que también falto de respeto.  Antes de intentar crear nexos sólidos, lo primero es generar una base real de confianza y eso, claro está, no existe.

Además, por si fuera poco, las relaciones al interior de los diversos bloques regionales no son perfectas. La Unión Europea pasa por una nueva crisis tras el “No” de Irlanda al Tratado de Lisboa, la Unión del Magreb Árabe nunca ha podido consolidarse con una voz única y representativa de sus integrantes.  El conflicto del Sahara sigue dividiendo a marroquíes y argelinos y no da señales de pronta solución.  En Medio Oriente, los países árabes no están tan unidos, algo que no es novedad.  Siria y Egipto no poseen grandes relaciones;  Israel genera conflictos con Siria y Palestina; y, finalmente, no existe una entidad que agrupe a todos los estados de la región.  Lógico, porque mientras no se solucione el problema palestino aquello no podrá llevarse a cabo.

Estos hechos hacen pensar que quizás sería más lógico esperar que estas zonas logren unirse y cohesionarse como bloque, para, una vez que esto se lleve a cabo, intentar una unión de uniones.  Si el Magreb tiene una sola voz y lo mismo ocurriese con Medio Oriente, las reuniones y el diálogo con la Unión Europea serían mucho más fluidas y fáciles.  Lamentablemente, la realidad de hoy muestra falta de comprensión, pocos puntos de encuentro y muchos problemas aún por resolver.

Y hablando de coyunturas conflictivas, es necesario recordar algunas que, desafortunadamente, tienen mucho peso y relevancia.  Al mencionado problema árabe-israelí y a la cuestión palestino-israelí, hay que sumar el auge del terrorismo en el Magreb y, específicamente, en Argelia.  El asunto es que la mayoría de los blancos terroristas tienen como objetivo a los europeos o a representantes del gobierno argelino, que buscan una apertura y una menor influencia del Islam en la vida política.  Así las cosas, resulta difícil imaginar al pueblo de Argelia aceptando una unión con sus vecinos europeos, que, lamentablemente, para muchos argelinos no son más que rivales.  El Mar Mediterráneo también es escenario de enfrentamientos, ya que el asunto de la división de Chipre entre los greco y turcochipriotas es un problema de mucha profundidad y que incluso ha sido un obstáculo para el proceso de adhesión de Turquía a la Unión Europea.  Al respecto, nuevamente llama la atención que al gobierno turco le pongan como condición de entrada que normalice sus relaciones con Chipre, pero, curiosamente, para una Unión por el Mediterráneo, aquello no es un obstáculo.  Otra vez el doble estándar.  Finalmente, otro gran conflicto tiene que ver con las disputas por el petróleo, algo que involucra a Malta, Libia y Argelia, que no cesan en su disputa por yacimientos petrolíferos ubicados en la cuenca mediterránea.

Turquía es otro de los puntos fuertes dentro de los argumentos que permiten vislumbrar un futuro no muy promisorio para la Unión por el Mediterráneo.  Esto, porque Nicolas Sarkozy ha mencionado, en varias oportunidades, que no quiere a Turquía adentro de la Unión Europea, pero que a cambio les ofrece este proyecto mediterráneo.  Obviamente, esto es algo que no sólo molesta, sino que provoca un profundo sentimiento de traición por parte del gobierno turco, que ha realizado importantes avances en pos de obtener el anhelado ingreso a la Unión Europea.  Turquía ya ha dado muestras de su evidente prudencia y distanciamiento respecto al Proceso de Barcelona, tal cual se ha ido modificando con el paso del tiempo.  Los representantes del gobierno turco han dejado en claro que jamás serán integrantes si eso les significara no poder ser miembro pleno del bloque europeo.  Por eso, y como reflexión final, es necesario cuestionarse hasta qué punto se puede confiar en el “amigo” Sarkozy, que es capaz de acercarse a todos los árabes, africanos y turcos, pero no desde tan cerca.  Puede buscar puntos de encuentro, pero lejos de su casa, que es la Unión Europea.

En cuanto a la inmigración, es un tema que también puede traer muchas discusiones, especialmente tras la última y polémica medida adoptada por la Unión Europea, que permite, entre otras cosas, retener por hasta 18 meses a los inmigrantes ilegales antes de enviarlos de vuelta a sus países.  El punto es muy claro, ya que las políticas de inmigración y desarrollo utilizadas por España y la estrecha colaboración de este país con Marruecos en esta materia chocan con la postura intransigente de algunos gobiernos europeos.  Marroquíes y españoles ya han iniciado un trabajo conjunto y seguramente no estarán dispuestos a botarlo para satisfacer las necesidades o caprichos de otros estados.  Aún menos, porque lo que ellos han ido generando les ha entregado buenos resultados y, lo principal, un acercamiento entre ambas naciones.

Finalmente, es bueno reflexionar acerca de las realidades sociales, económicas y políticas.  Es un tema muy largo, pero claramente existe un desequilibrio en la manera de vivir entre los países que participan en el Proceso de Barcelona.  Por dar algunos ejemplos, las violaciones a los Derechos Humanos se mantienen como una constante en los estados magrebíes –con mayor y menor intensidad según el gobierno del cual se trate-, la pobreza sigue siendo una fuerte amenaza en el Magreb y Medio Oriente y la manera de sentir la religión es una diferencia demasiado grande entre europeos, árabes y africanos.  Si en la Unión Europea, el concepto ”Eurabia” genera temor y desconfianza, si las construcciones de realidad hechas por los medios mantienen una imagen negativa del Islam y si en países como Argelia la hostilidad hacia extranjeros no cesa, entonces es muy difícil lograr consensos, en todo tipo de nivel, ya sea gubernamental o entre los pueblos.

Último pensamiento

La Unión por el Mediterráneo suena muy bien y aparece como una idea muy bonita.  Sin embargo, no es lo que muchos quieren hacer creer.  Aquí, el espíritu está bien dividido y son muy pocos los que realmente quieren una integración plena con países magrebíes y árabes.  Se trata, más bien, de una unión que podría traer beneficios para todas las partes involucradas, pero especialmente  para algunos.

Los recursos naturales ubicados en las costas africanas del Mediterráneo (petróleo, gas y fosfatos, entre otros), los productos pesqueros de Mauritania y Marruecos, la posición estratégica de Medio Oriente y la gran importancia de Turquía, como vía de transporte de petróleo y gas desde Asia Central han llamado la atención de una Europa que está cada vez más preocupada por la escasez de recursos productivos.  Ya explotaron sus costas y su dependencia de Rusia en temas energéticos es algo muy grave para ellos.

Al mismo tiempo, la necesidad de mejorar las relaciones y así evitar más confrontaciones y nuevos peligros para la sociedad europea, han llevado a los líderes del Viejo Continente a realizar esfuerzos en pos de obtener nexos más positivos con estados árabes y africanos.

Pero no será fácil, ya que hay temas muy profundos por resolver.  Esta vez, a diferencia de anteriores ocasiones, África y el Mundo Árabe no están dispuestos a ser explotados y ya han reivindicado sus derechos.  Trato igualitario y nada de miradas con desprecio.  Ni favores, ni regalos. Simplemente, lo que corresponde.

Es así que la Unión por el Mediterráneo deja un manto de dudas, por mucho que la Cumbre de Paris llegue a ser un éxito.  Así, brota la gran pregunta.

Unión por el Mediterráneo, ¿un capricho destinado al fracaso?

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
@Ratopado

 

 

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