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La peligrosa integración sudamericana

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La peligrosa integración sudamericana

Fecha 29/08/2012 por Raimundo Gregoire Delaunoy

En medio de la crisis política (y social) de Paraguay, los gobiernos de Argentina, Brasil y Uruguay, todos miembros plenos del Mercado Común del Sur (Mercosur), realizaron una rápida partida de ajedrez que terminó con un rotundo jaque mate al Congreso paraguayo.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 29 de agosto, 2012

Aprovechándose de la situación, Cristina Fernández, Dilma Rousseff y José Mujica no dudaron en darle una mano a Hugo Chávez, permitiendo el ingreso de Venezuela (como miembro pleno) al Mercosur.

Esto último es algo que estaba trabado desde 2006, ya que para que un país se integre al Mercosur, la adhesión debe ser aprobada por cada uno de los estados que son parte de este bloque de integración.

Es así que el gobierno de Paraguay no había podido dar el “Sí”, bajo la era del destituido Fernando Lugo, ya que el Congreso paraguayo había votado en contra del ingreso venezolano.

Lo paradójico, pero también inaceptable, es que en una “movida express”, Fernández, Rousseff y Mujica olvidaron las terribles condenas que realizaron a lo que ellos mismos bautizaron como “golpe de estado” y, beneficiándose de aquel suceso, lograron aprobar la entrada de Venezuela al Mercosur.

Esto fue posible, ya que Paraguay fue suspendido de dicho bloque de integración y, en consecuencia, se contaba con la unanimidad necesaria para que “el vecino del norte” tuviese el camino llano hacia el Mercosur.

Sin embargo, este procedimiento no es legal, pues va en contra del Tratado Constitutivo del Mercosur, según el cual se necesita la unanimidad de los miembros para aprobar nuevos ingresos y, como se sabe, Paraguay no fue excluido, sino que suspendido.

Sudamérica no está unida, pero sí bajo el influjo de la ideología

Lo ocurrido con el Mercosur demuestra, una vez más, que no existe un verdadero espíritu sudamericano y que, todo lo contrario, lo único que se está construyendo son febles tejidos ideológicos.

Mientras, Chile, Colombia y Perú (además de México) están reafirmando una “Alianza del Pacífico”, sustentada, principalmente, en el reciente Acuerdo del Pacífico (firmado en 2012), Argentina, Brasil, Uruguay y Venezuela se han unido en pos de una “Alianza anti Estados Unidos”.

Bolivia y Ecuador se mantienen en la Comunidad Andina –de la cual también son parte Colombia y Perú- y han mantenido una postura más neutra respecto a los bloques de integración y siguen trabajando en pos de la consolidación de la Comunidad Andina.

En este contexto, cabe mencionar el gran peligro que constituye el Mercosur “proteccionista” o “antiimperialista”, como algunos lo han bautizado. Esto, pues cabe preguntarse, en primer lugar, qué ocurriría, por ejemplo, si Paraguay normaliza su situación (es decir, que Unasur acepte al actual mandatario) y, en consecuencia, quiera levantar su suspensión al interior del Mercosur.

El escenario ya se vislumbra muy complejo, pues el gobierno paraguayo, bajo la presidencia de Federico Franco, ya está haciendo valer la oposición del Congreso de Paraguay y ha declarado que oficializará el rechazo de su país a la adhesión venezolana.

Segundo, el Mercosur de hoy está construido en base a un tejido ideológico y eso no hace más que darle debilidad a los cimientos de este mecanismo de integración. ¿Qué ocurriría si Hugo Chávez pierde las elecciones de octubre?, ¿y si el gobierno uruguayo –donde ya hubo divisiones internas por el ingreso de Venezuela- se aleja de las posturas más extremas de los otros miembros?

Tercero, y quizás lo más grave de todo, los gobiernos de Argentina, Brasil y Uruguay pasaron a llevar los principios fundamentales y el espíritu democrático del Mercosur, ya que permitieron el ingreso venezolano a través de un procedimiento contrario a lo que establece el Tratado Constitutivo del Mercosur. En pocas palabras, la ideología o, si se prefiere, las intenciones u objetivos son más fuertes que los reglamentos.

Más allá de estas interrogantes, lo concreto es que esta alianza no tiene buen futuro, ya que su destino depende mucho del gran gigante sudamericano.  En este sentido, Brasil no va a perder sus importantes nexos con el Pacífico, pues hacerlo sería un gran paso atrás en su intención de ser una potencia mundial en las relaciones internacionales y comerciales.

Es evidente, a menos que las aguas estén demasiado turbias y Dilma Rousseff tenga otras intenciones (escenario poco probable), que el gobierno brasileño no podrá prescindir del apoyo sudamericano.

En cuanto a la otra vereda, la del Acuerdo del Pacífico, tiene algo a su favor y es que es una asociación económica-comercial y no está basada en ideologías. La mayor muestra es que Chile y Perú, en pleno desarrollo del litigio en La Haya, no cesan en sus negociaciones para diversos acuerdos en, justamente, el ámbito del Comercio.

Por eso, el Mercosur sólo está dañando la integración sudamericana. En específico, está cambiando el motivo inicial de existencia del Mercosur  y, seguramente, afectará las negociaciones con la Unión Europea. A nivel general, está sentando las bases para un futuro quiebre en la unión del subcontinente.

Mientras el Acuerdo del Pacífico y la Comunidad Andina –que, sin dudas, es el mecanismo de integración más avanzado de Sudamérica- no son una tranca para la Unasur, un Mercosur ideologizado sí lo será.

Por eso, es momento que los gobiernos sudamericanos analicen la situación y se den cuenta que mientras existan bloques ideológicos, nunca habrá una verdadera integración en Sudamérica.

También, será necesario que la región reflexione sobre el establecimiento de organismos cuyos nexos sean construidos en base a los asuntos comerciales, pues eso también es parte de un peligroso juego.

En fin, lo concreto es que, de momento, Sudamérica ha perdido de vista el real significado del manoseado, pero no por eso innecesario, concepto de “unión sudamericana”.

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
@Ratopado
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
Fotografía: Licencia Creative Commons

 

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ue-alc-2010

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Una cumbre intrascendente, pero de gran relevancia

Fecha 5/06/2010 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Hace algunas semanas culminó un nuevo encuentro entre la Unión Europea y América Latina y el Caribe, algo que se ha repetido en seis ocasiones desde 1999.  Y aunque la integración de estas dos zonas tan grandes es algo que a priori puede ser catalogado como positivo, la evidencia ha ido demostrando que estas negociaciones, basadas en principios económicos, presentan algunas vallas de difícil salto y que, con el tiempo, se han convertido en grandes dificultades para esta iniciativa que busca aunar conceptos entre latinoamericanos, caribeños y europeos.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 5 de junio, 2010

ue-alc-2010Algunos podrán decir que es muy negativo decir que las relaciones eurolatinoamericanas no pasan por un buen momento, pero otros podrían asegurar que aquello no es más que la realidad.  Y, también, estarán quienes afirmarán que los nexos se han mantenido dentro de los márgenes acostumbrados.

En honor a la objetividad y, dependiendo del prisma con el cual se observe, los tres postulados mencionados podrían ser ajustados a lo que efectivamente sucede.  Es por eso que se puede catalogar como ambiguo el proceder entre ambos bloques.

Primero, porque a pesar de algunos logros concretados tras la VI Cumbre UE/ALC quedó en evidencia que se negocia en busca de beneficios económicos, pero, en paralelo, se intentan imponer medidas tendientes a limitar ciertas conductas.  Esto último tiene que ver, por ejemplo, con el pedido de Argentina en orden a revisar el tema de las Islas Malvinas.  También, tiene relación con las políticas migratorias del organismo europeo hacia los viajeros latinoamericanos.

Quizás esto último sea lo más importante, ya que mientras el asunto de las Malvinas tiene un carácter más político, aquello relativo a las condiciones de ingreso a Europa cae dentro de lo que se conoce como “temas humanitarios”.

¿Se puede hablar de igualdad si a los habitantes de una parte se les impide la entrada a un lugar determinado sólo por tener rasgos indígenas?

Ciertamente, no.  Y, lamentablemente, eso es lo que ocurre en la práctica.  Es cosa de sentarse a ver la diferencia de tratos en el aeropuerto de Barajas.  Los sudamericanos blancos, de apellidos europeos y con una profesión seguramente podrán ingresar a tierras del Viejo Continente, en tanto que aquel peruano, ecuatoriano o boliviano de piel café, con el pelo negro y de baja estatura seguramente deberá esperar que un milagro le permita pasar las barreras.

Las medidas establecidas en contra de los miles de latinos que van a Europa como delincuentes son necesarias y positivas, pero se debe entender que cuando se cae en discriminaciones raciales se produce un fuerte problema.  Y en el caso de la Unión Europea es aún peor, ya que se genera una contradicción muy fuerte.

Por un lado se habla de igualdad entre latinoamericanos y europeos, pero, por el otro, aquello sólo es una hermosa retórica.  Queda demostrado, entonces, que si se trata de obtener beneficios económicos da lo mismo si se conversa con un latino de origen caucásico o aborigen.  Sin embargo, llegada la hora de compartir cultura, cambia el paradigma y se produce una terrible discriminación.

Otro elemento que permite reafirmar la ambigüedad del proceso de integración entre la Unión Europea y Latinoamérica tiene que ver con asuntos pendientes aún sin resolución y que, normalmente, son tapados con un dedo.

Por parte del Viejo Continente, los derechos humanos siguen siendo un tema difuso.  Mientras realizan una férrea defensa de éstos, caen en violaciones a los mismos preceptos que ellos postulan como inquebrantables.  Las políticas de migración vuelven a aparecer en este horizonte y no sólo en relación a los latinoamericanos, sino que, particularmente, en relación a los inmigrantes africanos.  También, porque muchas veces caen en la tentación de darle lecciones sobre Derechos Humanos a los latinos, pero ellos mismos han sido bastante subjetivos en tratar sus temas al interior.

El colonialismo también se mantiene como otro problema sin solución.  Guayana Francesa, Islas Malvinas y la gran cantidad de islas convertidas en territorios de ultramar por Francia y el Reino Unido aún generan incomodidad.  Si se desea una verdadera integración, el primer paso es sentarse a conversar sobre asuntos como estos.  Sin embargo, ahí vuelve a aparecer la crítica hacia ambos lados.  A los europeos, por no ser capaces de aceptar este diálogo y, a los latinoamericanos, por no oponer mayor resistencia y hacer vista gorda ante la posibilidad de firmar acuerdos económicos.

Pero quizás el principal responsable de todo esto sea la misma Latinoamérica, incapaz de generar una postura común, sea favorable o no a lo propuesto por la Unión Europea.  ¿Acaso existe una verdadera unión entre los países latinoamericanos?, ¿se puede hablar de una integración real si existen Mercosur, Caricom, Aladi, Comunidad Andina, Alba, Unasur y Sica, entre otros mecanismos integracionistas, pero a pesar de eso las disputas se mantienen y los problemas siguen sin encontrar solución?

Claramente hay un quiebre en Latinoamérica y eso queda demostrado por la fragmentación de sus zonas geográficas.  Centroamérica, el Caribe y Sudamérica están separados y trabajan cada cual por su cuenta.  Quizás el caso más emblemático sea el de Sudamérica y, de hecho, es el subcontinente que aún no logra consolidar hechos verdaderamente de peso con la Unión Europea.

De ahí que los europeos hayan optado por negociaciones directas con países (Colombia y Perú, por dar ejemplos) o con bloques regionales (Mercosur y Comunidad Andina).

La desunión americana es absoluta y de eso deberían preocuparse los líderes continentales.  Brasil parece estar más preocupado de consolidar su ingreso a las grandes ligas mundiales.  Cuánto gustaría ver la actitud brasileña mostrada en las negociaciones con Irán, pero en los conflictos sudamericanos como el litigio entre Argentina y Uruguay (por las papeleras), las odiosidades entre Colombia y Ecuador y Venezuela o, por último, el asunto marítimo de Chile y Perú.

Y qué decir del gobierno argentino, que está más preocupado de la imagen exterior antes que de solucionar sus problemas internos.  Otro caso corresponde a Venezuela, que no cede en su propósito de seguir instaurando una revolución bolivariana que cada vez tiene menos adeptos y que, a la inversa, sigue generando más conflictos y división.

Quizás lo único rescatable es que a pesar del abanico de tendencias políticas, Sudamérica ha logrado vivir en cierta armonía.  Pero claro, siempre aparece algún presidente dispuesto a romper ese equilibrio.  Como Alan García y la demanda marítima.  Un desastre la postura peruana.  La contracara es lo que ha acontecido entre Bolivia y Chile, quienes dejaron de mandarse mensajes por la prensa y desde hace algunos años dialogan acerca de la salida al mar para Bolivia.  Sin embargo, todo lo positivo que puede tener eso queda empañado ante la inexistencia de relaciones diplomáticas entre ambos países.

Por último, a Latinoamérica le ha faltado generosidad, para así adoptar posturas comunes.  Ahora, en este punto cabe analizar la realidad con mayor precisión.

Si bien se necesita una voz única, es importante reflexionar acerca de cuán factible es eso, tomando en cuenta las evidentes diferencias culturales entre caribeños, centroamericanos y sudamericanos.

Un proceso de integración que debe ser revisado

Debido a lo anteriormente expuesto surge un llamado de alerta para la Unión Europea y Latinoamérica.  ¿No será que equivocaron el camino al intentar reunir 60 estados en un solo bloque de integración, que de por sí presenta barreras como las distancias geográficas, sociales, culturales y económicas?

Bajo este contexto, cabe reflexionar acerca de la VI Cumbre UE/ALC, para así darse cuenta de por qué el proceso de integración está entrampado hace años.  En este sentido, aparecen varias conclusiones.

La primera, existe una desconfianza mutua a nivel social y eso afecta las relaciones, pues a nivel político se ve algo, pero bajo el prisma de los pueblos se observa otra cosa.  Queda la impresión que el europeo medio no ve con muy buenos ojos al latinoamericano, mientras que este último comienza a sentir el rechazo proveniente desde el Viejo Continente y eso genera, a su vez, resentimiento.

En segundo lugar, para garantizar el éxito de los objetivos, hay que reprogramar a estos últimos.  Si se busca un mero intercambio comercial, entonces las negociaciones y los discursos deben ser más claros al respecto.  Esto último queda de manifiesto ante la pregunta de cuál es la integración que se piensa desarrollar.  Por momentos, parece sólo económica, pero en otros puede dar la impresión que es algo más social.  Y a veces, una combinación de los dos o de otras variables.  Falta claridad.

Relacionado con lo anterior, quizás lo más razonable sea esperar a que Latinoamérica y la Unión Europea deciden trabajan en conjunto, pero a través de bloques subregionales.  Esto quiere decir que el camino son diálogos entre el bloque europeo  y Sica, Caricom y Unasur.  Cada cual con sus respectivas particularidades y entendiendo que los latinoamericanos podrán tener muchas cosas en común, pero también grandes diferencias de todo ámbito.  Es así que es deber de Latinoamérica trabajar bien y organizarse para poder conversar con plenas formalidades con la Unión Europea.

Que Mercosur, Comunidad Andina y Alba se unan en un organismo.  Que Unasur sea la instancia de unión y conversación con otras regiones del mundo.  Pero para eso se debe trabajar intensamente en la compleja labor de darle una seria institucionalidad a Unasur.  Mientras aquello no ocurra, será difícil negociar con la Unión Europea.  Es por eso que los sudamericanos deben hacer un mea culpa al respecto, pues Centroamérica y el Caribe han sido más sabido y han logrado entender la velocidad y la tendencia del proceso integracionista con la Unión Europea.

Por último, Unión Europea y Latinoamérica deben definir sus prioridades, pues si se desea tener buenos resultados en este proyecto, se le debe dedicar más tiempo y con mayor convicción.  ¿Qué importa más a Europa?, ¿el Mediterráneo, Latinoamérica o los problemas con Rusia?  Ninguno de estos temas es excluyente y todos son igual de importantes, pero ante los hechos la conclusión es evidente, es decir, los asuntos mediterráneos y los tensos nexos con el gobierno ruso ponen toda la atención de los europeos.  Y desde cierto punto de vista aquello es entendible, pero, entonces, mejor terminar las tareas pendientes y luego lanzarse en busca de nuevos desafíos.

Lo mismo para Latinoamérica, que debe redefinir las prioridades.  Antes de salir al mundo e intentar demostrar que es una región con grandes virtudes, primero tiene que definir con claridad sus objetivos. Mientras países como Brasil, Chile y Méjico buscan asociaciones con los grandes países del mundo, otros como Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Venezuela mantienen las esperanzas en la revolución bolivariana.  El factor “Irán” también tiene una importante incidencia en la zona, pues una postura cada vez más proclive hacia el régimen iraní puede dañas los nexos con Europa.

Argentina sigue con sus voladores de luces y al proyecto del tren de alta velocidad ahora se suma el submarino nuclear.  Parece que el gobierno argentino no entiende cuáles son las prioridades internas y externas.

Perú sigue generando ruidos y conflictos en la región, no sólo con Chile, sino que también con Bolivia y Ecuador, involucrándolos en problemas que, en algunos casos, no tienen gran relación con aquellos países.

Colombia se desvela en su lucha contra el narcotráfico, pero en pos de aquel objetivo se olvida de sus vecinos, quienes, a su vez, también aportan polvorín a la zona septentrional de Sudamérica.

Y así, suma y sigue.  Falta más claridad y definición en las prioridades sudamericanas y europeas.

Por eso,  más allá que la Unión Europea firmara acuerdos o estableciera trabajos conjuntos con Chile, Méjico, Perú, Colombia, Centroamérica y el Caribe, lo que más quedó en evidencia en la VI Cumbre UE/ALC es que no hubo grandes avances.

Y esa es la gran paradoja de este último encuentro, porque a pesar de ser una reunión intrascendente adquirió gran relevancia, pues develó todas las ambigüedades y falencias existentes en este proceso de integración.

Y eso es demasiado trascendente.

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
@Ratopado

 

 

 

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manuel-zelaya

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Golpe de estado en Honduras, un obstáculo para la integración

Fecha 29/06/2009 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Apenas conocida la noticia de la destitución del actual presidente hondureño, Manuel Zelaya, comenzaron los juicios valóricos y las demostraciones de apoyo hacia el mandatario de la nación centroamericana y, también, de la actuación de las fuerzas militares.  Más allá de estas reflexiones, lo importante es lamentar lo sucedido y demostrar que el accionar de los golpistas sólo constituye un retroceso en las vías democráticas de la región mesoamericana, siempre amenazada por la inestabilidad política y por gobiernos títeres.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 29 de junio, 2009

manuel-zelayaUna situación como esta amerita objetividad.  Según se ha podido consignar, Manuel Zelaya habría incurrido en prácticas contrarias a la Constitución Política de Honduras y, además, tenía pensado realizar un referéndum para generar enmiendas constitucionales y así poder mantenerse en el poder por, como mínimo, un período presidencial más.  También hay que decir que dicha consulta popular no tenía carácter vinculante, aunque existía el temor que en la práctica sí fuese así.

Todo esto, además de otros serios problemas internos, son una fiel demostración de un gobierno hondureño incapaz de gobernar con cierta moderación y criterio.  El hecho que el Partido Laboral (agrupación que apoyó a Zelaya en su llegada al poder) quitara su aval al mandatario de Honduras y que el Congreso calificara declarara el accionar de Manuel Zelaya como “una manifiesta conducta irregular”, son pruebas concretas de una gestión que generaba muchas dudas.

Sin embargo, eso no es justificación para que fuerzas militares saquen del poder al presidente de Honduras y lo manden fuera del país.  En pocas palabras, se trata de un golpe de estado.  Sin muertes, ok, pero igual es una clara violación a la institucionalidad democrática del pueblo hondureño.   Y eso es algo que no debiese permitirse, así como tampoco parece razonable que un líder político olvide el respeto a ciertos principios e intente gobernar a su antojo.

La pregunta, entonces, cae por su propio peso y tiene relación con la influencia que siguen teniendo los militares en Centroamérica y, específicamente, en Honduras, un país que ha debido vivir diversos golpes de estado en las últimas décadas.

¿Hasta cuándo se dará espacios a los golpistas?, ¿cuál será el día en el que Latinoamérica realmente luche contra este tipo de propuestas?, ¿qué responsabilidad tienen los gobiernos en estos lamentables sucesos?

Ciertamente, el asunto se explica por medio de diferentes variables, pero todas apuntan, finalmente, a tres grandes temas.  Primero, los equivocados caminos que muchas veces toman los gobernantes; segundo, la falta de un sistema nacional y continental que impida la llegada al poder de los militares; tercer y último, la estéril existencia de organismos regionales como la Organización de Estados Americanos (OEA), el Sistema de la Integración Centroamericana (SICA) y la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), generalmente incapaces de enfrentar a las fuerzas armadas de los diversos países de la zona.  Estos tres puntos incitan a la breve reflexión.

Respecto a los gobiernos, da la impresión que ciertos mandatarios centroamericanos se entregan, fácilmente, a las propuestas realizadas por presidentes de otros países.  Honduras y Nicaragua se han alineado con la línea política de Hugo Chávez, mientras que Costa Rica lo ha hecho con Estados Unidos, Colombia y Brasil.  Panamá también se acerca más a los gobiernos brasileños y colombianos.  El Salvador trabaja en forma conjunta con Brasil, al igual que Guatemala.    Como se puede ver, los gobiernos de Luiz Inácio Lula da Silva y Hugo Chávez son las principales influencias en la región mesoamericana y eso no es un mero accidente.  El problema es que mientras la “intromisión” brasileña tiene que ver con lazos económicos, la venezolana se relaciona con hechos políticos y que se relacionan directamente con el proyecto chavista, que incluye el fortalecimiento de la Alianza Bolivariana para las Américas (ALBA).

Es así que Centroamérica se convierte en un tablero de ajedrez disputado por dos países sudamericanos que, bajo sus actuales mandatarios, buscan ejercer gran influencia en Latinoamérica.

En cuanto al grado de influencia que aún tienen las fuerzas militares en la realidad política centroamericana, aquello es algo en lo cual debiesen poner especial atención no sólo los gobiernos de los países del istmo, sino que también los organismos de integración involucrados en esta región.  Tienen que haber más garantías constitucionales que permitan la rebelión del pueblo, pero que pongan especial énfasis en que se trata de la gente y no de las fuerzas armadas.  Las personas tendrán derecho a reclamar en las calles, pero nunca con el aval de los militares.

Salvo situaciones extremas en la cuales el actuar de los soldados se hace inminente (Ejemplo.- invasión de un ejército extranjero, matanzas que realizara el gobierno a sus ciudadanos, etc.) lo esperable es que los soldados y sus generales estén en los cuarteles.  ¿Cómo hacer eso?  No es algo de fácil resolución, pero un comienzo sería atribuirle menos propiedades a las fuerzas militares y limitarlas a lo que realmente deben realizar, es decir, velar porque la población de un país esté bien y no constituirse como una amenaza para sus vidas.   No puede ser que cuando algo les parezca mal puedan tomarse el poder por la fuerza.  Aquello debería estar potentemente y claramente establecido en la Constitución Política de todo país y, además, debiese ser incluido dentro de los paradigmas de toda base institucional de los diversos bloques de integración de la región.

Este último punto lleva al tema de los organismos regionales como la OEA, la ALADI y el SICA.  Al respecto, cabe preguntarse hasta qué punto son útiles estas agrupaciones si en la práctica no tienen posibilidades reales de imponer sus términos por sobre dictadores, líderes golpistas o revolucionarios sin razón de ser.  En la medida que estos organismos no tengan las capacidades, ni las opciones de ponerle un freno a movimientos que sean una amenaza para el correcto andar democrático de la región, entonces parece lógico cuestionar su validez y la real importancia de su existencia.

Hay que buscar una vía alternativa.  ¿Un Ejército latinoamericano? No parece lo más lógico, pues la violencia no debería ser repelida con la misma metodología, pero hay que reconocer que la medida no es tan descabellada.  El problema es que este tipo de fuerzas multinacionales traerían consigo la posibilidad de más enfrentamientos, violencia e inestabilidad.  Todo parece indicar que la solución pasa por generar una serie de recursos legales que permitan dejar sin validez todo tipo de accionar militar o de fuerzas de otra índole cuyo fin sea violar los procesos democráticos de la región.

Pero más allá de esta realidad lo relevante, en este caso particular, es dejar en claro que lo ocurrido, entendido como un proceso que incluye a Manuel Zelaya y los golpistas, es un hecho que podría tener nefastas consecuencias en los procesos de integración en los cuales están inmerso Honduras.  Es por ello que dejando a un lado el tema de los responsables, de las víctimas o de las influencias externas, lo relevantes es dejar en claro que aparte de las grandes turbulencias que esta situación provoca en la sociedad y la política hondureña, este lamentable suceso generará, no cabe dudas, sendas dificultades en los procesos de integración del SICA, ya sea con la Unión Europea, Sudamérica, la Comunidad del Caribe (Caricom) y, por supuesto, entre los países centroamericanos.

A priori, y tomando en cuenta las reacciones de los diversos gobiernos latinoamericanos, se podría establecer que la mayoría de los países apoya una resolución pacífica del conflicto y, quizás lo más importante, con la vuelta de Manuel Zelaya al poder. Esto es algo muy importante, pues permite dar cuenta que la región quiere que se respeten los procesos democráticos. En este sentido, y más allá del tipo de gobierno y los paradigmas políticos del actual mandatario hondureño, no queda dudas que Latinoamérica apuesta por mantener las directrices de un continente tolerante y basado en el respeto a la institucionalidad democrática.

En este sentido, hay que decir que los posibles problemas que puedan tener los procesos de integración no tienen directa relación con Manuel Zelaya y su gobierno, sino que con la irrupción de fuerzas militares, que han roto la frágil estabilidad política y social de Honduras. Ahora, tampoco se puede olvidar que esto no es gratuito y ciertas medidas arbitrarias de Zelaya han propiciado esto. No se puede destituir a un alto mando del Ejército por un mero capricho, asi como tampoco parece muy democrático intentar cambiar las bases constitucionales para acceder a un segundo mandato. Que otros gobiernos latinoamericanos (Ejemplos.- Colombia, Ecuador, Peú y Venezuela) lo hayan hecho en el pasado no significa que ese sea el camino correcto. Perpetuarse en el poder nunca ha sido bueno, pues atenta contra la natural rotativa política y democrática.

A grandes rasgos, los procesos de integración que actualmente tiene Centroamérica (o el SICA) con la Unión Europea, Sudamérica y el Caricom van relativamente bien encaminados, aunque siempre con una base bastante feble y, peor aún, con ciertos hechos del último tiempo que han jugando en contra de una verdadera integración.

En abril pasado, la VII ronda de negociaciones entre Centroamérica y la Unión Europea se suspendió luego que Nicaragua reclamara por el trato recibido por parte de los gobiernos europeos, alegando que no se habían tomado las medidas necesarias para eliminar realmente las asimetrías existentes entre uno y otro bloque. Aquello no sólo supuso momento de quiebre entre la UE y Centroamérica, sino que también al interior de los estados centroamericanos.

Por ejemplo, Costa Rica no dudó en rechazar la postura nicaragüense, mientras que Honduras apoyó lo realizado por el gobierno hondureño. Para las próximas semanas está prevista una nueva ronda de negociaciones, pero quedan serias dudas respecto a qué hara la Unión Europea respecto a este proceso, que lleva buen tiempo y aún no se consolida. En caso que Manuel Zelaya no retorne al poder, las perspectivas serán negativas. Por eso, no sería de extrañar, bajo este contexto, que quizás la UE opte por seguir el mismo camino que tomó en Sudamérica, es decir, negociar directamente con los países.

Respecto a Sudamérica, los gobiernos mesoamericanos y sudamericanos han iniciado, desde hace unos años, evidentes intentos por mejorar los lazos y estrecharlos. Con una historia similar, en ciertos aspectos, ambas regiones tienen mucho por entregarse mutuamente. El SICA ha sido un gran ejemplo de funcionamiento y no quedan dudas que su puesta en marcha ha sido mucho mejor que la de los fallidos intentos del Mercado Común del Sur (Mercosur), la Comunidad Andina (CAN) y la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur). A la inversa, Sudamérica puede ofrecerle a Centroamérica mejores perspectivas para sus productos, que podrían ingresar a mercados más competitivos y donde destaca Brasil.

Justamente, este país ha sido una pieza clave en la integración entre las dos partes. El gobierno brasileño ha optado por una vía más «comercial» y no tan política, algo que le ha traído grandes beneficios, por ejemplo, con Guatemala, El Salvador y Costa Rica. En paralelo, Venezuela escogió el camino ideológico y así ganó el apoyo de Honduras y Nicaragua. Lo concreto es que a pesar de estas diferencias, tanto Hugo Chávez como Luiz Inácio Lula da Silva están trabajando por una mayor integración y ambos gobiernos han condenado el golpe de estado militar. Es así que en la medida que no se restituya a Manuela Zelaya, difícilmente se pueda mantener en pie un proceso holístico de integración. Ciertamente, la iniciativa continuará, pero las relaciones con Honduras no serían las mismas y seguramente se le pondrían ciertas condiciones para seguir siendo incluida en este proceso.

Por último, quedan las relaciones con el Caricom y, también, al interior de Centroamérica. Los estados caribeños seguramente tomarán palco ante esta situación y no tomarán una iniciativa propia. Harán esto, para así ajustar su postura ante lo que realicen, específicamente, los miembros de la Unión Europea, con quienes están en permanentes negociaciones y cada vez más cerca de tener nexos realmente sólidos. El Caricom no tomará riesgos y, por lo mismo, hará lo que hagan sus posibles «socios» comerciales del Viejo Continente. Por eso, una molestia de los europeos podría traducirse en una igual respuesta por parte de la Comunidad del Caribe.

En cuanto a Centroamérica, las ideologías políticas ya han generado divisiones internas, pero éstas han sido limadas (¿o tapadas?) para obtener el bien común de la región, que tiene que ver con la firma de buenos acuerdos con la Unión Europea, Sudamérica y Estados Unidos. Sin embargo, ¿qué ocurrirá en caso que Zelaya no vuelva a ejercer como presidente?, ¿Realmente todos los países centroamericanos reprobarán el accionar de las fuerzas militares y la oposición en Honduras?, ¿habrá un fuerte respaldo hacia Manuel Zelaya?, ¿regreso a la incipiente estabilidad?, ¿o inicio de una escalada de violencia? Son preguntas de gran relevancia y cuyas respuestas podrán establecer el devenir más próximo de Centroamérica.

Por eso, a recordar que la altura de mira y la sabiduría son esenciales para el correcto devenir de la historia.

Los procesos democráticos, también.

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
@Ratopado

 

 

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