Irán e Iraq, dos países con una gran responsabilidad

Fecha 16/01/2006 por Raimundo Gregoire Delaunoy

A lo largo de su historia, el mundo musulmán ha luchado por un sitial que ellos consideran merecido. Más allá de ser escuchados y entendidos en sus mensajes, se han preocupado por expandir sus ideas y, en los últimos sesenta años, han expresado en forma clara que ellos no vienen a ser los acompañantes de Occidente. Quieren poder. Necesitan ejercer influencias. Auguran tiempos mejores. Sin embargo, ¿por qué han fracasado en este intento?, ¿cómo se explica, a grandes rasgos la débil unión -si es que existe- entre dichos estados?

Raimundo Gregoire Delaunoy | 16 de enero, 2006

ahmadinejad-talabaniDurante el siglo veinte las naciones islámicas parecieron estar condenadas a un lugar secundario dentro de la política internacional. Si bien hubo ciertos hechos que remecieron el contexto mundial, la gran mayoría de los países musulmanes estuvieron centrados en sus disputas internas y, salvo casos excepcionales, poco peso tuvieron en los conflictos internacionales de gran escala.

Sin embargo, la cuestión palestina, la expansión demográfica del Islam en África, el reformismo islámico en Irán, la llegada de Saddam Hussein al poder en Iraq y el nacimiento de Al Qaeda tendieron a cambiar el clima político de Medio Oriente y, más que eso, establecieron un nuevo mapa dentro del universo islámico y, por supuesto, del mundo.

Lamentablemente, la guerra entre Irán e Iraq confirmó que ambos países representaban –en aquel entonces- dos ejes distintos de poder y, lo más importante, se mostraban ante el mundo occidental como dos estados de población mayoritariamente musulmana, pero con matices que, en vez de aunarlos, los dividían. Mientras el ayatollah Jomeini destacaba por su rigurosidad y devoción religiosa, Hussein aparecía ante el mundo como un seguidor del Islam, pero casi por obligación. Se podría decir que ambos líderes seguían y profesaban la misma religión, mas la manera de sentir dicho credo era distinta. El primero era un fiel devoto, en tanto que el segundo rozaba los límites del laicicismo. De todas formas, tanto Irán como Iraq se establecieron como los máximos referentes del chiísmo y, consecuencialmente, su accionar significó una modificación total y radical dentro del mapa político internacional y, también, al interior del mundo islámico.

Si en 1979 el derrocamiento del shá y los consecuentes paradigmas políticos del gobierno teocrático iraní trajeron consigo un aislamiento de Irán, en 1991 la Guerra del Golfo Pérsico vino a demostrar, por un lado, la peligrosidad y belicosidad del régimen de Hussein y, por otro lado, dio claras luces acerca del interés occidental en los gobiernos de los países petroleros, dentro de los cuales destacaban Irán e Iraq.

Pero más allá de estos hechos, lo realmente importante es darse cuenta de las profundas diferencias existentes entre dos países, que por medio de sus políticas nacionales se convirtieron en íconos y ejes del Islam. Y esta influencia no sólo se limita a lo político, sino que también se arrastra hacia lo religioso y, aún más importante, a lo social. Ahora bien, cuesta entender que dos naciones fronterizas, islámicas y de mayoría chiíta puedan haber llegado a tener tales disimilitudes -las cuales quedaron de manifiesto en la larga guerra sostenida entre ambos durante 1980 y 1988- y, aún más, parece ilógico que tanto Irán como Iraq no hayan realizado mayores gestiones para pulir sus diferencias y buscar un frente común ante, lo que ellos han denominado, la prepotencia, la decadencia y el materialismo occidental. Y es este punto en particular –la división entre ambas naciones- lo que ha impedido que el mundo islámico logre estabilizarse y ordenarse como un bloque uniforme, al menos en lo que a sus posturas frente a Occidente se refiere.

Ya es sabido que intentar descubrir nexos culturales entre los cerca de 1.200 millones de musulmanes es un imposible y, aún más, un absurdo. Sin embargo, sí se puede aspirar a juntarlos en torno a una idea o un concepto común, que tenga directa relación con su postura frente al mundo occidental. Y para lograr esto se hace imperioso contar con países que estén dispuestos a asumir el liderazgo en torno a esta misión.

Entonces, cabe preguntarse quiénes podrían asumir un rol tan importante como es el de reordenar el seno interno de la política internacional islámica. Iraq está inmerso en una guerra civil entre chiítas y sunitas y, al mismo tiempo, presenta el problema de la ocupación de las fuerzas internacionales lideradas por Estados Unidos; Irán parece estar más preocupado de continuar con sus planes nucleares que de abrirse al mundo; Arabia Saudita mantiene su apertura hacia Europa y Norteamérica y, en particular, mantiene nexos con empresas occidentales; Turquía pugna por ingresar a la Unión Europea; y, finalmente, Egipto está sumido en lo que es el discutido mandato de Hosni Mubarak y el triunfo de la Fraternidad Musulmana en las últimas elecciones parlamentarias.

 

Resumiendo, se puede apreciar que los países que podrían o, más bien, deberían tomar la batuta en torno a una unión islámica no están en condiciones de hacerlo y, por lo tanto, pensar en un mundo musulmán reorganizado es algo un tanto utópico. Y esto último no es tan ilógico, si se piensa que ni siquiera conflictos como la invasión estadounidense en Iraq o la eterna lucha del pueblo palestino por conformar un estado propio han suscitado el apoyo unánime de todas las naciones islámicas. La situación es aún más incierta si se toman en cuenta conflictos como el que tienen Argelia y Marruecos por el Sahara Occidental o la lucha del pueblo afgano contra los talibanes en Afganistán. Y qué decir de las pugnas internas entre los miembros de la Liga Árabe.

En conclusión, mientras los propios musulmanes no resuelvan sus conflictos, no podrán lograr lo que ha sido uno de sus grandes anhelos, como es aunarse en pos de un objetivo común: la independencia frente al poderío de Occidente. Y gran responsabilidad de este fracaso lo tienen países como Irán e Iraq, que son naciones dominantes y de gran influencia, no sólo por su historia, sino que también por su importancia en el mapa geopolítico y religioso. Ahora, ha llegado el momento en que ambos estados asuman que el siglo veintiuno viene a entregarles el protagonismo que tanto han buscado.

Dependerá de ellos si son capaces de recibir esta oportunidad histórica y tomar las decisiones que les permitan trazar los nuevos límites de la política internacional.

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
@Ratopado

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