"Proceso
de Barcelona: Unión por el Mediterráneo",
¿y ahora qué?
Hace cerca de dos meses se realizó
la mediática Cumbre de Paris, cuyo objetivo
era darle mayor potencia al proyecto ideado
por el presidente francés, Nicolas Sarkozy.
Ahora, más allá de opiniones y visiones
subjetivas, lo importante es intentar
dilucidar hacia dónde va la naciente Unión
por el Mediterráneo, que todavía no pasa
de ser una incipiente iniciativa del mandatario
galo. En este sentido, se hace imperioso
analizar, ya sin la euforia post cumbre,
la verdadera esencia del ahora denominado
“Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”.
Raimundo Gregoire Delaunoy
17 de septiembre, 2008
Muchos insisten en que
el concepto de hoy y las próximas décadas
será la integración. Local, regional, continental
y mundial. Económica, política y cultural.
Comercial y tecnológica. Y así, sucesivamente,
buscando diversos puntos en los cuales gobiernos
de diversos países puedan complementar sus
carencias y fortalezas.
Bajo este paradigma –el de la integración
regional- el presidente de Francia, Nicolas
Sarkozy, ha comenzado una interminable campaña
en pos de obtener el apoyo necesario para
llevar a cabo uno de sus grandes proyectos.
Se trata de la Unión por el Mediterráneo,
una iniciativa que aun cuando se encuentra
en pañales, al menos ya dio sus primeros
pasos hace poco más de un mes, momento en
el cual 43 jefes de estado y gobierno se
reunieron en la capital francesa. Nadie
puede discutir que la organización de la
Cumbre de Paris fue un éxito y que el proyecto
de Sarkozy ha comenzado en buen pie. Sin
embargo, es importante navegar por aguas
más profundas e iniciar un análisis objetivo
y exhaustivo, para así tomar una radiografía
perfecta al “Proceso de Barcelona: Unión
por el Mediterráneo”.
En este sentido, la gran relevancia de la
Cumbre de Paris fue que permitió establecer
tres cosas. Primero, que tras esta reunión
se llegó a resultados concretos (pocos,
pero no por eso dejan de ser reales). Segundo,
este evento permitió que se dieran a conocer,
directa o indirectamente, hechos puntuales
y coyunturas de gran relevancia, no sólo
para este proceso, sino que también para
otros. Tercero y final, el encuentro realizado
en la capital francesa sirvió para develar
una serie de dudas y para dar cuenta de
ciertas proyecciones a futuro.
De lo poco, ¿bueno?
Tras el término de la Cumbre de Paris se
elaboró una declaración final en la cual
se establecían conclusiones y, lo principal,
las principales decisiones adoptadas en
consenso. Al respecto, era importante saber
cuáles serían los acuerdos obtenidos, especialmente
en temas o áreas que de por sí son conflictivas
o, por decirlo de otra forma, causan divisiones
o visiones diferentes.
Uno de estos asuntos era, lógicamente, el
Proceso de Paz en Medio Oriente. En este
sentido no extraña que la declaración final
se retrasara, justamente, por la reticencia
de los países árabes, que buscaban imponer
sus términos en torno a la conformación
de este proyecto mediterráneo. Dichos estados
querían que la Liga Árabe pudiese tener
un rol activo en este proceso, cosa que
no causaba gran alegría entre los europeos.
Sin embargo, finalmente se acordó incluir
a este organismo como observador, pero no
se incluyó en la declaración final un reconocimiento
expreso sobre el estado palestino.
Otro punto polémico tenía que ver con el
movimiento de personas, algo que, por ejemplo,
causa grandes dudas en el gobierno argelino
liderado por su presidente, Abdelaziz Boutlefika.
Sobre este asunto no se llegó a acuerdos
y eso, justamente, una piedra de tope, ya
que antes del inicio de esta cumbre Argelia
ya había expresado ciertos temores. Ahora,
más allá del tema del traslado humano y
de las disputas entre árabes e israelíes,
se lograron ciertos avances, que permitieron
elaborar proyectos concretos y resoluciones
definitivas.
Lo más relevante lo constituye la conformación,
poco a poco, de toda la estructura de este
Proceso de Barcelona renovado. Para empezar,
se decidió darle un nuevo bautizo a este
proyecto, que ahora será conocido como “Proceso
de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”.
Esto último tiene que ver con el hecho que
al gobierno español no le agradaba mucho
la idea de una Unión por el Mediterráneo,
mientras que a Francia no le interesaba
mucho mantener el nombre de un proyecto
que, según Nicolas Sarkozy y el mismo Hosni
Mubarak, había fallado y que era necesario
actualizarlo y mejorarlo. Debido a esta
pequeña lucha se optó por una decisión salomónica,
que aunque no era el del absoluto agrado,
al menos dejaba a ambas partes conformes.
La diplomacia utilizada en este ámbito fue
demasiado fina, lo que llevó al mandatario
galo a decir que “no se trata de borrar
el Proceso de Barcelona, sino que de complementarlo”.
Si bien la nomenclatura es importante, lo
relevante es ver cuáles fueron, efectivamente,
las medidas concretas que se adoptaron tras
la Cumbre de Paris. En este sentido, se
estableció que este proyecto funcionará
con una copresidencia, una de la ribera
norte y otra del sur. Quienes debutaron
con este nombramiento fueron los presidentes
de Francia y Egipto, Nicolas Sarkozy y Hosni
Mubarak, respectivamente. Además, se realizará
una reunión anual de ministros de Relaciones
Exteriores y cada dos años tendrá lugar
una cumbre del bloque. También, se dio origen
a la secretaría, pero quedó en suspenso
la elección de la sede de aquella institución.
Al respecto, este asunto se zanjará en la
próxima reunión de ministros, a realizarse
en noviembre próximo, en la ciudad portuguesa
de Lisboa. Las candidaturas ya han sido
presentadas –en forma formal o informal-
y se trata de cinco países. Barcelona (España),
Rabat (Marruecos), Ciudad de Túnez (Túnez)
y Malta se disputarán este honor y, por
ejemplo, el mismo día de la cumbre el jefe
de gobierno español, José Luis Rodríguez
Zapatero, hizo el anuncio respecto a la
postulación de Barcelona como sede de la
secretaría. Finalmente, el secretariado
será la institución encargada del financiamiento
y de supervisar la ejecución de los diversos
proyectos elaborados.
Párrafo aparte para las iniciativas a las
cuales se comprometieron los asistentes
a la Cumbre de Paris. Se trata de seis ideas
que serán puestas en marcha lo antes posible.
Los proyectos son los siguientes:
- Descontaminación del Mediterráneo
- Autopistas del mar y construcción de infraestructura
terrestre en la ribera sur
- Plan de energía solar
- Programa de protección civil
- Universidad euromeditarránea, con sede
en Eslovenia
- Apoyo al desarrollo de las empresas
De esta forma, se dieron los primeros pasos
en pos de darle una estructura sólida a
este proceso, aunque, objetivamente, aún
falta mucho por delante. Por ejemplo, cabe
preguntarse de dónde se sacarán los fondos
económicos. Ya se sabe que el Banco Europeo
de Inversión (BEI) será una de las instituciones
que colaborará en forma estrecha con la
puesta en marcha de este proyecto, pero
quedan dudas respecto a cuánto podrá ayudar,
ya que desde 2002 a la fecha el BEI ha invertido
siete millones de euros en el Mediterráneo.
De momento, no queda más que observar si
las primeras piedras que se han puesto en
este camino serán suficientes para ir construyendo
una sólida base, que, a su vez, permita
la consolidación del “Proceso de Barcelona:
Unión por el Mediterráneo”.
Lo que demuestra la Cumbre de Paris
Teniendo en claro cuáles fueron os avances
en concreto de la Cumbre de Paris, es importante
dar cuenta de algo que incluso puede ser
más importante que aquellos logros obtenido
en el encuentro realizado en la capital
francesa. Se trata de navegar en profundidades
y develar tendencias que superficialmente
son imposibles de ser reconocidas.
Problemas de cohesión
Lo primero es decir que parece imposible
soslayar los serios problemas de cohesión
que posee el proyecto ideado por el presidente
de Francia, Nicolas Sarkozy. Si intentar
olvidar lo difícil que es intentar unir
a 43 gobiernos en un solo bloque, aún más
complicado es disfrazar u ocultar las grandes
falencias de este proyecto, especialmente
si se trata de implantar la cohesión necesaria
para darle éxito a esta iniciativa. Al respecto,
los diversos actores involucrados en el
“Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”
presentan evidentes señales de fisuras internas.
En Europa, no todos ven con los mismos ojos
el proyecto mediterráneo. Para empezar,
no se puede olvidar que el plan original
de Sarkozy tuvo que ser modificado, para
así lograr el apoyo de Alemania y muchos
otros países europeos. Ahora, el hecho de
haber incluido a la Unión Europea en este
proyecto no significa que no exista un cisma
al interior de este bloque. De hecho, existe
un importante grado de reticencia por parte
de algunos mandatarios europeos. Además,
las directrices políticas de los estados
son bastante disímiles y, por ejemplo, no
se pueden comparar las posturas de José
Luis Rodríguez Zapatero y Nicolas Sarkozy.
Mientras el primero ha trabajado arduamente
por una mayor y mejor comunicación y cooperación
con el Magreb y, particularmente, con Marruecos,
el segundo ha generado leyes cuyo objetivo
es endurecer el sistema de migraciones.
Siguiendo con este punto, la nueva ley de
inmigración de la Unión Europea mostró las
evidentes diferencias entre los miembros
del bloque. Aún más, el hecho que el Consejo
de Europa la haya rechazado demuestra que
mientras algunos buscan un trato digno para
los inmigrantes, otros, simplemente, no
quieren saber más de este asunto. Es por
eso que es necesario reflexionar acerca
de cuán factible es juntar a los 27 estados
miembros de la Unión Europea en un proyecto
que los uniría con los que, para algunos,
se trataría de países con una población
amenazadora.
Ahora, la Unión Europea no es el único bloque
que presenta problemas de cohesión. En este
sentido, es importante destacar la división
existente al interior de la Unión del Magreb
Árabe (UMA). Mientras Marruecos y Túnez
ven con buenos ojos el proyecto mediterráneo,
Argelia y Libia tienen muchas dudas respecto
a esta iniciativa y, de hecho, para el líder
libio, Muammar al Ghadaffi, el “Proceso
de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”
es sinónimo de problemas, división y amenazas
para el mundo árabe y africano. En resumen,
se podría decir que existen tres posturas
entre los miembros de la UMA. La oposición
extrema liderada por Libia, la tibia reticencia
de Argelia y el apoyo incondicional de Túnez
y Marruecos. Mauritania aparece un tanto
aislada y seguramente seguirá así, ya que
tiene asuntos mucho más importantes a los
cuales dedicarse como, por ejemplo, el golpe
de estado realizado por los militares hace
cerca de un mes. Sin embargo, más allá de
todas estas diferencias, lo concreto es
que el Magreb dio señales evidentes respecto
a que ellos desean un rol principal en este
proyecto y que no se repita la tendencia
histórica de los países europeos, que, generalmente,
terminan controlando el desarrollo de los
procesos.
Conflictos persistentes
Otra conclusión, bastante palpable, es la
continuidad de ciertos choques o focos conflictivos.
Algunos con mayor intensidad, otros sin
tanto eco, pero siempre impidiendo un equilibrio
en las relaciones entre países, bloques
o regiones. Al interior del Magreb, Argelia
y Marruecos aún mantienen tensos vínculos,
debido a diferencias en ciertas políticas
y, particularmente, por el asunto del Sahara
Occidental. Cerca de ahí, en Mauritania,
un golpe de estado realizado hace cerca
de un mes ha puesto en jaque el proceso
de incipiente democratización de aquel país
y amenaza con transformarse en tierra pantanosa,
algo que favorecería el accionar de células
terroristas. Esto último ya es un problema
bastante serio en Argelia.
En Medio Oriente, las evidentes y lógicas
diferencias entre los estados árabes e Israel
han quedado expuestas ante los ojos de todos
los asistentes de la Cumbre de Paris. En
algo que era obvio y que se mantendrá durante
muchos años más, el gobierno israelí aún
no ha podido solucionar sus conflictos con
Palestina, Siria y Líbano. En la medida
que esta situación se mantenga en el tiempo
parece imposible que se pueda aglutinar
en un solo bloque a árabes a israelíes.
Si bien es cierto que se han realizado esfuerzos
para llegar a acuerdos, todavía no hay grandes
hechos concretos que permitan vislumbrar
una salida positiva. Tanto así, que la firma
y lectura de la Declaración de la Cumbre
de Paris se retrasó ante las exigencias
de los países árabes respecto a la cuestión
palestino-israelí.
En pleno mar Mediterráneo, otros dos conflictos
siguen con vida. Se trata de la división
de Chipre y la lucha por recursos petrolíferos
entre Libia, Malta y Argelia. El primero
de ellos ha sido un verdadero dolor de cabeza
para Turquía, que en este asunto ha encontrado
una barrera para su proceso de adhesión
a la Unión Europea. En cuanto al segundo
problema, es una situación que sin ser grave,
ni categórica, sí causa cierto temor, ya
que estas viejas disputas impiden un mayor
entendimiento y desarrollo económico de
la región.
Por último, el accionar de la Unión Europea
en el conflicto árabe-israelí deja en claro,
que aquel bloque desea una paz que sea beneficiosa
para sus intereses. Por eso, hasta el momento,
la postura del bloque europeo ha sido bastante
ambigua y poco definida. Son capaces de
establecer sanciones económicas para los
territorios palestinos y, al mismo tiempo,
de elaborar un discurso conciliador, pero
muchas veces omiten las matanzas realizadas
por las ofensivas israelíes al interior
de las fronteras palestinas. Además, con
la llegada de Nicolas Sarkozy al poder en
Francia y con una cada vez mayor actitud
recelosa hacia los árabes y musulmanes,
da la impresión que Europa comienza a tomar
una postura más favorable a Israel.
No todos están con este proyecto
Uno de los aspectos más fundamentales y
evidentes ha sido el hecho que este proceso
ha generado diversas posturas y velocidades.
Mientras algunos gobiernos se han convertido
en bastiones de este proyecto, otros sólo
se limitan a seguir a la masa. En paralelo,
algunos estados han dejando en claro que
tienen dudas respecto al funcionamiento
y/o la utilidad de esta iniciativa y, finalmente,
aparecen los escépticos. Esta situación,
en honor a la objetividad, no debiera sorprender,
ya que es evidente que el presidente francés,
Nicolas Sarkozy, no tiene el mismo nivel
de relaciones con todos los jefes de estado
y/o gobierno involucrados en este proyecto.
Además, su discurso pro-israelí genera ciertas
dudas en los estados árabes, especialmente
en aquellos donde la relación con Francia
nunca ha sido fluida, como es el caso de
Argelia.
Ahora, cabe preguntarse quiénes son los
“mediterránescépticos” o, más simple, contrarios
al nuevo cariz que adoptó el Proceso de
Barcelona. El primero en aparecer es el
líder libio Muammar al Gaddafi, que en todo
momento ha dejado en claro que ni él, ni
su gobierno se prestarán para una iniciativa
como esta. De hecho, el pasado 10 de junio
–casi un mes antes de la realización de
la Cumbre de Paris- Gaddafi se reunió con
los presidente de Argelia, Mauritania, Siria
y Túnez y con el primer ministro de Marruecos.
En aquella ocasión, el coronel Gaddafi dio
a entender su postura y analizó, junto a
los otros representantes de naciones árabes
el proyecto propuesto por Nicolas Sarkozy.
Tras considerar como una afrenta este proceso,
el líder libio se despachó frases como “nosotros
no somos hambrientos, ni perros para que
nos echen huesos” o “nos toman por idiotas.
Nosotros no pertenecemos a Bruselas. Nuestra
Liga Árabe está en El Cairo y nuestra Unión
Africana en Addis Abeba”.
En todo caso, más allá de estas expresiones,
que puedan parecer mediáticas o de simple
perogrullo, hay algo que dijo Gaddafi y
que es, finalmente, el principal acontecimiento
que molesta, específicamente, a los países
árabes y magrebíes (africanos). Claro, porque
Gaddafi declaró que “la Unión Europea persigue
su cohesión y por eso ha rechazado el proyecto
inicial del presidente francés. Claramente
no querían una división al interior del
bloque”. En este sentido, es importante
analizar con mayor profundidad esta frase,
porque tiene mucho de cierto. Nadie podría
juzgar a la Unión Europea por preocuparse
de su unidad y, de hecho, aquello es algo
positivo. Sin embargo, alguien podría preguntarse
por qué los europeos propulsan y apoyan
un proyecto que si bien ya no produciría
divisiones internas en su bloque, sí podría
generarlas en el contexto, árabe, africano
y magrebí. De esta forma, se entiende la
molestia de ciertos líderes como Gaddafi,
Bouteflika o Al Assad, quienes ven un doble
stándard por parte de la Unión Europea.
En pocas palabras, se trata de saber por
qué ellos hablan de la unidad, si al final
sólo les interesa mantener su cohesión y
no la de los otros bloques involucrados
en este proyecto.
Ahora, directamente relacionado con esta
situación, se puede establecer la existencia
de un “club de los rebeldes”. A la cabeza
de este grupo está, era que no, Muammar
al Ghaddafi, apoyado por los presidentes
de Argelia y Siria, Abdelaziz Boutlefika
y Bashar Al Assad, respectivamente.
Ahora, estos tres gobiernos no están solos
en su cruzada, ya que reciben el apoyo de
otros estados como Mauritania y Turquía.
En el caso mauritano, las cosas cambiaron
mucho desde que se produjo el golpe de estado
militar, asi que el asunto mediterráneo
ha pasado a un segundo o tercer plano de
relevancia. En cuanto a los turcos, existe
mucho recelo respecto a este proyecto, ya
que se piensa que podría una maniobra cuyo
fin fuese dejar, definitivamente, fuera
de la Unión Europea a Turquía. Además, existen
severas dudas respecto al carácter mediterráneo
de este país, ya que si bien tiene costas
en este mar, sus relaciones políticas, económicas
y sociales están orientadas, en muchos casos,
hacia otras regiones como Asia Central,
el mundo musulmán, los estados turcomanos
y, últimamente, África.
Por último, no se puede dejar de mencionar
que al Mashrek no le interesa esta iniciativa
y parece estar mucho más enfocado en solucionar
los problemas existentes en Medio Oriente
y seguir puliendo un bloque en el Golfo.
Avances en relaciones
entre países
Un aspecto positivo de la Cumbre Euromediterránea
de Paris es el hecho que esta reunión sirvió
para que produjeran necesarios e imprescindibles
acercamientos entre estados que no poseen
buenos nexos entre sí. Es el caso, por ejemplo,
de lo que ocurre entre Francia y Siria,
Libia y Siria e Israel y Líbano. Las relaciones
entre dichos países han tenido serios inconvenientes
en los últimos años y es por eso que un
aproximamiento a nivel gubernamental se
consideraba esencial para mantener con vida
las esperanzas de un cierto éxito para este
proceso que recién comienza.
Al respecto, quizás en este ámbito se establecieron
los hechos concretos más relevantes y cuyo
alcance va mucho más allá del espacio mediterráneo
e involucra, directamente, al conflicto
árabe-israelí y a todo lo que acontece en
Medio Oriente. Lo de Francia y Siria es
muy positivo, ya que ambos países mantenían
bloqueadas sus relaciones desde 2005, año
del asesinato del entonces primer ministro
libanés Rafik Hariri. Igual de esperanzador
ha sido el establecimiento de relaciones
diplomáticas plenas entre Siria y Líbano,
algo inédito desde que ambos países lograran
su independencia en 1943. Si bien este hecho
se produjo el 13 de agosto, un mes antes,
en Paris, ambos gobiernos ya habían anunciado
que estaban en serias negociaciones para
iniciar el camino diplomático entre los
dos países. Por último, y aunque sólo fueron
declaraciones, no se puede dejar de mencionar
que el presidente sirio, Bashar Al-Assad,
y el primer ministro israelí, Ehud Olmert,
dejaron abierta la opción a un diálogo,
algo que ya ha comenzado desde hace un tiempo
gracias a la mediación de Turquía.
Reinserción de
Egipto en el contexto mediterráneo
Si bien siempre se ha dicho que Egipto es
uno de los países más importantes dentro
del contexto africano, árabe, musulmán y
mediterráneo, las relaciones que aquel estado
mantiene con gobiernos europeos ha sido
un tema de gran relevancia. A sabiendas
de las buenas conexiones existentes entre
Egipto y Estados Unidos, era necesario establecer
lo mismo, pero con la Unión Europea. Ahora,
hasta el momento no se puede decir que egipcios
y europeos gozan de una gran relación, pero
al menos se le está empezando a dar mayor
poder e importancia al gobierno egipcio
en el “Proceso de Barcelona: Unión por el
Mediterráneo”.
No es coincidencia que la primera copresidencia
de este bloque haya quedado en manos, justamente,
de Francia y Egipto. En este sentido, hay
que destacar la figura de Hosni Mubarak,
un líder que, como ya se ha hecho costumbre,
sirve para demostrar el doble discurso de
los europeos. Claro, porque al igual que
en otras naciones árabes y/o musulmanas,
la Unión Europea apoya a un presidente que
claramente ha caído en violaciones a los
derechos civiles de su población. Sin embargo,
Europa parece preferir esta situación en
la medida que se mantenga un gobierno laico
en Egipto u otros estados árabes. Es por
esto que surge la pregunta, ¿realmente existe
una conciencia democrática?, ¿o sólo se
trata de buscar los beneficios personales?
Da la impresión que se trata de lo segundo
y por eso, aunque suene majadero, no es
una mera casualidad ver a Egipto teniendo
un rol protagónico.
Finalmente, cabe consignar que cuando se
inició el Proceso de Barcelona original,
muy pocos estados árabes estaban con esta
iniciativa. Hoy, la situación ha cambiado
y ahora el único que no está es Libia. Por
eso, nuevamente aparece como fundamental
el rol que pueda cumplir Egipto en la primera
copresidencia correspondiente a la ribera
sur del Mediterráneo. ¿Será capaz Hosni
Mubarak de torcer la mano de Muammar al
Gaddafi?, ¿logrará seguir frenando las revoluciones
religiosas y sociales que amenazan con explotar
en países como Argelia y Líbano?, ¿podrá
el gobierno egipcio establecer nexos con
una Mauritania bajo el poder de los militares?
Estos y muchos otros serán los desafíos
que tendrá Egipto. Y siempre bajo la firme
observación de Europa.
Conclusiones y proyecciones
Entendiendo la etapa previa a la Cumbre
de Paris, el desarrollo de la reunión y
el paso de los meses, se pueden elaborar
un comentario u observación final. Si bien
el nuevo formato del original Proceso de
Barcelona ha demostrado mayor acción y presencia
-básicamente gracias a la campaña del presidente
francés Nicolas Sarkozy-, nada hace presagiar
que esta iniciativa está encaminada al éxito.
En paralelo, tampoco se puede decir que
es la crónica de una muerte anunciada. Sin
embargo, existen evidentes señales que sugieren
prudencia a la hora de pensar en un futuro
positivo para el “Proceso de Barcelona:
Unión por el Mediterráneo”. Claro, ya se
realizó una primera reunión con 43 jefes
de gobierno y/o estado, pero aquello aún
no es suficiente para sentir que la base
de este proyecto es sólida y con una importante
garantía de permanencia en el tiempo. Alguien
dirá que ya cuenta con una secretaría, con
una copresidencia y con seis proyectos de
alto vuelo. Empero, hay que hacer un cuestionamiento
lógico respecto a cómo concretar las iniciativas
y los planes ideados en la Cumbre de Paris.
Por ejemplo, preguntarse de dónde vendrán
los recursos económicos o qué sienten los
pueblos de los 43 estados involucrados en
esta unión mediterránea. ¿Realmente existirá
un apoyo por parte de las masas en cada
uno de los países involucrados?, ¿podrá
aportar la Unión Europea con dinero si ya
tiene hecho su presupuesto hasta 2013?,
¿será capaz el Banco Europeo de Inversión
de soportar todo el costo económico?, ¿estará
dispuesto a hacerlo?
Otro asunto muy importante es saber si aquellos
proyectos de infraestructura en la zona
costera magrebí tendrán un alto impacto
en el ecosistema de la región. Se debe realizar
un estudio profundo, que permita estar seguro
que lo que se construirá sólo traerá beneficios
y no turbulencias para los estados involucrados.
En países como Argelia, Egipto y Túnez un
estallido social podría agudizar más la
inestabilidad política de sus gobiernos
y aquello traería nefastas consecuencias
para Europa. El riesgo de enfrentamientos
ideológicos es demasiado grande y un error
en la concepción de los proyectos euromediterráneos
podría, en vez de aunar posturas, agudizar
las divisiones ya existentes entre la ribera
sur y norte.
En este sentido, cabe preguntarse qué sucederá
con los diversos bloques regionales que
de una u otra forma tienen nexos con el
“Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”.
Por ejemplo, ¿será capaz la Unión Europea
de sobrellevar su división interna?, ¿afectará
esto al equilibrio europeo? Misma pregunta
debe hacerse respecto a la Unión por el
Magreb Árabe (UMA), un organismo que está
prácticamente paralizado desde hace cerca
de 15 años. Es por esto que el cuestionamiento
apunta a la nueva realidad de la UMA, que
deberá definir, en conjunto, qué importancia
le darán a la unión mediterránea recientemente
planteada. Será interesante ver cómo dialogan
entre sí Argelia y Marruecos, líderes de
la región, pero que aún mantienen una disputa
por el Sahara Occidental. Hay que ver cómo
lo hacen estos países para convivir en un
proyecto euromediterráneo tomando en cuenta
que ya arrastran difíciles relaciones con
sus vecinos. Aparte, ¿qué ocurrirá con la
UMA?, ¿se debilitará o fortalecerá en caso
que el “Proceso de Barcelona: Unión por
el Mediterráneo” sea un éxito o fracaso?
Tampoco se puede soslayar lo expresado por
Muammar al Gaddafi y que fue respaldado,
implícitamente, por el presidente senegalés
Abdoulaye Wade. El asunto tiene que ver
con la principal advertencia hecha por el
líder libio, quien asegura que este proyecto
podría generar divisiones al interior del
mundo africano y árabe. Es así que Wade
fue bastante claro, al decir que “la idea
de una Unión por el Mediterráneo, si se
realiza, permitirá a África del Norte arrimarse
a Europa, pero será una barrera que aislará
a África del Sur del Sahara. De eso, los
africanos deben estar muy conscientes”.
Los conflictos regionales son otro factor
a tomar en cuenta y que permite no ser tan
optimista respecto al devenir del “Proceso
de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”.
Claro, porque en los alrededores y en la
misma cuenca mediterránea, una serie de
problemas y litigios fronterizos deben convivir,
obligatoriamente. Existen focos conflictivos
de gran preocupación y que pueden influir
en las relaciones entre los estados involucrados
y, por ende, al interior de esta nueva unión
mediterránea. Sólo basta recordar el conflicto
palestino-israelí, el proceso de paz en
Medio Oriente, la crisis interna del Líbano,
la división de la isla de Chipre, las disputas
por yacimientos petrolíferos entre Malta
y Argelia y, por supuesto, la rebeldía de
Libia y la reticencia de Turquía. Todo eso,
sin siquiera contar el conflicto del Sahara,
el eterno problema de la inmigración clandestina
e ilegal y, relacionado con esto último,
las consecuencias de la última ley de inmigración
aprobada por la Unión Europea.
Todo eso hace ver que la realidad empírica
demuestra una mayor probabilidad o tendencia
hacia la división, más que a la unión.
Ese será, entonces, el verdadero desafío
del naciente “Proceso de Barcelona: Unión
por el Mediterráneo”.