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Rabat-Salé, las gemelas opuestas

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Rabat-Salé, las gemelas opuestas

Fecha 10/02/2011 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Luego de tres semanas en Tánger, en las cuales había logrado ver una de las tantas facetas marroquíes, tuve que dejar a “la novia del norte” y trasladarme hacia el sur del país. Sin saber lo que estaba por vivir, tomé el excelente bus que por 90 dirhams me llevaría hasta el terminal de Rabat, ubicado en las afueras de la ciudad y que ese día de agosto me recibió sin gente y con escasez de autos en la calles.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 10 de febrero, 2011

Bab Mrissa, una de las puertas más antiguas de Marruecos, se encuentra en Salé. (Fotografía: Raimundo Gregoire Delaunoy)

“No creas que siempre es así, ahora estamos en Ramadán”, me advirtió el sexagenario marroquí que no sólo me alojó, sino que además me fue a buscar ahí, en medio de la nada.

Rabat parecía una capital sin vida, ni habitantes. Como en las películas, pero en la realidad. Era la primera vez que llegaba hasta una de las grandes ciudades del Marruecos imperial. La misma que con el tiempo se convirtió en un importante polo de progreso, especialmente bajo el influjo de Francia y, posteriormente, gracias a los planes implementados por la monarquía marroquí.

“En realidad yo no vivo en Rabat, sino que en Salé, que es la ciudad que comienza justo aquí, al otro lado del puente”, me explicó Hafid, el jovial y amable editor marroquí.

A partir de ese momento comprendí que mi intención de alojar en la capital del Reino de Marruecos se esfumaba, pero no me importó, pues logré darme cuenta que estaría muy cerca. Mientras pensaba en esta nueva situación, iba viendo el paisaje y, en paralelo, escuchaba lo que Hafid me iba contando acerca de la historia y el presente de esta zona.

Así supe que Rabat y Salé están separadas por el Bou Regreg, uno de los ríos más importantes del país, y conectadas por un puente. También, pude apreciar las ostentosas instalaciones de Su Majestad el Rey Mohammed VI -que en diversas ciudades del país tiene un palacio-, la necrópolis de Chellah y, a lo lejos, la torre Hassan y el mausoleo de Mohammed V.

“Esos son los lugares a los cuales debes ir. Y a ellos súmale la ciudad-fortaleza de los Udaya y la medina de Rabat”, fue la sugerencia de Hafid, mientras bajábamos del jeep y tomaba mi mochila, mi maleta y mi bolso.

En medio de nuestro diálogo iba asimilando mis primeras impresiones y emociones sobre esta ciudad que hasta hace algunos minutos era una absoluta desconocida. Y, en paralelo, me cuestionaba por qué Hafid no estaba rompiendo el ayuno, siendo que era el momento de hacerlo.
“Soy ateo, asi que como tres o cuatro veces al día”, me replicó con buen humor ante mi pregunta, algo que me sorprendió, pero que volvería a escuchar en boca de otros marroquíes.

Y así fue que de pronto ya era noche y decidí acostarme. Había sido un día intenso y me había dado cuenta que tenía un doble desafío por delante. Uno, seguir avanzando en mi investigación, para lo cual debería realizar varios viajes a la capital, y, el otro, internarme en este desconocido mundo que me presentaba Salé.

El influjo francés de Rabat y el islamismo de Salé

Tras algunos días en mi nuevo hogar, poco a poco iba identificando rasgos particulares de Rabat y Salé, dos ciudades muy cercanas, pero, al mismo tiempo, tan lejanas. Aquella impresión fue aún mayor cuando decidí conocer a fondo la historia y el presente de ambos núcleos urbanos, que, junto a Temara, reúnen a poco menos de dos millones de personas.

Aunque a mucha gente le sorprenda, Salé es una de las ciudades más grandes del Reino de Marruecos. De hecho, se dice que tiene casi un millón de habitantes y que tras Casablanca (con ocho) es la segunda con mayor cantidad de residentes. Sin embargo, es una ciudad-dormitorio de Rabat, que es la capital del país y que, además, concentra todo lo que no existe en Salé.

Puede sonar exagerado, pero la realidad es así. El Bou Regreg es, finalmente, la línea divisoria entre dos paradigmas, dos Islam, dos historias y dos estilos de vida.

Al caminar por la Avenida Mohammed V, Rabat no sólo muestra su belleza arquitectónica, con fuerte influencia francesa, sino que también su modernidad. Recorriendo calles y llegando a sectores como Agdal, van apareciendo tiendas como Zara y Mango, los McDonald’s y, algo muy característico de esta zona, los restaurantes y pubs. En estos últimos aparecen llamativas marroquíes que visten jeans ajustados, tacos aguja, blusas ceñidas con escotes y finos accesorios. Además, se pueden apreciar sus labios pintados, sus grandes aros y las llamativas joyas. Son mujeres modernas, liberales y atrevidas. Le han perdido el miedo a la tradición y son capaces de incluso desafiar a un hombre que le diga algo en la calle.

Y así, mientras en Rabat la vida nocturna tiene movimiento, en Salé la situación es muy diferente. Sus hermosas mujeres son más recatadas y apegadas a la tradición y la población vive el Islam de una forma mucho más potente. Es por eso que a las 22:00 horas está todo cerrado, es decir, el comercio y los miles de cafés que se pueden ver en sus calles. ¿Bares?, ¿pubs?, ¿museos?, ¿cines?, ¿centros comerciales?. No cierran, porque no existen en esta particular ciudad.

Es por eso que los turistas escasean en Salé, mientras que en Rabat es bastante frecuente verlos caminando o, por ejemplo, degustando un té marroquí o un café en el Balima, un famoso y algo marketeado hotel.

Pero hay que tener cuidado, pues en la capital existen “cafés y cafés”. Recuerdo que una noche, y con varios meses sin haber tomado una gota de vino, viajé hacia Rabat, con el objetivo de reencontrarme con este viejo amigo. Luego de varios minutos, y tras haber recorrido desde restaurantes hasta sucuchos, llegué al “Café de la Paix”, lugar al cual decidí entrar.

Al ingresar, me acerqué a la barra y pedí una botella de tinto, tras lo cual me flanquearon dos mujeres. Una por la izquierda y otra por la derecha. Ambas muy voluptuosas, bien pintadas y con sendos escotes. No mirarlas era imposible. Hasta que una de ellas fue más hábil y me dijo “¿compartimos el vino?”.

Le dije que sí, pedimos una segunda copa y conversamos durante un buen rato. Y así fui observando sus movimientos y miradas, pero también lo que ocurría al interior de este “café”. Hacia y desde un segundo piso oscuro subían y bajaban parejas, con el común denominador que siempre eran las mismas mujeres.

Entonces, comprendí que estaba en un café que no era café. Para qué decir el nombre, ¿no?

Religión, arquitectura e historia: el sello de las gemelas

Haciéndole caso a Hafid, un día me perdí en las calles de Rabat, con la misión de llegar al famoso Mausoleo de Mohammed V y a la Torre Hassan. Obviamente, me desorienté un poco, pero en vez de molestarme, fue algo grato, pues pude ir conociendo más rincones de esta bonita capital. Hasta que al final, y después de una larga caminata, llegué a destino. La grandilocuencia de estas construcciones realmente impacta, pues fusionan el pasado y el presente, siempre mostrando la bonanza económica, ya sea de la época imperial o de la actual monarquía.

“La torre Hassan no se pudo terminar después del terremoto de fines del siglo XVIII”, acotó el falso guía que me acompañó durante mi caminata. El mismo que intentó intimidarme cuando me despedí y por la buena onda le pasé 20 dirhams. “¿Acaso crees que eso vale mi trabajo?, ¿una cajetilla de cigarros?”, fue su agresiva respuesta, a pesar que le había advertido que no tenía dinero. Sin embargo, cuando le grité que era un mal musulmán y que me estaba engañando, me pidió perdón y, acto seguido, desapareció.

Tras esto, caminé hasta llegar a la medina de Rabat. A través de sus callejuelas se pueden descubrir la parte comercial-turística y la típicamente marroquí. Son muy diferentes y por eso vale la pena la comparación. Por ejemplo, caminar por la antigua calle de los cónsules, en la cual solían vivir los diplomáticos y donde hoy abunda el comercio, para luego visitar los sectores más escondidos, lugares en los cuales se puede conocer de mejor forma la cultura local.

Apenas a unos metros de distancia, aparece los Udaya, que hace siglos fue un bastión contra los invasores. Construida en el siglo XII, aunque el carácter que muestra hoy corresponde a fines del siglo XIX y comienzos del XX, fue una pequeña ciudad leal al poder de aquel entonces y fue reforzada para así poder repeler los ataques. Destaca la influencia andaluza en la arquitectura, pero también el famoso Café Maure -desde el cual es posible ver el Bou Regreg y Salé- y la imponente Bab el Kebir (“la puerta grande”), entrada principal a los Udaya.

Por último, tres recomendaciones muy especiales. La primera, ir a Chellah, una necrópolis construida por los bereberes (dinastía meriní), pero cuyo territorio originalmente fue parte de Sala Colonia, el primer asentamiento humano de la zona, por parte de los romanos. En sus ruinas se podrá ver lo que quedó de la mezquita, las tumbas y los jardines, pero, también, vestigios de la ocupación romana.

En segundo lugar, se sugiere recorrer los jardines Nouzhat Hassan, ubicados cerca del centro de Rabat, y los jardines exóticos, que se encuentran en el camino que une a Salé y Kenitra.

Y, para terminar, aparece la magnífica puerta Bab Lamrissa (“puerta del pequeño puerto”), una de las más añosas de todo el país, una joya arquitectónica y orgullo de Salé.

La medina de Salé, un mágico paseo

Más allá de conocer la medrasa Abu al-Hassan y la gran mezquita, lo más impresionante de Salé es internarse en su medina, que es una de las más antiguas de Marruecos y que tiene un mágico magnetismo. Su principal rasgo es que no es turística y es auténticamente marroquí. Puedo decir esto, porque todos los días iba a comprar frutas, verduras y diversos artículos a esta zona. Así fue que me hice amigo de Karim, un argelino que vendía plátanos, de Hicham, vendedor de sardinas, y Mohammed, el carnicero que no sólo dejó que le sacara una foto, sino que además me pidió que nos tomáramos una juntos. “C’est un souvenir”, me dijo.

Internándome por sus estrechas calles fui asimilando esta nueva realidad. Caminar con sandalias e ir pisando agua estancada, sangre de pollo y frutas podridas podría parecer incómodo. Sin embargo, con el paso de los días uno siente que eso es parte de la rutina, tanto como comprar “kefta” (carne molida), a pesar que uno ve las moscas descansando en el cadáver de vaca.

Ahí, caminando y conversando con la gente, pero también sintiendo olores, escuchando ruidos y viendo diversas tonalidades, siempre se aprende y se va conociendo a fondo la cultura local, esa que combina lo bereber con lo árabe, pero siempre bajo el influjo del Islam. Tras esta primera parte donde abundan frutas, verduras, sardinas, pollos –los cuales son degollados ahí mismo- y hierbas, van a apareciendo pequeños negocios de todo lo que a uno se le ocurra. Tiendas de jeans y zapatillas de marca, peluquerías, pastelerías, centros de revelado fotográfico, panaderías, joyerías, etc. Resumiendo, de todo, lo cual incluye a los artistas del arreglo electrónico. Como aquel que logró revivir mi fallecido reproductor mp3, al cual le había caído agua. Ver cómo lo iba arreglando fue toda una experiencia. Tenía diversas herramientas, pero eso lo combinaba con moderna tecnología y, en paralelo, métodos artesanales.

Gracias a este mundo fui aprendiendo el dialecto marroquí. “Atini athai” (quieró un té), “hubz bla melha” (pan sin sal”), “serbi serbi” (apúrate), “mushi mushkil” (no hay problema), “bessaha we vaha” (con salud y reposo), “sh-hal” (¿cuánto cuesta?), “ial-lah” (venga, vamos), “shfarjel” (berenjena), “matisha” (tomate) y muchas otras expresiones.

Otra de mis actividades favoritas en la medina era ir a comprar música. Sentados en una silla o un cajón, siempre aparecían los “piratas”, que al parecer se tomaban en serio el pasado corsario de esta ciudad. Gracias a eso uno podía comprarse un CD con 500 mp3 y por apenas cinco dirhams. Clásicos como Cheb Khaled, Cheb Hasni, Cheb Mami y Cheba Zahouania –grandes representantes del Rai argelino y marroquí-; cantantes pop como Shirine; ritmos bereberes de los notables Idir, Kamel Messaoudi y Matoub Lounes; y, también, grandes expositores de la música árabe como Oum Kalthoum o Abdel Halim Hafez.

Pero si de rutinas entrañables se trata, lo que más placer me causaba era conversar con la gente de la medina. “¿Francés?”, “¿español?”, esas eran las típicas preguntas que me hacían los comerciantes. Y cuando les decía que era chileno no lo podían creer y siempre me decían “pero eres muy blanco” o “y por qué hablas francés, si en América Latina se habla español”. Yo era un extraño personaje para ellos, pero, al mismo tiempo, ellos también lo eran para mí. Quizás por eso nos llevamos tan bien. Entre “locos” nos entendíamos.

Y por eso estoy seguro de una cosa.

Salé es mi lugar.

Raimundo Gregoire Delaunoy
@Ratopado
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
Fotografía: Raimundo Gregoire Delaunoy

 

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