El
Magreb dentro del mundo árabe-musulmán,
¿ser o no ser?
article
en français
Por su ubicación geográfica,
el Magreb aparece como una zona geopolítica
de alta importancia y, por lo mismo,
se convierte en un área estratégica.
Establecido en el norte de África,
se constituye como un punto de encuentro,
no sólo entre los estados que
lo componen, sino que entre las diversas
culturas, razas y religiones colindantes.
Por Raimundo Gregoire Delaunoy
15 de abril, 2007
Para
entender la realidad del Magreb es necesario
ir más allá de sus límites.
En términos más precisos,
se trata de vislumbrar al “vecindario”
completo. Hacia el sur limita con el
África Negra; por el norte se
encuentra con el mundo mediterráneo
y la Europa Latina; en el borde oriental
choca con Medio Oriente y Asia; y, hacia
la parte occidental se hunde en el Océano
Atlántico. Entonces, se pueden
desprender algunas conclusiones, que
aunque parezcan demasiado obvias, es
bueno recordarlas.
En
primer lugar, el Magreb es africano,
pero de población mayoritariamente
árabe y musulmana. En segundo
lugar, en las costas mediterráneas
se fusionan el legado europeo (francés,
español, italiano y griego) y
el de otras civilizaciones (fenicios,
turcos, árabes y cartagineses).
En tercer lugar, junto al sur europeo,
Turquía, Líbano e Israel
forman una zona marítima común.
En cuarto lugar, el Magreb es la puerta
de entrada a Europa, África,
Asia y Medio Oriente. Finalmente, junto
a los países árabe-africanos,
poseen cerca del 70% de la población
árabe del mundo.
Es
así que hablar del Magreb significa
hacer mención a un “camino
de caminos”, los cuales conducen
a diversas regiones geopolíticas.
Pero no sólo se trata de términos
físicos o territoriales, sino
que también involucra la variable
ideológica o religiosa.
Ya se ha dicho que el Magreb forma parte
de África y, por ende, de la
Unión Africana (UA); también
se conoce la existencia de la Unión
del Magreb Árabe (UMA); y, obviamente,
es parte del mundo mediterráneo.
Ahora bien, dichas uniones, salvo la
UMA, no tienen relación con la
religión o la cultura de los
países. Entonces, si apelamos
a estos elementos, nos encontramos con
la real amplitud del mundo magrebí.
Como países eminentemente árabe-musulmanes,
son parte insoslayable de la visión
cósmica del universo islámico
y árabe y, entonces, no debiera
extrañar que los integrantes
de la UMA tengan un campo de acción,
pero ya no sólo en África,
sino que también en una dimensión
que no tiene límites físicos:
Argelia, Libia, Marruecos, Mauritania
y Túnez son estados miembros
de la Liga Árabe y la Organización
de la Conferencia Islámica.
Concretamente,
la Unión del Magreb Árabe
(UMA) aún carece de la fuerza
necesaria para establecerse como una
organización de influencia mundial
o continental. Sólo tiene injerencia
en lo relativo a los países magrebíes,
pero debido a su debilidad estructural
y al escaso tiempo de vida, todavía
no se ha podido constituir como un bloque
poderoso y capaz de imponer sus términos.
Con
este contexto, todo indica que los países
por sí solos pueden tener más
peso que la UMA. En la práctica
los hechos son así, ya que Argelia
y Marruecos, pero especialmente el primero
de ellos, son importantes actores dentro
del mundo árabe y musulmán.
A ellos se suma Egipto, un estado que
no pertenece al Magreb, pero que sí
está en África. La República
Árabe de Egipto es un país
que siempre ha tenido relevancia en
la política mundial, quizás
bajo el eterno recuerdo de la grandilocuencia
de la antigua civilización egipcia,
pero no se puede desconocer su peso
dentro del entorno árabe y musulmán.
Para darse cuenta de la importancia
de estas naciones se hace imperioso
realizar un análisis de la situación
política, económica y
social en el Magreb, el África
árabe-musulmana, Medio Oriente,
Egipto y la Península Arábiga.
A ellos, hay que sumarle las minorías
musulmanas en India y China, la región
separatista de Chechenia, Bosnia-Herzegovina
y otros estados islámicos del
mundo.
En
términos políticos, Turquía,
Irán, Egipto, Irak, Palestina
y Arabia Saudita son los países
de mayor influencia, no sólo
en el seno de la Conferencia Islámica
o la Liga Árabe (en caso que
corresponda), ya que también
poseen un alto grado de injerencia en
la diplomacia internacional. La importancia
de estas naciones radica, esencialmente,
en la historia de sus pueblos, el liderazgo
natural que han llevado durante siglos
y la contingencia actual que los envuelve.
Turquía lucha por ingresar a
la Unión Europea, mientras se
acentúan las diferencias entre
los grupos laicistas e islamistas; Irán
prosigue con su programa nuclear y hace
un tiempo anunció el inicio del
proceso industrial del enriquecimiento
de Uranio; Egipto busca evitar la instauración
de una teocracia y enfrenta a la Fraternidad
Musulmana; Irak sigue sumido en los
problemas originados por la invasión
de las fuerzas internacionales y por
la guerra civil entre sunitas y chiítas;
Palestina no cesa en sus intenciones
legítimas y ajustadas a derecho
de convertirse en un estado, pero debe
buscar una solución a las divisiones
internas y la difícil convivencia
del gobierno de unidad; y, finalmente,
Arabia Saudita mantiene sus vínculos
con Estados Unidos, se establece como
el bastión del wahabismo y, últimamente,
ha tenido un rol importante en el conflicto
palestino-israelí.
En
lo referente al comercio y la economía
mundial, se repiten Irán, Irak
y Arabia Saudita, a los cuales se unen
Indonesia, Nigeria, Kuwait y los Emiratos
Árabes Unidos. Todos los países
en cuestión poseen importantes
reservas de petróleo, lo que
les otorga gran relevancia a la hora
de fijar precios y, por ende, entregarle
estabilidad a los mercados bursátiles
nacionales e internacionales. Pero en
estados como Irán e Indonesia,
no sólo reciben ingresos por
la explotación del “oro
negro”, sino que también
gracias al gas, un bien que cada vez
se hace más valioso. A tal nivel
llega la dependencia de otras naciones
en el gas o el petróleo iraní,
que, por ejemplo, China y Rusia han
sido acérrimos defensores del
gobierno de Mahmoud Ahmadinejad. A ello
se suma el hecho que en marzo pasado
se inauguró un gasoducto –ubicado
en territorio iraní y armenio-,
que permitirá a la vecina Armenia
conseguir gas por medio de un abastecedor
que no sea Rusia.
En
el aspecto socio-cultural, Irán,
Turquía, Arabia Saudita, Palestina,
Egipto y Argelia aparecen como los principales
centros impulsores de movimientos reformistas
o, por el contrario, tradicionalistas
del Islam. Mientras Turquía se
muestra ante el mundo como una nación
musulmana, pero de gobierno laico, en
Arabia Saudita, Egipto y Argelia destacan
corrientes o grupos radicales como los
wahabitas, la Fraternidad Musulmana
y el Frente Islámico de Salvación.
Dichas tendencias político-religiosas
–el caso de estas dos últimas-
aparecen con la fuerza necesaria para
transformar sociedades. Mientras la
Fraternidad Musulmana lucha por aquello,
el Frente Islámico de Salvación
ya tuvo un papel trascendente en la
reconstrucción del país
y en la política argelina. En
Irán, pero específicamente
en Qom, se desarrolla el más
alto estudio del Islam, destacando la
rigurosidad de los teólogos.
En cuanto a Palestina, se produce una
atractiva fusión entre distintas
tendencias islámicas, diversas
ideologías políticas –muchas
de ellas arraigadas en un sustento socialista
o marxista- y las diferentes estructuras
culturales.
Situación
actual del Magreb
Tomando
en cuenta el sucinto análisis
del mundo árabe-musulmán,
cabe preguntarse cuáles son las
reales posibilidades del Magreb. ¿Hasta
dónde puede llegar el poder y
la influencia de las naciones magrebíes?
¿tienen un sustento lo suficientemente
sólido para convertirse en un
cuarto centro árabe e islámico,
tras Medio Oriente, la Península
Arábiga y Egipto? ¿el
sueño de un Gran Magreb, líder
del universo árabe-musulmán,
es real o fantasía?
Para contestar estas preguntas, es importante
conocer el hoy de la región.
En este sentido, hay que destacar que
a pesar de las notorias diferencias
entre los estados magrebíes,
no se puede soslayar el hecho que poseen
una historia bastante similar. Es cierto,
con distintos matices y procesos que
no siempre fueron de la mano, pero,
superficialmente, se podría establecer
la siguiente secuencia:
colonización
- independencia – falta de estructura
política – falta de recursos
– problemas étnicos - gobiernos
totalitarios - socialismo - apertura
hacia el liberalismo – lenta democratización
– crecimiento económico
- aparición del terrorismo –
mano dura con los grupos terroristas
- resurgimiento de movimientos religiosos
extremos
Claro,
no todos los países pasaron por
la misma línea de sucesos, pero
se podría decir que esa es la
columna vertebral. Ahora bien, ¿cuál
es la utilidad de esta espiral secuencial?
Bueno, sirve para entender el proceso
por el cual ha pasado el Magreb y que,
por lo mismo, ha impedido un mayor progreso
–en los campos políticos,
económicos y sociales- de la
región.
Económicamente,
existe una desigualdad evidente. Los
índices de PIB per cápita
(2007) de Libia, Argelia y Túnez
están por sobre los de Marruecos
y Mauritania. Las cifras son inapelables
y muestran a Libia con 5.271 dólares,
Argelia con 4.027 y Túnez con
3.180. Bastante más abajo se
ubican Marruecos y Mauritania, con 1.989
y 1.194, respectivamente. Lo más
preocupante es que mientras Mauritania
posee la mayor tasa de crecimiento para
el 2007, con una proyección del
10.6%, Marruecos apenas llega a un 3.3%,
siendo el más bajo del Magreb.
Túnez, Argelia y Libia se ubican
entre los dos polos, al registrar una
proyección de crecimiento de
6.0%, 5.0% y 4.6%, respectivamente.
Cabe recordar que la tasa de crecimiento
de África está fijada
en 5.9% para el 2007, lo cual nos demuestra
que muchos países africanos –especialmente
los productores de petróleo-
están creciendo a un ritmo mayor
al de los magrebíes.
Como era de esperar, Argelia posee el
mayor PIB de la zona (137.178 billones
de dólares), seguido por Marruecos
(61.110), Libia (38.800), Túnez
(33.080) y Mauritania (3.537).
Sin embargo, otros índices permiten
ser más optimistas. Es el caso
de la inflación, que salvo el
caso de Libia (24,4% en 2005), todos
los países del Magreb poseen
registros de un solo dígito:
Marruecos y Túnez, 2%; Mauritania,
5,1% y Argelia, 5,5%. El promedio africano
es de un 10,6%, lo cual demuestra la
tendencia a la estabilidad de los precios
no sólo en el Magreb, sino que
también a lo largo de todo el
continente.
Política
y socialmente, las diferencias también
son bastante explícitas. En Túnez,
Ben Alí gobierna desde 1987,
siendo elegido Presidente en las elecciones
de 1989, 1994, 1999 y 2004. Para poder
participar en los comicios de 2004,
se debió realizar una modificación
a la Constitución, para que así
pudiese aspirar a un cuarto mandato.
Pero lo peor no es que en los últimos
20 años gobierne la misma persona,
sino que la manera de establecer y manejar
el poder. Desde comienzos del régimen
de Ben Alí se han llevado a cabo
diversas protestas, demandas y acusaciones
por parte de asociaciones de Derechos
Humanos, acusando al Presidente tunecino
de violar los derechos inalienables
de toda persona. Las torturas y detenciones
se han convertido en algo normal dentro
de este tipo de gobierno, que goza de
poder absoluto, ya que en las últimas
elecciones legislativas arrasó
y se constituyó como la principal
fuerza política.
En
Argelia la situación no parece
estar mejor y tras 15 años de
inestabilidad, luchas armadas y lo que
muchos consideran como una guerra civil,
el poder parece tambalear. Aun cuando
se han celebrado elecciones presidenciales
y legislativas, el ambiente está
pletórico de rivalidades, muchas
de ellas provenientes de hace décadas.
Uno de los principales problemas ha
sido la irrupción del FIS como
una importante fuerza política,
en detrimento del FLN, acostumbrado
a ser el partido de gobierno y amplio
dominador en los comicios. Al igual
que su vecino Túnez, la represión
por parte del gobierno y sus fuerzas
de seguridad ha minado el proceso de
lenta democratización. A este
gran problema se suman las constantes
revueltas en la inagotable Kabilia,
la difícil situación de
etnias como los beréberes y los
tuaregs y el siempre latente y presente
peligro de grupos terroristas, dentro
del cual destaca el Grupo Salafista
para la Predicación y el Combate,
el cual es uno de los principales aliados
y brazos armados de Al Qaeda en el norte
de África.
En
Libia, Muammar al Gaddafi lleva 38 años
en el poder y no ha dado grandes señales
de cambiar el sistema imperante. Si
bien abandonó los métodos
terroristas y los programas de construcción
de armas de destrucción masiva,
aún queda un manto de interrogantes
por sobre la aparente pasividad del
gobierno libio. Su bonanza económica
y una diplomacia mucho más inteligente
le han permitido gozar de más
estabilidad en los últimos años.
El último incidente tiene que
ver con las cinco enfermeras búlgaras
y el médico palestino, condenados
a muerte luego de ser declarados culpables
de haber infectado con SIDA y en forma
voluntaria a 426 niños en el
Hospital de Benghazi, en 1998. La Unión
Europea ha tenido una activa participación
en el hecho y en enero de este año
amenazó a Libia con “revisar”
las relaciones en caso de no llegarse
a una solución “positiva,
equitativa y rápida”.
En
Marruecos, se viven momentos de relativa
calma y la mayor preocupación
del rey Mohamed VI parece estar centrada
en el desarrollo económico y
cultural del reinado. Atrás quedaron
las malas experiencias del pasado, experimentadas,
principalmente, por Hassan II en la
década de los años setenta.
Hoy, Marruecos realiza intensos y sistemáticos
intercambios y acuerdos comerciales,
culturales y sociales con España,
Bélgica, Burkina Faso, Malí
y Camerún, entre otros países.
A pesar de tener estabilidad interna,
el mayor problema tiene que ver con
la cuestión del Sahara Occidental
o la República Árabe Saharaui
Democrática (RASD), que aún
no ha sido definida. En lo social, otro
de los inconvenientes se relaciona con
la inmigración ilegal, no sólo
de marroquíes, sino que de africanos,
los cuales utilizan a Marruecos e Islas
Canarias como vía de ingreso
hacia Europa. El tema humanitario y
los abusos cometidos por las fuerzas
marroquíes y españolas
se han establecido como dos puntos fijos
en la agenda de conversaciones entre
Marruecos y España.
En
Mauritania, hace poco se realizaron
las primeras elecciones democráticas
y transparentes de toda la historia,
que culminaron con la victoria de Sidi
Ould Cheikh Abdallahi en la segunda
vuelta electoral. El caso mauritano
ha sido todo un ejemplo, ya que la transición
democrática tuvo un camino menos
sufrido que en el caso de otras naciones.
Para muchos, el actual reto de la República
Islámica de Mauritania será
saber mantener la institucionalidad
y los elementos propios de la democracia,
al mismo tiempo que deberá bregar
por una serie de problemas, que han
postrado a los mauritanos a vivir en
la pobreza durante décadas. Otro
gran desafío tiene que ver con
las pugnas entre la población
árabe y beréber del norte
mauritano y los habitantes negroafricanos
del sur del país. En años
anteriores, estas diferencias provocaron
sangrientas luchas y movilizaciones,
las cuales incluso derivaron en problemas
limítrofes entre Senegal y Mauritania.
¿Hacia
dónde se dirige el buque magrebí?
Entonces,
analizando la situación económica,
política y social del Magreb
las conclusiones comienzan a brotar
espontáneamente. Existen, como
era de esperar, elementos que juegan
a favor y en contra del mundo magrebí
y sus pretensiones de transformarse
en un referente del universo árabe-musulmán.
Claro, muchos caerán en la inevitable
comparación con los otros ejes
del mundo árabe e islámico,
pero lo cierto es que aquello no es
justo, ni tampoco correcto. No se pueden
comparar realidades tan distintas, ya
que a pesar de tener una religión
común y, en algunos casos, una
cultura y un idioma compartido, las
notorias diferencias geográficas,
físicas y contextuales de una
y otra región hacen estéril
cualquier tipo de paralelo que busque
establecer lo “mejor” y
lo “peor”.
Efectivamente,
el Magreb está a años
luz de países ricos y desarrollados
como Emiratos Árabes Unidos,
Kuwait y Qatar, los cuales poseen grandes
e importantes reservas de petróleo
en pequeñas superficies territoriales.
Algunos de estos países apenas
superan el millón de personas
y, por lo mismo, logran un nivel de
vida demasiado alto en comparación
al resto de las naciones árabes
y musulmanas. Respecto al Medio Oriente,
Egipto y otras naciones asiáticas,
la brecha se ha acortado y, de hecho,
los índices económicos
son bastante parejos. De todas formas,
la tarea no sólo incluye igualar
o superar las tasas de crecimiento del
PIB, los niveles de inflación
o la balanza de pago. Se trata de establecer
una buena distribución de las
riquezas y de educar a las masas.
Culturalmente,
el Magreb nada tiene que envidiar a
otras zonas del mundo, ya que posee
una exquisita y especial fusión
de elementos culturales, raciales y
religiosos, que le otorgan un atractivo
sin iguales. Durante años se
produjo un intercambio mercantil entre
europeos, africanos y asiáticos,
lo cual derivó en transmutaciones
de la cultura. Es así que el
arte, la literatura, la arquitectura,
la gastronomía y la pintura,
por dar algunos ejemplos, presentan
cánones y estilos incomparables
y muy propios de esta zona. Al mismo
tiempo, la mezcla racial entre beréberes,
árabes, negros, blancos europeos
y otros pequeños grupos minoritarios
entregan una composición étnica
interesante y de gran trascendencia.
En ella se unen el nomadismo y el sedentarismo;
el tribalismo africano y los sistemas
modernos.
Quizás
la aparición de líderes
políticos de real peso a nivel
internacional y un vuelco hacia Oriente,
mediante la oposición ante Occidente,
podrían darle un rol más
protagónico al Magreb. Hoy, en
una época de divisiones religiosas,
muchas veces no se puede ser amigo de
unos y otros. Lamentablemente, la política
actual y la diplomacia mundial obligan
a establecer alianzas permanentes, aunque
forzosas. Es lo que ha ocurrido con
la crisis nuclear iraní, con
la famosa “guerra contra el terrorismo”
y la crisis del pueblo palestino. Tal
vez, el error magrebí ha sido
fijarse en los puntos de desencuentro
más que en los de encuentro y,
por ello, la Unión del Magreb
Árabe sólo es un compromiso
firmado. Si eliminan sus fronteras ideológicas,
si adoptan una postura abierta al diálogo
y si buscan la solución a sus
problemas limítrofes, entonces
quizás logren entablar un lugar
de reunión en el cual la conversación
y los acuerdos sean lo principal. Si
aquello ocurre, podrán tener
un mensaje único e inequívoco,
capaz de ser comprendido por todo el
mundo árabe y musulmán.
Recién ahí, la Conferencia
Islámica y la Liga Árabe
los mirarán con más respeto
y les otorgarán las responsabilidades
y el puesto que, previa demostración
de aquello, les pertenece.
Pero
si continúan en el balancín
eterno, pensando si les conviene apoyar
a Irán, Palestina e Iraq o si
es mejor mantener buenas relaciones
con la Unión Europea y Estados
Unidos, entonces no tendrán un
lugar. Ni en la comunidad europea y
sajona, ni en el mundo árabe-musulmán.
Ni en occidente, ni en oriente.
Ni
en el Magreb, ni en el Mashrek.
Raimundo Gregoire
Delaunoy
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
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