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África, otra variable para la misma historia

Fecha 30/03/2009 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Finalmente ocurrió lo que se veía venir. En Madagascar, militares contrarios al presidente Marc Ravalomanana y leales al líder opositor Andry Rajoelina tomaron el poder por la fuerza. Unos días antes, el presidente de Guinea-Bissau, José Bernardo Vieria, fue asesinado por tropas opositoras, en un hecho que tuvo ribetes de venganza. Antes, en diciembre, Guinea-Conakry presenciaba la muerte del dictador Lansana Conté, que sería reemplazado, sin mediación de por medio, por un capitán del Ejército. Por último, todavía está muy presente el golpe de estado militar en Mauritania, el cual está lejos de encontrar una solución. Así las cosas, desde fines de 2008 el fantasma de las dictaduras y las intervenciones de las fuerzas armadas nuevamente ronda a la frágil política africana. Lamentablemente, nada nuevo bajo el sol.

Raimundo Gregoire Delaunoy | 30 de marzo, 2009

Agencias

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Estos hechos no sorprenden, ni tampoco generan mayores cambios en el devenir político histórico de África. Puede sonar descabellado e ilógico, pero ciertamente se trata de acontecimientos bastante frecuentes en la gobernabilidad africana. Claramente se producen importantes modificaciones en los gobiernos de hoy y, por lo tanto, en las relaciones entre los diversos estados africanos y, también, con otras regiones del mundo. Sin embargo, dejando a un lado lo particular y analizando el proceso global, lo que está produciéndose se acerca más a lo esperado que a lo inesperado.

Esa es, justamente, la gran pena y carga que tiene la realidad política africana. No llama la atención ver militares tomándose el poder por la fuerza, pero sí causa gran revuelo un gobierno democrático, transparente y que sea capaz de asumir con naturalidad y calma el voto del pueblo. Así ha sido, lamentablemente, desde que África lograse independizarse de sus antiguas colonias. La mayoría de los países magrebíes y subsaharianos han pasado, con algunas diferencias y excepciones, por procesos bastante similiares. De la independencia a los gobiernos unipartidistas. De dicha condición a los golpes militares. Y así, un grupo de las fuerzas armadas desplazaba a otro. Entremedio, algunos de los dictadores optaban por dar algunas mínimas libertades, otros por establecer sistemas muy represivos y otros que tras cumplir con su misión dejaban en manos del pueblo la elección del nuevo gobernante. Esto último, claro está, ha ocurrido en la menor cantidad de casos. Los estados africanos que han logrado avanzar y solidificar sus procesos políticos han dado el siguiente paso, que es pasar del unipartidismo al multipartidismo y, tras ello, a elecciones libres. Ejemplos hay, como el caso emblemático de Ghana y otros más recientes, donde destacan Benín, Cabo Verde, Etiopía y Burkina Faso.

Desafortunadamente, estos casos son la minoría y el trabajo de estabilización de la política africana tiene mucho camino por delante. En el Magreb y el norte del continente, existe mayor avance, pero todavía quedan muchas deudas pendientes. Egipto tiene un presidente que ha recurrido a herramientos antidemocráticas para así impedir la llegada de la Fraternidad Musulmana al poder; Túnez y Libia poseen gobiernos autoritarios. En poder tunecino se basa en las innumerables enmiendas a la Constitución de aquel país, mientras que la política libia no registrar elecciones democráticas desde que Muammar Al Gaddafi se tomara el control del país hace casi cuatro décadas. Argelia vive con la permanente amenaza del terrorismo y aún están muy frescos los recuerdos de la trágica guerra civil. En cuanto a Marruecos, quizás sea el estado norafricano de mayor estabilidad, pero su gobierno está lejos de ser una democracia ejemplar. Por último, está el caso de Mauritania, pero eso será examinado más adelante.

En el África subsahariana, los conflictos son eternos. La acefalía en Somalía, la crisis de Darfur en Sudán, las rencillas internas en Nigeria, la caótica zona de los lagos, en la cual la República Democrática del Congo aún no logra zafar de las disputas étnicas y económicas. Lo mismo se repite en algunos de sus vecinos. La frágil situación de la política en Chad, con una oposición que en cualquier minuto puede repetir ataques al gobierno. Lo acontecido en Kenya en 2008 y la terrible crisis política, social y económica de Zimbabwe. Estos son sólo algunos de los ejemplos más emblemáticos y que han sido noticia permanente. Sin embargo, no son los únicos y muchos otros aún están presentes.

Sin embargo, en esta oportunidad es importante detenerse en los hechos más actuales y que, por lo demás, no están en el plano de las especulaciones, sino que en el ámbito de lo real. Están oleadas y sacramentados, lastimosamente. Ahora, el motivo principal a la hora de examinar los golpes de estado ocurridos en Mauritania, Guinea-Conakry, Guinea-Bissau y Madagascar es dar cuenta de una variable que ha pasado desapercibida para muchos, pero que es de gran relevancia. Como se mencionó antes, no es novedad que fuerzas militares se tomen el poder, pero lo acontecido en los cuatro países africanos permite ir más allá y establecer una nueva variante. A diferencia de lo que pasa en Somalía, República Democrática del Congo, Nigeria, Sudán o Kenya, la realidad política de Mauritania, Guinea-Conakry, Guinea-Bissau y Magadascar permiten asegurar que estos conflictos internos tuvieron como matriz un elemento más político que religioso, étnico o tribal. Si bien es cierto que las tribus, etnias y religiones siempre tienen una influencia en los problemas africanos, en los casos particulares mencionados anteriormente el principal motor de inestabilidad fue, simplemente, político y militar.

En Mauritania existen, a grandes rasgos, dos zonas étnicas, que son la del norte árabe-bereber y la del sur negroide. Sin embargo, el golpe de estado militar no tuvo como raíz las diferencia étnicas, sino que se trató de intolerancia política. El entonces presidente Sidi Ouldh Cheikh Abdallahi -electo en forma democrática y transparente en 2007- fue derrocado por militares que habían sido removido del gobierno del presidente mauritano. Antes de eso, el gabinete de gobierno había tenido importantes modificaciones. La primera de ellas fue en mayo de 2008, momento en el cual Abdallahi destituyó a todo el gobierno por su supuesta inoperancia ante el tema del alza de precios en la alimentación. Apenas unos meses más tarde, en julio, dimitó el segundo gabinete -que no integraba al principal partido de oposición, ni tampoco a los islamistas de Tawassoul- ante la moción de censura que se había generado en su contra. Unas horas antes del golpe de estado, un grupo de parlamentarios pertencientes al partido del presidente mauritano habían decidido formar otra coalición. De esta forma, lo que gatilló esta crisis política fueron diferencias al interior del gobierno o con parte de la oposición. Más que tribus y clanes, lo que primó fue la crisis económica, la difícil situación agrícola o la caída del turismo.

La realidad de Guinea-Conakry también apunta hacia problemas estrictamente políticos. La muerte del dictador Lansana Conté -que llevaba 24 años en el poder- generó un vacío, pues su estilo autoritario de gobierno nunca permitió la formación de grupos opositores o de una sistema político de diversos partidos. Entonces, una vez que Conté falleció el país quedó a la deriva, absolutamente en tierra de nadie. Sin una institucionalización democrática (o al menos con algún esbozo de aquello) lo que pudiese acontecer tras la muerte del dictador guineano era previsible. Así fue que el capitán Moussa Dadis Camara, junto a sus tropas leales, se tomó el poder y el gobierno de Guinea-Conakry. Nuevamente, la variable étnico-tribal no estuvo presente. La religiosa, tampoco.

Lo acontecido en Guinea-Bissau también permita vislumbrar la variable política como el principal factor. El presidente Joao Bernardo Vieira fue asesinado por militares, quienes habrían realizada este crimen por venganza o, dicho de otra forma, como represalia. Claro, porque un día antes del fallecimiento de Vieira, un atentado explosivo había terminado con la muerte del máximo representante del Ejército, el general Batista Tagmé Na Wai. Sucede que este militar había sido un gran opositor y crítico del gobierno de Vieira y, según se especulaba, se culpaba al presidente de Guinea-Bissau de haber estado detrás del ataque que acabó con la vida de Na Wai. Tras largos años como presidente, aunque primero como dictador, Joao Bernardo Vieira sucumbió en la misma ley que aplicó con dureza durante su mandato, es decir, la eliminación de sus rivales.

Por último, la crisis de Madagascar ha sido otro de los referentes obligados al momento de llevar a cabo un análisis de la política africana actual. Las eternas disputas entre el presidente malgache, Marc Ravalomanana, y el destituido alcalde de Antananarivo, Andy Rajoelina, culminaron de la forma más lógica si se toma en cuenta la cadena de enfrentamientos públicos entre ambos políticos. Rajoelina se había convertido en un ferviente crítico de Ravolomanana, a quien acusaba de ser, en la práctica, un dictador. Su postura era defendida por una parte importante de la sociedad malgache, pero otro sector seguía declarándose fiel al presidente. Sin embargo, las fuerzas militares terminaron dividiénose y los sectores simpatizantes del ex-alcalde de la capital de Madagascar no dudaron a la hora de realizar un golpe de estado. Así, la lucha política llegaba a su fin, aunque de manera transitoria.

De esta forma, aunque ciertamente de un modo bastante somero, se puede concluir que la variable política fue la principal, por sobre temas étnicos, tribales o religiosos. Ni Mauritania, ni Guinea-Conaky, ni Guinea-Bissau y ni Madagascar fueron testigos de grandes enfrentamientos entre tribus. Tampoco debieron soportar luchas religiosas o conflictos étnicos. Se trata, básicamente, de una lucha de poder entre políticos y militares. Fue, en cierta medida, revivir la historia del pasado, aquella en la cual quien llega por la fuerza se va por aquella vía. Lamentablemente, no todos tuvieron aquel camino. Sidi Ould Cheikh Abdallahi fue un presidente democrático y que estaba realizando una interesante labor como mandatario de Mauritania. Marc Ravalomanana también llegó al poder a través de la vía del voto popular. Distinto fue el caso de Lansana Conté y Joao Bernardo Vieria, fieles representantes de la clásica camada de militares golpistas.

En fin, lo importante es darse cuenta que la tradición golpista africana sigue en pie. La inestabilidad política sigue siendo la fuente principal de estos movimientos militares aunque también se podría decir que lo falta de estabilidad en los gobiernos obedece a la presencia de estos sectores de las fuerzas armadas. ¿El huevo o la gallina?

Ya se verá.

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
raimundo.gregoire@periodismointernacional.cl
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Los desafíos de Sidi Ould Cheikh Abdallahi, nuevo presidente de Mauritania

Fecha 18/06/2007 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Tras el conteo de votos de la segunda vuelta electoral, los resultados dieron por ganador a Sidi Ould Cheikh Abdallahi,  ex ministro del anterior presidente y dictador mauritano Maaouya Ould Taya.  ¿Cuál será el devenir de la política en la nación islámica?, ¿será capaz de mantener hasta las últimas consecuencias un gobierno democrático, que continúe con el proceso de democratización en Mauritania?

Raimundo Gregoire Delaunoy | 18 de junio de 2007

sidi-ould-cheikh-abdallahiA fines de marzo se llevó a cabo la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Mauritania. Aquello no sólo era importante desde el punto de vista político, ya que entregaría el nombre del nuevo Presidente de la nación africana, sino que también era un hecho histórico, pues nunca antes se había realizado un «desempate» en la República Islámica de Mauritania.

El proceso comenzó el 11 de marzo pasado, día en el cual veinte candidatos participaron en las elecciones presidenciales, de los cuales sólo los dos de mayor votación definirían en una hipotética segunda vuelta. Finalmente, ocurrió algo previsible y ningún candidato obtuvo más del 25% de los votos. Sidi Ould Cheikh Abdallahi (24,79%) y Ahmed Ould Daddah (20,68%) se ubicaron en el primer y segundo lugar de las preferencias, respectivamente, y de esta forma llegaron al balotaje del domingo 25 de marzo.

Luego de la primera vuelta, la población apenas pudo conocer los procedimientos democráticos, los cuales eran muy novedodos para una nación que se familiarizaba más con dictaduras o gobiernos de partido único. Tanto así, que muchos electores ni siquiera fueron a votar en la segunda ronda electoral, pensando que aquello no los incluía o que era, simplemente, una sumatoria de votos. El hecho concreto es que Sidi Ould Cheikh Abdallahi -ex ministro del anterior presidente Ould Taya- obtuvo un estrecho triunfo ante Ahmed Ould Daddah, uno de los principales detractores y opositores del regimen autoritario de Maaouya Ould Taya. Visto como uno de los mejores represenantes del antiguo gobierno, Sidi Ould obtuvo un 52, 85% de los votos, lo cual le permitió transformarse como el nuevo Presidente de la República Islámica de Mauritania.

Cabe recordar que el proceso democrático mauritano comenzó en agosto de 2005, cuando el coronel Ely Ould Mohammed Vall aprovechó un viaje del entonces Presidente Ould Taya para derrocarlo, tras 21 años de gobierno, represión y elecciones fraudulentas. La promesa del militar fue que establecería un mandato de transición durante los próximos dos años, luego del cual se realizarían elecciones libres y transparentes. Además, se comprometió a no participar en dichos comicios y aseguró que los militares dejarían el poder tras ese período.

Las promesas se fueron cumpliendo, realizando enmiendas a la Constitución, aumentando las libertades personales y promoviendo el multipartidismo. El año pasado se llevó a cabo un referéndum acerca de las modificaciones constitucionales y, también, se desarrollaron las elecciones parlamentarias. Todo siguió su curso, hasta que tuvieron lugar las elecciones presidenciales, de primera y segunda vuelta.

Ahora, sólo queda por dilucidar qué ocurrirá con Mauritania, un país que ha podido llegar a una democracia, a pesar de los difíciles momentos acaecidos en las décadas de los ochenta y noventa. Ciertamente lo importante es destacar que el espíritu democrático y el respeto hacia la Constitución han triunfado, pero no será fácil lidiar con una serie de problemas.

En primer lugar, el ganador de las elecciones tendrá que revertir su derrota ante los electores de Nouakchott -capital de Mauritania- que dieron por vencedor a Ahmed Ould Daddah con un 52,67% contra un 47,32% de Sidi Ould Cheikh Abdallahi.

En segundo lugar, deberá afrontar con alturas de mira una situación que se presta para los abusos políticos. Se trata de la mayoría parlamentaria, ya que la coalición de 18 partidos que apoyó al reciente ganador cuenta con 55 de los 95 escaños del Parlamento, mientras que la Unión de Fuerzas Democráticas (RDF) -el único apoyo de su opositor-  posee sólo 15 asientos.

En tercer lugar, deberá convivir con la presión de realizar un buen gobierno, amagado por la historia militar de la política mauritana.  El peso de ser el primer gobierno democrático y que no tenga a un miembro de las Fuerzas Armadas como Presidente desde 1978 será una permanente preocupación y, de no saber asimilarlo, puede tener un alto costo para sus pretensiones.  De hecho, muchos especialistas califican como muy probable la posibilidad de que Elly Ould Mohammed Vall decida presentarse como candidato en las próximas elecciones.

En cuarto lugar, deberá hacer frente al Partido Republicano para la Democracia y la Renovación (PRDR), que corresponde a la nueva versión del antiguo Partido Republicano Democrático y Social (PRDS), y que fue el fiel aliado de Maaouya Ould Taya. La pregunta es si acaso Sidi Ould Cheikh Abdallahi será capaz de soslayar el hecho que él fue Ministro del antiguo régimen, avalado por este mismo partido.  La sombra de su pasado será un constante motivo de dudas y ataques por parte de sus opositores, razón por la cual se verá en la obligación de mantener el equilibrio de fuerzas políticas.

Afortunadamente, dicho grupo no sólo disminuyó notablemente su influencia política en el Parlamento (en 2001 obtuvo 64 puestos, mientras que en 2006 y con la nueva denominación sólo alcanzó 7 asientos), sino que también ha cambiado algunas de sus directrices, especialmente en el tema israelí. De hecho, el año pasado hicieron una declaración pública en la cual criticaban el actuar de Israel en la invasión al Líbano, lo cual demuestra que han dejado a un lado el accionar pro-Israel que tanto impulsó Ould Taya.

En quinto lugar, el nuevo gobierno tendrá el desafío de involucrar a las diversas etnias que componen al pueblo mauritano. Es así que deberá eliminar las barreras existentes entre los árabes y bereberes -apoyados por el anterior gobierno de Taya y que constituyen cerca del 70% de la población- y los mauritanos del sur –de tipo negroide, representando al 30% de los habitantes-, olvidados y desperfilados durante los 21 años de mandato de Maaouya Ould Taya.

En sexto lugar, será el momento ideal para insertar a Mauritania dentro del mundo económico, intentando minimizar la dependencia de su economía en la agricultura y la pesca, la primera de ellas menguada por la avanzada desertificación de ciertas zonas del país y, también, amenazada por las plagas de langostas. Para ello, será necesario insistir en la explotación de recursos minerales -cobre, hierro y oro- y la exploración de fuentes energéticas como el petróleo y el gas.

Finalmente, tendrá la obligación de mejorar la pésima imagen que tiene Mauritania en lo que respecta a la política exterior. Bajo el mandato de Ould Taya se empobrecieron las relaciones con países limítrofes como Malí y Senegal (con este último tuvo serios problemas en 1989) y, además, se enfriaron aún más los contactos con Marruecos, al apoyar y reconocer con firmeza a la República Árabe Saharawi Democrática.  También, deberá demostrar que el apoyo brindado por parte del gobierno de Taya a Iraq en la Guerra del Golfo de 1991 fue un error y, por lo mismo, tiene la obligación de restituir sus relaciones con los países árabes, las cuales fueron muy cuestionadas por parte de estos últimos tras el mencionado caso de Iraq y el apoyo mauritano a Israel.

Seguramente vendrán inmensos desafíos, pero como ya se mencionó anteriormente, lo principal es dar cuenta de un proceso democrático como pocos. Ha sido un ejemplo para la atribulada política africana y, también, sirve para que Occidente deje de estigmatizar a África como un continente de barbarie.

 

Raimundo Gregoire Delaunoy
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El Magreb dentro del mundo árabe-musulmán, ¿ser o no ser?

Fecha 23/05/2007 por Raimundo Gregoire Delaunoy

Por su ubicación geográfica, el Magreb aparece como una zona geopolítica de alta importancia y, por lo mismo, se convierte en un área estratégica.  Establecido en el norte de África, se constituye como un punto de encuentro, no sólo entre los estados que lo componen, sino que entre las diversas culturas, razas y religiones colindantes.

 Raimundo Gregoire Delaunoy  | 23 de mayo, 2007
francia (disponible en francés)

bandera-umaPara entender la realidad del Magreb es necesario ir más allá de sus límites.  En términos más precisos, se trata de vislumbrar al “vecindario” completo.  Hacia el sur limita con el África Negra; por el norte se encuentra con el mundo mediterráneo y la Europa Latina; en el borde oriental choca con Medio Oriente y Asia; y, hacia la parte occidental se hunde en el Océano Atlántico.  Entonces, se pueden desprender algunas conclusiones, que aunque parezcan demasiado obvias, es bueno recordarlas.

En primer lugar, el Magreb es africano, pero de población mayoritariamente árabe y musulmana.  En segundo lugar, en las costas mediterráneas se fusionan el legado europeo (francés, español, italiano y griego) y el de otras civilizaciones (fenicios, turcos, árabes y cartagineses).  En tercer lugar, junto al sur europeo, Turquía, Líbano e Israel forman una zona marítima común.  En cuarto lugar, el Magreb es la puerta de entrada a Europa, África, Asia y Medio Oriente.  Finalmente, junto a los países árabe-africanos, poseen cerca del 70% de la población árabe del mundo[1].

Es así que hablar del Magreb significa hacer mención a un “camino de caminos”, los cuales conducen a diversas regiones geopolíticas.  Pero no sólo se trata de términos físicos o territoriales, sino que también involucra la variable ideológica o religiosa.

Ya se ha dicho que el Magreb forma parte de África y, por ende, de la Unión Africana (UA); también se conoce la existencia de la Unión del Magreb Árabe (UMA); y, obviamente, es parte del mundo mediterráneo.  Ahora bien, dichas uniones, salvo la UMA, no tienen relación con la religión o la cultura de los países.  Entonces, si apelamos a estos elementos, nos encontramos con la real amplitud del mundo magrebí.  Como países eminentemente árabe-musulmanes, son parte insoslayable de la visión cósmica del universo islámico y árabe y, entonces,  no debiera extrañar que los integrantes de la UMA tengan un campo de acción, pero ya no sólo en África, sino que también en una dimensión que no tiene límites físicos: Argelia, Libia, Marruecos, Mauritania y Túnez son estados miembros de la Liga Árabe y la Organización de la Conferencia Islámica.

Concretamente, la Unión del Magreb Árabe (UMA) aún carece de la fuerza necesaria para establecerse como una organización de influencia mundial o continental.  Sólo tiene injerencia en lo relativo a los países magrebíes, pero debido a su debilidad estructural y al escaso tiempo de vida[2], todavía no se ha podido constituir como un bloque poderoso y capaz de imponer sus términos.

Con este contexto, todo indica que los países por sí solos pueden tener más peso que la UMA.  En la práctica los hechos son así, ya que Argelia y Marruecos, pero especialmente el primero de ellos, son importantes actores dentro del mundo árabe y musulmán.  A ellos se suma Egipto, un estado que no pertenece al Magreb, pero que sí está en África.  La República Árabe de Egipto es un país que siempre ha tenido relevancia en la política mundial, quizás bajo el eterno recuerdo de la grandilocuencia de la antigua civilización egipcia, pero no se puede desconocer su peso dentro del entorno árabe y musulmán.

Para darse cuenta de la importancia de estas naciones se hace imperioso realizar un análisis de la situación política, económica y social en el Magreb, el África árabe-musulmana[3], Medio Oriente, Egipto y la Península Arábiga.  A ellos, hay que sumarle las minorías musulmanas en India y China[4], la región separatista de Chechenia, Bosnia-Herzegovina y otros estados islámicos del mundo[5].

En términos políticos, Turquía, Irán, Egipto, Irak, Palestina y Arabia Saudita son los países de mayor influencia, no sólo en el seno de la Conferencia Islámica o la Liga Árabe (en caso que corresponda), ya que también poseen un alto grado de injerencia en la diplomacia internacional.  La importancia de estas naciones radica, esencialmente, en la historia de sus pueblos, el liderazgo natural que han llevado durante siglos y la contingencia actual que los envuelve.

Turquía lucha por ingresar a la Unión Europea, mientras se acentúan las diferencias entre los grupos laicistas e islamistas; Irán prosigue con su programa nuclear y hace un tiempo anunció el inicio del proceso industrial del enriquecimiento de Uranio; Egipto busca evitar la instauración de una teocracia y enfrenta a la Fraternidad Musulmana; Irak sigue sumido en los problemas originados por la invasión de las fuerzas internacionales y por la guerra civil entre sunitas y chiítas; Palestina no cesa en sus intenciones legítimas y ajustadas a derecho de convertirse en un estado, pero debe buscar una solución a las divisiones internas y la difícil convivencia del gobierno de unidad; y, finalmente, Arabia Saudita mantiene sus vínculos con Estados Unidos, se establece como el  bastión del wahabismo y, últimamente, ha tenido un rol importante en el conflicto palestino-israelí.

En lo referente al comercio y la economía mundial, se repiten Irán, Irak y Arabia Saudita, a los cuales se unen Indonesia, Nigeria, Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos.  Todos los países en cuestión poseen importantes reservas de petróleo, lo que les otorga gran relevancia a la hora de fijar precios y, por ende, entregarle estabilidad a los mercados bursátiles nacionales e internacionales.  Pero en estados como Irán e Indonesia, no sólo reciben ingresos por la explotación del “oro negro”, sino que también gracias al gas, un bien que cada vez se hace más valioso.  A tal nivel llega la dependencia de otras naciones en el gas o el petróleo iraní, que, por ejemplo, China y Rusia han sido acérrimos defensores del gobierno de Mahmoud Ahmadinejad.  A ello se suma el hecho que en marzo pasado se inauguró un gasoducto –ubicado en territorio iraní y armenio-, que permitirá a la vecina Armenia conseguir gas por medio de un abastecedor que no sea Rusia.

En el aspecto socio-cultural, Irán, Turquía, Arabia Saudita, Palestina, Egipto y Argelia aparecen como los principales centros impulsores de movimientos reformistas o, por el contrario, tradicionalistas del Islam.  Mientras Turquía se muestra ante el mundo como una nación musulmana, pero de gobierno laico, en Arabia Saudita, Egipto y Argelia destacan corrientes o grupos radicales como los wahabitas, la Fraternidad Musulmana y el Frente Islámico de Salvación.  Dichas tendencias político-religiosas –el caso de estas dos últimas- aparecen con la fuerza necesaria para transformar sociedades.  Mientras la Fraternidad Musulmana lucha por aquello, el Frente Islámico de Salvación ya tuvo un papel trascendente en la reconstrucción del país y en la política argelina.  En Irán, pero específicamente en Qom, se desarrolla el más alto estudio del Islam, destacando la rigurosidad de los teólogos.

En cuanto a Palestina, se produce una atractiva fusión entre distintas tendencias islámicas, diversas ideologías políticas –muchas de ellas arraigadas en un sustento socialista o marxista- y las diferentes estructuras culturales.

Situación actual del Magreb

Tomando en cuenta el sucinto análisis del mundo árabe-musulmán, cabe preguntarse cuáles son las reales posibilidades del Magreb.  ¿Hasta dónde puede llegar el poder y la influencia de las naciones magrebíes? ¿tienen un sustento lo suficientemente sólido para convertirse en un cuarto centro árabe e islámico, tras Medio Oriente, la Península Arábiga y Egipto? ¿el sueño de un Gran Magreb, líder del universo árabe-musulmán, es real o fantasía?

Para contestar estas preguntas, es importante conocer el hoy de la región.  En este sentido, hay que destacar que a pesar de las notorias diferencias entre los estados magrebíes, no se puede soslayar el hecho que poseen una historia bastante similar.  Es cierto, con distintos matices y procesos que no siempre fueron de la mano, pero, superficialmente, se podría establecer la siguiente secuencia:

colonización – independencia – falta de estructura política – falta de recursos – problemas  étnicos – gobiernos totalitarios – socialismo – apertura hacia el liberalismo – lenta democratización – crecimiento económico – aparición del terrorismo – mano dura con los grupos terroristas – resurgimiento de movimientos religiosos extremos

Claro, no todos los países pasaron por la misma línea de sucesos, pero se podría decir que esa es la columna vertebral.  Ahora bien, ¿cuál es la utilidad de esta espiral secuencial?  Bueno, sirve para entender el proceso por el cual ha pasado el Magreb y que, por lo mismo, ha impedido un mayor progreso –en los campos políticos, económicos y sociales- de la región.

Económicamente, existe una desigualdad evidente.  Los índices de PIB per cápita (2007) de Libia, Argelia y Túnez están por sobre los de Marruecos y Mauritania[6].  Las cifras son inapelables y muestran a Libia con 5.271 dólares, Argelia con 4.027 y Túnez con 3.180.  Bastante más abajo se ubican Marruecos y Mauritania, con 1.989 y 1.194, respectivamente.  Lo más preocupante es que mientras Mauritania posee la mayor tasa de crecimiento para el 2007, con una proyección del 10.6%, Marruecos apenas llega a un 3.3%, siendo el más bajo del Magreb.  Túnez, Argelia y Libia se ubican entre los dos polos, al registrar una proyección de crecimiento de 6.0%, 5.0% y 4.6%, respectivamente[7].  Cabe recordar que la tasa de crecimiento de África está fijada en 5.9% para el 2007, lo cual nos demuestra que muchos países africanos –especialmente los productores de petróleo- están creciendo a un ritmo mayor al de los magrebíes.

Como era de esperar, Argelia posee el mayor PIB de la zona (137.178 billones de dólares), seguido por Marruecos (61.110), Libia (38.800), Túnez (33.080) y Mauritania (3.537)[8].

Sin embargo, otros índices permiten ser más optimistas.  Es el caso de la inflación, que salvo el caso de Libia (24,4% en 2005)[9], todos los países del Magreb poseen registros de un solo dígito: Marruecos y Túnez, 2%; Mauritania, 5,1% y Argelia, 5,5%[10].  El promedio africano es de un 10,6%, lo cual demuestra la tendencia a la estabilidad de los precios no sólo en el Magreb, sino que también a lo largo de todo el continente.

Política y socialmente, las diferencias también son bastante explícitas.  En Túnez, Ben Alí gobierna desde 1987, siendo elegido Presidente en las elecciones de 1989, 1994, 1999 y 2004.  Para poder participar en los comicios de 2004, se debió realizar una modificación a la Constitución, para que así pudiese aspirar a un cuarto mandato[11].  Pero lo peor no es que en los últimos 20 años gobierne la misma persona, sino que la manera de establecer y manejar el poder.  Desde comienzos del régimen de Ben Alí se han llevado a cabo diversas protestas, demandas y acusaciones por parte de asociaciones de Derechos Humanos, acusando al Presidente tunecino de violar los derechos inalienables de toda persona.  Las torturas y detenciones se han convertido en algo normal dentro de este tipo de gobierno, que goza de poder absoluto, ya que en las últimas elecciones legislativas arrasó y se constituyó como la principal fuerza política.

En Argelia la situación no parece estar mejor y tras 15 años de inestabilidad, luchas armadas y lo que muchos consideran como una guerra civil, el poder parece tambalear.  Aun cuando se han celebrado elecciones presidenciales y legislativas, el ambiente está pletórico de rivalidades, muchas de ellas provenientes de hace décadas.  Uno de los principales problemas ha sido la irrupción del FIS como una importante fuerza política, en detrimento del FLN, acostumbrado a ser el partido de gobierno y amplio dominador en los comicios.  Al igual que su vecino Túnez, la represión por parte del gobierno y sus fuerzas de seguridad ha minado el proceso de lenta democratización.  A este gran problema se suman las constantes revueltas en la inagotable Kabilia, la difícil situación de etnias como los beréberes y los tuaregs y el siempre latente y presente peligro de grupos terroristas, dentro del cual destaca el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate, el cual es uno de los principales aliados y brazos armados de Al Qaeda en el norte de África.

En Libia, Muammar al Gaddafi lleva 38 años en el poder y no ha dado grandes señales de cambiar el sistema imperante.  Si bien abandonó los métodos terroristas y los programas de construcción de armas de destrucción masiva, aún queda un manto de interrogantes por sobre la aparente pasividad del gobierno libio.  Su bonanza económica y una diplomacia mucho más inteligente le han permitido gozar de más estabilidad en los últimos años.  El último incidente tiene que ver con las cinco enfermeras búlgaras y el médico palestino, condenados a muerte luego de ser declarados culpables de haber infectado con SIDA y en forma voluntaria a 426 niños en el Hospital de Benghazi, en 1998.  La Unión Europea ha tenido una activa participación en el hecho y en enero de este año amenazó a Libia con “revisar” las relaciones en caso de no llegarse a una solución “positiva, equitativa y rápida”.

En Marruecos, se viven momentos de relativa calma y la mayor preocupación del rey Mohamed VI parece estar centrada en el desarrollo económico y cultural del reinado.  Atrás quedaron las malas experiencias del pasado, experimentadas, principalmente, por Hassan II en la década de los años setenta.  Hoy, Marruecos realiza intensos y sistemáticos intercambios y acuerdos comerciales, culturales y sociales con España, Bélgica, Burkina Faso, Malí y Camerún, entre otros países.  A pesar de tener estabilidad interna, el mayor problema tiene que ver con la cuestión del Sahara Occidental, que aún no ha sido definida.  En lo social, otro de los inconvenientes se relaciona con la inmigración ilegal, no sólo de marroquíes, sino que de africanos, los cuales utilizan a Marruecos e Islas Canarias como vía de ingreso hacia Europa. El tema humanitario y los abusos cometidos por las fuerzas marroquíes y españolas se han establecido como dos puntos fijos en la agenda de conversaciones entre Marruecos y España.

En Mauritania, hace poco se realizaron las primeras elecciones democráticas y transparentes de toda la historia, que culminaron con la victoria de Sidi Ould Cheikh Abdallahi en la segunda vuelta electoral.  El caso mauritano ha sido todo un ejemplo, ya que la transición democrática tuvo un camino menos sufrido que en el caso de otras naciones.  Para muchos, el actual reto de la República Islámica de Mauritania será saber mantener la institucionalidad y los elementos propios de la democracia, al mismo tiempo que deberá bregar por una serie de problemas, que han postrado a los mauritanos a vivir en la pobreza durante décadas.  Otro gran desafío tiene que ver con las pugnas entre la población árabe y beréber del norte mauritano y los habitantes negroafricanos del sur del país.  En años anteriores, estas diferencias provocaron sangrientas luchas y movilizaciones, las cuales incluso derivaron en problemas limítrofes entre Senegal y Mauritania.

¿Hacia dónde se dirige el buque magrebí?

Entonces, analizando la situación económica, política y social del Magreb las conclusiones comienzan a brotar espontáneamente.  Existen, como era de esperar, elementos que juegan a favor y en contra del mundo magrebí y sus pretensiones de transformarse en un referente del universo árabe-musulmán.  Claro, muchos caerán en la inevitable comparación con los otros ejes del mundo árabe e islámico, pero lo cierto es que aquello no es justo, ni tampoco correcto.  No se pueden comparar realidades tan distintas, ya que a pesar de tener una religión común y, en algunos casos, una cultura y un idioma compartido, las notorias diferencias geográficas, físicas y contextuales de una y otra región hacen estéril cualquier tipo de paralelo que busque establecer lo “mejor” y lo “peor”.

Efectivamente, el Magreb está a años luz de países ricos y desarrollados como Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Qatar, los cuales poseen grandes e importantes reservas de petróleo en pequeñas superficies territoriales.  Algunos de estos países apenas superan el millón de personas[12] y, por lo mismo, logran un nivel de vida demasiado alto en comparación al resto de las naciones árabes y musulmanas.  Respecto al Medio Oriente, Egipto y otras naciones asiáticas, la brecha se ha acortado y, de hecho, los índices económicos son bastante parejos.  De todas formas, la tarea no sólo incluye igualar o superar las tasas de crecimiento del PIB, los niveles de inflación o la balanza de pago.  Se trata de establecer una buena distribución de las riquezas y de educar a las masas.

Culturalmente, el Magreb nada tiene que envidiar a otras zonas del mundo, ya que posee una exquisita y especial fusión de elementos culturales, raciales y religiosos, que le otorgan un atractivo sin iguales.  Durante años se produjo un intercambio mercantil entre europeos, africanos y asiáticos, lo cual derivó en transmutaciones de la cultura.  Es así que el arte, la literatura, la arquitectura, la gastronomía y la pintura, por dar algunos ejemplos, presentan cánones y estilos incomparables y muy propios de esta zona.  Al mismo tiempo, la mezcla racial entre beréberes, árabes, negros, blancos europeos y otros pequeños grupos minoritarios entregan una composición étnica interesante y de gran trascendencia.  En ella se unen el nomadismo y el sedentarismo; el tribalismo africano y los sistemas modernos.

Quizás la aparición de líderes políticos de real peso a nivel internacional y un  vuelco hacia Oriente, mediante la oposición ante Occidente, podrían darle un rol más protagónico al Magreb.  Hoy, en una época de divisiones religiosas, muchas veces no se puede ser amigo de unos y otros.  Lamentablemente, la política actual y la diplomacia mundial obligan a establecer alianzas permanentes, aunque forzosas.  Es lo que ha ocurrido con la crisis nuclear iraní, con la famosa “guerra contra el terrorismo” y la crisis del pueblo palestino.

Tal vez, el error magrebí ha sido fijarse en los puntos de desencuentro más que en los de encuentro y, por ello, la Unión del Magreb Árabe sólo es un compromiso firmado.  Si eliminan sus fronteras ideológicas, si adoptan una postura abierta al diálogo y si buscan la solución a sus problemas limítrofes, entonces quizás logren entablar un lugar de reunión en el cual la conversación y los acuerdos sean lo principal.  Si aquello ocurre, podrán tener un mensaje único e inequívoco, capaz de ser comprendido por todo el mundo árabe y musulmán.  Recién ahí, la Conferencia Islámica y la Liga Árabe los mirarán con más respeto y les otorgarán las responsabilidades y el puesto que, previa demostración de aquello, les pertenece.

Pero si continúan en el balancín eterno, pensando si les conviene apoyar a Irán, Palestina e Iraq o si es mejor mantener  buenas relaciones con la Unión Europea y Estados Unidos, entonces no tendrán un lugar.  Ni en la comunidad europea y sajona, ni en el mundo árabe-musulmán. Ni en occidente, ni en oriente.

Ni en el Magreb, ni en el Mashrek.



[1] Según los datos estadísticos de la Guía del Mundo 2007, el Magreb aporta con el 23.08% de la población árabe total; si se le suman los otros estados africanos (43.80%), el total de los países árabe-africanos es de 66.88%).

[2] Hay que recordar que la Unión Africana se estableció recién en febrero de 1989.

[3] Defino como “África árabe-musulmana” a la zona que abarca países que sin ser parte del Magreb poseen una importante cultura árabe y/o musulmana y una población que, aunque negroide, presenta ciertos rasgos arábigos, moros o beréberes.  Hablamos de Malí, Níger, Chad, Djibouti, Sudán y Somalía.

[4] Se estima que en China habría al menos 30 millones de musulmanes.  En India, el número sería cercano a los 130 millones.

[5] Afganistán, Albania, Azerbaiyán, Bangladesh, Benín, Brunei, Burkina Faso, Camerún, Comoros, Costa de Marfil, Gabón, Gambia, Guinea, Guinea-Bissau, Guyana, Indonesia, Kazajstán, Kirguistán, Maldivas, Mozambique, Nigeria, Pakistán, Senegal, Sierra Leona, Suriname, Tayikistán, Togo, Turkmenistán, Uganda y Uzbekistán.

[6] Fuente: Fondo Monetario Internacional

[7] Ibid

[8] Fuente: Fondo Monetario Internacional.  Las cifras de Libia corresponden a 2005.

[9] Fuente: Banco Mundial

[10] Fuente: Fondo Monetario Internacional

[11] La Constitución establecía que un Presidente podía ejercer como tal sólo tres veces.

[12] Entre los tres estados suman 8.472.507 habitantes.

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