Elecciones
en Zimbabwe, dudas y más dudas
El 29 de marzo pasado, se desarrollaron,
con aparente calma, las elecciones presidenciales,
legislativas y municipales de Zimbabwe.
Sin embargo, el hecho que estos comicios
fuesen libres y pacíficos, no es motivo
suficiente para soslayar la verdadera
y angustiante realidad del estado africano,
liderado por el dictador Robert Mugabe.
Sí, porque existe un gobierno vagamente
democrático, un pueblo descontento,
cansado y preocupado, una oposición
política con opciones de obtener una
victoria de gran relevancia y, finalmente,
la posibilidad de un fraude electoral.
En este contexto, no debiese extrañar
la demora en la entrega de los resultados
oficiales, ya que Mugabe está decidido
a no perder y, aún menos, ante Morgan
Tsvangirai. Todo indica, entonces, que
nada será fácil y que Robert Mugabe
está inquieto. Y claro que lo está,
si tiene a una nación destruida.
Por Raimundo Gregoire Delaunoy
10 de abril, 2008
Pasan los años y a pesar
de algunos evidentes y positivos cambios,
la realidad africana aún se encuentra
sometida y afectada por graves crisis
sociales, económicas y políticas, las
cuales se transforman en una amenaza para
la estabilidad regional, continental e,
incluso, mundial. Y si existe un caso
que pueda ser tomado como ejemplo de esta
tendencia, entonces hay que detenerse
en el proceso histórico de Zimbabwe.
Antigua colonia británica
y antes conocido como Rhodesia, Zimbabwe
obtuvo su independencia recién en 1980,
estableciéndose como uno de los últimos
países africanos en acceder a tal condición.
Mediante los Acuerdos de Lancaster, firmados
en 1979, se ponía fin al dominio británico
y, también, a la guerra de guerrillas
iniciada en 1965, cuando Ian Smith declaró
la independencia de Rhodesia del Sur,
dando origen a un gobierno favorable a
la minoría blanca. Este conflicto, que
duró cerca de 15 años, entregó un lamentable
saldo final de unos 35.000 muertos y 1.500.000
desplazados.
El 17 de abril de 1980,
se proclamaba la República de Zimbabwe,
nacida bajo el alero de las conversaciones
mantenidas por los diversos actores de
la política zimbabwense de aquel entonces.
El gobierno de Ian Smith, la Unión Africana
Nacional de Zimbabwe (ZANU) y la Unión
del Pueblo Africano de Zimbabwe (ZAPU),
liderada por Robert Mugabe, establecerían
que éste último sería el primer ministro
del nuevo estado.
Tras establecerse como
primer ministro entre 1980 y 1987, a partir
de 1988 comenzaría el período de la dictadura
zimbabwense y, paradójicamente, con Mugabe
llegando a la presidencia en forma democrática,
ya que sería el Parlamento quien lo elegiría
para tal cargo.
De esta forma, lo que
en su momento pudo ser un gran motivo
de alegría, con el paso de los años se
convertiría en angustia, crisis y convulsión
social. Claro, porque la figura de Robert
Mugabe se hizo cada vez más fuerte y omnipresente,
realizando grandes modificaciones políticas,
sociales y económicas, las cuales fueron
socavando el devenir de la nación surafricana.
Zimbabwe, 28 años después: dictadura y
dominio de Mugabe
Luego de conseguir la reelección en 1990,
1996 y 2002, mediante comicios fraudulentos,
y de convertir a su partido, el Zamu-PF,
en la principal fuerza política del país,
Robert Mugabe enfrenta una dura realidad,
ya que tiene sumido en una crisis social,
política y económica a la República de
Zimbabwe. En medio de este complejo escenario,
destacan una serie de problemas, entre
los cuales se cuentan la difícil puesta
en práctica de la reforma agraria, una
economía deprimida y destruida casi por
completo, la escasez de alimentos y energía,
el aislamiento a nivel internacional,
problemas sanitarios, un alto índice de
prevalencia del SIDA y, lo más importante,
una grave crisis humanitaria, ocasionada
por los hechos anteriormente mencionados.
Con un sector de la población aburrido
de la pésimas condiciones de vida y de
la restringida vía democrática, Robert
Mugabe llegó a las últimas elecciones
con todo cuesta arriba. A diferencia de
anteriores comicios, el dictador zimbabwense
sabía que tendría una fuerte oposición
y, por lo mismo, no tuvo otra opción que
realizar una manipulada y estratégica
campaña previa.
El panorama político mostraba a dos
grandes bloques. Primero, el Frente Patriótico
de la Unión Nacional Africana de Zimbabwe
(Zanu-PF), liderado por Robert Mugabe,
y que a comienzos de este año sufriría
uno de los principales golpes, ya que
Simba Makoni –ex ministro de Finanzas
de Mugabe- presentaría su candidatura
en los primeros días de febrero. Y, segundo,
el Movimiento para el Cambio Democrático
(MDC), con Morgan Tsvangirai a la cabeza
de esta agrupación, nacida en 1999 con
el objetivo de ejercer presión y quitarle
peso político al gobierno de Robert Mugabe.
Cabe consignar que desde la llegada
al poder de Mugabe, éste nunca debió enfrentar
a una fuerza política de gran relevancia
y, entonces, es por esto que la figura
de Morgan Tsvangirai adquiere tanta importancia,
ya que, desde fines de la década de los
noventa, comenzó a realizar una serie
de manifestaciones y movimientos con la
intención de ir menguando la influencia
de Mugabe en Zimbabwe. Entre 1997 y 1998,
Tsvangirai dirigió huelgas, reclamando
contra el alza de los impuestos, ya que
éstos serían utilizados para el pago de
indemnizaciones a veteranos de guerra
retirados. De esta forma, el minero y
unionista, comenzaba un camino difícil,
ya que para hacer frente a la dictadura
de Robert Mugabe, tendría que organizar
a una oposición casi inexistente y que
en el mejor caso se encontraba fragmentada.
Sin embargo, logró captar el apoyo de
cesantes, jóvenes, granjeros blancos,
industriales ricos y a ciertos grupos
urbanos. Además, supo establecer estrechos
lazos con la etnia Ndebele, atacada duramente,
a comienzos de los años ochenta, por parte
de tropas norcoreanas enviadas por Mugabe
a la zona de Matabeleland.
Con gran habilidad, Tsvangirai logró
conformar una oposición más definida y
visible, lo cual se plasmaría en 1999,
con la fundación del Movimiento para el
Cambio Democrático (MDC), que se transformaría
en el partido político que buscaría poner
fin al mandato de Robert Mugabe. Y aunque
el dictador zimbabwense cuenta con un
importante apoyo –básicamente, el pueblo
negro que se opone a los ricos terratenientes
blancos-, los resultados obtenidos por
el MDC han sido bastante favorables. Para
empezar, hicieron historia cuando en 2000
lograron vencer a Robert Mugabe en el
referéndum que buscaba fortalecer las
atribuciones presidenciales. Con cerca
de diez puntos porcentuales de diferencia,
el Zanu-PF debía reconocer, por primera
vez en veinte años, una dura y preocupante
derrota. La tendencia se mantendría, ya
que aquel mismo 2000, el Zanu-PF ganaría
las elecciones para la Cámara de Representantes,
aunque sin la holgura de ocasiones anteriores.
De hecho, el partido oficialista se quedaría
con el 48.6% de los votos y con 62 asientos
para la cámara de diputados, mientras
que la oposición alcanzaría el 47.0% de
las preferencias y 57 escaños. Gran diferencia
si se toma en cuenta los comicios de 1995,
en los cuales el Zanu-PF arrasó, quedándose
con el 81.38% de la votación y con 118
puestos en la Asamblea.
La gran prueba llegaría en marzo de
2002, ya que Morgan Tsvangirai intentaría
derrotar a Robert Mugabe en las elecciones
presidenciales. Lamentablemente, para
las pretensiones del MDC, el presidente
zimbabwense obtendría el 56.2% de los
votos, contra un digno, aunque estéril
43.0% favorable a Tsvangirari. Los resultados
demostrarían que Mugabe ya no podía sentirse
tan seguro, pero que los esfuerzos de
la oposición aún no eran suficientes para
poder derribar al Zanu-PF. De todas formas,
el triunfo de Mugabe dejó muchas dudas,
ya que el MDC y los observadores internacionales
calificaron como fraudulentos los comicios
realizados en Zimbabwe y, por lo mismo,
siempre quedó un manto de dudas respecto
al real apoyo que ambos candidatos poseían.
Esta situación, paradójicamente, jugó
en contra del MDC, ya que mientras la
facción del MDC liderada por Mugabe optaba
por boicotear las elecciones legislativas
de 2005, un grupo “pro-Senado”, bajo el
alero de Arthur Mutambara, deseaba participar
en los comicios. Finalmente, se hizo una
votación, en la cual se impondría, por
33 votos contra 31, la postura de presentar
candidatos en las legislativas. Desafortunadamente,
Tsvangirai no aceptó los resultados y,
entonces, se producía el quiebre al interior
del Movimiento para el Cambio Democrático.
Robert Mugabe, sin grandes movimientos,
podía descansar un poco más tranquilo,
al darse cuenta que la complicada situación
de su gobierno y sus medidas dictatoriales
establecían diferencias insoslayables
para la oposición. Así, Mugabe mantendría
sus directrices y las intenciones de seguir
confiscando tierras a los granjeros blancos,
las cuales prometía entregar al pueblo
de Zimbabwe. Mediante un discurso anticolonialista,
el dictador zimbabwense lograba el apoyo
de ciertas masas populares. Sin embargo,
la crisis económica, social y política
en la cual se encontraba Zimbabwe le pasaría
la cuenta a Robert Mugabe.
Elecciones 2008, la crisis en lo más alto
y una fuerte oposición
El sábado 29 de marzo se llevaron a cabo
las elecciones presidenciales, legislativas
y municipales, siendo las primeras de
éstas las que concitaron el mayor interés
de la comunidad internacional. Ahora,
a nivel interno, las legislativas y municipales
aparecían como unos comicios demasiado
relevantes, ya que permitirían establecer
si la oposición estaba en condiciones
de arrebatar el dominio histórico de Robert
Mugabe en la Cámara de Representantes
y en el renovado Senado.
Cuatro serían los candidatos presidenciales.
En una “primera línea” aparecían Robert
Mugabe –presidente y apoyado por el Zanu-PF-
y Morgan Tsvangirai –avalado por el MDC.
A ellos se sumarían dos independientes,
Simba Makoni –ex ministro de Finanzas
de Robert Mugabe- y Langton Towungana.
La oposición, liderada por Morgan Tsvangirai
y su Movimiento por el Cambio Democrático,
llegaba con la gran esperanza de conseguir
una victoria histórica en las elecciones
presidenciales, legislativas y municipales.
Sin embargo, su división interna generaba
ciertas preguntas o inquietudes. De igual
forma, el triunfo en el referéndum de
2000 y las buenas votaciones en las parlamentarias
y presidenciales de 2000 y 2002, respectivamente,
generaban cierto optimismo en las huestes
del MDC.
También quedaba flotando en el aire
la respuesta a lo que ocurriría con Simba
Makoni, quién podría convertirse, quizás,
en el elemento diferente, capaz de inclinir
la balanza hacia un lado u otro. El “factor
Makoni” toma gran importancia, especialmente
en una hipotética segunda vuelta entre
Robert Mugabe y Morgan Tsvangirai.
La campaña electoral previa fue fraudulenta,
ya que el Zanu-PF ocupó su poder político
para manipular el voto de la gente. Mediante
la entrega de alimentos en algunas regiones
del país, Robert Mugabe lograba captar
las preferencias de ciertos electores.
A ello, se sumaba el constante discurso
contra el colonialismo británico, acompañado
de promesas acerca de la redistribución
de las tierras ahora explotadas, a su
favor, por parte de los granjeros blancos.
La situación se hizo aún peor luego
que el gobierno zimbabwense anunciara
que no aceptaría a todas las misiones
de observadores electorales. De hecho,
sólo pudieron ingresar aquellas que entregaban
cierta confianza a Robert Mugabe. De esta
forma, la Unión Africana (UA) y la Comunidad
de Desarrollo del África Austral (SADC)
pudieron enviar representantes en condiciones
de velar por el correcto funcionamiento
del proceso electoral zimbabwense. Sin
embargo, a nivel internacional causó mucha
molestia esta decisión, especialmente
en aquellos países directamente involucrados
en este conflicto como, por ejemplo, Reino
Unido y Estados Unidos.
Y, por si fuera poco, Zimbabwe se encontraba
en medio de una grave crisis social, económica
y política. Socialmente, la realidad del
país es preocupante. La esperanza de vida
ha bajado de 60 a 35 años, la población
infectada con el virus del SIDA ronda
el 20% y cerca de la mitad de los habitantes
vive gracias a la ayuda internacional
que ha llegado al estado africano. Económicamente,
las sequías de 2002 y 2003 menguaron la
producción agrícola de Zimbabwe, lo cual
se agudiza con la grave crisis económica
que vive el país, especialmente desde
2002. Antes conocido como un gran granero,
ahora sólo quedan vestigios de aquel mejor
pasado. La inflación supera el 100.000%,
la cesantía ya se empina al 80%. Políticamente,
el asunto de las confiscaciones de tierras,
por parte del gobierno, también trajo
consigo la molestia de la población negra,
ya que, en algunos casos, Robert Mugabe
entregó dichos terrenos a sus amigos y
conocidos.
Todas estas condiciones provocaron un
estallido generalizado y, consecuencialmente,
muchas personas debieron abandonar el
país. Se estima en cerca de un 25% la
cantidad de la población que emigró hacia
otros estados. Otros, que se quedaron
en el país, debieron soportar verdaderas
limpiezas que realizó el gobierno de Mugabe,
dejando sin casa a unas 700.000 personas.
¿Elecciones pacíficas y libres?
Según los observadores, los comicios se
llevaron a cabo con toda tranquilidad.
De hecho, el jefe de la misión de observación
de la Comunidad de Desarrollo del África
Austral (SADC), José Marcos Barrica, calificó
a las elecciones como “una expresión pacífica
y creíble de la voluntad del pueblo de
Zimbabwe……fueron pacíficas, porque no
hubo violencia; fueron libres, porque
no hubo intimidación”.
Lamentablemente, aún no se han entregado
los resultados oficiales de todos los
comicios y sólo se dieron a conocer los
de las elecciones legislativas. En ellas,
el Zanu-PF perdió su hegemonía, ya que
en la Cámara de Representantes obtendría
97 escaños, mientras que el MDC-Tsvangirai
se quedaría con 99 puestos. El MDC-Mutambara
alcanzaría diez asientos y el independiente
Jonathan Moyo recibiría uno. En términos
porcentuales, el Zanu-PF se alzó con el
45.8% de los votos, dejando atrás al MDC-Tsvangirai
(42.8%), MDC-Mutambara (8.5%) y a otros
partidos (2.8%).
En las senatoriales, el Zanu-PF ganaría
30 asientos, siendo igualado por la oposición,
ya que el MDC-Tsvangirai (24) y el MDC-Mutambara
(6) obtendrían 30 puestos. En el recuento
de votos, el Zanu-PF volvería a imponerse,
con 45.8% de las preferencias. Más atrás
le seguirían el MDC-Tsvangirai (43%),
el MDC-Mutambara (8.6%) y otros partidos
políticos (2.8%).
Hasta el momento, los resultados entregados
por la Comisión Electoral de Zimbabwe
(ZEC) dejan en buen pie a la oposición,
ya que a pesar de sus diferencias internas,
ha logrado equilibrar la realidad política
del Senado y, además, se convirtió en
mayoría en la Cámara de Representantes.
Sin embargo, quedaba la gran duda (y,
también, la gran mancha) de estos comicios,
ya que aún no se han dado a conocer las
tendencias de las votaciones para elegir
al nuevo presidente zimbabwense. Al respecto,
la oposición entregó sus resultados apenas
unos días después de realizadas las elecciones
y, además, se declararía victoriosa, ya
que en ellos, Morgan Tsvangirai obtenía
el 50.3%, por delante de Robert Mugabe,
que apenas llegaba a 43.8% de las preferencias.
La reacción del oficialismo no se hizo
esperar y el gobierno anunciaba que Tsvangirai
no tendría más del 49.2% de los votos.
A partir de entonces, gobierno y oposición
iniciaron una verdadera guerra mediática.
Mientras los seguidores de Tsvangirai
insistían en su triunfo, la postura del
gobierno de Mugabe era desconocer cualquier
supuesta victoria del rival de turno.
Con el paso de los días, la tensión se
hacía cada vez más evidente, ya que la
demora en la entrega de los resultados
correspondientes a las elecciones presidenciales
se prolongaba demasiado. Entonces, comenzaron
a aparecer las dudas acerca de la legitimidad
del posible conteo final de votos. El
fantasma de un nuevo fraude electoral
se estableció con fuerza durante la semana
y media posterior a los comicios. Sin
embargo, Robert Mugabe habría reconocido
su derrota, pero luego afirmaría que se
presentaría a una hipotética segunda vuelta
y, además, descartando de plano la posibilidad
de realizar un gobierno de transición,
propuesta que la oposición habría planteado
al gobierno de Mugabe. Posteriormente,
Robert Mugabe pediría un nuevo conteo
de los votos y la oposición respondería
diciendo que ellos ya habían ganado y
que una segunda vuelta no sería necesario.
La situación amenaza con empeorar en
caso que la entrega de los resultados
definitivos siga demorándose. En este
sentido, tiene gran relevancia el hecho
que un juez del Tribunal Supremo de Zimbabwe
se declarara competente respecto a la
petición del MDC, en la cual exige la
publicación inmediata de los resultados
finales. Sin embargo, por el momento no
se han tomado medidas y aún es imposible
intentar vislumbrar cuáles serán los próximos
pasos del Tribunal Supremo.
En medio de este difícil escenario,
no extraña que ciertas influencias o posturas
comenzaran a tener un rol relevante en
medio de este conflicto. A nivel interno,
el líder de los veteranos de guerra, Jabulani
Sibanda, dio a entender que ellos temen
que, en un posible gobierno del MDC, los
granjeros blancos puedan intentar recuperar
las tierras confiscadas por Robert Mugabe.
A nivel externo, Reino Unido, Estados
Unidos, Sudáfrica y Botswana ya han mostrado
una política activa en torno a este conflicto.
A sabiendas que Estados Unidos y el Reino
Unido esperan por la caída de Mugabe,
ambos estados están preocupados por la
delación de los resultados de los comicios
presidenciales. Al mismo tiempo, Botswana
está presionando para que la Unión Africana
se involucre con mayor profundidad en
la crisis de Zimbabwe. Finalmente, Sudáfrica
mantiene su “neutralidad”, ya que aunque
presiona a Zimbabwe, no ha mostrado una
actitud más severa con el gobierno de
Zimbabwe, especialmente en el tema humanitario
y de los derechos humanos. ¿Será que el
problema de la reforma agraria también
complica al gobierno de Mbeki?, ¿temerá
que una ola de refugiados pueda intentar
cruzar a territorio sudafricano?
Un futuro incierto, complejo y prolongado
en el tiempo
Una nación destruida. Así podría denominarse
el producto final del gobierno de Robert
Mugabe. Puede sonar demasiado frío, pero
lo cierto es que la situación actual en
Zimbabwe es realmente crítica y amenaza
con transformarse en algo crónico, a menos
que los políticos zimbabwenses –quizás
con ayuda de mediadores de la Unión Africana-
logren cambiar el rumbo de la política
de este complejo estado del África Austral.
De momento, y tomando en cuenta los
hechos acontecidos, ya se pueden elaborar
algunas conclusiones o proyecciones. Lamentablemente,
no son positivas, ya que sirven para demostrar
que aún falta mucho para poder salir adelante.
Sin embargo, se pueden rescatar algunos
aspectos y, lo más importante, se debe
tomar nota respecto a lo que no debe repetirse.
En lo referente a la política interna
de Zimbabwe, ha quedado demostrado que
el nuevo mapa político zimbabwense ha
variado respecto a lo que fue hace algunos
años. Una pequeña facción disidente del
oficialismo, plasmada en la figura de
Simba Makoni, una oposición todavía fragmentada,
pero cada vez más poderosa y un vuelco
en la mayoría parlamentaria permiten afirmar
que se han producido ciertos cambios que
posibilitan la proyección de modificaciones
aún más profundas en la política de Zimbabwe.
El “factor Makoni” ha sido muy importante,
ya que le restó apoyo a Mugabe en ciertos
gobiernos regionales y, quizás lo más
importante, le generó desconfianza a Robert
Mugabe, que ahora deberá preocuparse que
su bloque no se desmorone, ni tampoco
sufra algún desmembramiento importante.
Lo ocurrido con Simba Makoni es un llamado
de alerta y, al mismo tiempo, una señal
de que no sólo la oposición está fragmentada
y que el Zanu-PF difícilmente vuelva a
ser el mismo partido de antes. Las cosas
han cambiado y eso ya se percibe en estas
elecciones.
También, quedó de manifiesto que los
grandes rivales de Robert Mugabe son Morgan
Tsvangirai y Simba Makoni. El primero
de ellos por haber sido capaz de presentar
una oposición real y que sepa soslayar
sus deficiencias como, por ejemplo, su
división y su todavía incipiente base.
El segundo, por haber provocado un pequeño
cisma al interior del Zanu-PF, lo cual
puede generar una posible caída de Mugabe.
Otro aspecto a destacar es lo novedoso
de los últimos comicios. Primero, porque
en caso de confirmarse una segunda vuelta
electoral, aquello sería algo inédito
en la historia política de Zimbabwe. Y,
segundo, porque a diferencia de anteriores
procesos electorales, Robert Mugabe debió
hacer frente a una sólida oposición, con
rivales serios y de peso.
La manipulación de datos y la poca transparencia
del proceso es algo que caracterizó las
elecciones recientemente celebradas. Lamentablemente,
este vicio se mantiene en la política
del país y aquello es responsabilidad
de quienes gobiernan. Campaña fraudulenta,
observadores electorales escogidos con
pinzas, demora en la entrega de los resultados
y falta de infraestructura en lugares
de votación donde el MDC es fuerte, permiten
concluir que los comicios han sido distorsionados,
una vez más, por el gobierno de Robert
Mugabe.
Ahora, más allá de quién resulte vencedor,
lo concreto es que la realidad muestra
a un estado en crisis, en el cual difícilmente
se pueda encontrar una solución en el
corto plazo. Ni Tsvangirai, ni Mugabe
están en condiciones de frenar la deplorable
situación de la sociedad, la política
y la economía del país. El asunto de la
reforma agraria sigue siendo un tema demasiado
importante y, por lo mismo, mientras no
se establezca una determinación salomónica,
ningún gobierno podrá hacer frente a las
necesidades actuales del país. La eterna
lucha entre los granjeros blancos y aquellos
que buscan una correcta redistribución
de las tierras tiene mucho tiempo por
delante. Ni siquiera hay pequeños signos
que permitan vislumbrar una pronta resolución.
Las precarias condiciones de vida, el
problema del SIDA, violaciones a los derechos
humanos, la escasez de alimentos, la amenaza
de cortes energéticos, la cesantía, las
diferencias raciales, una inflación sin
límites y la crisis económica reinante
siguen siendo el lastre de Zimbabwe.
Finalmente, se ha podido apreciar el
absoluto fracaso de Sudáfrica y la Comunidad
de Desarrollo del África Austral (SADC)
como mediadores y actores claves en este
conflicto. La siempre “tibia” participación
sudafricana y la timidez de la SADC han
permitido que los abusos de Robert Mugabe
se sigan manteniendo en el tiempo. Faltos
de rigurosidad y demasiado permisivos
con el gobierno zimbabwense, Sudáfrica
y la SADC demostraron no estar en condiciones
de asumir un liderazgo que no sienten.
Cabe preguntarse, entonces, si es tiempo
que, tal cual lo pide Botswana, sea la
Unión Africana (UA) quien medie en el
asunto. Sin embargo, el conflicto de Darfur,
el caos somalí, el envío de una misión
a las Comoras y la inestabilidad en países
como República Democrática del Congo,
entre otros casos, no permiten que la
Unión Africana pueda dedicarse con exclusividad
al problema zimbabwense.
Entonces, sólo queda pensar en los grandes
retos que tendrá el futuro gobierno de
Zimbabwe. La democratización y estabilidad
del país, la recuperación de la institucionalidad,
el establecimiento de una reforma agraria
justa, el renacimiento de la economía,
la reinserción en el contexto internacional
y la solución de la caótica crisis social
y humanitaria son algunos de los desafíos
que deberá enfrentar la República de Zimbabwe.
No será tarea fácil. Lamentablemente