Unión
por el Mediterráneo, ¿un capricho condenado
al fracaso?
Dentro de las próximas horas se realizará
la esperada Cumbre Euromediterranea de
Paris, una de las obsesiones del presidente
francés Nicolas Sarkozy. Tras un arduo
trabajo diplomático, giras por Medio Oriente
y el Norte de África, finalmente se llevará
a cabo este encuentro y, para felicidad
del mandatario galo, contará con la mayoría,
si es que no todos, sus invitados. El
único ausente será el líder libio Muammar
Al Gaddafi, quien no está de acuerdo con
este proyecto.
Raimundo Gregoire Delaunoy
11 de julio, 2008
Los 43 estados que tomarán
parte en este evento tendrán mucho por hablar.
Quizás demasiado y, justamente, ese es uno
de los principales problemas de este encuentro.
Al ver que un hombre piensa reunir tal cantidad
de países en pos de un mismo camino, las
proyecciones no pueden ser muy optimistas.
No se trata de ser alarmista, pero emprender
una misión así es demasiado difícil y, especialmente,
tomando en consideración a quienes integrarían
este nuevo “barrio” o espacio común.
Ya no se trata de aunar naciones con una
religión común o con un pasado cultural
similar. Tampoco son gobiernos que tengan
excelentes relaciones y, en el caso de algunos,
que ni siquiera han entrado en mayor profundidad
con algunos de los estados reunidos bajo
el amparo de la Unión por el Mediterráneo.
Peor aún, existen grandes diferencias económicas,
políticas y sociales entre muchos de los
países en cuestión y, finalmente, una serie
de conflictos aún permanecen sin solución.
Por eso, pensar en que una unión como la
que plantea el presidente francés, Nicolas
Sarkozy, parece, al menos de momento, muy
poco viable. Al menos en el corto y mediano
plazo.
Un ejemplo sirve para consolidar lo anteriormente
expresado. Si la Unión Europea, quizás el
bloque regional más avanzado del mundo,
ha tenido que enfrentar serias crisis internas
ante ciertas coyunturas (Ej.- el “No” de
Irlanda, Holanda y Francia a ciertos referéndums,
los problemas de políticas inmigratorias
y los dolores de cabeza provocados por Polonia),
cabe preguntarse qué ocurriría con la famosa
Unión por el Mediterráneo. Mientras el bloque
europeo cuenta con 27 miembros, el nuevo
grupo mediterráneo llegaría a 43 estados.
Además, lo curioso es que se habla de una
“Unión por el Mediterráneo”, pero más de
la mitad de las naciones que son parte de
este conglomerado están más cerca del Mar
del Norte, el Mar Báltico o incluso del
Polo Norte. Y esto último no es un capricho,
sino que busca demostrar la verdadera realidad
de un grupo de estados que no son homogéneos
y que, dadas sus condiciones específicas
–sociales, políticas y económicas- hacen
bastante inviable este proyecto.
Puede ser que la voluntad de crear un ente
nuevo, capaz de ir solucionando los problemas
que afectan al Mar Mediterráneo sea un buen
motivo para creer en esta cruzada quijotesca,
pero eso no es suficiente para que la Unión
por el Mediterráneo llegue a consolidarse
y a funcionar tal cual Nicolas Sarkozy lo
quiere. De momento, y esa es la impresión
que queda, es que al igual que otros bloques
poco estudiados, improvisados y carentes
de una sólida base, aquí ocurrirá lo mismo,
es decir, seguramente se avanzará en un
principio, pero luego todo debiera entramparse
en pantanos políticos.
Algunos motivos para el escepticismo
Una visión general de lo que ha sido el
Proceso de Barcelona, desde sus inicios,
en 1995, hasta lo que es hoy, permite elaborar
ciertas proyecciones. La primera, y que
parece demasiado lógica, es el hecho de
ver cómo se ha desvirtuado un proyecto que
tal cual estaba originalmente planteado
era muy interesante. Sólo los estados con
costas en el Mediterráneo serían parte de
lo que sería aquella unión. Sin embargo,
aparecieron las voces discordantes en Europa,
diciendo que este tipo de asociaciones podrían
ir en contra del espíritu de la Unión Europea.
Este fue, justamente, uno de los motivos
que introdujo Angela Merkel y, de hecho,
gracias a este argumento logró que se incluyera
a todos los estados miembros del bloque
europeo. Ahora, lo que llama la atención
es que una persona tan interesada en mantener
la unión de una región, no haga lo mismo
con sus vecinos de al frente, es decir,
africanos y árabes. Es el doble standard
que tanto molesta y que, realmente, es lo
que provoca tantos roces entre unos y otros.
No tiene sentido analizar en profundidad
cada una de las aristas “negativas” que
tiene este proyecto, ya que aquello sería
muy largo y daría para una serie y profunda
investigación. En este sentido, lo que sí
se puede hacer es revisar, someramente,
algunos de los principales motivos que hacen
dudar del éxito que pueda tener la Unión
por el Mediterráneo. Argumentos políticos,
económicos y sociales. Esa es la base de
la desconfianza.
Lo primero es dejar en claro que no hay
una postura única entre los diversos implicados
en este asunto. Al interior de la Unión
Europea, no hay voces que vayan en contra
de la corriente, pero ciertamente hay distintas
velocidades, interpretaciones y expectativas
en torno al Proceso de Barcelona. Mientras
la Francia “sarkozista” ha asumido un notable
liderazgo y se ha movido para que este proyecto
pueda dar sus primeros casos, otros países
europeos no tienen la misma actitud. Alemania,
España e Italia mira con ciertas precauciones
todo este suceso y da la impresión que tienen
severas dudas respecto a si esto funcionará.
Otros miembros de la Unión Europea no están
muy entusiasmados y sólo se preocupan de
estar informados, lo cual es lógico, ya
que, por ejemplo, es entendible que a los
países bálticos les interesa más formar
una alianza entre sí y con sus vecinos de
la ex órbita soviética. Finamente, también
hay naciones, como Grecia, que se han convertido
en fieles apoyos, aunque siempre desde un
segundo plano.
Ahora, esta carencia de una mirada común
es algo que también ocurre en los demás
estados no europeos que forman parte del
“Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”.
En el norte de África, Argelia y Libia han
dado muestras de no estar muy conformes
con este proyecto y, tanto así, que el mandatario
libio, Muammar Al Gaddafi, ha boicoteado
la cumbre de Paris y ha dicho que él no
está para que nuevamente los europeos vengan
a pisotearlos. No lo ha dicho con esas palabras,
pero con el mensaje que entrega está claro
que eso es lo que piensa. Gaddafi incluso
realizó un pequeño encuentro junto a otros
líderes árabes, en junio pasado, en el cual
dio a entender su postura y las dudas que
tenía respecto al proyecto impulsado por
Nicolas Sarkozy y avalado por los 27 estados
miembros de la Unión Europea. Los temores
del coronel libio hacen referencia a una
posible división al interior del mundo árabe
y africano. De hecho, le dijo a los representantes
europeos que no se negocia, ni se dialoga
con algunos países específicos, sino que
con todos y que para eso están la Unión
Africana y la Liga Árabe. Finalmente, Gadaffi
definió a este proceso como un “campo minado”
y que en cualquier minuto puede estallar.
Pero él no es el único con aprensiones,
ya que la mayoría de los estados magrebíes
piensan que a la hora de establecer nexos
y relaciones económicas los europeos van
a intentar imponer sus términos, algo que
no les gusta y que, de hecho, les ha ocurrido
en el pasado. Por eso, existen voces de
discordia entre los países agrupados en
la Unión del Magreb Árabe. De ellos, son
Argelia y Libia quienes muestran una mayor
distancia respecto a una posible Unión del
Mediterráneo. Marruecos y Túnez, por el
contrario, han manifestado su intención
de colaborar con la creación de este proyecto,
aunque siempre dejando en claro que no aceptarán
ser socios de segunda categoría.
Respecto a los estados árabes, africanos
y del Medio Oriente, el principal motivo
que genera desconfianza es la idea de tener
en un mismo bloque a Israel y otras naciones
que todavía tienen problemas con dicho país.
Y no son pocos, ya que Siria, Líbano, Autoridad
Palestina, Libia y Argelia no tienen grandes
relaciones con el gobierno israelí. Incluso,
anteriores aliados, como Mauritania, se
han alejado un tanto. Sólo Jordania y Egipto
mantienen relaciones diplomáticas con Israel,
a lo cual se suma una buena comunicación
con las autoridades marroquíes. Quizás,
el único punto positivo sean los acercamientos
entre Siria e Israel, bajo la mediación
de Turquía. Ahora, más allá de los problemas
específicos que puedan tener países determinados,
cabe preguntarse cómo se puede pensar incluir
árabes e israelíes en una misma unión, si
todavía no han solucionado muchos de sus
conflictos. Aún están presentes en la memoria
árabe la invasión al Líbano, los altos del
Golán y la creación del estado palestino
como una nación reconocida legalmente en
todo el mundo. Por eso, pensar en una Unión
del Mediterráneo con estos complejos escenarios
aún sin resolver, no sólo parece inoportuno
y desatinado, sino que también falto de
respeto. Antes de intentar crear nexos sólidos,
lo primero es generar una base real de confianza
y eso, claro está, no existe.
Además, por si fuera poco, las relaciones
al interior de los diversos bloques regionales
no son perfectas. La Unión Europea pasa
por una nueva crisis tras el “No” de Irlanda
al Tratado de Lisboa, la Unión del Magreb
Árabe nunca ha podido consolidarse con una
voz única y representativa de sus integrantes.
El conflicto del Sahara sigue dividiendo
a marroquíes y argelinos y no da señales
de pronta solución. En Medio Oriente, los
países árabes no están tan unidos, algo
que no es novedad. Siria y Egipto no poseen
grandes relaciones; Israel genera conflictos
con Siria y Palestina; Líbano y Siria acaban
de restablecer relaciones diplomáticas;
y, finalmente, no existe una entidad que
agrupe a todos los estados de la región.
Lógico, porque mientras no se solucione
el problema palestino aquello no podrá llevarse
a cabo. Estos hechos hacen pensar que quizás
sería más lógico esperar que estas zonas
logren unirse y cohesionarse como bloque,
para, una vez que esto se lleve a cabo,
intentar una unión de uniones. Si el Magreb
tiene una sola voz y lo mismo ocurriese
con Medio Oriente, las reuniones y el diálogo
con la Unión Europea serían mucho más fluidas
y fáciles. Lamentablemente, la realidad
de hoy muestra falta de comprensión, pocos
puntos de encuentro y muchos problemas aún
por resolver.
Y hablando de coyunturas conflictivas, es
necesario recordar algunas que, desafortunadamente,
tienen mucho peso y relevancia. Al mencionado
problema árabe-israelí y a la cuestión palestino-israelí,
hay que sumar el auge del terrorismo en
el Magreb y, específicamente, en Argelia.
El asunto es que la mayoría de los blancos
terroristas tienen como objetivo a los europeos
o a representantes del gobierno argelino,
que buscan una apertura y una menor influencia
del Islam en la vida política. Así las cosas,
resulta difícil imaginar al pueblo de Argelia
aceptando una unión con sus vecinos europeos,
que, lamentablemente, para muchos argelinos
no son más que rivales. El Mar Mediterráneo
también es escenario de enfrentamientos,
ya que el asunto de la división de Chipre
entre los greco y turcochipriotas es un
problema de mucha profundidad y que incluso
ha sido un obstáculo para el proceso de
adhesión de Turquía a la Unión Europea.
Al respecto, nuevamente llama la atención
que al gobierno turco le pongan como condición
de entrada que normalice sus relaciones
con Chipre, pero, curiosamente, para una
Unión por el Mediterráneo, aquello no es
un obstáculo. Otra vez el doble estándar.
Finalmente, otro gran conflicto tiene que
ver con las disputas por el petróleo, algo
que involucra a Malta, Libia y Argelia,
que no cesan en su disputa por yacimientos
petrolíferos ubicados en la cuenca mediterránea.
Turquía es otro de los puntos fuertes dentro
de los argumentos que permiten vislumbrar
un futuro no muy promisorio para la Unión
por el Mediterráneo. Esto, porque Nicolas
Sarkozy ha mencionado, en varias oportunidades,
que no quiere a Turquía adentro de la Unión
Europea, pero que a cambio les ofrece este
proyecto mediterráneo. Obviamente, esto
es algo que no sólo molesta, sino que provoca
un profundo sentimiento de traición por
parte del gobierno turco, que ha realizado
importantes avances en pos de obtener el
anhelado ingreso a la Unión Europea. Turquía
ya ha dado muestras de su evidente prudencia
y distanciamiento respecto al Proceso de
Barcelona, tal cual se ha ido modificando
con el paso del tiempo. Los representantes
del gobierno turco han dejado en claro que
jamás serán integrantes si eso les significara
no poder ser miembro pleno del bloque europeo.
Por eso, y como reflexión final, es necesario
cuestionarse hasta qué punto se puede confiar
en el “amigo” Sarkozy, que es capaz de acercarse
a todos los árabes, africanos y turcos,
pero no desde tan cerca. Puede buscar puntos
de encuentro, pero lejos de su casa, que
es la Unión Europea.
En cuanto a la inmigración, es un tema que
también puede traer muchas discusiones,
especialmente tras la última y polémica
medida adoptada por la Unión Europea, que
permite, entre otras cosas, retener por
hasta 18 meses a los inmigrantes ilegales
antes de enviarlos de vuelta a sus países.
El punto es muy claro, ya que las políticas
de inmigración y desarrollo utilizadas por
España y la estrecha colaboración de este
país con Marruecos en esta materia chocan
con la postura intransigente de algunos
gobiernos europeos. Marroquíes y españoles
ya han iniciado un trabajo conjunto y seguramente
no estarán dispuestos a botarlo para satisfacer
las necesidades o caprichos de otros estados.
Aún menos, porque lo que ellos han ido generando
les ha entregado buenos resultados y, lo
principal, un acercamiento entre ambas naciones.
Tampoco se pueden pasar por alto experiencias
pasadas que tienen cierto parecido con lo
que se está pretendiendo hacer en la Unión
por el Mediterráneo. Las conversacioes a
gran escala o, si se prefiere, con tantos
países involucrados generalmente fracasan.
En este sentido, es bueno recordar lo que
actualmente ocurre con las negociaciones
entre la Unión Europea y América Latina
y el Caribe. Tales han sido las dificultades,
que aunque no lo desconozcan, parece un
hecho que el diálogo del blorque europeo
ya no podrá mantenerse en el tiempo con
todos los países latinoamericanos y caribeños.
Las diferencias sociales, económicas, políticas
y, fundamentalmente, de organización con
un grupo uniforme han impedido este tipo
de alianza. De hecho, parece más probable
que la Unión Europea comience a entablar
nexos con los diversos organismos regionales,
como Mercosur, Aladi, Caricom y Comunidad
Andina. A ellos se suma el gran proyecto
sudamericano, que es el Unasur,pero que
aún está en pañales y a pesar de eso ya
tiene muchos problemas. Entonces, no es
que estos hechos sean regla para todos,
pero permiten llamar la atención y no olvidar
las experiencias de otros. Y eso que ni
siquiera se hace mención a las enormes dificultade
de los asiáticos para unirse y la aún poco
firme Asean.
Finalmente, es bueno reflexionar acerca
de las realidades sociales, económicas y
políticas. Es un tema muy largo, pero claramente
existe un desequilibrio en la manera de
vivir entre los países que participan en
el Proceso de Barcelona. Por dar algunos
ejemplos, las violaciones a los Derechos
Humanos se mantienen como una constante
en los estados magrebíes –con mayor y menor
intensidad según el gobierno del cual se
trate-, la pobreza sigue siendo una fuerte
amenaza en el Magreb y Medio Oriente y la
manera de sentir la religión es una diferencia
demasiado grande entre europeos, árabes
y africanos. Si en la Unión Europea, el
concepto ”Eurabia” genera temor y desconfianza,
si las construcciones de realidad hechas
por los medios mantienen una imagen negativa
del Islam y si en países como Argelia la
hostilidad hacia extranjeros no cesa, entonces
es muy difícil lograr consensos, en todo
tipo de nivel, ya sea gubernamental o entre
los pueblos.
Último pensamiento
La Unión por el Mediterráneo suena muy bien
y aparece como una idea muy bonita. Sin
embargo, no es lo que muchos quieren hacer
creer. Aquí, el espíritu está bien dividido
y son muy pocos los que realmente quieren
una integración plena con países magrebíes
y árabes. Se trata, más bien, de una unión
que podría traer beneficios para todas las
partes involucradas, pero especialmente
para algunos.
Los recursos naturales ubicados en las costas
africanas del Mediterráneo (petróleo, gas
y fosfatos, entre otros), los productos
pesqueros de Mauritania y Marruecos, la
posición estratégica de Medio Oriente y
la gran importancia de Turquía, como vía
de transporte de petróleo y gas desde Asia
Central han llamado la atención de una Europa
que está cada vez más preocupada por la
escasez de recursos productivos. Ya explotaron
sus costas y su dependencia de Rusia en
temas energéticos es algo muy grave para
ellos.
Al mismo tiempo, la necesidad de mejorar
las relaciones y así evitar más confrontaciones
y nuevos peligros para la sociedad europea,
han llevado a los líderes del Viejo Continente
a realizar esfuerzos en pos de obtener nexos
más positivos con estados árabes y africanos.
Pero no será fácil, ya que hay temas muy
profundos por resolver. Esta vez, a diferencia
de anteriores ocasiones, África y el Mundo
Árabe no están dispuestos a ser explotados
y ya han reivindicado sus derechos. Trato
igualitario y nada de miradas con desprecio.
Ni favores, ni regalos. Simplemente, lo
que corresponde.
Es así que la Unión por el Mediterráneo
deja un manto de dudas, por mucho que la
Cumbre de Paris llegue a ser un éxito.
Así, brota la gran pregunta.
Unión por el Mediterráneo, ¿un capricho
destinado al fracaso?