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Reconocimiento oficial al estado de Palestina, ¿un momento único?

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Reconocimiento oficial al estado de Palestina, ¿un momento único?

Fecha 14/10/2014 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Durante 2014 se han vivido diversos hechos, los cuales han generado que, como ya es habitual, el conflicto palestino-israelí se mantenga en la primera plana de los medios y, lo más importante, de los debates políticos y académicos.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 14 de octubre, 2014

Majdi Fathi / APA

Majdi Fathi / APA

Al respecto, se pueden mencionar, entre otros hitos del presente año, la última ofensiva militar de Israel (como siempre, abusiva, descontrolada y con muchas muertes), la reciente e inédita reunión del Gobierno de Unidad Palestino en Gaza y dos propuestas, formuladas en países europeos, que buscan el reconocimiento de Palestina como un estado.

En relación a esto último, se trata de las declaraciones del primer ministro de Suecia, Stefan Löfven, quien dijo que el nuevo gobierno sueco intentará reconocer a Palestina a través de un proyecto que no necesitaría la aprobación del Parlamento, pero sí el aval del Consejo de Ministros. Junto a eso, se suma la reciente votación (simbólica, pues no es vinculante) por parte de la Cámara de los Comunes del Reino Unido, la cual votó a favor de reconocer a Palestina por 274 votos contra 12 (en total, 650 miembros).

Y aunque se trate de dos iniciativas que, por ahora, no han llevado a algún reconocimiento oficial, ya es una presión para Europa Occidental, región que, hasta hoy, está en deuda con Palestina. Claro, pues apenas 15 países europeos reconocen a Palestina y ninguno de ellos es una potencia y, la mayoría, se encuentra en Europa Oriental.

Al respecto, cabe destacar ciertos datos estadísticos. Según informaciones oficiales (y confiables y verificables), 134 países reconocen a Palestina, es decir, el 69,43% de los miembros de la Organización de Naciones Unidas (ONU). Con excepciones, África, Sudamérica, Centroamérica, el Caribe y Asia, además de Europa Oriental, se han convertido en grandes avales de la propuesta palestina, o sea, saldar una histórica deuda y darle a Palestina la categoría de un estado como todos los demás.

Cuando se analizan diversos conflictos territoriales (todavía abiertos o activos), cuesta encontrar uno que tenga un apoyo tan masivo como en el caso de Palestina. Es así que las potencias, especialmente las occidentales (y otras como Australia) se den cuenta que es momento de negociar por la paz en Palestina y, por qué no, en Medio Oriente. En medio del caos actual, la pavimentación de un camino que vaya en dirección al reconocimiento oficial de Palestina –al mismo nivel que el de Israel- no sólo será un bálsamo para la conflictiva zona en cuestión, sino que además planteará derechos y obligaciones por ambas partes.

Así como Israel (y sus aliados, entre ellos Europa Occidental y Estados Unidos) deberá asumir y respetar la creación del estado palestino, Palestina (y los más fuertes detractores de Israel) tendrán que demostrar, con actos concretos, que el reconocimiento a la existencia de Israel tiene que ser una realidad cotidiana y, al respecto, será esencial que las posturas radicales sean desterradas.  Junto a eso, también surgirá la misión de comenzar a resolver las diversas variables del conflicto actual, que van más allá de Palestina e Israel y de luchas fronterizas (entre ellas el avance del Estado Islámic, la situación de los kurdos y la guerra en Siria).

Es así que, tal cual como ocurrió en la década de 1990, quizás estemos frente a un momento histórico, en el cual Europa pueda producir un vuelco y reparar una injusticia que se ha mantenido durante décadas. Las muertes de inocentes no pueden seguir siendo el precio de no querer reconocer a un país que cumple con todos los requisitos para ser un estado con pleno derecho y, en tal condición, tener las mismas capacidades de los demás. Esto último, además, permitirá que la solución del conflicto palestino-israelí se pueda retomar entre partes iguales. Algo esencial a la hora de resolver problemas.
Raimundo Gregoire Delaunoy
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
@Ratopado

 

 

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Implicancias de la reelección de Obama en el mundo árabe-magrebí

Fecha 21/11/2012 por Raimundo Gregoire Delaunoy

El 6 de noviembre pasado se concretó la reelección de Barack Obama, actual presidente de Estados Unidos. A partir de eso, ya se puede empezar a vislumbrar lo que podría modificarse (o no) en el Magreb y el Mashrek.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 21 de noviembre, 2012

Fotografía: AP

Fotografía: AP

El contexto ya es conocido. A fines de 2010 comenzó un proceso de cambios en el mundo árabe y magrebí, lo cual trajo como consecuencia la caída de dictadores como Muammar al Gaddafi (Libia), Hosni Mubarak (Egipto) y Zine el Abidine Ben Alí (Túnez).

Junto a eso, llegó la curiosa “transición democrática” de Yemen y, en paralelo, ciertos países árabes y magrebíes lograron enfrentar de mejor forma el nuevo camino. Ahí se cuentan, con diferentes matices, Marruecos, Argelia, Jordania y Omán, por dar algunos ejemplos.

Ayer, hablar del proceso de cambios significaba referirse a Siria, país que está sumido en una terrible guerra civil. Quiérase o no, este conflicto es el que se estaba llevando toda la atención, desplazando lo que al mismo tiempo ocurre en Bahrein y Mauritania, países que en cualquier minuto pueden “reventar”.

Incluso las clásicas tensiones al interior del Líbano pasaron a un segundo plano, algo que también se repetiría, en una zona mucho más lejana. Se trata de la famosa rebelión tuareg de Malí, la cual, hoy por hoy, ha convertido a este país en un cuasi estado fallido.

Las informaciones, provenientes desde Malí,  dan a entender que los rebeldes laicos del MNLA han perdido terreno frente a los islamistas radicales de Ansar Dine, Al Qaeda del Magreb Islámico (AQMI) y del Movimiento por la Unidad y la Yihad en África Occidental (MUJAO). Todo estos grupos tienen nexos con Boko Haram (Nigeria) y Al Shabaab (Somalía).

Resumiendo, ayer, la atención estaba puesta en la guerra civil de Siria y, en menor medida, en la inminente intervención militar de Malí (aprobada por la ONU).

Hoy, con una nueva y agresiva operación de Israel en Gaza, el contexto ha cambiado. Las miradas se centran en Medio Oriente y es ahí donde cabe preguntarse qué influencia pueda tener Estados Unidos en este conflicto.

La respuesta no es difícil de imaginar. El gobierno de Barack Obama ya declaró que le da un total apoyo a Israel y, con eso, desechó la opción de haber dado un giro histórico.

Aún más, Obama desaprovechó la oportunidad de haberse convertido en una especie de Recep Tayyip Erdogan de Estados Unidos, es decir, un líder admirado y respetado por el mundo árabe y magrebí.

En este contexto, la reelección de Barack Obama no trae consigo un cambio en la política exterior de Estados Unidos, ni tampoco en los nexos de los países involucrados en este conflicto, que ya no puede ser catalogado como “árabe-israelí”, pues involucra a otros actores. Como Turquía o Irán, por ejemplo.

Lo que sí es cierto es que Estados Unidos puede tener, eventualmente, una fuerte implicancia, pues si sigue apoyando fuertemente a Israel, podría generarse un conflicto a gran escala.  Y si bien se dio a conocer la noticia de una tregua, eso está lejos de ser la solución al asunto en cuestión.

Así, sólo Egipto podría evitar el gran descalabro. Mohammed Mursi ha sido un hábil político y ha sabido aunar a las potencias regionales (Irán, Egipto, Arabia Saudita y Turquía) en el grupo de “reflexión” sobre los asuntos de Medio Oriente.

Si la postura egipcia –que se ha acercado a África, que ha puesto límites a Estados Unidos y que va encaminado a un modelo de Islam político moderado como el turco-  es la que finalmente prima, entonces será una gran derrota para Estados Unidos e Israel.

Parece ser, entonces, que el gobierno de Barack Obama no será capaz de asumir el desafío de adaptarse al nuevo mundo árabe y magrebí.  La sombra de Israel sigue dominando en el Congreso estadounidense.

Y eso, nadie lo puede y/o quiere cambiar.

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
@Ratopado

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Unión por el Mediterráneo, ¿y ahora qué?

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Unión por el Mediterráneo, ¿y ahora qué?

Fecha 15/09/2008 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Hace cerca de dos meses se realizó la mediática Cumbre de Paris, cuyo objetivo era darle mayor potencia al proyecto ideado por el presidente francés, Nicolas Sarkozy.  Ahora, más allá de opiniones y visiones subjetivas, lo importante es intentar dilucidar hacia dónde va la naciente Unión por el Mediterráneo, que todavía no pasa de ser una incipiente iniciativa del mandatario galo.  En este sentido, se hace imperioso analizar, ya sin la euforia post cumbre, la verdadera esencia del ahora denominado “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”.

Por Raimundo Gregoire Delaunoy | 15 de septiembre, 2008

Reuters

Reuters

Muchos insisten en que el concepto de hoy y las próximas décadas será la integración.  Local, regional, continental y mundial.  Económica, política y cultural.  Comercial y tecnológica.  Y así, sucesivamente, buscando diversos puntos en los cuales gobiernos de diversos países puedan complementar sus carencias y fortalezas.

Bajo este paradigma –el de la integración regional- el presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, ha comenzado una interminable campaña en pos de obtener el apoyo necesario para llevar a cabo uno de sus grandes proyectos.  Se trata de la Unión por el Mediterráneo, una iniciativa que aun cuando se encuentra en pañales, al menos ya dio sus primeros pasos hace poco más de un mes, momento en el cual 43 jefes de estado y gobierno se reunieron en la capital francesa.  Nadie puede discutir que la organización de la Cumbre de Paris fue un éxito y que el proyecto de Sarkozy ha comenzado en buen pie.  Sin embargo, es importante navegar por aguas más profundas e iniciar un análisis objetivo y exhaustivo, para así tomar una radiografía perfecta al “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”.

En este sentido, la gran relevancia de la Cumbre de Paris fue que permitió establecer tres cosas.  Primero, que tras esta reunión se llegó a resultados concretos (pocos, pero no por eso dejan de ser reales).  Segundo, este evento permitió que se dieran a conocer, directa o indirectamente, hechos puntuales y coyunturas de gran relevancia, no sólo para este proceso, sino que también para otros.  Tercero y final, el encuentro realizado en la capital francesa sirvió para develar una serie de dudas y para dar cuenta de ciertas proyecciones a futuro.

De lo poco, ¿bueno?

Tras el término de la Cumbre de Paris se elaboró una declaración final en la cual se establecían conclusiones y, lo principal, las principales decisiones adoptadas en consenso.  Al respecto, era importante saber cuáles serían los acuerdos obtenidos, especialmente en temas o áreas que de por sí son conflictivas o, por decirlo de otra forma, causan divisiones o visiones diferentes.

Uno de estos asuntos era, lógicamente, el Proceso de Paz en Medio Oriente.  En este sentido no extraña que la declaración final se retrasara, justamente, por la reticencia de los países árabes, que buscaban imponer sus términos en torno a la conformación de este proyecto mediterráneo.  Dichos estados querían que la Liga Árabe pudiese tener un rol activo en este proceso, cosa que no causaba gran alegría entre los europeos.  Sin embargo, finalmente se acordó incluir a este organismo como observador, pero no se incluyó en la declaración final un reconocimiento expreso sobre el estado palestino.

Otro punto polémico tenía que ver con el movimiento de personas, algo que, por ejemplo, causa grandes dudas en el gobierno argelino liderado por su presidente, Abdelaziz Boutlefika.  Sobre este asunto no se llegó a acuerdos y eso, justamente, una piedra de tope, ya que antes del inicio de esta cumbre Argelia ya había expresado ciertos temores.

Ahora, más allá del tema del traslado humano y de las disputas entre árabes e israelíes, se lograron ciertos avances, que permitieron elaborar proyectos concretos y resoluciones definitivas.

Lo más relevante lo constituye la conformación, poco a poco, de toda la estructura de este Proceso de Barcelona renovado.  Para empezar, se decidió darle un nuevo bautizo a este proyecto, que ahora será conocido como “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”.  Esto último tiene que ver con el hecho que al gobierno español no le agradaba mucho la idea de una Unión por el Mediterráneo, mientras que a Francia no le interesaba mucho mantener el nombre de un proyecto que, según Nicolas Sarkozy y el mismo Hosni Mubarak, había fallado y que era necesario actualizarlo y mejorarlo.  Debido a esta pequeña lucha se optó por una decisión salomónica, que aunque no era el del absoluto agrado, al menos dejaba a ambas partes conformes.  La diplomacia utilizada en este ámbito fue demasiado fina, lo que llevó al mandatario galo a decir que “no se trata de borrar el Proceso de Barcelona, sino que de complementarlo”.

Si bien la nomenclatura es importante, lo relevante es ver cuáles fueron, efectivamente, las medidas concretas que se adoptaron tras la Cumbre de Paris.  En este sentido, se estableció que este proyecto funcionará con una copresidencia, una de la ribera norte y otra del sur.  Quienes debutaron con este nombramiento fueron los presidentes de Francia y Egipto, Nicolas Sarkozy y Hosni Mubarak, respectivamente.  Además, se realizará una reunión anual de ministros de Relaciones Exteriores y cada dos años tendrá lugar una cumbre del bloque.  También, se dio origen a la secretaría, pero quedó en suspenso la elección de la sede de aquella institución.  Al respecto, este asunto se zanjará en la próxima reunión de ministros, a realizarse en noviembre próximo, en la ciudad portuguesa de Lisboa.  Las candidaturas ya han sido presentadas –en forma formal o informal- y se trata de cinco países. Barcelona (España), Rabat (Marruecos), Ciudad de Túnez (Túnez) y Malta se disputarán este honor y, por ejemplo, el mismo día de la cumbre el jefe de gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, hizo el anuncio respecto a la postulación de Barcelona como sede de la secretaría.  Finalmente, el secretariado será la institución encargada del financiamiento y de supervisar la ejecución de los diversos proyectos elaborados.

Párrafo aparte para las iniciativas a las cuales se comprometieron los asistentes a la Cumbre de Paris.  Se trata de seis ideas que serán puestas en marcha lo antes posible.  Los proyectos son los siguientes:

  • Descontaminación del Mediterráneo
  • Autopistas del mar y construcción de infraestructura terrestre en la ribera sur
  • Plan de energía solar
  • Programa de protección civil
  • Universidad euromeditarránea, con sede en Eslovenia
  • Apoyo al desarrollo de las empresas

De esta forma, se dieron los primeros pasos en pos de darle una estructura sólida a este proceso, aunque, objetivamente, aún falta mucho por delante.  Por ejemplo, cabe preguntarse de dónde se sacarán los fondos económicos.  Ya se sabe que el Banco Europeo de Inversión (BEI) será una de las instituciones que colaborará en forma estrecha con la puesta en marcha de este proyecto, pero quedan dudas respecto a cuánto podrá ayudar, ya que desde 2002 a la fecha el BEI ha invertido siete millones de euros en el Mediterráneo.

De momento, no queda más que observar si las primeras piedras que se han puesto en este camino serán suficientes para ir construyendo una sólida base, que, a su vez, permita la consolidación del “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”.

Lo que demuestra la Cumbre de Paris

Teniendo en claro cuáles fueron os avances en concreto de la Cumbre de Paris, es importante dar cuenta de algo que incluso puede ser más importante que aquellos logros obtenido en el encuentro realizado en la capital francesa.  Se trata de navegar en profundidades y develar tendencias que superficialmente son imposibles de ser reconocidas.

Problemas de cohesión

Lo primero es decir que parece imposible soslayar los serios problemas de cohesión que posee el proyecto ideado por el presidente de Francia, Nicolas Sarkozy.  Si intentar olvidar lo difícil que es intentar unir a 43 gobiernos en un solo bloque, aún más complicado es disfrazar u ocultar las grandes falencias de este proyecto, especialmente si se trata de implantar la cohesión necesaria para darle éxito a esta iniciativa.  Al respecto, los diversos actores involucrados en el “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo” presentan evidentes señales de fisuras internas.

En Europa, no todos ven con los mismos ojos el proyecto mediterráneo.  Para empezar, no se puede olvidar que el plan original de Sarkozy tuvo que ser modificado, para así lograr el apoyo de Alemania y muchos otros países europeos.  Ahora, el hecho de haber incluido a la Unión Europea en este proyecto no significa que no exista un cisma al interior de este bloque.  De hecho, existe un importante grado de reticencia por parte de algunos mandatarios europeos.  Además, las directrices políticas de los estados son bastante disímiles y, por ejemplo, no se pueden comparar las posturas de José Luis Rodríguez Zapatero y Nicolas Sarkozy.  Mientras el primero ha trabajado arduamente por una mayor y mejor comunicación y cooperación con el Magreb y, particularmente, con Marruecos, el segundo ha generado leyes cuyo objetivo es endurecer el sistema de migraciones.  Siguiendo con este punto, la nueva ley de inmigración de la Unión Europea mostró las evidentes diferencias entre los miembros del bloque.  Aún más, el hecho que el Consejo de Europa la haya rechazado demuestra que mientras algunos buscan un trato digno para los inmigrantes, otros, simplemente, no quieren saber más de este asunto.  Es por eso que es necesario reflexionar acerca de cuán factible es juntar a los 27 estados miembros de la Unión Europea en un proyecto que los uniría con los que, para algunos, se trataría de países con una población amenazadora.

Ahora, la Unión Europea no es el único bloque que presenta problemas de cohesión.  En este sentido, es importante destacar la división existente al interior de la Unión del Magreb Árabe (UMA).  Mientras Marruecos y Túnez ven con buenos ojos el proyecto mediterráneo, Argelia y Libia tienen muchas dudas respecto a esta iniciativa y, de hecho, para el líder libio, Muammar al Ghadaffi, el “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo” es sinónimo de problemas, división y amenazas para el mundo árabe y africano.  En resumen, se podría decir que existen tres posturas entre los miembros de la UMA.  La oposición extrema liderada por Libia, la tibia reticencia de Argelia y el apoyo incondicional de Túnez y Marruecos.  Mauritania aparece un tanto aislada y seguramente seguirá así, ya que tiene asuntos mucho más importantes a los cuales dedicarse como, por ejemplo, el golpe de estado realizado por los militares hace cerca de un mes.  Sin embargo, más allá de todas estas diferencias, lo concreto es que el Magreb dio señales evidentes respecto a que ellos desean un rol principal en este proyecto y que no se repita la tendencia histórica de los países europeos, que, generalmente, terminan controlando el desarrollo de los procesos.

Conflictos persistentes

Otra conclusión, bastante palpable, es la continuidad de ciertos choques o focos conflictivos.  Algunos con mayor intensidad, otros sin tanto eco, pero siempre impidiendo un equilibrio en las relaciones entre países, bloques o regiones.  Al interior del Magreb, Argelia y Marruecos aún mantienen tensos vínculos, debido a diferencias en ciertas políticas y, particularmente, por el asunto del Sahara Occidental.    Cerca de ahí, en Mauritania, un golpe de estado realizado hace cerca de un mes ha puesto en jaque el proceso de incipiente democratización de aquel país y amenaza con transformarse en tierra pantanosa, algo que favorecería el accionar de células terroristas.  Esto último ya es un problema bastante serio en Argelia.

En Medio Oriente, las evidentes y lógicas diferencias entre los estados árabes e Israel han quedado expuestas ante los ojos de todos los asistentes de la Cumbre de Paris.  En algo que era obvio y que se mantendrá durante muchos años más, el gobierno israelí aún no ha podido solucionar sus conflictos con Palestina, Siria y Líbano.  En la medida que esta situación se mantenga en el tiempo parece imposible que se pueda aglutinar en un solo bloque a árabes a israelíes.  Si bien es cierto que se han realizado esfuerzos para llegar a acuerdos, todavía no hay grandes hechos concretos que permitan vislumbrar una salida positiva.  Tanto así, que la firma y lectura de la Declaración de la Cumbre de Paris se retrasó ante las exigencias de los países árabes respecto a la cuestión palestino-israelí.

En pleno mar Mediterráneo, otros dos conflictos siguen con vida.  Se trata de la división de Chipre y la lucha por recursos petrolíferos entre Libia, Malta y Argelia.  El primero de ellos ha sido un verdadero dolor de cabeza para Turquía, que en este asunto ha encontrado una barrera para su proceso de adhesión a la Unión Europea.  En cuanto al segundo problema, es una situación que sin ser grave, ni categórica, sí causa cierto temor, ya que estas viejas disputas impiden un mayor entendimiento y desarrollo económico de la región.

Por último, el accionar de la Unión Europea en el conflicto árabe-israelí deja en claro, que aquel bloque desea una paz que sea beneficiosa para sus intereses.  Por eso, hasta el momento, la postura del bloque europeo ha sido bastante ambigua y poco definida.  Son capaces de establecer sanciones económicas para los territorios palestinos y, al mismo tiempo, de elaborar un discurso conciliador, pero muchas veces omiten las matanzas realizadas por las ofensivas israelíes al interior de las fronteras palestinas.  Además, con la llegada de Nicolas Sarkozy al poder en Francia y con una cada vez mayor actitud recelosa hacia los árabes y musulmanes, da la impresión que Europa comienza a tomar una postura más favorable a Israel.

No todos están con este proyecto

Uno de los aspectos más fundamentales y evidentes ha sido el hecho que este proceso ha generado diversas posturas y velocidades.  Mientras algunos gobiernos se han convertido en bastiones de este proyecto, otros sólo se limitan a seguir a la masa.  En paralelo, algunos estados han dejando en claro que tienen dudas respecto al funcionamiento y/o la utilidad de esta iniciativa y, finalmente, aparecen los escépticos.

Esta situación, en honor a la objetividad, no debiera sorprender, ya que es evidente que el presidente francés, Nicolas Sarkozy, no tiene el mismo nivel de relaciones con todos los jefes de estado y/o gobierno involucrados en este proyecto.  Además, su discurso pro-israelí genera ciertas dudas en los estados árabes, especialmente en aquellos donde la relación con Francia nunca ha sido fluida, como es el caso de Argelia.

Ahora, cabe preguntarse quiénes son los “mediterránescépticos” o, más simple, contrarios al nuevo cariz que adoptó el Proceso de Barcelona.  El primero en aparecer es el líder libio Muammar al Gaddafi, que en todo momento ha dejado en claro que ni él, ni su gobierno se prestarán para una iniciativa como esta.  De hecho, el pasado 10 de junio –casi un mes antes de la realización de la Cumbre de Paris- Gaddafi se reunió con los presidente de Argelia, Mauritania, Siria y Túnez y con el primer ministro de Marruecos.  En aquella ocasión, el coronel Gaddafi dio a entender su postura y analizó, junto a los otros representantes de naciones árabes el proyecto propuesto por Nicolas Sarkozy.  Tras considerar como una afrenta este proceso, el líder libio se despachó frases como “nosotros no somos hambrientos, ni perros para que nos echen huesos” o “nos toman por idiotas.  Nosotros no pertenecemos a Bruselas.  Nuestra Liga Árabe está en El Cairo y nuestra Unión Africana en Addis Abeba”.

En todo caso, más allá de estas expresiones, que puedan parecer mediáticas o de simple perogrullo, hay algo que dijo Gaddafi y que es, finalmente, el principal acontecimiento que molesta, específicamente, a los países árabes y magrebíes (africanos).  Claro, porque Gaddafi declaró que “la Unión Europea persigue su cohesión y por eso ha rechazado el proyecto inicial del presidente francés.  Claramente no querían una división al interior del bloque”.  En este sentido, es importante analizar con mayor profundidad esta frase, porque tiene mucho de cierto.  Nadie podría juzgar a la Unión Europea por preocuparse de su unidad y, de hecho, aquello es algo positivo.  Sin embargo, alguien podría preguntarse por qué los europeos propulsan y apoyan un proyecto que si bien ya no produciría divisiones internas en su bloque, sí podría generarlas en el contexto, árabe, africano y magrebí.  De esta forma, se entiende la molestia de ciertos líderes como Gaddafi, Bouteflika o Al Assad, quienes ven un doble stándard por parte de la Unión Europea.  En pocas palabras, se trata de saber por qué ellos hablan de la unidad, si al final sólo les interesa mantener su cohesión y no la de los otros bloques involucrados en este proyecto.

Ahora, directamente relacionado con esta situación, se puede establecer la existencia de un “club de los rebeldes”.  A la cabeza de este grupo está, era que no, Muammar al Ghaddafi, apoyado por los presidentes de Argelia y Siria, Abdelaziz Boutlefika y Bashar Al Assad, respectivamente.  Ahora, estos tres gobiernos no están solos en su cruzada, ya que reciben el apoyo de otros estados como Mauritania y Turquía.  En el caso mauritano, las cosas cambiaron mucho desde que se produjo el golpe de estado militar, asi que el asunto mediterráneo ha pasado a un segundo o tercer plano de relevancia.  En cuanto a los turcos,  existe mucho recelo respecto a este proyecto, ya que se piensa que podría una maniobra cuyo fin fuese dejar, definitivamente, fuera de la Unión Europea a Turquía.  Además, existen severas dudas respecto al carácter mediterráneo de este país, ya que si bien tiene costas en este mar, sus relaciones políticas, económicas y sociales están orientadas, en muchos casos, hacia otras regiones como Asia Central, el mundo musulmán, los estados turcomanos y, últimamente, África.

Por último, no se puede dejar de mencionar que al Mashrek no le interesa esta iniciativa y parece estar mucho más enfocado en solucionar los problemas existentes en Medio Oriente y seguir puliendo un bloque en el Golfo.

Avances en relaciones entre países

Un aspecto positivo de la Cumbre Euromediterránea de Paris es el hecho que esta reunión sirvió para que produjeran necesarios e imprescindibles acercamientos entre estados que no poseen buenos nexos entre sí.  Es el caso, por ejemplo, de lo que ocurre entre Francia y Siria, Libia y Siria e Israel y Líbano.  Las relaciones entre dichos países han tenido serios inconvenientes en los últimos años y es por eso que un aproximamiento a nivel gubernamental se consideraba esencial para mantener con vida las esperanzas de un cierto éxito para este proceso que recién comienza.

Al respecto, quizás en este ámbito se establecieron los hechos concretos más relevantes y cuyo alcance va mucho más allá del espacio mediterráneo e involucra, directamente, al conflicto árabe-israelí y a todo lo que acontece en Medio Oriente.  Lo de Francia y Siria es muy positivo, ya que ambos países mantenían bloqueadas sus relaciones desde 2005, año del asesinato del entonces primer ministro libanés Rafik Hariri.  Igual de esperanzador ha sido el establecimiento de relaciones diplomáticas plenas entre Siria y Líbano, algo inédito desde que ambos países lograran su independencia en 1943.  Si bien este hecho se produjo el 13 de agosto, un mes antes, en Paris, ambos gobiernos ya habían anunciado que estaban en serias negociaciones para iniciar el camino diplomático entre los dos países.  Por último, y aunque sólo fueron declaraciones, no se puede dejar de mencionar que el presidente sirio, Bashar Al-Assad, y el primer ministro israelí, Ehud Olmert, dejaron abierta la opción a un diálogo, algo que ya ha comenzado desde hace un tiempo gracias a la mediación de Turquía.

Reinserción de Egipto en el contexto mediterráneo

Si bien siempre se ha dicho que Egipto es uno de los países más importantes dentro del contexto africano, árabe, musulmán y mediterráneo, las relaciones que aquel estado mantiene con gobiernos europeos ha sido un tema de gran relevancia.  A sabiendas de las buenas conexiones existentes entre Egipto y Estados Unidos, era necesario establecer lo mismo, pero con la Unión Europea.  Ahora, hasta el momento no se puede decir que egipcios y europeos gozan de una gran relación, pero al menos se le está empezando a dar mayor poder e importancia al gobierno egipcio en el “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”.

No es coincidencia que la primera copresidencia de este bloque haya quedado en manos, justamente, de Francia y Egipto.  En este sentido, hay que destacar la figura de Hosni Mubarak, un líder que, como ya se ha hecho costumbre, sirve para demostrar el doble discurso de los europeos.  Claro, porque al igual que en otras naciones árabes y/o musulmanas, la Unión Europea apoya a un presidente que claramente ha caído en violaciones a los derechos civiles de su población.  Sin embargo, Europa parece preferir esta situación en la medida que se mantenga un gobierno laico en Egipto u otros estados árabes.  Es por esto que surge la pregunta, ¿realmente existe una conciencia democrática?, ¿o sólo se trata de buscar los beneficios personales?  Da la impresión que se trata de lo segundo y por eso, aunque suene majadero, no es una mera casualidad ver a Egipto teniendo un rol protagónico.

Finalmente, cabe consignar que cuando se inició el Proceso de Barcelona original, muy pocos estados árabes estaban con esta iniciativa.  Hoy, la situación ha cambiado y ahora el único que no está es Libia.  Por eso, nuevamente aparece como fundamental el rol que pueda cumplir Egipto en la primera copresidencia correspondiente a la ribera sur del Mediterráneo.  ¿Será capaz Hosni Mubarak de torcer la mano de Muammar al Gaddafi?, ¿logrará seguir frenando las revoluciones religiosas y sociales que amenazan con explotar en países como Argelia y Líbano?, ¿podrá el gobierno egipcio establecer nexos con una Mauritania bajo el poder de los militares?  Estos y muchos otros serán los desafíos que tendrá Egipto.  Y siempre bajo la firme observación de Europa.

Conclusiones y proyecciones

Entendiendo la etapa previa a la Cumbre de Paris, el desarrollo de la reunión y el paso de los meses, se pueden elaborar un comentario u observación final.  Si bien el nuevo formato del original Proceso de Barcelona ha demostrado mayor acción y presencia -básicamente gracias a la campaña del presidente francés Nicolas Sarkozy-, nada hace presagiar que esta iniciativa está encaminada al éxito.  En paralelo, tampoco se puede decir que es la crónica de una muerte anunciada.  Sin embargo, existen evidentes señales que sugieren prudencia a la hora de pensar en un futuro positivo para el “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”.

Claro, ya se realizó una primera reunión con 43 jefes de gobierno y/o estado, pero aquello aún no es suficiente para sentir que la base de este proyecto es sólida y con una importante garantía de permanencia en el tiempo.  Alguien dirá que ya cuenta con una secretaría, con una copresidencia y con seis proyectos de alto vuelo.  Empero, hay que hacer un cuestionamiento lógico respecto a cómo concretar las iniciativas y los planes ideados en la Cumbre de Paris.  Por ejemplo, preguntarse de dónde vendrán los recursos económicos o qué sienten los pueblos de los 43 estados involucrados en esta unión mediterránea.  ¿Realmente existirá un apoyo por parte de las masas en cada uno de los países involucrados?, ¿podrá aportar la Unión Europea con dinero si ya tiene hecho su presupuesto hasta 2013?, ¿será capaz el Banco Europeo de Inversión de soportar todo el costo económico?, ¿estará dispuesto a hacerlo?

Otro asunto muy importante es saber si aquellos proyectos de infraestructura en la zona costera magrebí tendrán un alto impacto en el ecosistema de la región.  Se debe realizar un estudio profundo, que permita estar seguro que lo que se construirá sólo traerá beneficios y no turbulencias para los estados involucrados.  En países como Argelia, Egipto y Túnez un estallido social podría agudizar más la inestabilidad política de sus gobiernos y aquello traería nefastas consecuencias para Europa.  El riesgo de enfrentamientos ideológicos es demasiado grande y un error en la concepción de los proyectos euromediterráneos podría, en vez de aunar posturas, agudizar las divisiones ya existentes entre la ribera sur y norte.

En este sentido, cabe preguntarse qué sucederá con los diversos bloques regionales que de una u otra forma tienen nexos con el “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”.  Por ejemplo, ¿será capaz la Unión Europea de sobrellevar su división interna?, ¿afectará esto al equilibrio europeo?

Misma pregunta debe hacerse respecto a la Unión por el Magreb Árabe (UMA), un organismo que está prácticamente paralizado desde hace cerca de 15 años.  Es por esto que el cuestionamiento apunta a la nueva realidad de la UMA, que deberá definir, en conjunto, qué importancia le darán a la unión mediterránea recientemente planteada.  Será interesante ver cómo dialogan entre sí Argelia y Marruecos, líderes de la región, pero que aún mantienen una disputa por el Sahara Occidental.  Hay que ver cómo lo hacen estos países para convivir en un proyecto euromediterráneo tomando en cuenta que ya arrastran difíciles relaciones con sus vecinos.  Aparte, ¿qué ocurrirá con la UMA?, ¿se debilitará o fortalecerá en caso que el “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo” sea un éxito o fracaso?

Tampoco se puede soslayar lo expresado por Muammar al Gaddafi y que fue respaldado, implícitamente, por el presidente senegalés Abdoulaye Wade.  El asunto tiene que ver con la principal advertencia hecha por el líder libio, quien asegura que este proyecto podría generar divisiones al interior del mundo africano y árabe.  Es así que Wade fue bastante claro, al decir que “la idea de una Unión por el Mediterráneo, si se realiza, permitirá a África del Norte arrimarse a Europa, pero será una barrera que aislará a África del Sur del Sahara.  De eso, los africanos deben estar muy conscientes”.

Los conflictos regionales son otro factor a tomar en cuenta y que permite no ser tan optimista respecto al devenir del “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”.  Claro, porque en los alrededores y en la misma cuenca mediterránea, una serie de problemas y litigios fronterizos deben convivir, obligatoriamente.  Existen focos conflictivos de gran preocupación y que pueden influir en las relaciones entre los estados involucrados y, por ende, al interior de esta nueva unión mediterránea.  Sólo basta recordar el conflicto palestino-israelí, el proceso de paz en Medio Oriente, la crisis interna del Líbano, la división de la isla de Chipre, las disputas por yacimientos petrolíferos entre Malta y Argelia y, por supuesto, la rebeldía de Libia y la reticencia de Turquía.  Todo eso, sin siquiera contar el conflicto del Sahara, el eterno problema de la inmigración clandestina e ilegal y, relacionado con esto último, las consecuencias de la última ley de inmigración aprobada por la Unión Europea.

Todo eso hace ver que la realidad empírica demuestra una mayor probabilidad o tendencia hacia la división, más que a la unión.  Ese será, entonces, el verdadero desafío del naciente “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”.

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
@Ratopado

 

 

 

 

 

 

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Gaza, una historia de violencia

Fecha 3/01/2008 por Nicole Saffie Guevara

“Es la locura aquí”, me dijo por Facebook un joven palestino que vive en Belén. Aunque distante a 86 kilómetros, en Cisjordania se respira un clima tenso debido a los ataques en Gaza. Esa estrecha franja de tierra, de apenas 360 kilómetros cuadrados, es el lugar más densamente poblado del planeta. Allí, su millón y medio de habitantes trata de sobrevivir en medio de la destrucción, el hambre y el miedo.

Nicole Saffie Guevara | 3 de enero, 2008

Majdi Fathi / APA

Majdi Fathi / APA

Claro que la historia de violencia que afronta este territorio no se acota al actual ataque israelí, sino que se remonta a varias décadas atrás. Con la creación del Estado de Israel en 1948, Gaza y Cisjordania se transformaron en los últimos retazos que quedaron de la Palestina histórica, donde se establecieron miles de refugiados, quienes huyeron de la violencia o fueron expulsados de sus hogares por el ejército israelí.

Casi dos décadas más tarde, en la Guerra de los Seis días de 1967, Israel cruzó la llamada “línea verde” o frontera con Gaza y Cisjordania, tomando posesión de ambos territorios. Sólo con los Acuerdos de Oslo, a principios de los noventa, se creó la Autoridad Nacional Palestina, entidad que estaría a cargo de ambas zonas. Sin embargo, en la práctica se trataba de un control bastante limitado, acotado sólo a un cuerpo policial y al poder administrativo. Las fronteras, la fuerza militar y el espacio aéreo y marítimo, permanecían en manos israelíes.

Con el fracaso de Oslo, debido a una serie de incumplimientos en la implementación del acuerdo, sobrevivino la frustración del pueblo palestino. Y con ella, la segunda Intifada o levantamiento popular en el año 2000 (la primera fue en 1987), a raíz de la provocativa visita del entonces líder del partido conservador Likud, Ariel Sharon.

Durante los años de Intifada, la violencia del ejército israelí se hizo sentir sobre la población civil palestina. Proliferaron los check points o puestos de control, que restrigen la libre circulación por el territorio, impidiendo a las personas acudir a sus trabajos, colegios, universidades, visitar a sus parientes e incluso ir al hospital; también fueron cada vez más frecuentes los toques de queda, los embargos de alimentos y comenzó la construcción del muro, aislando a cientos de poblados entre sí y expropiando tierra en forma arbitraria.

Gaza entonces sufrió múltiples ataques, como la destrucción de su puerto y aeropuerto, viviendas y una serie de edificios públicos. A ello se sumó un conjunto de medidas que sólo hacían más insufrible la vida cotidiana, como fue la prohibición de acercarse a la playa. Con varios kilómetros de costa, la gente no podía pescar para aliviar la pobreza de más de 60%, y los niños ni siquiera podían poner un pie en la arena, pese a que el hacinamiento se hace cada vez más insoportable.

La situación pareció aliviarse un tanto en 2005, con el desalojo de los asentamientos judíos y sus 6.900 colonos que vivían en Gaza. Entonces resurgieron las esperanzas en la población de por fin vivir en paz. Sin embargo, la ilusión no duró mucho. Las cosas cambiaron completamente en 2006, con la llegada al poder de Harakat al-Muqáwama al-Islamiya, más conocido como Hamas.

El Movimiento de Resistencia Islámico es una organización nacionalista islamista sunní, que tiene como objetivo el establecimiento de un estado islámico en la región histórica de Palestina (la que comprende el Estado de Israel, Cisjordania y la Franja de Gaza) con capital en Jerusalén. Gracias a su extendida red de ayuda social -que incluye desde hospitales y escuelas hasta actividades culturales-, Hamas logró imponerse al debilitado Al Fatah, el partido liderado por Yasser Arafat, acusado de corrupción.

Entonces, Israel anunció a los cuatro vientos que no estaba dispuesto a negociar con Hamas, por no considerarlo como un actor válido, lo que terminó por liquidar a la ya moribunda Hoja de Ruta -la iniciativa de paz de Naciones Unidas, Unión Europea, Rusia y Estados Unidos. Luego, las luchas internas por el poder no se hicieron esperar. Ante la negativa del movimiento islámico de formar un gobierno de unidad nacional, en la práctica se crearon dos gobiernos palestinos: uno de Al Fatah en Cisjordania, liderado por Abu Mazen, y el otro de Hamás en Gaza, con Ismail Haniya a la cabeza.

Ante esto, la estrategia de Israel fue aislar completamente a Gaza. Nadie puede entrar ni salir del territorio. Esto no sólo es válido para las personas, sino también para alimentos, materiales de construcción, medicamentos, insumos y toda clase de elementos necesarios para la vida diaria. Con los check points cerrados para cruzar a Israel y la frontera con Egipto clausurada, proliferaron los túneles secretos hacia el vecino árabe. Por allí se dice que no sólo pasan armas para Hamas, sino una serie de productos que se venden en el mercado negro, hciendo un poco más soportable la vida de la población.

Ésta es la situación en que se encontraba Gaza al momento del bombardeo israelí. Israel alega que Hamas transgredió la tregua de paz lanzando cohetes kassam, y con ello, amenazando la seguridad de la población cercana a la frontera. La respuesta fue aplastante: una lluvia de misiles cayó sobre Gaza, destruyendo no sólo bases militares, sino también viviendas, universidades y edificios públicos.

Sin embargo, la razón de fondo va mucho más allá de proteger a la población. Lo que busca Israel es sacar a Hamas del poder, un grupo que desde el principio ha sido visto como una amenaza para la estabilidad del Estado. Y para lograrlo, el Gobierno israelí está dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias. Así lo demuestra el llamado a filas a 6.500 reservistas del Ejército y las declaraciones de los altos mandos de que éste es sólo el comienzo.

Por supuesto que Israel no está solo. Como es de costumbre, cuenta con el apoyo de Estados Unidos. Pese a que el nuevo Presidente, Barack Obama, no ha hecho ninguna declaración pública ante los recientes ataques de Israel, es conocida la postura de Hillary Clinton, su próxima secretaria de Estado, de respaldar las acciones de Israel y de negarse a negociar con Hamas si éste no reconoce a Israel y no abandona la violencia.

Mientras, más de quinientos palestinos inocentes ya han muerto. Y la cifra sigue aumentando cada día. ¿Quién protege a estas personas, cuyo único “pecado” es tratar de sobrevivir? Porque eso es lo que más impresiona de los palestinos: no importa cuántos ataques reciban, cuántos check points cierren sus caminos, cuántos toques de queda limiten su vida cotidiana… ellos siguen ahí, resistiendo, intentando resguardar lo único que les queda: su tierra.

Nicole Saffie Guevara
Periodista y Magíster en Relaciones Internacionales

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El Magreb dentro del mundo árabe-musulmán, ¿ser o no ser?

Fecha 23/05/2007 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Por su ubicación geográfica, el Magreb aparece como una zona geopolítica de alta importancia y, por lo mismo, se convierte en un área estratégica.  Establecido en el norte de África, se constituye como un punto de encuentro, no sólo entre los estados que lo componen, sino que entre las diversas culturas, razas y religiones colindantes.

 Raimundo Gregoire Delaunoy  | 23 de mayo, 2007
francia (disponible en francés)

bandera-umaPara entender la realidad del Magreb es necesario ir más allá de sus límites.  En términos más precisos, se trata de vislumbrar al “vecindario” completo.  Hacia el sur limita con el África Negra; por el norte se encuentra con el mundo mediterráneo y la Europa Latina; en el borde oriental choca con Medio Oriente y Asia; y, hacia la parte occidental se hunde en el Océano Atlántico.  Entonces, se pueden desprender algunas conclusiones, que aunque parezcan demasiado obvias, es bueno recordarlas.

En primer lugar, el Magreb es africano, pero de población mayoritariamente árabe y musulmana.  En segundo lugar, en las costas mediterráneas se fusionan el legado europeo (francés, español, italiano y griego) y el de otras civilizaciones (fenicios, turcos, árabes y cartagineses).  En tercer lugar, junto al sur europeo, Turquía, Líbano e Israel forman una zona marítima común.  En cuarto lugar, el Magreb es la puerta de entrada a Europa, África, Asia y Medio Oriente.  Finalmente, junto a los países árabe-africanos, poseen cerca del 70% de la población árabe del mundo[1].

Es así que hablar del Magreb significa hacer mención a un “camino de caminos”, los cuales conducen a diversas regiones geopolíticas.  Pero no sólo se trata de términos físicos o territoriales, sino que también involucra la variable ideológica o religiosa.

Ya se ha dicho que el Magreb forma parte de África y, por ende, de la Unión Africana (UA); también se conoce la existencia de la Unión del Magreb Árabe (UMA); y, obviamente, es parte del mundo mediterráneo.  Ahora bien, dichas uniones, salvo la UMA, no tienen relación con la religión o la cultura de los países.  Entonces, si apelamos a estos elementos, nos encontramos con la real amplitud del mundo magrebí.  Como países eminentemente árabe-musulmanes, son parte insoslayable de la visión cósmica del universo islámico y árabe y, entonces,  no debiera extrañar que los integrantes de la UMA tengan un campo de acción, pero ya no sólo en África, sino que también en una dimensión que no tiene límites físicos: Argelia, Libia, Marruecos, Mauritania y Túnez son estados miembros de la Liga Árabe y la Organización de la Conferencia Islámica.

Concretamente, la Unión del Magreb Árabe (UMA) aún carece de la fuerza necesaria para establecerse como una organización de influencia mundial o continental.  Sólo tiene injerencia en lo relativo a los países magrebíes, pero debido a su debilidad estructural y al escaso tiempo de vida[2], todavía no se ha podido constituir como un bloque poderoso y capaz de imponer sus términos.

Con este contexto, todo indica que los países por sí solos pueden tener más peso que la UMA.  En la práctica los hechos son así, ya que Argelia y Marruecos, pero especialmente el primero de ellos, son importantes actores dentro del mundo árabe y musulmán.  A ellos se suma Egipto, un estado que no pertenece al Magreb, pero que sí está en África.  La República Árabe de Egipto es un país que siempre ha tenido relevancia en la política mundial, quizás bajo el eterno recuerdo de la grandilocuencia de la antigua civilización egipcia, pero no se puede desconocer su peso dentro del entorno árabe y musulmán.

Para darse cuenta de la importancia de estas naciones se hace imperioso realizar un análisis de la situación política, económica y social en el Magreb, el África árabe-musulmana[3], Medio Oriente, Egipto y la Península Arábiga.  A ellos, hay que sumarle las minorías musulmanas en India y China[4], la región separatista de Chechenia, Bosnia-Herzegovina y otros estados islámicos del mundo[5].

En términos políticos, Turquía, Irán, Egipto, Irak, Palestina y Arabia Saudita son los países de mayor influencia, no sólo en el seno de la Conferencia Islámica o la Liga Árabe (en caso que corresponda), ya que también poseen un alto grado de injerencia en la diplomacia internacional.  La importancia de estas naciones radica, esencialmente, en la historia de sus pueblos, el liderazgo natural que han llevado durante siglos y la contingencia actual que los envuelve.

Turquía lucha por ingresar a la Unión Europea, mientras se acentúan las diferencias entre los grupos laicistas e islamistas; Irán prosigue con su programa nuclear y hace un tiempo anunció el inicio del proceso industrial del enriquecimiento de Uranio; Egipto busca evitar la instauración de una teocracia y enfrenta a la Fraternidad Musulmana; Irak sigue sumido en los problemas originados por la invasión de las fuerzas internacionales y por la guerra civil entre sunitas y chiítas; Palestina no cesa en sus intenciones legítimas y ajustadas a derecho de convertirse en un estado, pero debe buscar una solución a las divisiones internas y la difícil convivencia del gobierno de unidad; y, finalmente, Arabia Saudita mantiene sus vínculos con Estados Unidos, se establece como el  bastión del wahabismo y, últimamente, ha tenido un rol importante en el conflicto palestino-israelí.

En lo referente al comercio y la economía mundial, se repiten Irán, Irak y Arabia Saudita, a los cuales se unen Indonesia, Nigeria, Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos.  Todos los países en cuestión poseen importantes reservas de petróleo, lo que les otorga gran relevancia a la hora de fijar precios y, por ende, entregarle estabilidad a los mercados bursátiles nacionales e internacionales.  Pero en estados como Irán e Indonesia, no sólo reciben ingresos por la explotación del “oro negro”, sino que también gracias al gas, un bien que cada vez se hace más valioso.  A tal nivel llega la dependencia de otras naciones en el gas o el petróleo iraní, que, por ejemplo, China y Rusia han sido acérrimos defensores del gobierno de Mahmoud Ahmadinejad.  A ello se suma el hecho que en marzo pasado se inauguró un gasoducto –ubicado en territorio iraní y armenio-, que permitirá a la vecina Armenia conseguir gas por medio de un abastecedor que no sea Rusia.

En el aspecto socio-cultural, Irán, Turquía, Arabia Saudita, Palestina, Egipto y Argelia aparecen como los principales centros impulsores de movimientos reformistas o, por el contrario, tradicionalistas del Islam.  Mientras Turquía se muestra ante el mundo como una nación musulmana, pero de gobierno laico, en Arabia Saudita, Egipto y Argelia destacan corrientes o grupos radicales como los wahabitas, la Fraternidad Musulmana y el Frente Islámico de Salvación.  Dichas tendencias político-religiosas –el caso de estas dos últimas- aparecen con la fuerza necesaria para transformar sociedades.  Mientras la Fraternidad Musulmana lucha por aquello, el Frente Islámico de Salvación ya tuvo un papel trascendente en la reconstrucción del país y en la política argelina.  En Irán, pero específicamente en Qom, se desarrolla el más alto estudio del Islam, destacando la rigurosidad de los teólogos.

En cuanto a Palestina, se produce una atractiva fusión entre distintas tendencias islámicas, diversas ideologías políticas –muchas de ellas arraigadas en un sustento socialista o marxista- y las diferentes estructuras culturales.

Situación actual del Magreb

Tomando en cuenta el sucinto análisis del mundo árabe-musulmán, cabe preguntarse cuáles son las reales posibilidades del Magreb.  ¿Hasta dónde puede llegar el poder y la influencia de las naciones magrebíes? ¿tienen un sustento lo suficientemente sólido para convertirse en un cuarto centro árabe e islámico, tras Medio Oriente, la Península Arábiga y Egipto? ¿el sueño de un Gran Magreb, líder del universo árabe-musulmán, es real o fantasía?

Para contestar estas preguntas, es importante conocer el hoy de la región.  En este sentido, hay que destacar que a pesar de las notorias diferencias entre los estados magrebíes, no se puede soslayar el hecho que poseen una historia bastante similar.  Es cierto, con distintos matices y procesos que no siempre fueron de la mano, pero, superficialmente, se podría establecer la siguiente secuencia:

colonización – independencia – falta de estructura política – falta de recursos – problemas  étnicos – gobiernos totalitarios – socialismo – apertura hacia el liberalismo – lenta democratización – crecimiento económico – aparición del terrorismo – mano dura con los grupos terroristas – resurgimiento de movimientos religiosos extremos

Claro, no todos los países pasaron por la misma línea de sucesos, pero se podría decir que esa es la columna vertebral.  Ahora bien, ¿cuál es la utilidad de esta espiral secuencial?  Bueno, sirve para entender el proceso por el cual ha pasado el Magreb y que, por lo mismo, ha impedido un mayor progreso –en los campos políticos, económicos y sociales- de la región.

Económicamente, existe una desigualdad evidente.  Los índices de PIB per cápita (2007) de Libia, Argelia y Túnez están por sobre los de Marruecos y Mauritania[6].  Las cifras son inapelables y muestran a Libia con 5.271 dólares, Argelia con 4.027 y Túnez con 3.180.  Bastante más abajo se ubican Marruecos y Mauritania, con 1.989 y 1.194, respectivamente.  Lo más preocupante es que mientras Mauritania posee la mayor tasa de crecimiento para el 2007, con una proyección del 10.6%, Marruecos apenas llega a un 3.3%, siendo el más bajo del Magreb.  Túnez, Argelia y Libia se ubican entre los dos polos, al registrar una proyección de crecimiento de 6.0%, 5.0% y 4.6%, respectivamente[7].  Cabe recordar que la tasa de crecimiento de África está fijada en 5.9% para el 2007, lo cual nos demuestra que muchos países africanos –especialmente los productores de petróleo- están creciendo a un ritmo mayor al de los magrebíes.

Como era de esperar, Argelia posee el mayor PIB de la zona (137.178 billones de dólares), seguido por Marruecos (61.110), Libia (38.800), Túnez (33.080) y Mauritania (3.537)[8].

Sin embargo, otros índices permiten ser más optimistas.  Es el caso de la inflación, que salvo el caso de Libia (24,4% en 2005)[9], todos los países del Magreb poseen registros de un solo dígito: Marruecos y Túnez, 2%; Mauritania, 5,1% y Argelia, 5,5%[10].  El promedio africano es de un 10,6%, lo cual demuestra la tendencia a la estabilidad de los precios no sólo en el Magreb, sino que también a lo largo de todo el continente.

Política y socialmente, las diferencias también son bastante explícitas.  En Túnez, Ben Alí gobierna desde 1987, siendo elegido Presidente en las elecciones de 1989, 1994, 1999 y 2004.  Para poder participar en los comicios de 2004, se debió realizar una modificación a la Constitución, para que así pudiese aspirar a un cuarto mandato[11].  Pero lo peor no es que en los últimos 20 años gobierne la misma persona, sino que la manera de establecer y manejar el poder.  Desde comienzos del régimen de Ben Alí se han llevado a cabo diversas protestas, demandas y acusaciones por parte de asociaciones de Derechos Humanos, acusando al Presidente tunecino de violar los derechos inalienables de toda persona.  Las torturas y detenciones se han convertido en algo normal dentro de este tipo de gobierno, que goza de poder absoluto, ya que en las últimas elecciones legislativas arrasó y se constituyó como la principal fuerza política.

En Argelia la situación no parece estar mejor y tras 15 años de inestabilidad, luchas armadas y lo que muchos consideran como una guerra civil, el poder parece tambalear.  Aun cuando se han celebrado elecciones presidenciales y legislativas, el ambiente está pletórico de rivalidades, muchas de ellas provenientes de hace décadas.  Uno de los principales problemas ha sido la irrupción del FIS como una importante fuerza política, en detrimento del FLN, acostumbrado a ser el partido de gobierno y amplio dominador en los comicios.  Al igual que su vecino Túnez, la represión por parte del gobierno y sus fuerzas de seguridad ha minado el proceso de lenta democratización.  A este gran problema se suman las constantes revueltas en la inagotable Kabilia, la difícil situación de etnias como los beréberes y los tuaregs y el siempre latente y presente peligro de grupos terroristas, dentro del cual destaca el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate, el cual es uno de los principales aliados y brazos armados de Al Qaeda en el norte de África.

En Libia, Muammar al Gaddafi lleva 38 años en el poder y no ha dado grandes señales de cambiar el sistema imperante.  Si bien abandonó los métodos terroristas y los programas de construcción de armas de destrucción masiva, aún queda un manto de interrogantes por sobre la aparente pasividad del gobierno libio.  Su bonanza económica y una diplomacia mucho más inteligente le han permitido gozar de más estabilidad en los últimos años.  El último incidente tiene que ver con las cinco enfermeras búlgaras y el médico palestino, condenados a muerte luego de ser declarados culpables de haber infectado con SIDA y en forma voluntaria a 426 niños en el Hospital de Benghazi, en 1998.  La Unión Europea ha tenido una activa participación en el hecho y en enero de este año amenazó a Libia con “revisar” las relaciones en caso de no llegarse a una solución “positiva, equitativa y rápida”.

En Marruecos, se viven momentos de relativa calma y la mayor preocupación del rey Mohamed VI parece estar centrada en el desarrollo económico y cultural del reinado.  Atrás quedaron las malas experiencias del pasado, experimentadas, principalmente, por Hassan II en la década de los años setenta.  Hoy, Marruecos realiza intensos y sistemáticos intercambios y acuerdos comerciales, culturales y sociales con España, Bélgica, Burkina Faso, Malí y Camerún, entre otros países.  A pesar de tener estabilidad interna, el mayor problema tiene que ver con la cuestión del Sahara Occidental, que aún no ha sido definida.  En lo social, otro de los inconvenientes se relaciona con la inmigración ilegal, no sólo de marroquíes, sino que de africanos, los cuales utilizan a Marruecos e Islas Canarias como vía de ingreso hacia Europa. El tema humanitario y los abusos cometidos por las fuerzas marroquíes y españolas se han establecido como dos puntos fijos en la agenda de conversaciones entre Marruecos y España.

En Mauritania, hace poco se realizaron las primeras elecciones democráticas y transparentes de toda la historia, que culminaron con la victoria de Sidi Ould Cheikh Abdallahi en la segunda vuelta electoral.  El caso mauritano ha sido todo un ejemplo, ya que la transición democrática tuvo un camino menos sufrido que en el caso de otras naciones.  Para muchos, el actual reto de la República Islámica de Mauritania será saber mantener la institucionalidad y los elementos propios de la democracia, al mismo tiempo que deberá bregar por una serie de problemas, que han postrado a los mauritanos a vivir en la pobreza durante décadas.  Otro gran desafío tiene que ver con las pugnas entre la población árabe y beréber del norte mauritano y los habitantes negroafricanos del sur del país.  En años anteriores, estas diferencias provocaron sangrientas luchas y movilizaciones, las cuales incluso derivaron en problemas limítrofes entre Senegal y Mauritania.

¿Hacia dónde se dirige el buque magrebí?

Entonces, analizando la situación económica, política y social del Magreb las conclusiones comienzan a brotar espontáneamente.  Existen, como era de esperar, elementos que juegan a favor y en contra del mundo magrebí y sus pretensiones de transformarse en un referente del universo árabe-musulmán.  Claro, muchos caerán en la inevitable comparación con los otros ejes del mundo árabe e islámico, pero lo cierto es que aquello no es justo, ni tampoco correcto.  No se pueden comparar realidades tan distintas, ya que a pesar de tener una religión común y, en algunos casos, una cultura y un idioma compartido, las notorias diferencias geográficas, físicas y contextuales de una y otra región hacen estéril cualquier tipo de paralelo que busque establecer lo “mejor” y lo “peor”.

Efectivamente, el Magreb está a años luz de países ricos y desarrollados como Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Qatar, los cuales poseen grandes e importantes reservas de petróleo en pequeñas superficies territoriales.  Algunos de estos países apenas superan el millón de personas[12] y, por lo mismo, logran un nivel de vida demasiado alto en comparación al resto de las naciones árabes y musulmanas.  Respecto al Medio Oriente, Egipto y otras naciones asiáticas, la brecha se ha acortado y, de hecho, los índices económicos son bastante parejos.  De todas formas, la tarea no sólo incluye igualar o superar las tasas de crecimiento del PIB, los niveles de inflación o la balanza de pago.  Se trata de establecer una buena distribución de las riquezas y de educar a las masas.

Culturalmente, el Magreb nada tiene que envidiar a otras zonas del mundo, ya que posee una exquisita y especial fusión de elementos culturales, raciales y religiosos, que le otorgan un atractivo sin iguales.  Durante años se produjo un intercambio mercantil entre europeos, africanos y asiáticos, lo cual derivó en transmutaciones de la cultura.  Es así que el arte, la literatura, la arquitectura, la gastronomía y la pintura, por dar algunos ejemplos, presentan cánones y estilos incomparables y muy propios de esta zona.  Al mismo tiempo, la mezcla racial entre beréberes, árabes, negros, blancos europeos y otros pequeños grupos minoritarios entregan una composición étnica interesante y de gran trascendencia.  En ella se unen el nomadismo y el sedentarismo; el tribalismo africano y los sistemas modernos.

Quizás la aparición de líderes políticos de real peso a nivel internacional y un  vuelco hacia Oriente, mediante la oposición ante Occidente, podrían darle un rol más protagónico al Magreb.  Hoy, en una época de divisiones religiosas, muchas veces no se puede ser amigo de unos y otros.  Lamentablemente, la política actual y la diplomacia mundial obligan a establecer alianzas permanentes, aunque forzosas.  Es lo que ha ocurrido con la crisis nuclear iraní, con la famosa “guerra contra el terrorismo” y la crisis del pueblo palestino.

Tal vez, el error magrebí ha sido fijarse en los puntos de desencuentro más que en los de encuentro y, por ello, la Unión del Magreb Árabe sólo es un compromiso firmado.  Si eliminan sus fronteras ideológicas, si adoptan una postura abierta al diálogo y si buscan la solución a sus problemas limítrofes, entonces quizás logren entablar un lugar de reunión en el cual la conversación y los acuerdos sean lo principal.  Si aquello ocurre, podrán tener un mensaje único e inequívoco, capaz de ser comprendido por todo el mundo árabe y musulmán.  Recién ahí, la Conferencia Islámica y la Liga Árabe los mirarán con más respeto y les otorgarán las responsabilidades y el puesto que, previa demostración de aquello, les pertenece.

Pero si continúan en el balancín eterno, pensando si les conviene apoyar a Irán, Palestina e Iraq o si es mejor mantener  buenas relaciones con la Unión Europea y Estados Unidos, entonces no tendrán un lugar.  Ni en la comunidad europea y sajona, ni en el mundo árabe-musulmán. Ni en occidente, ni en oriente.

Ni en el Magreb, ni en el Mashrek.



[1] Según los datos estadísticos de la Guía del Mundo 2007, el Magreb aporta con el 23.08% de la población árabe total; si se le suman los otros estados africanos (43.80%), el total de los países árabe-africanos es de 66.88%).

[2] Hay que recordar que la Unión Africana se estableció recién en febrero de 1989.

[3] Defino como “África árabe-musulmana” a la zona que abarca países que sin ser parte del Magreb poseen una importante cultura árabe y/o musulmana y una población que, aunque negroide, presenta ciertos rasgos arábigos, moros o beréberes.  Hablamos de Malí, Níger, Chad, Djibouti, Sudán y Somalía.

[4] Se estima que en China habría al menos 30 millones de musulmanes.  En India, el número sería cercano a los 130 millones.

[5] Afganistán, Albania, Azerbaiyán, Bangladesh, Benín, Brunei, Burkina Faso, Camerún, Comoros, Costa de Marfil, Gabón, Gambia, Guinea, Guinea-Bissau, Guyana, Indonesia, Kazajstán, Kirguistán, Maldivas, Mozambique, Nigeria, Pakistán, Senegal, Sierra Leona, Suriname, Tayikistán, Togo, Turkmenistán, Uganda y Uzbekistán.

[6] Fuente: Fondo Monetario Internacional

[7] Ibid

[8] Fuente: Fondo Monetario Internacional.  Las cifras de Libia corresponden a 2005.

[9] Fuente: Banco Mundial

[10] Fuente: Fondo Monetario Internacional

[11] La Constitución establecía que un Presidente podía ejercer como tal sólo tres veces.

[12] Entre los tres estados suman 8.472.507 habitantes.

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Sobre tablas y Palestina

Fecha 28/06/2006 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Hasta que cayó el caudillo.  Así de simple.  La muerte de Yasser Arafat fue una película demasiado corta e imprevista, aunque letal.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 28 de junio, 2006

Chrs Harris / Times

Chrs Harris / Times

Ahora, quedará un gran vacío en la cúpula de la nación palestina, la cual deberá asumir con gran madurez dos hechos de gran trascendencia: el deceso de su máximo líder y la gran oportunidad histórica de cumplir el sueño palestino, entregando un estado al pueblo de la vieja Palestina.

Y como ocurre con todo hecho importante e histórico, las piezas del tablero de ajedrez comienzan a moverse.  Las mal denominadas “potencias” mundiales ya han dado muestras de lo que será su postura y axioma principal frente al fallecimiento del Presidente de la Asociación Nacional Palestina (ANP).  Sin embargo, lo más importante radica en el asunto medular, que es saber cómo se resolverá la “cuestión palestina”, es decir, encontrar una solución salomónica, que permita la instauración de Palestina como estado y, al mismo tiempo, paz en Medio Oriente.

Es en este punto donde aparece con gran fuerza la figura de Ariel Sharon, Primer Ministro de Israel, quien durante años endosó la responsabilidad del conflicto palestino-israelí a Yasser Arafat, acusándolo de ser un terrorista.  Lo cierto es que tras la muerte del “rais”, Sharon deberá demostrarle al mundo que ahora sí es posible darle un punto final a la violencia.  Sin embargo, quedan muchas dudas de cuán flexible será el accionar del gobierno israelí, por cuanto las ideas y los conceptos de Ariel Sharon descansan en un maquiavélico sionismo.

El rol de la ONU también será fundamental y tendrá una doble cara.  Por un lado, deberá velar por el correcto funcionamiento del proceso de pacificación del Medio Oriente y, por otro lado, tendrá la gran posibilidad de recuperar su vigencia como organización, tras ser ignorada como autoridad en la invasión estadounidense en Irak.

Finalmente, aparecen los países más influyentes –como Francia, Alemania, EE.UU., Reino Unido, China, Rusia y Japón-, los cuales mediante su activa diplomacia podrán dejar un precedente y sentar las primeras bases para un Medio Oriente en paz.

En conclusión, se trata de lograr establecer el punto de partida en este largo proceso.  Sin embargo, mientras hayan dos naciones, pero solamente un estado y un pueblo errante, entonces todo será un sueño y, peor aún, una quimera.

Mientras tanto, la partida de ajedrez ha comenzado y cada cual estudia bien sus movimientos.

Que en Palestina e Israel el tablero termine en tablas.

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
@Ratopado

 

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Los desafíos del Covid-19

En diciembre de 2019 comenzaba uno de los momentos más complicados del siglo XXI. Mientras el mundo seguía con su cotidianeidad, China se esforzaba para ocultar el avance de una nueva gripe, pero que, a diferencia de otras, parecía ser demasiado contagiosa y letal.

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