Archivo de etiquetas | "turismo"

Rabat-Salé, las gemelas opuestas

Etiquetas: , , , , , , , , , ,

Rabat-Salé, las gemelas opuestas

Fecha 10/02/2011 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Luego de tres semanas en Tánger, en las cuales había logrado ver una de las tantas facetas marroquíes, tuve que dejar a “la novia del norte” y trasladarme hacia el sur del país. Sin saber lo que estaba por vivir, tomé el excelente bus que por 90 dirhams me llevaría hasta el terminal de Rabat, ubicado en las afueras de la ciudad y que ese día de agosto me recibió sin gente y con escasez de autos en la calles.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 10 de febrero, 2011

Bab Mrissa, una de las puertas más antiguas de Marruecos, se encuentra en Salé. (Fotografía: Raimundo Gregoire Delaunoy)

“No creas que siempre es así, ahora estamos en Ramadán”, me advirtió el sexagenario marroquí que no sólo me alojó, sino que además me fue a buscar ahí, en medio de la nada.

Rabat parecía una capital sin vida, ni habitantes. Como en las películas, pero en la realidad. Era la primera vez que llegaba hasta una de las grandes ciudades del Marruecos imperial. La misma que con el tiempo se convirtió en un importante polo de progreso, especialmente bajo el influjo de Francia y, posteriormente, gracias a los planes implementados por la monarquía marroquí.

“En realidad yo no vivo en Rabat, sino que en Salé, que es la ciudad que comienza justo aquí, al otro lado del puente”, me explicó Hafid, el jovial y amable editor marroquí.

A partir de ese momento comprendí que mi intención de alojar en la capital del Reino de Marruecos se esfumaba, pero no me importó, pues logré darme cuenta que estaría muy cerca. Mientras pensaba en esta nueva situación, iba viendo el paisaje y, en paralelo, escuchaba lo que Hafid me iba contando acerca de la historia y el presente de esta zona.

Así supe que Rabat y Salé están separadas por el Bou Regreg, uno de los ríos más importantes del país, y conectadas por un puente. También, pude apreciar las ostentosas instalaciones de Su Majestad el Rey Mohammed VI -que en diversas ciudades del país tiene un palacio-, la necrópolis de Chellah y, a lo lejos, la torre Hassan y el mausoleo de Mohammed V.

“Esos son los lugares a los cuales debes ir. Y a ellos súmale la ciudad-fortaleza de los Udaya y la medina de Rabat”, fue la sugerencia de Hafid, mientras bajábamos del jeep y tomaba mi mochila, mi maleta y mi bolso.

En medio de nuestro diálogo iba asimilando mis primeras impresiones y emociones sobre esta ciudad que hasta hace algunos minutos era una absoluta desconocida. Y, en paralelo, me cuestionaba por qué Hafid no estaba rompiendo el ayuno, siendo que era el momento de hacerlo.
“Soy ateo, asi que como tres o cuatro veces al día”, me replicó con buen humor ante mi pregunta, algo que me sorprendió, pero que volvería a escuchar en boca de otros marroquíes.

Y así fue que de pronto ya era noche y decidí acostarme. Había sido un día intenso y me había dado cuenta que tenía un doble desafío por delante. Uno, seguir avanzando en mi investigación, para lo cual debería realizar varios viajes a la capital, y, el otro, internarme en este desconocido mundo que me presentaba Salé.

El influjo francés de Rabat y el islamismo de Salé

Tras algunos días en mi nuevo hogar, poco a poco iba identificando rasgos particulares de Rabat y Salé, dos ciudades muy cercanas, pero, al mismo tiempo, tan lejanas. Aquella impresión fue aún mayor cuando decidí conocer a fondo la historia y el presente de ambos núcleos urbanos, que, junto a Temara, reúnen a poco menos de dos millones de personas.

Aunque a mucha gente le sorprenda, Salé es una de las ciudades más grandes del Reino de Marruecos. De hecho, se dice que tiene casi un millón de habitantes y que tras Casablanca (con ocho) es la segunda con mayor cantidad de residentes. Sin embargo, es una ciudad-dormitorio de Rabat, que es la capital del país y que, además, concentra todo lo que no existe en Salé.

Puede sonar exagerado, pero la realidad es así. El Bou Regreg es, finalmente, la línea divisoria entre dos paradigmas, dos Islam, dos historias y dos estilos de vida.

Al caminar por la Avenida Mohammed V, Rabat no sólo muestra su belleza arquitectónica, con fuerte influencia francesa, sino que también su modernidad. Recorriendo calles y llegando a sectores como Agdal, van apareciendo tiendas como Zara y Mango, los McDonald’s y, algo muy característico de esta zona, los restaurantes y pubs. En estos últimos aparecen llamativas marroquíes que visten jeans ajustados, tacos aguja, blusas ceñidas con escotes y finos accesorios. Además, se pueden apreciar sus labios pintados, sus grandes aros y las llamativas joyas. Son mujeres modernas, liberales y atrevidas. Le han perdido el miedo a la tradición y son capaces de incluso desafiar a un hombre que le diga algo en la calle.

Y así, mientras en Rabat la vida nocturna tiene movimiento, en Salé la situación es muy diferente. Sus hermosas mujeres son más recatadas y apegadas a la tradición y la población vive el Islam de una forma mucho más potente. Es por eso que a las 22:00 horas está todo cerrado, es decir, el comercio y los miles de cafés que se pueden ver en sus calles. ¿Bares?, ¿pubs?, ¿museos?, ¿cines?, ¿centros comerciales?. No cierran, porque no existen en esta particular ciudad.

Es por eso que los turistas escasean en Salé, mientras que en Rabat es bastante frecuente verlos caminando o, por ejemplo, degustando un té marroquí o un café en el Balima, un famoso y algo marketeado hotel.

Pero hay que tener cuidado, pues en la capital existen “cafés y cafés”. Recuerdo que una noche, y con varios meses sin haber tomado una gota de vino, viajé hacia Rabat, con el objetivo de reencontrarme con este viejo amigo. Luego de varios minutos, y tras haber recorrido desde restaurantes hasta sucuchos, llegué al “Café de la Paix”, lugar al cual decidí entrar.

Al ingresar, me acerqué a la barra y pedí una botella de tinto, tras lo cual me flanquearon dos mujeres. Una por la izquierda y otra por la derecha. Ambas muy voluptuosas, bien pintadas y con sendos escotes. No mirarlas era imposible. Hasta que una de ellas fue más hábil y me dijo “¿compartimos el vino?”.

Le dije que sí, pedimos una segunda copa y conversamos durante un buen rato. Y así fui observando sus movimientos y miradas, pero también lo que ocurría al interior de este “café”. Hacia y desde un segundo piso oscuro subían y bajaban parejas, con el común denominador que siempre eran las mismas mujeres.

Entonces, comprendí que estaba en un café que no era café. Para qué decir el nombre, ¿no?

Religión, arquitectura e historia: el sello de las gemelas

Haciéndole caso a Hafid, un día me perdí en las calles de Rabat, con la misión de llegar al famoso Mausoleo de Mohammed V y a la Torre Hassan. Obviamente, me desorienté un poco, pero en vez de molestarme, fue algo grato, pues pude ir conociendo más rincones de esta bonita capital. Hasta que al final, y después de una larga caminata, llegué a destino. La grandilocuencia de estas construcciones realmente impacta, pues fusionan el pasado y el presente, siempre mostrando la bonanza económica, ya sea de la época imperial o de la actual monarquía.

“La torre Hassan no se pudo terminar después del terremoto de fines del siglo XVIII”, acotó el falso guía que me acompañó durante mi caminata. El mismo que intentó intimidarme cuando me despedí y por la buena onda le pasé 20 dirhams. “¿Acaso crees que eso vale mi trabajo?, ¿una cajetilla de cigarros?”, fue su agresiva respuesta, a pesar que le había advertido que no tenía dinero. Sin embargo, cuando le grité que era un mal musulmán y que me estaba engañando, me pidió perdón y, acto seguido, desapareció.

Tras esto, caminé hasta llegar a la medina de Rabat. A través de sus callejuelas se pueden descubrir la parte comercial-turística y la típicamente marroquí. Son muy diferentes y por eso vale la pena la comparación. Por ejemplo, caminar por la antigua calle de los cónsules, en la cual solían vivir los diplomáticos y donde hoy abunda el comercio, para luego visitar los sectores más escondidos, lugares en los cuales se puede conocer de mejor forma la cultura local.

Apenas a unos metros de distancia, aparece los Udaya, que hace siglos fue un bastión contra los invasores. Construida en el siglo XII, aunque el carácter que muestra hoy corresponde a fines del siglo XIX y comienzos del XX, fue una pequeña ciudad leal al poder de aquel entonces y fue reforzada para así poder repeler los ataques. Destaca la influencia andaluza en la arquitectura, pero también el famoso Café Maure -desde el cual es posible ver el Bou Regreg y Salé- y la imponente Bab el Kebir (“la puerta grande”), entrada principal a los Udaya.

Por último, tres recomendaciones muy especiales. La primera, ir a Chellah, una necrópolis construida por los bereberes (dinastía meriní), pero cuyo territorio originalmente fue parte de Sala Colonia, el primer asentamiento humano de la zona, por parte de los romanos. En sus ruinas se podrá ver lo que quedó de la mezquita, las tumbas y los jardines, pero, también, vestigios de la ocupación romana.

En segundo lugar, se sugiere recorrer los jardines Nouzhat Hassan, ubicados cerca del centro de Rabat, y los jardines exóticos, que se encuentran en el camino que une a Salé y Kenitra.

Y, para terminar, aparece la magnífica puerta Bab Lamrissa (“puerta del pequeño puerto”), una de las más añosas de todo el país, una joya arquitectónica y orgullo de Salé.

La medina de Salé, un mágico paseo

Más allá de conocer la medrasa Abu al-Hassan y la gran mezquita, lo más impresionante de Salé es internarse en su medina, que es una de las más antiguas de Marruecos y que tiene un mágico magnetismo. Su principal rasgo es que no es turística y es auténticamente marroquí. Puedo decir esto, porque todos los días iba a comprar frutas, verduras y diversos artículos a esta zona. Así fue que me hice amigo de Karim, un argelino que vendía plátanos, de Hicham, vendedor de sardinas, y Mohammed, el carnicero que no sólo dejó que le sacara una foto, sino que además me pidió que nos tomáramos una juntos. “C’est un souvenir”, me dijo.

Internándome por sus estrechas calles fui asimilando esta nueva realidad. Caminar con sandalias e ir pisando agua estancada, sangre de pollo y frutas podridas podría parecer incómodo. Sin embargo, con el paso de los días uno siente que eso es parte de la rutina, tanto como comprar “kefta” (carne molida), a pesar que uno ve las moscas descansando en el cadáver de vaca.

Ahí, caminando y conversando con la gente, pero también sintiendo olores, escuchando ruidos y viendo diversas tonalidades, siempre se aprende y se va conociendo a fondo la cultura local, esa que combina lo bereber con lo árabe, pero siempre bajo el influjo del Islam. Tras esta primera parte donde abundan frutas, verduras, sardinas, pollos –los cuales son degollados ahí mismo- y hierbas, van a apareciendo pequeños negocios de todo lo que a uno se le ocurra. Tiendas de jeans y zapatillas de marca, peluquerías, pastelerías, centros de revelado fotográfico, panaderías, joyerías, etc. Resumiendo, de todo, lo cual incluye a los artistas del arreglo electrónico. Como aquel que logró revivir mi fallecido reproductor mp3, al cual le había caído agua. Ver cómo lo iba arreglando fue toda una experiencia. Tenía diversas herramientas, pero eso lo combinaba con moderna tecnología y, en paralelo, métodos artesanales.

Gracias a este mundo fui aprendiendo el dialecto marroquí. “Atini athai” (quieró un té), “hubz bla melha” (pan sin sal”), “serbi serbi” (apúrate), “mushi mushkil” (no hay problema), “bessaha we vaha” (con salud y reposo), “sh-hal” (¿cuánto cuesta?), “ial-lah” (venga, vamos), “shfarjel” (berenjena), “matisha” (tomate) y muchas otras expresiones.

Otra de mis actividades favoritas en la medina era ir a comprar música. Sentados en una silla o un cajón, siempre aparecían los “piratas”, que al parecer se tomaban en serio el pasado corsario de esta ciudad. Gracias a eso uno podía comprarse un CD con 500 mp3 y por apenas cinco dirhams. Clásicos como Cheb Khaled, Cheb Hasni, Cheb Mami y Cheba Zahouania –grandes representantes del Rai argelino y marroquí-; cantantes pop como Shirine; ritmos bereberes de los notables Idir, Kamel Messaoudi y Matoub Lounes; y, también, grandes expositores de la música árabe como Oum Kalthoum o Abdel Halim Hafez.

Pero si de rutinas entrañables se trata, lo que más placer me causaba era conversar con la gente de la medina. “¿Francés?”, “¿español?”, esas eran las típicas preguntas que me hacían los comerciantes. Y cuando les decía que era chileno no lo podían creer y siempre me decían “pero eres muy blanco” o “y por qué hablas francés, si en América Latina se habla español”. Yo era un extraño personaje para ellos, pero, al mismo tiempo, ellos también lo eran para mí. Quizás por eso nos llevamos tan bien. Entre “locos” nos entendíamos.

Y por eso estoy seguro de una cosa.

Salé es mi lugar.

Raimundo Gregoire Delaunoy
@Ratopado
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
Fotografía: Raimundo Gregoire Delaunoy

 

Comentarios (0)

Lavapiés, el centro de la multiculturalidad madrileña

Etiquetas: , , , , , , ,

Lavapiés, el centro de la multiculturalidad madrileña

Fecha 26/10/2010 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Si alguien hubiese logrado viajar en el tiempo y conocer los inicios de este barrio, cuya fecha se remonta al siglo 14, seguramente se sorprendería al ver la nueva realidad de este emblemático sector de Madrid. Es que atrás quedó aquella historia en la cual los judíos eran mayoría en esta zona y, también, el origen del nombre de este sector. Claro, ya no se ven seguidores del judaísmo lavándose los pies antes de ingresar a la sinagoga y, todo lo contrario, es mucho más común ver a un musulmán, un hindú o un cristiano. El tiempo pasa, las personas también y así es que el Lavapiés moderno se caracteriza por ser un punto de encuentro entre las diversas colonias de inmigrantes que han llegado a España en las últimas décadas.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 26 de octubre, 2010. Desde Madrid, España

Al ir en uno de los vagones del metro de Madrid y acercarse a la estación Lavapiés se puede respirar un aire diferente. Si bien en toda la ciudad se pueden ver personas de distintas culturas y regiones del mundo, es en las cercanías de esta terminal donde se aprecia una real magnitud del suceso de las migraciones modernas.

Ahí, en este lugar, se combinan colores, olores, mirada, vestimentas, físicos y creencias, los cuales muchas veces generan confusión. Claro, porque cuesta saber si al frente está un paquistaní, un indio o un bangladesí o si aquella mujer negra junto a su hija llena de trenzas es africana o de algún país latinoamericano. Lo mismo con los magrebíes, que aunque en su mayoría son marroquíes, bien podrían ser tunecinos, libios, argelinos o incluso mauritanos.

Y así, suma y sigue la pluralidad del nuevo Madrid y, específicamente, del barrio Lavapiés, antiguamente conocido por las juderías y hoy punto de expresión de los nuevos tiempos.

El abanico cultural, bajo la huella del inmigrante

 

Según el Ministerio de Trabajo e Inmigración español, actualmente residen en España 4.789.034 extranjeros, los cuales cuentan con tarjeta de residencia y, por lo mismo, son contabilizados como inmigrantes legales. Rumanos, marroquíes, ecuatorianos, colombianos y británicos ocupan los primeros cinco lugares en presencia. En términos estadísticos, los extranjeros con situación al día representan el 11.03% de la población total del país y esto es algo que se puede apreciar al recorrer las vías que circundan al Lavapiés, sector en el cual se aprecian habitantes de cerca de 90 colonias foráneas diferentes.

Caminando por Servet, Amparo, Toledo, Sombrerete, Cabestreros, Mesón de Paredes y Lavapiés, entre otras calles del barrio, el viajero encontrará una puerta de entrada hacia la multiculturalidad. Ahí, cada cual con sus tradiciones y vestimentas, aparecerán africanos, asiáticos, americanos y europeos. Con países de origen tan diversos como Senegal, Guinea Ecuatorial, Burkina Faso, Marruecos, Gambia, El Líbano, Iraq, Irán, China, Paquistán, India, Bangladesh, Ecuador, Perú, Uruguay, Italia o Rumania. En un pequeño espacio convergen musulmanes, cristianos, budistas, confucionistas e hinduistas, pero también se reúnen negros, blancos, indígenas, árabes, persas, indoeuropeos, mestizos, mulatos y zambos. Y si de lenguas se trata, entonces están el español, italiano, francés, inglés, chino, árabe, bengalí, hindi, persa, rumano y portugués, entre otros.

Junto con lo anterior, tampoco debe olvidarse que en este sector viven españoles –algunos que suelen trabajar en el ámbito artístico-, lo cual permite generar el contraste entre los “locales” y los “visitantes”. Y así, el arcoiris va aumentando sus colores y tonalidades, dejando una atractiva estela para el viajero.

Y aunque todas las colonias y los españoles se respetan y conviven en armonía, no existe una gran fraternidad. Todo lo contrario, cada grupo se preocupa de lo suyo (el comercio) y resulta poco frecuente ver amistades entre personas de distintas nacionalidades. Las diferencias culturales hacen que de un lado y otro se miren con desconfianza, especialmente inmigrantes de determinadas nacionalidades, quienes, por su seguridad, prefieren no hablar del tema. Sin embargo, la situación se da en casos puntuales y la mayoría de la gente que trabaja y vive en este sector dice estar muy tranquila, pero aclarando que este es un espacio laboral y no social.

El viajero no debe tomar esto con temor, pues la situación no afecta al visitante y además es una gran experiencia ver en persona la destrucción del mito que los extranjeros siempre se unen. De todas formas, tampoco se debe exagerar y existen muchos casos de sana convivencia entre inmigrantes de distintas colonias.

Es el caso, por ejemplo, del matrimonio compuesto por Carmen Abigail, proveniente de Guinea Ecuatorial, y Nisar, oriundo de Paquistán, quienes llevan 35 y 25 años en España, respectivamente.

“Hace dos años abrimos nuestra peluquería, en la cual ofrecemos productos afro-americanos, (en la calle Lavapiés nº 52º) y nos va bastante bien”, cuenta la mujer, que dice tener 50 años.

Mientras, su marido complementa diciendo que “es algo muy bueno el intercambio cultural, pues yo soy paquistaní, ella es guineana y vivimos en España. Además, la vida en este barrio es bonita, pues hay mucha variedad cultural”.

Quizás el caso de esta pareja permita ilustrar lo que es Lavapiés, es decir, cuna de encuentros culturales, religiosos y raciales, y punto obligado para todo caminante que desee conocer y acercarse a diversas formas de ver la vida. Y la gran gracia es que puede hacer eso sin tener que ir a lugares que muchas veces pueden ser muy lejanos o inhóspitos, sino que aquello tiene ubicación en una de las ciudades más agradables del mundo.

Sus estrechas calles, con sus nombres escritos sobre baldosas en las paredes de cada esquina, la tranquilidad del ambiente, el aire cosmopolita, la fusión de diversos mundos en uno solo y la cercanía con otros barrios de interés lo convierten en un interesante y atractivo punto de la capital española.

Por último, la variedad de precios es amplia, pero por lo general es bastante más barato que ir al centro de Madrid o a los sectores de mayor riqueza de la ciudad.

Comercio, fuente de ingreso y variedad para el turista

 

Al dar una vuelta por el barrio, el caminante podrá darse cuenta, rápidamente, que se trata de una zona residencial, pero con varias manzanas llenas de negocios. Tiendas de artesanía, supermercados de comida específica, joyerías, venta de ropa, jugueterías y un sin fin de variedades irán apareciendo en las angostas callejuelas de Lavapiés.

Esto se explica porque, dada la gran cantidad de inmigrantes, que normalmente no encuentran sus productos típicos fuera de su país, se hace necesario tener un espacio “propio”. En paralelo, los mismos foráneos se ven obligados a invertir en este negocio, pues saben que cuentan con una clientela fija, al mismo tiempo que van atrayendo a los curiosos turistas.

Dentro de este gran abanico de opciones, lo que más abunda es la oferta gastronómica, junto a la venta de artesanía, joyas, alimentación y servicios de cosmética y peluquería. En menor cantidad, pero también visibles, se pueden encontrar comerciantes de ropa, juguetes, relojes y una serie de los más diversos accesorios.

En las calles Amparo y Sombrerete se pueden visitar joyerías, tiendas étnicas y locales de artesanía, además de supermercados de comida halal (para musulmanes, pero cualquier persona puede comprar). Estos últimos, también aparecen en Lavapiés entre los números 30 y 50.
La venta de alimentación africana, paquistaní, latina, árabe y de otras culturas se puede apreciar en Lavapiés, a las altura del 80.

Por último, en calles como Toledo, Caravaca y Mesón de Paredes también existen negocios de diversa índole, como carnicerías, pescaderías y tiendas de rubros menos conocidos.

Dónde comer

 

En relación a los restaurants o pequeños locales de comida, muchos se encuentran en la calle Lavapiés. Lo que más abunda es la gastronomía india, con el Baisakhi (Lavapiés nº 42), el Shapla (a un costado del anterior) y el Anarkoli (Lavapiés nº 46), pero quizás el más recomendable sea el Calcuta, ubicado en Lavapiés nº 48 y atendido por su amable dueño, un bangladesí que hace cuatro años y medio llegó a España en busca de una mejor vida. La especialidad de su restaurant es el Tandoori, comida basada en las variadas especias de la India y que suele ir acompaña por vegetales y/o carne. Por cerca de 20 euros, el viajero tendrá un buen plato, algo para tomar y un postre.

Una de las curiosidades de Lavapiés es que muchos locales gastronómicos son atendidos por inmigrantes oriundos de Bangladesh. Así como aquello sucede en la comida india, también es muy común verlo en los clásicos locales de venta de kebap. Como demostración, en la calle Lavapiés, en los números 39, 43 y 53, se encuentran picadas de comida turca. Este tipo de negocios son ideales para el turista que desea gastar poco y comer rápido, pues por seis a diez euros y en menos de 20 minutos ya estará en condiciones de proseguir la marcha.

Para los amantes de los sabores africanos se recomiendan dos lugares y ambos de gastronomía senegalesa. El Baobab, ubicado en la esquina de Cabestreros con Mesón de Paredes, es un pequeño local, algo rústico y con una corta lista de platos. Sin embargo, todo está bien cocinado y por no más de diez a 15 euros se puede pasar un buen momento. Esta picada es ideal para quienes busquen algo más humilde y sin grandes decoraciones. Mientras, en calle Amparo nº 61 se encuentra el Touba Lamp Fall, que además de tener el servicio de comida, es una frutería y carnicería. Sus dueños son amables, pero el local no genera tanta confianza como el Baobab, razón por la cual se sugiere ir al primero.

Ahora, si de algo típico español se trata, lo mejor es ir al Andy’s Bar (calle San Carlos con Lavapiés), un lugar pequeño, pero que cuenta con mesas en la calle (con quitasoles) y que es bastante ordenado y limpio. La especialidad de este local son las tapas, las cañas, las copas y el café.

Por último, al inicio de la calle Lavapiés se pueden visitar la “Pizzeria Della Cabeza” (Lavapiés nº 6) y el Albahia (Lavapiés nº 3), que ofrecen comida italiana y marroquí, respectivamente. Ambos son bastante higiénicos, bien presentados y con buenos precios, pero se recomienda, por sobre todo, ir al “Albahia”.

La calidez de Kira, su dueño y anfitrión, la hermosa y sencilla decoración, la tranquilidad del lugar y la amplia cantidad de mesas hacen de este pequeño restaurant una gran experiencia. Los valores de los platos varían entre los tres y 12 euros, en tanto que las infusiones, cafés y jugos van desde uno y medio hasta diez de la divisa europea. Los dulces cuestan un euro. Se sugiere comer la ensalada magrebí y el tabulé (una ensalada en base a cous cous), además de un exquisito té marroquí.

Recomendación especial

 

En las afueras del barrio Lavapiés se pueden visitar el Museo Reina Sofía y el mercado de El Rastro. En el primero destaca el arte español del siglo 20, pero además de eso se realizan diferentes actividades culturales, en tanto que el segundo es famoso por ser un mercado que sólo abre los domingos y festivos y que se encuentra en el centro histórico de Madrid. El horario de atención es de 9:00 a 15:00 horas y se sugiere probar las tostas y la amplia gama de charcutería.

CONSEJOS

– Tómese un día libre para recorrer a fondo Lavapiés. Se sugiere ir a partir del mediodía, almorzar en alguno de los restaurants o picadas y luego caminar por sus calles.
– Evite ir con cosas de valor.
– Sea selectivo al momento de hablar con la gente. Es mejor que converse con quienes trabajan en los locales antes que cualquier persona.
– Tenga cuidado con las fotos. Recuerde que la ley española protege a los menores de edad. También, a las musulmanas y a muchos comerciantes les molesta mucho que les fotografíen.
– Si va en verano, hidrátese y lleve protector solar, además de un buen gorro.
– En caso que le ofrezcan hachís, simplemente siga caminando. Si lo molestan demasiado, vaya donde la Policía.
– Si le preguntan de dónde es, diga que es madrileña(o).
– Respete los espacios, no intente formar confraternidades y disfrute de la experiencia.

CÓMO LLEGAR

Lo más fácil es tomar la Línea 3 del metro y bajarse en la estación Lavapiés. Al salir a la calle, se llega a una pequeña plaza (del mismo nombre) y ahí mismo está el barrio Lavapiés. Se puede llegar en taxi o micro (línea M1, Glorieta de Embajadores) pero lo más conveniente es el metro.

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
@Ratopado
Fotografía: Raimundo Gregoire Delaunoy

 

Comentarios (0)

timbuctu2

Etiquetas: , , , , , , , , , , , , ,

Timbuctú, ni tan lejos…

Fecha 19/03/2006 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Más de alguna vez habrán escuchado expresiones como «más lejos que el Timbuctú» o «ándate al Timbuctú». Dichas frases hacen referencia a la lejanía y al aislamiento de esta mítica ciudad, que en tiempo pasados fue un gran centro religioso y comercial, pero que hoy sólo es el vestigio de grandes tiempos pasados.

Timbuctú es una ciudad fundada en el 1100 por los tuareg, que llegaron a acampar en una zona de pozos, para así obtener algo muy preciado en esta árida región: agua. Ubicada en el centro de Malí, posee una rica cultura e interesante historia, que la transforman en un importante objeto de estudio. El diseño de sus mezquitas le ha otorgado gran fama y es así que está incluida dentro del programa patrimonial de la UNESCO.Desde sus orígenes estuvo controlada por diversos pueblos y reinos y así como los Tuareg (nómadas «camelleros») se establecieron ahí en el 1100, en el siglo XIII serían expulsados y el Imperio Malí convertiría a este pueblo en un gran centro comercial del África noroccidental. A fines de esta centuria, el sultán Mansa Musa construiría la mezquita Djingereyber, que es el símbolo del estilo saheliano, basado en el método del lodo-seco.

La época dorada llegaría bajo la dinastía de los Askia, momento en el cual se estima que el total de habitantes era cercano a 100.000, destacando diversas etnias como los bereberes, árabes, mauritanos y tuaregs.

En 1591 los ejércitos marroquíes se tomarían la ciudad con la intención de obtener grandes ganancias económicas, seducidos por los miles de relatos que se habían escrito acerca de las riquezas del Timbuctú. Sin embargo, no pudieron cumplir con lo deseado y ya por el año 1700 la ocupación morisca fue desapareciendo en forma progresiva.

Posteriormente, los franceses conquistarían la zona -tras derrotar a los tuaregs- e iniciarían un período de colonización que se prolongó desde 1893 hasta 1960.

Cabe consignar que durante siglos estuvo prohibida la entrada de no musulmanes al Timbuctú y, de hecho, este fue uno de los grandes problemas a los cuales debió enfrentarse el Imperio francés.

Finalmente, luego de la independencia de Malí (como país) y la apertura de este estado hacia el mundo, Timbuctú se ha transformado en un lugar de gran relevancia turística. Hoy, su población estable no supera los 20.000 habitantes, pero el gran legado cultural, comercial y arquitectónico se puede apreciar en sus añosas, polvorientas y estrechas calles y, por supuesto, en sus más famosas construcciones: sus mezquitas, la gran muralla y la Universidad Islámica, ubicada en lo que antes fue la Mezquita Sankore.

Entonces, y conociendo un poco de la historia del Timbuctú, es necesario preguntarse qué tan ciertas eran las expresiones que hacían mención a lo inexpugnable y lejano de este gran centro histórico, en pleno corazón del África saheliana.

Por años estuvo entregada al mundo islámico, pero realmente no estaba perdida en medio de la nada. Ciertamente era de difícil acceso, pero tampoco se constituyó como un enclave perdido y es por eso que hoy podemos disfrutar de la leyendas, los mitos e históricos relatos del Timbuctú.

Ni tan lejos, ni tan cerca……simplemente ahí.

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
@Ratopado

Comentarios (0)

Los desafíos del Covid-19

En diciembre de 2019 comenzaba uno de los momentos más complicados del siglo XXI. Mientras el mundo seguía con su cotidianeidad, China se esforzaba para ocultar el avance de una nueva gripe, pero que, a diferencia de otras, parecía ser demasiado contagiosa y letal.

[…] Seguir leyendo

Encuestas

La integración político-social africana es:

View Results

Cargando ... Cargando ...

Podcast